"Los cuerpos extraños", Lorenzo Silva

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Octava entrega ya de las aventuras de esta particular pareja de guardias civiles, Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, quienes han visto cómo el tiempo va ascendiendo su graduación y sumando miembros al equipo investigador. El centro de operaciones se ha trasladado esta vez a Valencia, icono patrio del despilfarro en época de vacas gordas y de las corruptelas generalizadas. Lorenzo Silva, siempre atento a la actualidad, se centra en la corrupción urbanística en un ayuntamiento de la zona; de ese mundo malsano es de donde proviene el asesino -creo que no destripo la trama- de la alcaldesa Karen Ortí Hansen, mujer de rectitud probada en cuestiones de moralidad pública, pero laxa en su vida íntima (la herencia luterana materna justifica para el narrador esta paradoja).

Lorenzo Silva se preocupa por dotar de vida más allá de la novela a sus protagonistas. Entre entrega y entrega, la pareja de guardias civiles sufre el transcurrir inexorable del tiempo y la vida les deja huella, en especial, a Chamorro, que arrostra un drama personal del que sólo casi al final de la obra le hará partícipe a su compañero. El lector asimismo se percata de que la vida alrededor de Vila también muda: su hijo se hace mayor y una amante extraída de su vida profesional alivia puntualmente las necesidades físicas y afectivas. La pareja envejece a la par que sus lectores y mientras leemos estas líneas, Vila y Chamorro serán presas de avatares diarios de los que Lorenzo Silva estará muy atento para extraer lo más significativo. ¿Ese avance vital supondrá por fin la unión sentimental de ambos, ya preludidada desde los orígenes de la serie y tan esperada por sus ávidos lectores? Me atrevo a aventurar que sí: el escritor no demorará por mucho más tiempo dar gusto a esta ansiedad lectora.

Lorenzo Silva ha pretendido en Los cuerpos extraños mantener la intriga hasta casi el final del libro, sin embargo, un lector asiduo de sus textos periodísticos, así como un mero conocedor de las inquietudes del escritor madrileño no se deja engatusar fácilmente por el juego al despiste que lleva a cabo el novelista. El culpable del asesinato no puede ser otro más que alguien relacionado con la corrupción urbanística, y no precisamente aquel a quien apuntan todos los indicios, por simple cuestión de estrategia narrativa. ¿Tara de la novela? Creo que no: en las "simples" novelas de intriga detectivesca (Agatha Christie) esta cuestión pueda que sea el núcleo en torno al cual gire toda la obra, pero en una novela de serie negra genuina, la trama está puesta al servicio de un engranaje social viciado que se pretende poner de manifiesto, cuando no denunciar literalmente. Y esto es lo que sucede con la obra: la España del pelotazo pone sobre el tapete el cadáver exquisito de una danesa que pretendió reformar a pequeña escala la manera de hacer política.

Si algo chirría en esta novela es un "defecto" que ya se venía apuntando desde la magnífica La estrategia del agua -obra culmen de la serie para quien esto escribe-, a saber: el ingenio verbal del brigada de la guardia civil en las réplicas de los diálogos es excesivo, la causticidad "bevilacquense" es ya un rasgo de estilo, pero deja una impronta en la lectura de inverosimilitud y caracteriza al protagonista como un ser que se acerca peligrosamente al precipicio del pedantismo. Lorenzo Silva debiera vigilar este aspecto en la construcción de su personaje porque a poco que se descuide puede hacer irritante y cargante a su protagonista, con lo que el edificio textual podría desmoronarse desde el cimiento del investigador, clave en la configuración de una novela negra. Para decirlo con otras palabras: hay demasiado del escritor en su personaje; la inteligencia y la cultura -innegables- de Silva (véase la semejanza sonora con Vila) se reflejan en exceso en el guardia civil, quien da la impresión de querer compensar un complejo económico y de escalafón con el bagaje cultural y la agudeza verbal.

