Arsenal endecasilábico para un filme de culto

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Taxi driver celebra aniversario


Héroe paranoico ciudadano


Violencia en filme porno sublimado


Venganza ejecutada gun en mano


Gran travelling final, pero a trasmano


¿Tanto crítico de él obnubilado?

Haiku para Leopoldo María Panero en su tercer aniversario

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El cadáver no exquisito de Leopoldo María Panero cumple hoy tres años. En vida, su cuerpo nunca alcanzó esa categoría de exquisitez, a excepción del periodo de infancia que siempre añoró (padre odiado aparte). En la tumba -prefiero esa imagen a la incineración-, su cuerpo habrá hecho ya las delicias de los gusanos en un festín macabro, sobre lo que escribió con tanta delectación. Su paso por la vida se va diluyendo en el recuerdo y tengo la impresión de que las generaciones venideras serán inmisericordes con él: con su persona y con su poesía. Pero aquí está este blog para rendirle pleitesía ya desde el propio nombre, que copia el verso de uno de sus mejores poemas.

El suicida no consumado, el amante de la muerte prematura, el tentador de los límites sobrevivió paradójicamente a sus dos hermanos. Los años finales (mejor, lustros finales) son testimonio de cómo la palabra decrepitud se hizo carne viva en un ser humano. Su poesía refulgió como pocas en los años de auge de los novísimos, para después dejar tan solo destellos fugaces deslumbrantes junto a redundantes versos crípticos y procaces, cuando no directamente soeces. Pero era un Panero, y, como tal, su ser y su obra no nos dejan indiferentes.

Un año más sin LMP. Un año más en el que la saga estéril astorgana cumplió su sino de desamor, locura y muerte (paráfrasis quiroguiana).

Astorga hojaldra
con carne de un Panero
dulce exquisito

...and the Oscar is not going to "La, la, Land"

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Ryan Gosling es el rey Midas hollywoodiense actual. Su aparición en la pantalla garantiza que el precio de la entrada ha revertido en un periodo gratificante. Pienso que esto no puede obedecer únicamente a que el actor tenga un olfato especial para los guiones, sino que, en verdad, su presencia imanta el celuloide; la cámara se gusta ante sus apariciones transformando todo lo que toca en magia: Blue Valentine, Drive, Los idus de marzo, Cruce de caminos, La gran apuesta... (prefiero que quede innominada su segunda colaboración con el director danés de Drive, Nicholas Winding Refn). 

Así sucede con la multipremiada (hasta con el Óscar principal que no le correspondía) La, la, Land. La obra se ofrece como un musical vintage y festivo filmado en Cinemascope sobre el tortuoso camino hacia el éxito profesional en el mundo artístico; aunque, ante todo, es una agridulce historia de amor en la que la oscarizada Emma Stone y Ryan Gosling se llevan la parte del león, escenas musicales aparte. Sin ser expertos bailarines, mantienen el tipo con suficiente solvencia para que sus números resulten atractivos (descuellan sobremanera el icónico de la colina y el breve del malecón); cantando, Emma se lleva la palma, pero Gosling no se acobarda, pese a su limitado timbre y la oscuridad de una voz que no han sido óbice para que haga sus pinitos discográficos. Hay consenso en alabar -y premiar- a la Stone por su papel en el filme, pero es una mujer que a uno lo distancia por poseer un rostro extraño (cara de rana, dirán los mordaces): ojos desmesurados y gesticulación facial inherente; frente a ella, la sobriedad (cara de palo, dirán sus detractores) de Gosling, quien ya dio muestras sobradas de actuación estoica en Drive, pero al que no se le puede negar una elegancia interpretativa ajena a estos tiempos y que se retrotrae al mejor cine clásico. Además, en el papel de Emma Stone no acaba de cuajarse el amor por el séptimo arte que dice poseer, de dispar manera al que sí rezuma, por el jazz, su partenaire.

