Toni Cantó ante Rajoy. Microrrelato

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Mariano Rajoy estrecha la mano de Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa. AFP. 28/07/2014

"Cuando llegó era un niño delicado, / no quería mancharse / jugando en el descampado. / Era un tipo legal, / un amigo, un aliado." (Manuel Raquel, Tam Tam Go!)

Se presentó en la Moncloa radiante. Plantando cara a las cámaras e insultantemente joven y apuesto, exhibía una sonrisa de campaña presidencial norteamericana y venía dispuesto a insuflar vida a esa rosa desmayada e intubada por el científico de la calva y la barba rala. El otro, tranquilo, avezado en esto de los advenedizos, no tuvo más remedio que estrechar su mano en el rutinario gesto para la prensa, pero su mirada, aun en escorzo, lo delataba; un asomo de duda, de perplejidad, azotaba su gesto de gallego: "¡Manda carallo! Me anuncian al nuevo jefe de la oposición y me doy de bruces con el petimetre de Toni Cantó".

"Llenar el vacío", Rama Burshtein

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Malos tiempos para Israel. Pero, ¿acaso lo han sido buenos alguna vez? A las condenas más o menos oportunistas de la campaña antiterrorista iniciada hace algunos días en Gaza, se suma, en materia específica de este blog, la casi coincidencia en la cartelera de sendas películas de los bandos enfrentados, la palestina Omar y la israelí Llenar el vacío. Si la primera trasciende el enfrentamiento armado para ofrecer un mensaje intemporal sobre la problemática de las relaciones personales y los sentimientos humanos, la segunda tiene una malsana ideología centrípeta: no existe nada más allá de la comunidad ultraortodoxa jasídica alrededor de la que gira la totalidad de la trama del filme y a la que pertenece asimismo su directora, Rama Burshtein.

La protagonista, Shira, es una joven judía a la que intentan convencer para que se case con su cuñado, tras enviudar repentinamente éste de su joven esposa, hermana de Shira. La boda resolvería el problema del cuidado que requiere su primogénito y la marcha del viudo a Bélgica, donde tiene concertado otro matrimonio. Pero esta solución no tiene en cuenta los anhelos de la joven, quien ve cómo de pronto su prometido, de la misma edad, la repudia. La hora y media de metraje de la película es una constante agonía interior de la chica, escindida entre sus deseos y su obligación, a la vez que un documento folclórico de las costumbres de la comunidad hasídica a la que pertenecen todos los personajes del filme.

El problema de la película no radica tanto en el credo subyacente; al fin y al cabo, la pertenencia a determinados grupos sociales, aunque intransigentes, es muestra de una decisión vital perfectamente respetable, como en la estrechez de miras, el continuo contemplarse el ombligo y una estética irritante: frenesí de planos medios cortos, puesta en escena claustrofóbica y una fotografía que pretende elevar el color blanco tipo Ariel a la categoría de arte -véase el cartel-; elementos que alejan a este espectador y le provocan rechazo. Ni siquiera la sobrevalorada interpretación de Hadas Yaron como Shira, premiada en Venecia, amortiza el precio de la entrada. Sí, parafraseando fácilmente el título, es difícil llenar el vacío que implica el visionado de esta obra.

"Omar", Hany Abu-Assad

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Si alguien hubiese querido apreciar significativamente por medio del celuloide -al margen de calidades estéticas- cuál es la situación de desamparo de los palestinos en la Cisjordania árabe no debiera haber dejado escapar la proyección de la película canadiense Inch´Allah de Anaïs Barbeau-Lavalette hace, por estas fechas, un año. Ahora bien, que nadie en este momento pretenda tal cosa con el filme palestino Omar de Hany Abu-Assad, actualmente en cartelera. La nacionalidad de la obra no deja lugar a dudas sobre el lado del que se inclina la balanza de simpatías en el conflicto, sin embargo, el director ha sabido escapar a la tentación panfletaria, para centrar su película en un drama personal de amores, traiciones y fidelidades. Por esto, es digno de aplaudir su filme y, por esto, va a escapar a la coyuntura temporal y quedar en la retina de los degustadores de buen cine, más allá de tesituras ideológicas y circunstancias históricas mutables.

