Acto de homenaje a alumno

Author: Hutch / Etiquetas:


Este es el discurso que preparé para un reciente acto de homenaje a una alumno fallecido este curso por cáncer:

"Hace ahora algo más de tres años que falleció mi padre tras una larga y penosa estancia hospitalaria. Me incorporé al trabajo a los pocos días del deceso, tras haber estado dos semanas atendiéndolo en su lecho de muerte. La primera clase que tuve fue con un Refuerzo de Lengua de 1º. De aquel curso recuerdo especialmente a Fran. Era él un alumno un tanto problemático, pues tenía cierta tendencia a la dispersión y a la disruptividad, lo que exigía por parte del profesor un alto grado de atención personalizada. La reacción que tuvo Fran al terminar aquella mi primera clase tras la muerte de mi padre, me sorprendió y conmovió profundamente: sonó la sirena, los alumnos recogieron a toda prisa su materiales haciendo oídos sordos a mi llamada a la tranquilidad y se abalanzaron hacia la puerta para salir en estampida al pasillo (por aquel entonces, el alumnado debía permanecer fuera de las aulas); sin embargo, me inquietó que Fran se quedara rezagado respecto a sus compañeros; de pronto, se acercó a la mesa del profesor (donde estaba colocando mis enseres), me preguntó cómo me encontraba y… me dio el pésame por el fallecimiento de mi padre. No me lo esperaba. Tan solo otro alumno –asimismo conflictivo, más aun que Fran, cuyo nombre no viene al caso-, de entre la cincuentena a la que aquel año daba clase, tuvo tal detalle.

La expresión de condolencias entre los adultos tiene mucho de fórmula hueca y de mero formalismo. Sin  embargo, no creo que este convencionalismo rija en la infancia, ajena a la hipocresía que gobierna el mundo adulto. Si un niño, salvando la natural timidez, se dirige a su profesor para darle el pésame, da muestras de una empatía profunda hacia las personas, y, en concreto, hacia alguien que, según su punto de vista, a veces no es visto -por desgracia- más que como un enemigo (“el que me suspende”). ¡Cómo no apreciar a alguien que muestra un comportamiento tan humano!

Terminado aquel curso, ya no volví a darle clase. Solo lo veía –cada vez menos debido a su enfermedad- por los pasillos: sí, alguna vez expulsado de clase, pues no lograba zafarse de esa disruptividad antes mencionada. Sin embargo, aquel gesto y aquellas palabras no se me han borrado de la mente y me recuerdan un episodio de una novela señera de la literatura española del siglo XX, Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. El protagonista, investigador sobre el cáncer, se ve involucrado en un turbio asunto, en un poblado de chabolas, que termina con un aborto ilegal y la muerte de la embarazada; el protagonista es detenido y acusado de homicidio, pues había sido llamado por los familiares para atender a la mujer mientras agonizaba. Solo la intervención de la madre de la fallecida: mujer inculta, pero profundamente humana, revelando ante la policía la identidad del verdadero autor del desgraciado aborto, logra sacarlo de la cárcel a la que había sido conducido. El narrador reflexiona sobre aquella mujer con unas palabras que quiero hacer mías para terminar este discurso dedicado a Fran: “No saber nada. No saber alternar con las personas […], no saber decir: “Buenos días tenga usted, señor doctor”. Y sin embargo, haberle dicho: “Usted hizo todo lo que pudo”."