Hay que esperar al final de la película para disfrutar de las secuencias más logradas y emotivas. El protagonista, dueño ya de su propio local de jazz, posa livianamente sus dedos cual mariposa sobre el teclado para arrancar del instrumento las notas del estupendo motivo musical recurrente -"City of stars"-, mientras la narración se demora ofreciendo una versión amorosa alternativa y, por ende, feliz: lo que puedo haber sido y no fue. En pocos minutos se da la vuelta a la historia como si se pusiera una camisa del revés y, sin palabras, el espectador asiste a la cara B del filme. Recuerda, en este sentido, el argumento de aquella extraña película de Paul Auster, Lulú en el puente, con otro jazzman como protagonista.

En cuanto al jazz, mal se empareja el estilo pastelero del filme con la turbulencia idiosincrásica del jazz más auténtico. Hay aquí un jazz de salón, amable, que no se corresponde con la pasión que desborda el personaje por el género, ni con sus alegatos musicales. El jazz de verdad habría que buscarlo por otros lares: Bird, Kansas City, Alrededor de la medianoche o en la reciente Born to blue. En estas películas se hallan los bajos fondos, la violencia y las adicciones trasmutadas en el arte sonoro de las improvisaciones por excelencia; "cualidades" ajenas a una La, la, Land en la que, al revés, se hace carne una explosión jubilosa y melódica de los sentidos y las emociones.

Ciclo de cine polaco (IV). "Esas hijas mías", de Kinga Dębska

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Esas hijas mías se proyectó en el auditorio del CICUS el 16 de enero. Fue la segunda película por orden cronológico del Ciclo. La obra propone una comedia dramática sobre las relaciones familiares. La muerte inminente de ambos padres altera sustancialmente la vida de sus dos hijas y les hace mirarse ante el espejo cuestionando sus respectivas existencias y el vínculo sanguíneo que las une. Marta es una afamada actriz televisiva, Kasia, no pasa de ser una "vulgar" maestra; aquella se encuentra lastrada sentimentalmente por un soterrado complejo edípico en relación con su padre; ésta, mantiene pecuniaria y precariamente a una familia de marido inútil e hijo rebelde. Los reproches y desencuentros entre ambas jalonan un devenir fílmico que camina aceleradamente hacia la muerte de los progenitores con un tono que desdramatiza a la Parca por medio, sobre todo, de las secuencias protagonizadas por el padre, Tadeusz, y su humor cáustico de viejo cascarrabias y de las peripecias tragicómicas de Kasia en su alocado trajín diario.

La omnipresente (Ida, Las inocentes, La sala de los suicidas...) Agata Kulesza -Marta-, Gabriela Muskała -Kasia- y Marian Diędziel -Tadeusz- sostienen el filme con sus interpretaciones. Destaca Muskała en un papel desagradecido por cuanto debe encarnar a una mujer desequilibrada, a un patito feo cuya vida ha sido una sucesión de frustraciones, pero lo hace con gracia, soltura y encanto personal. Kulesza se está especializando en personajes turbulentos que "aristan" un rostro de por sí ya duro, hasta el punto de que las pocas secuencias en las que sonríe descolocan al espectador por distorsionar una imagen angulosa estereotipada. Diędzel da el tipo de anciano gruñón que ve aproximarse a la muerte con gesto burlón y actitud estoica.

Un apuesta en escena simplemente correcta, en la que destaca por su claustrofobia el caserón varsoviano familiar, y una fotografía un tanto fría rematan un filme tan solo simpático y poco perdurable no ya en la memoria, sino en la simple retina.

Ciclo de Cine Polaco (III). "Kamper", de Grzegorzek Żurawski

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Como apelativo, Camper -término de los videojuegos asignado al jugador pasivo y acechante- caracteriza al protagonista del filme objeto de esta reseña y, además, le da título por metonimia. Camper juega metafóricamente a lo largo de toda la película a ser Peter Pan y es finalmente derrotado por la vida: se queda sin casa, sin mujer y ¿sin amante?; tan solo un fiel y sufrido amigo -al que antaño había zarandeado- y el paisaje urbanita varsoviano al que da el balcón de su nuevo microhogar, lo acompañan en las secuencias postreras del filme. Ésta es la síntesis de la última, por desgracia, película del Ciclo de Cine Polaco que se ha podido ver este año en Sevilla, dado que K2. Tocando el cielo fue defenestrada, pese a sus laureles, sin que la Filmoteca de Andalucía, ni el CICUS justificaran tal nefasta decisión.

