Arsenal endecasilábico para un filme de culto

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Taxi driver celebra aniversario


Héroe paranoico ciudadano


Violencia en filme porno sublimado


Venganza ejecutada gun en mano


Gran travelling final, pero a trasmano


¿Tanto crítico de él obnubilado?

Haiku para Leopoldo María Panero en su tercer aniversario

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El cadáver no exquisito de Leopoldo María Panero cumple hoy tres años. En vida, su cuerpo nunca alcanzó esa categoría de exquisitez, a excepción del periodo de infancia que siempre añoró (padre odiado aparte). En la tumba -prefiero esa imagen a la incineración-, su cuerpo habrá hecho ya las delicias de los gusanos en un festín macabro, sobre lo que escribió con tanta delectación. Su paso por la vida se va diluyendo en el recuerdo y tengo la impresión de que las generaciones venideras serán inmisericordes con él: con su persona y con su poesía. Pero aquí está este blog para rendirle pleitesía ya desde el propio nombre, que copia el verso de uno de sus mejores poemas.

El suicida no consumado, el amante de la muerte prematura, el tentador de los límites sobrevivió paradójicamente a sus dos hermanos. Los años finales (mejor, lustros finales) son testimonio de cómo la palabra decrepitud se hizo carne viva en un ser humano. Su poesía refulgió como pocas en los años de auge de los novísimos, para después dejar tan solo destellos fugaces deslumbrantes junto a redundantes versos crípticos y procaces, cuando no directamente soeces. Pero era un Panero, y, como tal, su ser y su obra no nos dejan indiferentes.

Un año más sin LMP. Un año más en el que la saga estéril astorgana cumplió su sino de desamor, locura y muerte (paráfrasis quiroguiana).

Astorga hojaldra
con carne de un Panero
dulce exquisito

...and the Oscar is not going to "La, la, Land"

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Ryan Gosling es el rey Midas hollywoodiense actual. Su aparición en la pantalla garantiza que el precio de la entrada ha revertido en un periodo gratificante. Pienso que esto no puede obedecer únicamente a que el actor tenga un olfato especial para los guiones, sino que, en verdad, su presencia imanta el celuloide; la cámara se gusta ante sus apariciones transformando todo lo que toca en magia: Blue Valentine, Drive, Los idus de marzo, Cruce de caminos, La gran apuesta... (prefiero que quede innominada su segunda colaboración con el director danés de Drive, Nicholas Winding Refn). 

Así sucede con la multipremiada (hasta con el Óscar principal que no le correspondía) La, la, Land. La obra se ofrece como un musical vintage y festivo filmado en Cinemascope sobre el tortuoso camino hacia el éxito profesional en el mundo artístico; aunque, ante todo, es una agridulce historia de amor en la que la oscarizada Emma Stone y Ryan Gosling se llevan la parte del león, escenas musicales aparte. Sin ser expertos bailarines, mantienen el tipo con suficiente solvencia para que sus números resulten atractivos (descuellan sobremanera el icónico de la colina y el breve del malecón); cantando, Emma se lleva la palma, pero Gosling no se acobarda, pese a su limitado timbre y la oscuridad de una voz que no han sido óbice para que haga sus pinitos discográficos. Hay consenso en alabar -y premiar- a la Stone por su papel en el filme, pero es una mujer que a uno lo distancia por poseer un rostro extraño (cara de rana, dirán los mordaces): ojos desmesurados y gesticulación facial inherente; frente a ella, la sobriedad (cara de palo, dirán sus detractores) de Gosling, quien ya dio muestras sobradas de actuación estoica en Drive, pero al que no se le puede negar una elegancia interpretativa ajena a estos tiempos y que se retrotrae al mejor cine clásico. Además, en el papel de Emma Stone no acaba de cuajarse el amor por el séptimo arte que dice poseer, de dispar manera al que sí rezuma, por el jazz, su partenaire.

Hay que esperar al final de la película para disfrutar de las secuencias más logradas y emotivas. El protagonista, dueño ya de su propio local de jazz, posa livianamente sus dedos cual mariposa sobre el teclado para arrancar del instrumento las notas del estupendo motivo musical recurrente -"City of stars"-, mientras la narración se demora ofreciendo una versión amorosa alternativa y, por ende, feliz: lo que puedo haber sido y no fue. En pocos minutos se da la vuelta a la historia como si se pusiera una camisa del revés y, sin palabras, el espectador asiste a la cara B del filme. Recuerda, en este sentido, el argumento de aquella extraña película de Paul Auster, Lulú en el puente, con otro jazzman como protagonista.