Omar es un joven panadero palestino enamorado de la hermana del cerebro de una pequeña célula terrorista latente, de la cual él mismo también es miembro. Para ver a su joven amada, debe arriesgar la vida salvando el muro israelí que separa sus localidades. Con la sangrienta entrada de la célula en acción, se desencadena el verdadero conflicto de la obra: es entonces cuando aparece en escena el jefe judío de los servicios de inteligencia, motor de la tragedia (y posterior venganza) de Omar y motivo último de su drama personal; la presencia de un traidor árabe que delata ante los judíos a sus compañeros y la intriga de su descubrimiento no son esenciales, la película no es una obra de espionaje ni un thriller. Con el apoyo de una pareja de protagonistas jóvenes, bellos y muy naturales en su interpretación, el director estiliza la puesta en escena y la fotografía lo justo para crear una obra de arte, no un mero documento histórico; además, el simbolismo de algunas escenas (en la celda de aislamiento o la ascensión repetida del muro) teje una red interpretativa múltiple para un receptor perspicaz.

Las elipsis extrañas, las mutaciones injustificables en la cara del protagonista y un enredo demasiado "enredado" del supuesto thriller, no deberían quitar mérito a una obra cuajada. Tampoco es mérito mío descubrirlo, los premios y nominaciones ya avisan de ello. El año ya ha deparado dos obras maestras: la polaca Ida y ésta, todo lo que venga después será un añadido grato. El centro de gravitación cinematográfico se sitúa, de momento, en el extrarradio. ¡Ah!, un aviso para navegantes: el final, aunque previsible en su instante postrero y crítico, sacude el ánimo del espectador como un latigazo.

Relato familar

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DUELO

Siento que alguien camina a mi lado, que sube conmigo las escaleras, que permanece de pie mientras duermo, mirándome desde lejos para no perturbar mi descanso. No es una presencia notoria, es, simplemente, un hálito de la noche que se cuela en mi habitación, una nube que cruza mi espacio durante el día, una y otra vez. No creo en fantasmas; lo que no atrapan los sentidos no existe en mi vida, así que supongo que todo esto no es sino producto de mi cerebro que recibe a manos llenas las sustancias químicas de los medicamentos.

Desde que murió mi marido y la casa se quedó medio vacía, la tristeza se adueñó definitivamente de mí y me convertí en su marioneta. Levantaba un brazo porque él me lo pedía, cogía una taza vacía que después volvía a colocar en su sitio, abría los ojos sólo para mirarlo a él. Así estuve durante más de un mes hasta que una familiar lejana, Domi, vino a verme y, casi sin mediar palabra, metió algunas de mis cosas en una pequeña bolsa de viaje, me montó en su destartalado coche y me llevó a su casa del pueblo. Es una persona muy habladora, pero, por fortuna, no exige que le prestes atención. Eso facilitó mucho las cosas; no hubiese podido soportar las frases de consuelo que suelen decirse en estos casos, los ánimos repetidos que me hubieran llevado a un más profundo desaliento.