La obra, que esconde con sapiencia la escasez de presupuesto y el amateurismo, es una agradable y sin pretensiones disección de una inmadura relación de pareja. Mateusz (Camper) trabaja como líder probador de videojuegos en un suntuoso estudio, disfruta de una mujer bella y un piso agradable; pero ese juego virtual que le da de comer también es llevado a la vida real: mantiene indolente y lúdicamente su matrimonio, a la vez que inicia un escarceo amoroso con una hispana, en principio como divertimento, luego como vendetta tras la confesión de una infidelidad menor por parte de su pareja. Mania es aficionada a la cocina y, de hecho, participa en un curso dirigido por un cocinero famoso, pero cae inocentemente en las redes amatorias de éste; por otra parte, sus planes de negocio propio -finalmente llevados a cabo- rozan el esperpento. La inmadurez rige la vida de la pareja y les aboca al final antes mencionado. 

Piotr Żurawski (Camper) es el eje sobre el que gravita todo el filme y su personaje, el responsable máximo de que el edificio marital se desmorone. Su interpretación es convincente y natural: materializa la esencia de un Peter Pan treintañero (su descontrolado baile solitario final en una discoteca -magnífica escena- testimonia el meollo de su personaje y las cualidades interpretativas). Marta Nieradkiewicz (Mania) -"dotada" de un apéndice nasal protuberante, rasgo que comparte, exacerbado, con Żurawski- es la antítesis por apatía y pasividad de la mujer pasional latina representada por Sheily Jimenez (Luna -la amante-), con la cual se produce un error de bulto, que hubiera sido fácilmente subsanable modificando su origen: proponer como sevillana (tópico rancio, por otra parte) a una hispanoamericana. La pareja de compañeros -y únicos amigos- de trabajo de Camper se ofrece como la última tabla de salvación para el protagonista y los que pretenden amarrarlo a la realidad.

La puesta en escena obra maravillas para esconder la falta de presupuesto. El escaso elenco actoral incide, también, en esto. El director, Łukasz Grzegorzek, ha hecho encaje de bolillos para pertrechar a su filme de un mínimo empaque, para dotar a su obra de un poso de credibilidad y ofrecer un espectáculo amable, hodierno y suavemente moralista sobre un segmento generacional polaco.

Haiku goyesco y acosador

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Ojo por ojo
el monstruo vino a verme
final del bullying

Ciclo de Cine Polaco (II). "Ederly", de Piotr Dumała

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Frank Kafka es el escritor por antonomasia del siglo XX. Sus relatos fijaron de manera imperecedera en el imaginario colectivo el daguerrotipo del ser humano alienado. En un periodo -el de entreguerras- aquejado por el fin de las certezas austrohúngaras, el escritor checo acertó a reflejar como nadie la inseguridad y el vapuleo cotidiano -acentuados, en su caso, por sus orígenes judíos- que sufren multitud de seres anónimos. Atinan, por otra parte, los que precisan lo que tienen de fábula y humor negro sus historias. La huella kafkiana, ya en el propio léxico, es universal y hodierna. Ederly, el filme proyectado el pasado lunes en el Ciclo de Cine Polaco, es testimonio de que la sombra del mito kafkiano es alargada: la culpa disfrazada de heteronimia conmina al personaje principal de la trama a regresar a la aldea -que da título a la película- donde cometió antaño un crimen; allí, el desgraciado protagonista es manejado cual títere por los seres que aún la habitan y que se esfuerzan por representar un vodevil carnavalesco ante sus desconcertados ojos, en un empeño de que éste se quite finalmente la venda que los cegaba y acabe por aceptar su sino.

