"Aullido de licántropo". Carlos Álvarez

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Fue Santos Domínguez quien nos puso el año pasado sobre la pista de un libro extraño, tanto como el ser que lo protagoniza: un hombre lobo. Publicado en 1975, cuando aún vivía Franco y con un nihil obstat chocante dada la evidencia de la dedicatoria: "A la Momia, gran ausente de la galería de monstruos que aquí cobran vida", el texto renace en el plenilunio del siglo XXI en cuidada edición de Bartleby Editores y con un didáctico y entusiasta prólogo de Manuel Rico, artífice de la resurrección libresca.

La obra es una amalgama de materiales diversos que pretende configurar la idiosincrasia de Larry Talbot, licántropo británico que espera una más que presumible sentencia a muerte como castigo a sus crímenes. El autor define su producto como novela poemática, pero tal subgénero, pese a sus borrosos contornos, no corresponde canónicamente al texto en cuestión: la mezcla de prosa y verso no es suficiente para categorizar un texto de tal manera. Lo que tenemos aquí es una obra polifónica en la que se van combinando diferentes y hasta antagónicas voces: la lírica del licántropo, volcada al español desde el inglés por un traductor sui generis que se permite ciertos privilegios autoriales; un comentarista en prosa que ironiza tanto sobre los textos del protagonista, como sobre la labor del traductor; a esta tríada hay que sumar fragmentos en estilo directo del juicio, gracias a los cuales escuchamos a abogado, fiscal y juez; finalmente, una coda de glosas y homenajes ultima la obra. 

Ante esta diversidad de materiales, ¿qué podemos rescatar y salvar para la posteridad? Sobre todo, el "aullido" lírico de Talbot, sabio hacedor de versos multiformes que no escatima homenajes-parodias poéticos diversos, pero que estremece por el poderío de una voz doliente que no puede escapar a un sino sangriento. El glosador, como contrapartida, testimonia la voz más ácida, irónica y descreída del escritor, trasluciendo una visión desengañada de la realidad, tanto social como cultural, de la España del tardofranquismo, ante la que se alza su personaje como estandarte de la singularidad, del saber "decir no" que, por ejemplo, reclamaba recientemente Javier Cercas en El impostor.

Un expurgo textual, licencia que me permito pues el autor entra de lleno en el juego del manuscrito encontrado y de las libertades en la traducción, nos daría, ahora sí, un texto lírico de gran altura: un personaje que canta con amargura la maldición de la luna llena, un ser alejado de contingencias temporales que transmite en verso un mensaje intemporal de lucha estéril contra el destino, cual héroe de tragedia griega. Como muestra, este extraordinario, en todos los sentidos, poema asonantado:

Mejor la soledad. Cuando regreso
de pronto a un tiempo antiguo, preferible,
mil veces preferible a este mármol
que da frialdad al muro
que la inquietud caliente del orgasmo.
¡Oh no tener entonces la tibieza
febril de tu regazo!
¡Oh qué alegre sorpresa este burlarme
de mi yo más amargo
cuando desde el aullido sólo encuentro
tu ausencia, no tu abrazo;
mi desesperación, no tu belleza;
no tu cuerpo a mi lado!
Escribo ahora en pleno mediodía.
Mi mente, como el sol, está en lo alto:
en las regiones del amor vertida,
no en el asesinato.
Mientras la luz ingenua nos inunde
caminaremos juntos paso a paso
...y, sin que te des cuenta del peligro,
me alejaré con el sol de tu costado.

2 comentarios:

Licantropunk dijo...

No me va a quedar otra que leerlo, ja, ja, el personaje del hombre lobo me ha fascinado desde la infancia. Y tienes razón en que es un poema extraordinario. Habrá que leer el resto.
Saludos.

Angelus dijo...

Esperaba tu aullido con expectación. Sabía que, cuanto menos, sería de tu interés este curioso y a ratos lírico y amargo libro. Saludos.