En cuanto al jazz, mal se empareja el estilo pastelero del filme con la turbulencia idiosincrásica del jazz más auténtico. Hay aquí un jazz de salón, amable, que no se corresponde con la pasión que desborda el personaje por el género, ni con sus alegatos musicales. El jazz de verdad habría que buscarlo por otros lares: Bird, Kansas City, Alrededor de la medianoche o en la reciente Born to blue. En estas películas se hallan los bajos fondos, la violencia y las adicciones trasmutadas en el arte sonoro de las improvisaciones por excelencia; "cualidades" ajenas a una La, la, Land en la que, al revés, se hace carne una explosión jubilosa y melódica de los sentidos y las emociones.

Ciclo de cine polaco (IV). "Esas hijas mías", de Kinga Dębska

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Esas hijas mías se proyectó en el auditorio del CICUS el 16 de enero. Fue la segunda película por orden cronológico del Ciclo. La obra propone una comedia dramática sobre las relaciones familiares. La muerte inminente de ambos padres altera sustancialmente la vida de sus dos hijas y les hace mirarse ante el espejo cuestionando sus respectivas existencias y el vínculo sanguíneo que las une. Marta es una afamada actriz televisiva, Kasia, no pasa de ser una "vulgar" maestra; aquella se encuentra lastrada sentimentalmente por un soterrado complejo edípico en relación con su padre; ésta, mantiene pecuniaria y precariamente a una familia de marido inútil e hijo rebelde. Los reproches y desencuentros entre ambas jalonan un devenir fílmico que camina aceleradamente hacia la muerte de los progenitores con un tono que desdramatiza a la Parca por medio, sobre todo, de las secuencias protagonizadas por el padre, Tadeusz, y su humor cáustico de viejo cascarrabias y de las peripecias tragicómicas de Kasia en su alocado trajín diario.

La omnipresente (Ida, Las inocentes, La sala de los suicidas...) Agata Kulesza -Marta-, Gabriela Muskała -Kasia- y Marian Diędziel -Tadeusz- sostienen el filme con sus interpretaciones. Destaca Muskała en un papel desagradecido por cuanto debe encarnar a una mujer desequilibrada, a un patito feo cuya vida ha sido una sucesión de frustraciones, pero lo hace con gracia, soltura y encanto personal. Kulesza se está especializando en personajes turbulentos que "aristan" un rostro de por sí ya duro, hasta el punto de que las pocas secuencias en las que sonríe descolocan al espectador por distorsionar una imagen angulosa estereotipada. Diędzel da el tipo de anciano gruñón que ve aproximarse a la muerte con gesto burlón y actitud estoica.

Un apuesta en escena simplemente correcta, en la que destaca por su claustrofobia el caserón varsoviano familiar, y una fotografía un tanto fría rematan un filme tan solo simpático y poco perdurable no ya en la memoria, sino en la simple retina.

Ciclo de Cine Polaco (III). "Kamper", de Grzegorzek Żurawski

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Como apelativo, Camper -término de los videojuegos asignado al jugador pasivo y acechante- caracteriza al protagonista del filme objeto de esta reseña y, además, le da título por metonimia. Camper juega metafóricamente a lo largo de toda la película a ser Peter Pan y es finalmente derrotado por la vida: se queda sin casa, sin mujer y ¿sin amante?; tan solo un fiel y sufrido amigo -al que antaño había zarandeado- y el paisaje urbanita varsoviano al que da el balcón de su nuevo microhogar, lo acompañan en las secuencias postreras del filme. Ésta es la síntesis de la última, por desgracia, película del Ciclo de Cine Polaco que se ha podido ver este año en Sevilla, dado que K2. Tocando el cielo fue defenestrada, pese a sus laureles, sin que la Filmoteca de Andalucía, ni el CICUS justificaran tal nefasta decisión.