Como tal, la historia es sugestiva, y el referente principal, plausible. Pero su director, Piotr Dumała, no es Orson Welles, ni Ederly, El proceso. Una serie de elementos desvirtúan la verosimilitud de la película, condición sine qua non para el arte: la inclusión de personajes estrafalarios como el de una madre octogenaria practicante de yoga o unos gendarmes caracterizados a la manera gala o un hermano que nunca existió pero que se le ha estado ofreciendo al espectador como el brazo censor y vengativo que se alzaba contra el protagonista; asimismo, la sucesión temporal -alterada por elipsis insuficientemente explicadas- no corresponde al orden lineal de los acontecimientos narrados, desconcertando al incrédulo espectador. Y es que los absurdos en los relatos kafkianos obran como relojes de precisión suizos en materia de verosimilitud: nos creemos que un ser se ha convertido en insecto porque el escritor, transmutado en narrador, se ha preocupado por caracterizarlo adecuadamente: híbrido de animal y ser humano, y, además, el resto de los elementos narrativos (personajes y marco, fundamentalmente) son manejados con solvencia y responden a un realismo crudo (el absurdo sólo es posible y, por ende, más efectivo, cuando se inserta en una realidad adusta y descarnada). Esta premisa no se da en la obra que estoy comentando; así, las estaciones se suceden arbitrariamente, pasando de un temporal de nieve severo a una apacible noche veraniega en un pispás. El anacronismo final (el personaje del hermano que nunca existió, ensimismado en... ¡su teléfono móvil! -los hechos se pretenden ubicar en un pasado relativamente lejano-, ajeno a la cámara que invade su espacio personal y situado demiúrgicamente en.. ¡el metro de Varsovia!) no es más que la muestra más obvia de lo que estoy hablando.

Cuando el filme toca a su fin, el sufrido espectador siente que ha asistido a una farsa, despojada de un pretendido y no conseguido humor, aburrida e irritante. Su inclusión en el ciclo de este año es cuanto menos cuestionable y no empuja a la cinefilia sevillana y a los "polacófilos" a la sala que el CICUS destina a este evento, máxime cuando las condiciones de ésta no son, precisamente, las mejores.

Ciclo de Cine Polaco (I). "Demon", de Marcin Wrona

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Se dice que El cazador (The deer hunter, 1978) son dos magníficas películas ensambladas con calzador por el difunto Michael Cimino: la boda rusa y la lucha por la supervivencia en la guerra de Vietnam. Algo similar, sin el adjetivo ponderativo, se podría proclamar de Demon (2015), del malogrado Marcin Wroda, la última, hasta la fecha, película del Ciclo de Cine Polaco que se proyecta los lunes de enero y febrero en el CICUS sevillano. Narra la historia de la posesión demoniaca judía de un novio el día de su boda. Con algunas variantes y puesta al día, es una versión del clásico yidis de 1937 Dybuk, del director Michał Waszyński, accesible en Youtube.

Python, extranjero y venido de lejos, pero con un nivel de polaco más que aceptable, acondiciona unos terrenos familiares, recibidos como regalo de bodas, el día antes de la celebración nupcial. La excavadora que utiliza para ello descubre inopinadamente un esqueleto humano, lo que va a desencadenar todo un desasosegante torrente esotérico y a malograr la boda posterior. Ésta aparece en el filme de Wroda sabiamente retratada en su faceta más beoda, carnavalesca, pantagruélica e inmarcesible. Como tal, la obra testimonia una tradición local exacerbada y convenientemente regada, además del vodka, por agudas secuencias humorísticas. La posesión, por el contrario, si bien tiene una génesis acertada al crear el clima de tensión necesario, acaba despeñándose por un precipicio de inverosimilitud y abstracción en el último tercio del filme, donde dominan las lagunas narrativas y un tono disparejo (el híbrido de comedia negra ni cuaja, ni convence al que esto escribe). El guion se focaliza desde el inicio en el novio, pero en la parte final, incomprensiblemente, el protagonista se nos escamotea. La elección del protagonista, el israelí Itay Tiran -la coproducción internacional hace valer sus prerrogativas- tampoco es acertada por su marcada tendencia a la sobreactuación, amén de estar limitado por unos ojos menudos e inexpresivos. El contrapunto humorístico que aportan las secuencias con el cura y, sobre todo, con el médico rural que asisten como invitados a la fiesta, desengrasa la materia narrativa. En cuanto a los aspectos formales, destacan sobremanera la fotografía de interiores -premiada en Sitges- y la banda sonora, que conjuga con acierto la modernidad clásica de Krzysztof Penderecki y el tradicionalismo juerguista del klezmer.

