Blas (y los infantes)

Author: Hutch / Etiquetas: ,


Para Sofía y Rafa

El dálmata asistía imperturbable al ágape con el que agasajaban sus dueños a los amigos venidos de lejos. Observaba la velada desde su atalaya perruna cual vigía insomne de torre. El trajín de platos no era para él nada más que movimientos incomprensibles en un tablero extraño. De vez en cuando, se dejaba manosear por los infantes con paciencia de santo y dejes de rey altivo. Si los peques usaban su lomo como montura de caballo, entonces iniciaba una leve queja, pero que se tornaba de nuevo en impasibilidad beatífica. En lo más hondo de su ser canino, asumía su papel de simple peón en el engranaje familiar. De repente, el invitado mayor -que se las daba de intelectual- asió la cesta del pan, desmenuzó la miga sobrante y empezó a darle forma: algún trozo iba adquiriendo en sus dedos rasgos, se diría, antropomórficos. Luego, se levantó de la mesa, se acercó al animal, lo tumbó de lado y empezó a colocar cuidadosamente los restos trocados de comida en su pelo. El animal, como siempre, se dejaba hacer, pero esta vez la impaciencia lo reconcomía. Esperaba que el jugador concluyera la monologante partida para dar inicio al frugal condumio: empezaría por los alfiles, y dejaría la reina para el postre (por muy animal que lo consideraran, sabía respetar las jerarquías). Eso sí, los equinos permanecerían intactos; que no se dijera de él que "perro come carne de caballo".

2 comentarios:

¡Ahí te han «dao»! dijo...

«... por lo cual tuve miedo y escondí el talento que tú me diste enterrado en la tierra».

Gracias por tu dedicatoria y tu conversación. Eres fantástico.

Escribe.

Angelus dijo...

Entonces... "apartaré la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes". Pero me temo que no soy más que el eco del eco de otros. ¡Gracias!