"El niño", Daniel Monzón

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Daniel Monzón no parece un director español. Quizá por ello sería su nueva obra la más indicada para optar a los Óscar de la próxima edición y, así, nuestro cine podría resarcirse de tanto fracaso consecutivo (¿alguien recuerda cuál fue la última película española seleccionada por la Academia de Hollywood?). Su trayectoria cinematográfica da cuenta de un director que se va apropiando de diversos géneros/formatos y construye una obra con oficio y técnica, sin sorpresas, pero de buena factura. ¿No era esto lo que hacían los maestros del Hollywood dorado? A Monzón sólo le falta, en este sentido, un melodrama, aunque los tiempos no están, lo entiendo, para excesivas florituras.

El niño narra una trama policial con el trasfondo del tráfico de drogas en el Estrecho. Dos líneas argumentales -si bien es cierto que relacionadas y que confluyen al final- pugnan por llevarse la parte del león y ahí está precisamente su debe, en el guion: la historia de los policías acaba minimizada, cojea por falta de introspección (sí, "el personaje de Tosar está desaprovechado", es la tesis que rondará por la cabeza de muchos espectadores), mientras que la de los maleantes se hipertrofia, demorándose en una historia de amor empalagosa y rodada con excesiva premiosidad. Nadie podrá negar, sin embargo, que las escenas de acción son emocionantes y tienen una factura que no envidia nada a cualquier producto de mercadotecnia americano -aquí enlazo con el primer párrafo-, pero más afines al espíritu español, obviamente. Jesús Carroza se destaca como la estrella de la película: es cierto que no necesita actuar, que es su papel de siempre, pero ésas eran las críticas que recibían John Wayne y Cary Grant, ¡ahí es nada! En su contra, también, el afán cargante por reproducir el acento andaluz (colmo la entrada con otra interrogación retórica: ¿nadie ha pensado seriamente en incluir subtítulos?). Asimismo, la banda sonora no es, precisamente, un prodigio de sutileza.

Licantropunk da cuenta en su blog de la película con más perspicacia, como siempre, de la que yo pudiera hacer gala.

Lecturas veraniegas

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  • Victus, Albert Sánchez Piñol. Ahora que el Instituto Cervantes le ha hecho publicidad gratis al autor revocando una charla sobre su libro en Utrech, es buen momento para rescatar esta novela de 2012. La obra suya que prefiero con mucho es La piel fría, un prodigio en la estela de Solaris con una temática "lovecraftiana". Victus, por su parte, se inscribe en el género histórico al modo galdosiano: protagonista ficcionalizado, aunque con base real, inmerso en la vorágine histórica, en este caso, el asedio de Barcelona durante la Guerra de Sucesión. No entro en las verdades de la Historia, ni me importa, sino en la verdad literaria, y la extensa obra es verosímil, además de incluir grandes dosis de parodia para ambos bandos contendientes.
  • El canto de la sirenas, Eugenio Trías. Monumental obra sobre la música clásica. El filósofo le puede al divulgador, lo que convierte este ensayo en especializado por la terminología y las referencias utilizadas. Se trata de una colección de artículos sobre las principales figuras, según el autor, de la música clásica. Cuestionable cuanto menos es la ausencia de algunos autores clave, puesto que la tesis de Trías es que sólo lo innovador merece la pena. Asimismo, resulta chocante algunas analogías con determinadas obras cinematográficas, con las que el autor pareciera querer rebajar el tono del texto y acercar sus reflexiones al lector común.
  • Todos los buenos soldados, David Torres. Afortunadamente hemos recuperado al autor madrileño, después del descalabro de Punto de fisión. A David Torres se le atragantan las empresas de altura: ni El mar en ruinas (parodia de la Odisea), ni la antes referida, resultan obras acertadas puesto que pecan de exceso en sus pretensiones. La ahora minirreseñada cuenta un episodio de la larga guerra de Marruecos, esta vez en plena época franquista y con Gila como secundario de lujo. Las bases de novela negra y costumbrismo -donde David se desenvuelve como gato panza arriba- permiten que la novela se configure como un texto notable, que envidia poco a El gran silencio o Niños de tiza.
  • Recuerdos de Gustav Mahler, Alma Mahler. La famosa "devoradora" de artistas cuenta los recuerdos de la vida que compartió con el insigne compositor y director de orquesta. Destacan tanto la admiración por el artista, como el cuestionamiento del hombre privado. La amargura de su puesto secundario se va trasluciendo poco a poco en el avance de la lectura. Aun así y a pesar de que sus recuerdos haya que ponerlos en cuarentena, es un libro de memorias interesante, escrito con soltura.
  • El ruido eterno, Alex Ross. Imprescindible libro sobre la música del siglo XX, especialmente la clásica. Con ánimo divulgativo, el autor no escatima los tecnicismos musicales, a la vez que ofrece una visión coherente de la música y sus protagonistas para aquellos que deseen iniciarse. La implicación entre lo culto y lo popular es la vía que el autor explota para la viabilidad de la música clásica en el futuro y la recuperación de su valor otrora.