La obra, que esconde con sapiencia la escasez de presupuesto y el amateurismo, es una agradable y sin pretensiones disección de una inmadura relación de pareja. Mateusz (Camper) trabaja como líder probador de videojuegos en un suntuoso estudio, disfruta de una mujer bella y un piso agradable; pero ese juego virtual que le da de comer también es llevado a la vida real: mantiene indolente y lúdicamente su matrimonio, a la vez que inicia un escarceo amoroso con una hispana, en principio como divertimento, luego como vendetta tras la confesión de una infidelidad menor por parte de su pareja. Mania es aficionada a la cocina y, de hecho, participa en un curso dirigido por un cocinero famoso, pero cae inocentemente en las redes amatorias de éste; por otra parte, sus planes de negocio propio -finalmente llevados a cabo- rozan el esperpento. La inmadurez rige la vida de la pareja y les aboca al final antes mencionado. 

Piotr Żurawski (Camper) es el eje sobre el que gravita todo el filme y su personaje, el responsable máximo de que el edificio marital se desmorone. Su interpretación es convincente y natural: materializa la esencia de un Peter Pan treintañero (su descontrolado baile solitario final en una discoteca -magnífica escena- testimonia el meollo de su personaje y las cualidades interpretativas). Marta Nieradkiewicz (Mania) -"dotada" de un apéndice nasal protuberante, rasgo que comparte, exacerbado, con Żurawski- es la antítesis por apatía y pasividad de la mujer pasional latina representada por Sheily Jimenez (Luna -la amante-), con la cual se produce un error de bulto, que hubiera sido fácilmente subsanable modificando su origen: proponer como sevillana (tópico rancio, por otra parte) a una hispanoamericana. La pareja de compañeros -y únicos amigos- de trabajo de Camper se ofrece como la última tabla de salvación para el protagonista y los que pretenden amarrarlo a la realidad.

La puesta en escena obra maravillas para esconder la falta de presupuesto. El escaso elenco actoral incide, también, en esto. El director, Łukasz Grzegorzek, ha hecho encaje de bolillos para pertrechar a su filme de un mínimo empaque, para dotar a su obra de un poso de credibilidad y ofrecer un espectáculo amable, hodierno y suavemente moralista sobre un segmento generacional polaco.

Haiku goyesco y acosador

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Ojo por ojo
el monstruo vino a verme
final del bullying

Ciclo de Cine Polaco (II). "Ederly", de Piotr Dumała

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Frank Kafka es el escritor por antonomasia del siglo XX. Sus relatos fijaron de manera imperecedera en el imaginario colectivo el daguerrotipo del ser humano alienado. En un periodo -el de entreguerras- aquejado por el fin de las certezas austrohúngaras, el escritor checo acertó a reflejar como nadie la inseguridad y el vapuleo cotidiano -acentuados, en su caso, por sus orígenes judíos- que sufren multitud de seres anónimos. Atinan, por otra parte, los que precisan lo que tienen de fábula y humor negro sus historias. La huella kafkiana, ya en el propio léxico, es universal y hodierna. Ederly, el filme proyectado el pasado lunes en el Ciclo de Cine Polaco, es testimonio de que la sombra del mito kafkiano es alargada: la culpa disfrazada de heteronimia conmina al personaje principal de la trama a regresar a la aldea -que da título a la película- donde cometió antaño un crimen; allí, el desgraciado protagonista es manejado cual títere por los seres que aún la habitan y que se esfuerzan por representar un vodevil carnavalesco ante sus desconcertados ojos, en un empeño de que éste se quite finalmente la venda que los cegaba y acabe por aceptar su sino.