De lo dicho anteriormente se deduce que Demon es un filme fallido, aunque no desdeñable: promete más de lo que a la postre da, incardina acertadas escenas en un guion netamente mejorable, el cual se descompone por falta de un norte narrativo adecuado. El mundo judío evocado, así mismo, no pasa de ser más que una postal turística exótica, a pesar del somero repaso nostálgico y cuasi en trávelin que hace un viejo profesor por el fantasmal pueblo -alrededores de la boda- de sus ancestros.

Doce haikus acampanados para despedir el año

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Pobre año viejo
odiado por sus muertes.
Vano obituario.

Musical año.
Exquisitos cadáveres
y un premio Nobel.

Mediterráneo.
Travesía infernal
sin esperanza.

Sangre en el pie.
Refugiados en huida. 
Guerras eternas.

Crueles fanáticos.
Amenaza en la calle.
Guardia en alerta.

Nadie recuerda
la Nochevieja antigua
y sus deseos.

Cumplí cincuenta
este año. No me mienten
la muerte de otros.

Foto del año:
el dos mil dieciséis
con peïneta.

Lata de cuartos
en la Puerta del Sol. 
Voraz preludio. 

Doce uvas blancas.
Las tintas rememoran
vicio escritor.

Champán en mesa.
Cava independentista
boicoteado.

El año nuevo
por el este comienza.
Tardío oeste.

No es Debbie Reynolds († 28-12-2016) la que canta...

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La historia no tiene desperdicio: una estrella de cine mudo debe adaptarse a las novedades técnicas y poner voz a su imagen en las películas sonoras que empiezan a triunfar y a arrumbar con el caduco cine silente. Pero su voz es demasiado aguda y estridente, por lo que para salvaguardar su imagen y el tirón publicitario, se recurre a la argucia de ser doblada por una joven aspirante a actriz, a la par que novia del protagonista masculino que comparte asiduamente estrellato con esa actriz muda -se deduce en declive ya irrefrenable-. Esto es el guion. La "realidad" es un curioso feedback: la artista emergente, en verdad, es doblada en las canciones de la película por dos actrices, una de ellas... la estrella muda. Paradójico, ¿no?

Me estoy refiriendo a Cantando bajo la lluvia de Stanley Donen, a la recientemente finada Debbie Reynolds y a los hace tiempo ya ausentes Gene Kelly y Jean Hagen. Ésta, por mor del guion, deviene en personaje antipático y estrella venida a menos a raíz del auge del cine sonoro. En la realidad, una gran actriz desaprovechada por la Metro-Goldwin-Mayer (no ayudaba una osamenta un tanto andrógina) y que tan solo brilló en este estupendo filme musical y en el no menos magnífico La jungla de asfalto de John Huston, compartiendo protagonismo con Sterling Hayden (de apellido curiosamente parónimo con el de nuestra protagonista).

En 1977 falleció a causa de un cáncer de garganta. Para entonces, hacía tiempo que no se dedicaba más que a bolos televisivos o a apariciones fugaces en el celuloide. Éste es un sentido homenaje a Jean Hagen con motivo de la reciente desaparición de otra actriz, más fecunda, pero menor en talla -anfibología-.

Lista ecléctica -y desquiciada- de 2016: seis discos y un poemario

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Necrofilia aparte, hay comunión en considerar Blackstar de David Bowie como disco del año. Esta bitácora no va a ser original, sino consecuente. Sombrío álbum, ya comentado aquí, portador de atmósferas densas, neblinosas y trufadas de jazz del finado London boy.

Para jazz atrevido y vanguardista el de la banda varsoviana Niechęć, cuyo álbum conceptual homónimo demuestra que Polonia sigue siendo un punto de referencia inexcusable para el jazz moderno.

De Polonia también llega el rock duro y siniestro de Furia y su Księżyc milczy lutyPoderosas guitarras que suavizan -valga el oxímoron- el ruido furioso y la voz brutal de un black -otra vez- heavy razonablemente audible.

Para contrarrestar la agresividad anterior, traigo en esta selección anual a Jack White, factótum de The White Stripes y otros grupos, con su cara más amable en versiones desnudas de sus éxitos: el doble Accoustic Recordings 1998-2016.

