Ciclo de Cine Polaco (I). "Demon", de Marcin Wrona

Author: Hutch / Etiquetas: ,


Se dice que El cazador (The deer hunter, 1978) son dos magníficas películas ensambladas con calzador por el difunto Michael Cimino: la boda rusa y la lucha por la supervivencia en la guerra de Vietnam. Algo similar, sin el adjetivo ponderativo, se podría proclamar de Demon (2015), del malogrado Marcin Wroda, la última, hasta la fecha, película del Ciclo de Cine Polaco que se proyecta los lunes de enero y febrero en el CICUS sevillano. Narra la historia de la posesión demoniaca judía de un novio el día de su boda. Con algunas variantes y puesta al día, es una versión del clásico yidis de 1937 Dybuk, del director Michał Waszyński, accesible en Youtube.

Python, extranjero y venido de lejos, pero con un nivel de polaco más que aceptable, acondiciona unos terrenos familiares, recibidos como regalo de bodas, el día antes de la celebración nupcial. La excavadora que utiliza para ello descubre inopinadamente un esqueleto humano, lo que va a desencadenar todo un desasosegante torrente esotérico y a malograr la boda posterior. Ésta aparece en el filme de Wroda sabiamente retratada en su faceta más beoda, carnavalesca, pantagruélica e inmarcesible. Como tal, la obra testimonia una tradición local exacerbada y convenientemente regada, además del vodka, por agudas secuencias humorísticas. La posesión, por el contrario, si bien tiene una génesis acertada al crear el clima de tensión necesario, acaba despeñándose por un precipicio de inverosimilitud y abstracción en el último tercio del filme, donde dominan las lagunas narrativas y un tono disparejo (el híbrido de comedia negra ni cuaja, ni convence al que esto escribe). El guion se focaliza desde el inicio en el novio, pero en la parte final, incomprensiblemente, el protagonista se nos escamotea. La elección del protagonista, el israelí Itay Tiran -la coproducción internacional hace valer sus prerrogativas- tampoco es acertada por su marcada tendencia a la sobreactuación, amén de estar limitado por unos ojos menudos e inexpresivos. El contrapunto humorístico que aportan las secuencias con el cura y, sobre todo, con el médico rural que asisten como invitados a la fiesta, desengrasa la materia narrativa. En cuanto a los aspectos formales, destacan sobremanera la fotografía de interiores -premiada en Sitges- y la banda sonora, que conjuga con acierto la modernidad clásica de Krzysztof Penderecki y el tradicionalismo juerguista del klezmer.

De lo dicho anteriormente se deduce que Demon es un filme fallido, aunque no desdeñable: promete más de lo que a la postre da, incardina acertadas escenas en un guion netamente mejorable, el cual se descompone por falta de un norte narrativo adecuado. El mundo judío evocado, así mismo, no pasa de ser más que una postal turística exótica, a pesar del somero repaso nostálgico y cuasi en trávelin que hace un viejo profesor por el fantasmal pueblo -alrededores de la boda- de sus ancestros.

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