Como tal, la historia es sugestiva, y el referente principal, plausible. Pero su director, Piotr Dumała, no es Orson Welles, ni Ederly, El proceso. Una serie de elementos desvirtúan la verosimilitud de la película, condición sine qua non para el arte: la inclusión de personajes estrafalarios como el de una madre octogenaria practicante de yoga o unos gendarmes caracterizados a la manera gala o un hermano que nunca existió pero que se le ha estado ofreciendo al espectador como el brazo censor y vengativo que se alzaba contra el protagonista; asimismo, la sucesión temporal -alterada por elipsis insuficientemente explicadas- no corresponde al orden lineal de los acontecimientos narrados, desconcertando al incrédulo espectador. Y es que los absurdos en los relatos kafkianos obran como relojes de precisión suizos en materia de verosimilitud: nos creemos que un ser se ha convertido en insecto porque el escritor, transmutado en narrador, se ha preocupado por caracterizarlo adecuadamente: híbrido de animal y ser humano, y, además, el resto de los elementos narrativos (personajes y marco, fundamentalmente) son manejados con solvencia y responden a un realismo crudo (el absurdo sólo es posible y, por ende, más efectivo, cuando se inserta en una realidad adusta y descarnada). Esta premisa no se da en la obra que estoy comentando; así, las estaciones se suceden arbitrariamente, pasando de un temporal de nieve severo a una apacible noche veraniega en un pispás. El anacronismo final (el personaje del hermano que nunca existió, ensimismado en... ¡su teléfono móvil! -los hechos se pretenden ubicar en un pasado relativamente lejano-, ajeno a la cámara que invade su espacio personal y situado demiúrgicamente en.. ¡el metro de Varsovia!) no es más que la muestra más obvia de lo que estoy hablando.

Cuando el filme toca a su fin, el sufrido espectador siente que ha asistido a una farsa, despojada de un pretendido y no conseguido humor, aburrida e irritante. Su inclusión en el ciclo de este año es cuanto menos cuestionable y no empuja a la cinefilia sevillana y a los "polacófilos" a la sala que el CICUS destina a este evento, máxime cuando las condiciones de ésta no son, precisamente, las mejores.

Ciclo de Cine Polaco (I). "Demon", de Marcin Wrona

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Se dice que El cazador (The deer hunter, 1978) son dos magníficas películas ensambladas con calzador por el difunto Michael Cimino: la boda rusa y la lucha por la supervivencia en la guerra de Vietnam. Algo similar, sin el adjetivo ponderativo, se podría proclamar de Demon (2015), del malogrado Marcin Wroda, la última, hasta la fecha, película del Ciclo de Cine Polaco que se proyecta los lunes de enero y febrero en el CICUS sevillano. Narra la historia de la posesión demoniaca judía de un novio el día de su boda. Con algunas variantes y puesta al día, es una versión del clásico yidis de 1937 Dybuk, del director Michał Waszyński, accesible en Youtube.

Python, extranjero y venido de lejos, pero con un nivel de polaco más que aceptable, acondiciona unos terrenos familiares, recibidos como regalo de bodas, el día antes de la celebración nupcial. La excavadora que utiliza para ello descubre inopinadamente un esqueleto humano, lo que va a desencadenar todo un desasosegante torrente esotérico y a malograr la boda posterior. Ésta aparece en el filme de Wroda sabiamente retratada en su faceta más beoda, carnavalesca, pantagruélica e inmarcesible. Como tal, la obra testimonia una tradición local exacerbada y convenientemente regada, además del vodka, por agudas secuencias humorísticas. La posesión, por el contrario, si bien tiene una génesis acertada al crear el clima de tensión necesario, acaba despeñándose por un precipicio de inverosimilitud y abstracción en el último tercio del filme, donde dominan las lagunas narrativas y un tono disparejo (el híbrido de comedia negra ni cuaja, ni convence al que esto escribe). El guion se focaliza desde el inicio en el novio, pero en la parte final, incomprensiblemente, el protagonista se nos escamotea. La elección del protagonista, el israelí Itay Tiran -la coproducción internacional hace valer sus prerrogativas- tampoco es acertada por su marcada tendencia a la sobreactuación, amén de estar limitado por unos ojos menudos e inexpresivos. El contrapunto humorístico que aportan las secuencias con el cura y, sobre todo, con el médico rural que asisten como invitados a la fiesta, desengrasa la materia narrativa. En cuanto a los aspectos formales, destacan sobremanera la fotografía de interiores -premiada en Sitges- y la banda sonora, que conjuga con acierto la modernidad clásica de Krzysztof Penderecki y el tradicionalismo juerguista del klezmer.

De lo dicho anteriormente se deduce que Demon es un filme fallido, aunque no desdeñable: promete más de lo que a la postre da, incardina acertadas escenas en un guion netamente mejorable, el cual se descompone por falta de un norte narrativo adecuado. El mundo judío evocado, así mismo, no pasa de ser más que una postal turística exótica, a pesar del somero repaso nostálgico y cuasi en trávelin que hace un viejo profesor por el fantasmal pueblo -alrededores de la boda- de sus ancestros.