Kate Bush se desmelena en un triple en directo grabado en 2014 y publicado este año, Before the dawn. Protagonismo de esa voz expresiva, que permanece incólume pese a sus casi sesenta años. Pop progresivo y artístico.

James Blake sigue insuflando ternura y calidez a la música electrónica: The colour is anything.

El autoeditado Gusanos de seda del sevillano José María Jurado da cuenta de una voz poética en plena madurez, que aúna clasicismo, evocaciones familiares y cultura.

Diez dardos navideños y una zam-bomba

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  1. Aznar se RAJÓ Y ya vuela lejos del PP.
  2. Rajoy ejerce de gallego: como el que oye grAZNAR.
  3. Riña de gatos rimada: Errejón maúlla quedo, Iglesias replica con miaus de corifeo.
  4. De malas muertes musicales está la sepultura del 2106 llena.
  5. Bowie, Prince, Cohen, Lake... George Michael come aparte. 
  6. Anchoa: comida de Navidad por la cara.
  7. El mensaje navideño de Felipe VI se adelanta al tostón de Reyes.
  8. Tempus fugit I. Se van cayendo las bolas del árbol de Navidad y no es otoño.
  9. Tempus fugit II. El musgo crece en el Nacimiento y San Fiacre prepara la poda.
  10. Los coros del ejército ruso atruenan ya el Belén celestial.
  • El ejército patrulla con metralletas la Navidad: La caza del yihadista rojo.

MPdC. In memóriam

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Cuando las nubes de tormenta te rodeen
y las fuertes lluvias desciendan sobre ti,
recuerda que la muerte no es el final.
Y si no hay nadie allí para consolarte,
con una mano de ayuda que prestar,
recuerda que la muerte no es el final.

El árbol de la vida está creciendo
allí donde el espíritu nunca muere.
La brillante luz de la salvación
refulge en oscuros y vacíos cielos
donde las ciudades se abrasan
con la carne ardiente de los hombres.
Entonces acuérdate de que la muerte
no es el final, no es el final.
Tan solo recuerda que la muerte…
no es el final.

Este fragmento poético adaptado del reciente Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan, nos sirve para comenzar un acto de desagravio. Desagravio, sí, hacia alguien que nos dejó un triste mes de septiembre. Triste por ser el final de la época estival. Triste por dar el pistoletazo de inicio a un tiempo de trabajo y de escuela para todos nosotros. Triste por marcar el comienzo del otoño, con esas caídas mustias de hojas que “alfombrean” de color pardo y gris caminos y aceras. Triste, en fin, por ser el mes en que Manuel Peláez DEJÓ DE VIVIR.

Desagravio decía, y esta palabra puede parecer incoherente en un día en que recordamos a nuestro compañero y… amigo. Desagravio, repito y me explico: ahora que ya no estás -pero te sentimos muy vivo, por eso apelo a ti- te vamos a decir todo lo que en vida nos callamos por vergüenza, por miedo, por hombría, por… Manuel, el instituto está más triste desde que te fuiste; tu alegría arrolladora ponía la nota de optimismo en cada jornada; tu sonrisa irradiaba la sala de profesores cuando te decidías a abandonar ese sanctasanctórum -el aula de Plástica-. Manuel, el instituto está menos hacendoso desde que nos dejaste; tu dinamismo era el espejo en el que mirarse, tu vitalidad -¿de dónde sacabas tanta fuerza a pesar de los años?- nos empujaba para continuar en la lucha (y sabes a qué lucha me refiero). Manuel, el instituto está incompleto desde que partiste (¿hacia dónde?); nos falta el aliento, la fuerza, el encanto, la salsa, la luz de tus ojos - que dirían los Estopa-, nos FALTAS tú…

Manuel, fuimos cobardes y “cobardas”. Ahora que te sentimos ausente, nos atrevemos a decirte todo esto, a piropearte, a regalarte los oídos. Ahora que no lo necesitas, somos nosotros los que necesitamos expresar tanto dolor y tanta admiración, los que TE necesitamos.

Manuel, AL FIN, has sabido cuánto te queríamos, cuánto te queremos.

¡Monstruo! Hasta siempre.

Este texto, que preparé, fue leído -mejorando en su recitado las fallas del original- durante la despedida oficial en el Centro de un compañero que nos abandonó demasiado pronto.

