La realidad política imita a la ficción

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Escribo esto durante la mañana del domingo de las elecciones gallegas y vascas. El PSOE sufrirá el revés que se merece en ambas regiones. Su secretario general, sin embargo, no se dará por aludido, ni los "tibarones" socialistas, a pesar de oler la sangre del Nono, se decidirán a hincar el diente a su líder, porque saben que hace honor a su nombre: es piedra, y sobre esa piedra el socialismo español "edisficará" su ruina. El único tiburón de los arrecifes patrios es Pablo Iglesias, y éste sí esconde sus fauces tras sonrisas y lágrimas para dar la mordida definitiva a la izquierda española (IU ya ha sido deglutida y su hoz y martillo yacen cual chatarra roja oxidada en el fondo del mar).

Pedro Sánchez es un chulo. No hay más que ver esos andares con las manos metidas en los bolsillos. Aquel paseíllo en las inmediaciones del Congreso allá por el mes de marzo, con el tiburón a su vera, remedaba el de Jon Voight y Dustin Hoffman por Nueva York en Cowboy de medianoche: el gigoló alto, atractivo, de culo apretado y mirada al frente (sólo le falta el sombrero al nuestro), en pareja antitética con el bajito, feo y de andares desgarbados, quien, en escorzo, intenta instruir a su partenaire, mientras éste, bobalicón, se deja hacer.

Nada cambiará tras el 25-S. Pedrito Picapiedra seguirá mareando la perdiz con sus noes, pactos contra natura y amistades peligrosas. Pero... ¿y si Rajoy, con el refrendo del apoyo gallego, diese una lección de deber, como demandaba el Rey (y de altruismo), dejando paso a otro líder -o "lideresa"- popular? "Aquí tenéis mi cabeza: gobernaremos Galicia desde el poder absoluto, las encuestas inflan nuestra cuenta de votos, pero yo me aparto. Que otros aprendan". Soraya, la pucelana, en el país de las maravillas.

Todo sea que el guapo me haga un feo.

Blas (y los infantes)

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Para Sofía y Rafa

El dálmata asistía imperturbable al ágape con el que agasajaban sus dueños a los amigos venidos de lejos. Observaba la velada desde su atalaya perruna cual vigía insomne de torre. El trajín de platos no era para él nada más que movimientos incomprensibles en un tablero extraño. De vez en cuando, se dejaba manosear por los infantes con paciencia de santo y dejes de rey altivo. Si los peques usaban su lomo como montura de caballo, entonces iniciaba una leve queja, pero que se tornaba de nuevo en impasibilidad beatífica. En lo más hondo de su ser canino, asumía su papel de simple peón en el engranaje familiar. De repente, el invitado mayor -que se las daba de intelectual- asió la cesta del pan, desmenuzó la miga sobrante y empezó a darle forma: algún trozo iba adquiriendo en sus dedos rasgos, se diría, antropomórficos. Luego, se levantó de la mesa, se acercó al animal, lo tumbó de lado y empezó a colocar cuidadosamente los restos trocados de comida en su pelo. El animal, como siempre, se dejaba hacer, pero esta vez la impaciencia lo reconcomía. Esperaba que el jugador concluyera la monologante partida para dar inicio al frugal condumio: empezaría por los alfiles, y dejaría la reina para el postre (por muy animal que lo consideraran, sabía respetar las jerarquías). Eso sí, los equinos permanecerían intactos; que no se dijera de él que "perro come carne de caballo".