Ciclo de Cine Polaco (II). "Ederly", de Piotr Dumała

Author: Angelus / Etiquetas: ,


Frank Kafka es el escritor por antonomasia del siglo XX. Sus relatos fijaron de manera imperecedera en el imaginario colectivo el daguerrotipo del ser humano alienado. En un periodo -el de entreguerras- aquejado por el fin de las certezas austrohúngaras, el escritor checo acertó a reflejar como nadie la inseguridad y el vapuleo cotidiano -acentuados, en su caso, por sus orígenes judíos- que sufren multitud de seres anónimos. Atinan, por otra parte, los que precisan lo que tienen de fábula y humor negro sus historias. La huella kafkiana, ya en el propio léxico, es universal y hodierna. Ederly, el filme proyectado el pasado lunes en el Ciclo de Cine Polaco, es testimonio de que la sombra del mito kafkiano es alargada: la culpa disfrazada de heteronimia conmina al personaje principal de la trama a regresar a la aldea -que da título a la película- donde cometió antaño un crimen; allí, el desgraciado protagonista es manejado cual títere por los seres que aún la habitan y que se esfuerzan por representar un vodevil carnavalesco ante sus desconcertados ojos, en un empeño de que éste se quite finalmente la venda que los cegaba y acabe por aceptar su sino.

Como tal, la historia es sugestiva, y el referente principal, plausible. Pero su director, Piotr Dumała, no es Orson Welles, ni Ederly, El proceso. Una serie de elementos desvirtúan la verosimilitud de la película, condición sine qua non para el arte: la inclusión de personajes estrafalarios como el de una madre octogenaria practicante de yoga o unos gendarmes caracterizados a la manera gala o un hermano que nunca existió pero que se le ha estado ofreciendo al espectador como el brazo censor y vengativo que se alzaba contra el protagonista; asimismo, la sucesión temporal -alterada por elipsis insuficientemente explicadas- no corresponde al orden lineal de los acontecimientos narrados, desconcertando al incrédulo espectador. Y es que los absurdos en los relatos kafkianos obran como relojes de precisión suizos en materia de verosimilitud: nos creemos que un ser se ha convertido en insecto porque el escritor, transmutado en narrador, se ha preocupado por caracterizarlo adecuadamente: híbrido de animal y ser humano, y, además, el resto de los elementos narrativos (personajes y marco, fundamentalmente) son manejados con solvencia y responden a un realismo crudo (el absurdo sólo es posible y, por ende, más efectivo, cuando se inserta en una realidad adusta y descarnada). Esta premisa no se da en la obra que estoy comentando; así, las estaciones se suceden arbitrariamente, pasando de un temporal de nieve severo a una apacible noche veraniega en un pispás. El anacronismo final (el personaje del hermano que nunca existió, ensimismado en... ¡su teléfono móvil! -los hechos se pretenden ubicar en un pasado relativamente lejano-, ajeno a la cámara que invade su espacio personal y situado demiúrgicamente en.. ¡el metro de Varsovia!) no es más que la muestra más obvia de lo que estoy hablando.

Cuando el filme toca a su fin, el sufrido espectador siente que ha asistido a una farsa, despojada de un pretendido y no conseguido humor, aburrida e irritante. Su inclusión en el ciclo de este año es cuanto menos cuestionable y no empuja a la cinefilia sevillana y a los "polacófilos" a la sala que el CICUS destina a este evento, máxime cuando las condiciones de ésta no son, precisamente, las mejores.