Patti Smith metida en cintura (y equivocada)

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A Hard Rain's a-Gonna Fall es una canción apocalíptica -a veces críptica- y dolorida sobre el sufrimiento humano que Bob Dylan compuso en 1963 e incluida en The freewheelin´ Bob Dylan, aquel álbum que reveló al mundo abrupta y rotundamente la vertiente compositora de un autor que se había estrenado un año antes con un disco casi exclusivo de versiones, y que contenía una portada, a la postre, icónica de Dylan junto a su novia de entonces, Suze Rotolo, foto pareja a una anterior de James Dean caminando encorvado por Times Square.


Patti Smith interpretó ayer la composición de Dylan en el marco de la entrega de los recientes premios Nobel. Ha sido convenientemente difundida por los medios su equivocación en el recitado y la simultánea petición de perdón, alegando nerviosismo. Sería una anécdota, si no fuera por la domesticación perpetrada por la otrora madrina del punk, transgresora y salvaje versionadora del Gloria de Van Morrison, del Hey Joe, a la manera de Jimmy Hendrix y del Because the nightcoescrita junto a Bruce Springsteen. A ritmo de osa perezosa y con el agravante de un atavío de monaguillo, puso en pie una versión mojigata del clásico folk, oficiando de sacerdotisa ceremoniosa y solemne para el establishment, orquesta final de cuerdas incluida -si hasta a alguna se le saltaron las lágrimas-.

La de Bryan Ferry que reproduzco a continuación sí es una versión enérgica, de alguien que, al contrario de Patti Samith, había hecho de lo glamuroso un rasgo de estilo, pero que sabe dotar al texto de Dylan de ritmo y poderío:


Vi lobos salvajes alrededor 
de un recién nacido,
vi una autopista de diamantes
que nadie usaba,
vi una rama negra
goteando sangre todavía fresca,
vi una habitación llena de hombres
cuyos martillos sangraban,
vi una blanca escalera
cubierta de agua,
vi diez mil oradores
de lenguas 
rotas,
vi pistolas y espadas
en manos de niños,
y es dura, es dura,
es dura, y es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer. 

Emerson & Lake, in memóriam

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Mal año para el rock progresivo. La originaria formación EL&P se ha quedado sin dos de sus tres patas. La depresión autolítica y el cáncer han fulminado la vida de dos miembros fundadores de una de las bandas más conocidas del llamado rock progresivo.

Este estilo musical surgió en la segunda mitad de los 60 bebiendo de las fuentes de la psicodelia. Quizás fuera el grupo de Frank Zappa, The Mothers of Invention, el germen, la protobanda de esta variante del rock caracterizada por el desarrollo largo de las canciones, el virtuosismo instrumental, los collages sonoros y la querencia por dotar de más enjundia poética -a veces esotérica- y musical al pop. Los 70 supusieron la eclosión del estilo hasta que la irrupción del punk devolvió al pop su primitividad originaria y la música disco herrumbró con su fisicidad instintiva los afanes intelectuales del prog. Los detractores del movimiento insinuaban que las canciones más audaces no eran otra cosa sino ejercicios sonoros de una pista de circo en pos del más difícil todavía. El resultado de diez años de auge del prog fueron millones de discos vendidos por las puntas de lanza del movimiento, bandas cuyos miembros se iban desgajando de las formaciones originarias creando, a su vez, otras superbandas: Yes, EL&P, King Crimson, Pink Floyd, The Moody Blues... Otros, no fueron más que francotiradores aislados del éxito y la popularidad, siguiendo un camino personal más acorde a lo que se llamó con posterioridad art rock (léase Peter Hammill).

Yes compuso en 1971 un disco seminal para el movimiento, Fragile, en el cual sorprendía la adaptación de la bella canción America de Paul Simon. Muy lejos de las pretensiones del prog estaban la sencillez compositiva de los cantautores,  la brevedad de sus canciones y su ausencia de pretensiones; aun así, Yes hizo suya la canción de Simon y la convirtió en ejemplo de música progresiva de alto nivel.

Este es un homenaje sui géneris -por no ser ellos los protagonistas- a los fallecidos.