...and the Oscar is not going to "La, la, Land"

Author: Hutch / Etiquetas: ,


Ryan Gosling es el rey Midas hollywoodiense actual. Su aparición en la pantalla garantiza que el precio de la entrada ha revertido en un periodo gratificante. Pienso que esto no puede obedecer únicamente a que el actor tenga un olfato especial para los guiones, sino que, en verdad, su presencia imanta el celuloide; la cámara se gusta ante sus apariciones transformando todo lo que toca en magia: Blue Valentine, Drive, Los idus de marzo, Cruce de caminos, La gran apuesta... (prefiero que quede innominada su segunda colaboración con el director danés de Drive, Nicholas Winding Refn). 

Así sucede con la multipremiada (hasta con el Óscar principal que no le correspondía) La, la, Land. La obra se ofrece como un musical vintage y festivo filmado en Cinemascope sobre el tortuoso camino hacia el éxito profesional en el mundo artístico; aunque, ante todo, es una agridulce historia de amor en la que la oscarizada Emma Stone y Ryan Gosling se llevan la parte del león, escenas musicales aparte. Sin ser expertos bailarines, mantienen el tipo con suficiente solvencia para que sus números resulten atractivos (descuellan sobremanera el icónico de la colina y el breve del malecón); cantando, Emma se lleva la palma, pero Gosling no se acobarda, pese a su limitado timbre y la oscuridad de una voz que no han sido óbice para que haga sus pinitos discográficos. Hay consenso en alabar -y premiar- a la Stone por su papel en el filme, pero es una mujer que a uno lo distancia por poseer un rostro extraño (cara de rana, dirán los mordaces): ojos desmesurados y gesticulación facial inherente; frente a ella, la sobriedad (cara de palo, dirán sus detractores) de Gosling, quien ya dio muestras sobradas de actuación estoica en Drive, pero al que no se le puede negar una elegancia interpretativa ajena a estos tiempos y que se retrotrae al mejor cine clásico. Además, en el papel de Emma Stone no acaba de cuajarse el amor por el séptimo arte que dice poseer, de dispar manera al que sí rezuma, por el jazz, su partenaire.

Hay que esperar al final de la película para disfrutar de las secuencias más logradas y emotivas. El protagonista, dueño ya de su propio local de jazz, posa livianamente sus dedos cual mariposa sobre el teclado para arrancar del instrumento las notas del estupendo motivo musical recurrente -"City of stars"-, mientras la narración se demora ofreciendo una versión amorosa alternativa y, por ende, feliz: lo que puedo haber sido y no fue. En pocos minutos se da la vuelta a la historia como si se pusiera una camisa del revés y, sin palabras, el espectador asiste a la cara B del filme. Recuerda, en este sentido, el argumento de aquella extraña película de Paul Auster, Lulú en el puente, con otro jazzman como protagonista.

En cuanto al jazz, mal se empareja el estilo pastelero del filme con la turbulencia idiosincrásica del jazz más auténtico. Hay aquí un jazz de salón, amable, que no se corresponde con la pasión que desborda el personaje por el género, ni con sus alegatos musicales. El jazz de verdad habría que buscarlo por otros lares: Bird, Kansas City, Alrededor de la medianoche o en la reciente Born to blue. En estas películas se hallan los bajos fondos, la violencia y las adicciones trasmutadas en el arte sonoro de las improvisaciones por excelencia; "cualidades" ajenas a una La, la, Land en la que, al revés, se hace carne una explosión jubilosa y melódica de los sentidos y las emociones.

3 comentarios:

Licantropunk dijo...

Pues como no he visto "La, la, land" no opino de ella, no puedo. Eso sí, como a Ryan Gosling si lo he visto en varías películas, opino que es un excelente actor.
Saludos.

Xoán González dijo...

No la soporté más allá de los 15 primeros minutos. Quería culparme a mi mismo, pero opté por pensar que no tienen por qué gustarme los musicales que fascinan a todo el mundo.

Angelus dijo...

Licantropunk, coincido, y con buen ojo para los proyectos cinematográficos. Saludos.

Xoán, si no te gustan los musicales, ¿por qué fuiste a ver uno tan clásico como éste? “La voluntaria suspensión de la incredulidad” de la que hablaba Coleridge para el arte se multiplica en el cine musical: hay que creerse que lo que vemos en la pantalla puede ser verdad, pero además hay que "tragar" con que las personas se pongan a bailar o cantar en medio de una conversación; si uno no parte de esta base, se debe huir del cine (musical) y no pagar la entrada de una película porque esté de moda. Abrazos, amigo.