Lo del médico vino después. También fue Domi quien me animó a ir. Las consultas quincenales resultan bastante tediosas, siempre las mismas frases repetidas hasta el agotamiento: Es un proceso normal, hay que pasar por un periodo de duelo, es conveniente que usted comparta sus sentimientos con otras personas que han pasado por lo mismo. Me gustaría decirle que sólo voy a su consulta por las recetas de las pastillas, que el duelo ha formado parte de mi vida desde hace bastantes años, pero no quiero ser descortés con alguien que hace su trabajo lo mejor que puede. Al comienzo del tratamiento me sentía aturdida y aun más desganada, pero, poco a poco, he ido percibiendo que algo se fortalecía en mi interior y que vuelvo a interesarme por cosas que creía olvidadas, como caminar al lado del río durante el atardecer o coser; también mirar la colección de flores secas que fui atesorando desde que mi hermana Ángeles, el único miembro viajero de la familia, me regaló un ramo hecho por ella misma. Desde el principio me di cuenta de que todas estas actividades placenteras para mí, lo eran  antes de mi boda con mi difunto esposo, y que las fui abandonando al poco de casarnos, al mismo tiempo que llenaba el espacio y el tiempo que ellas dejaron con la rutina de las tareas en casa, las sesiones de televisión nocturnas, que a él tanto le gustaban, y las visitas a los familiares durante el fin de semana. Dejé de caminar y mi cuerpo adquirió la forma de una rueda deshinchada.

La vida en casa de Domi es apacible, sin sobresaltos. Ella trabaja por las mañanas hasta las tres y yo hago la comida, algo que no me disgusta en absoluto, más bien al contrario, me divierte pensar en el menú del día siguiente y, mientras cocino, puedo  pensar en otras cosas,  poner en orden mi mente  y mis deseos, imaginar cómo será mi vida en un futuro no muy lejano. Cuando estamos juntas hablamos mucho y nos entendemos a la perfección: no exigimos que la otra haya entendido sus palabras; de noche, me tranquilizo escuchando en silencio cómo el corazón del pueblo va latiendo cada vez más despacio hasta alcanzar el ritmo lento y la respiración  suave del sueño.

Algunas tardes nos sentamos cada cual en su sillón, una frente a la otra, con un vaso de zumo en la mano, y recordamos en voz alta nuestra infancia, nuestros juegos en la solana durante el invierno, los largos veranos en los que el pueblo se llenaba de forasteros, de una tropa de niños con los que poder jugar al escondite. A veces nos quedamos en silencio; entonces es el momento de poner cerco a los recuerdos, porque pueden escaparse por prados ajenos a su tiempo y ocuparlos por completo. Cuando esto ocurre, me levanto, voy a la cocina y hago la comida para el día siguiente.

Ayer el psiquiatra me dio el alta. Me siento como un árbol al que le hubiesen quitado las ramas secas, quebradas, y volviera a mostrarse fuerte, dueño de su espacio. He comprado una bicicleta para salir a pedalear por las tardes; me enteré de que hay una agradable ruta por las afueras, a los pies del monte, entre castaños y nogales. Un conocido de Domi me ha dicho que, si quiero, él puede acompañarme algunos días para que no vaya sola. Intuyo que pretende algo más de mí, y eso me asusta; una nueva vida compartida, con las ataduras y sacrificios que trae consigo, no entra en mis nuevos planes de vida. Le he agradecido su ofrecimiento, mientras pensaba en que yo jamás estoy sola, porque ese aliento constante me acompaña aún a todas partes.

Ofelia, un haiku y Peter Hammill

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John Everett Millais, Ophelia. 1852

Canto concluido.
Ofelia entrega el cuerpo 
al río amante.

That token drag on your cigarette,
That well-known face in the fire,
It could be someone you can't forget,
Someone you've learnt to admire.
And it's strange...
How the feeling goes;
All change-
Down the river Ophelia goes.
You're treading water, the price is steep,
You say you'll cope with it all;
You've made some promises you can't keep,
You throw yourself against the wall.
You throw yourself against the wall.
You throw yourself against the wall.
And it's strange...
How the feeling goes;
All change-
Down the river Ophelia goes.

You heard a noise in the firegrate,
You look to see who goes there -
It's just the stranger, he's come too late
And even he's unprepared
To find the cupboard so bare
Ophelia goes
All change-
Down the river Ophelia goes

It´s so strange...
When Ophelia goes
All change-
Down the river Ophelia goes

It's so strange...
Down the river.
Peter Hammill, Ophelia. 1981