Donna Tartt, "El jilguero"

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Una obra sobre la aflicción por la pérdida del ser querido, sobre cómo un adolescente, a raíz de un desgraciado accidente, va dando bandazos a lo largo de su vida hasta al final encontrar la redención social y la reconciliación personal. Eso es la monumental novela El jilguero de Donna Tartt, quien ha sabido conjugar la "alta" y "baja" literatura, el aplauso crítico y el éxito de ventas, la introspección psicológica y la novela río sui géneris, las reflexiones culturales y el placer de leer una historia bien contada. No sé si las alabanzas de Stephen King le han hecho un favor a la autora o si bien las prevenciones estéticas que pudiera despertar el famoso autor de "best sellers" transmutan la laudatoria en veneno; en todo caso, este primer clásico del siglo XXI engatusa al lector con su pericia narrativa.

La mayor parte de la novela es una gran retrospección hecha por el protagonista, Theo Decker, desde un hotel de Ámsterdam, que pretende justificar el estado de confusión y alienación en el que se encuentra, y que tiene su arcano germen en la pérdida de la madre en un atentado terrorista acaecido en un museo neoyorquino. A raíz de ese hecho luctuoso, el protagonista recorre dispares núcleos familiares, compensando el débito afectivo con la amistad, el amor platónico, el alcohol y las drogas. Hasta la entrada en la Universidad y mientras Theo es joven, la novela atrapa por su conjunción de narración y autorreflexión vital, pero a partir de ahí, se producen extrañas elipsis (como si la autora se hubiera dado cuenta de que su obra iba camino, no de las 1.100 páginas que finalmente encierra, sino del doble, y decidiera darse prisa por hacer madurar a su personaje). El aire "dickensiano" de ese Theo joven es innegable y traerlo a colación no tiene ningún mérito, aunque sí es obligatorio para poner de manifiesto el simpático vagabundeo de pillastre del protagonista.

El texto tiene su particular "macguffin": el robo que hace el niño Theo Decker del cuadro de Carel Fabritius de 1654 El jilguero -reproducido al final de la entrada-, aprovechando el desconcierto policial tras el atentado antes citado e instigado de alguna manera por la alabanzas que del mismo le había hecho su madre antes de fallecer (poseer el cuadro se convierte así en una manera de conjurar a la muerte). La difícil guarda que debe llevar a cabo Theo, la búsqueda policial y sus implicaciones mafiosas, aportan al texto gotas de intriga y suspense, a la vez que dan pie a reflexiones culturales.

"Los huesos olvidados", Antonio Rivero Taravillo

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La primera incursión de Antonio Rivero Taravillo en la novela apuesta sobre seguro: cimientos ensayísticos -no en vano el autor es biográfico de reconocida solvencia-, continuas referencias poéticas -Luis Cernuda, Octavio Paz...-, aprovechamiento del aniversario del Premio Nobel mexicano, antecedentes exitosos en el juego narrativo ficcional que toma como base a personajes reales de la guerra civil -Soldados de Salamina de Javier Cercas y Enterrar a los muertos de Ignacio Martínez de Pisón- y descripción de espacios sobradamente conocidos por el melillense -México y Sevilla-, nos ponen sobre la pista de un compendio de materiales con los que Taravillo ha pergeñado su artilugio narrativo y que sabe manejar con sobrada soltura dado su bagaje libresco.

La obra parte de la ficción: el autor se inventa a un personaje que investiga la vida del militante del POUM, desaparecido durante la guerra, Juan Bosch, este sí con base escrupulosamente real. Dicho personaje creado de la nada es su propia hija, Encarna Expósito -docente de secundaria prematuramente jubilada-, quien viaja de España a México en pos de las huellas de un casi desconocido para ella padre, recorriendo, así, el bumerán espacial que caracterizó las andaduras de Bosch huyendo o "huyéndole" de las vicisitudes políticas de la época. Encarna finalmente acaba escribiendo, con los materiales recogidos de diferentes fuentes, su particular versión de los años finales paternos; esta narración es la que nutre la segunda parte, la menos interesante y más apegada a la Historia, de las tres en las que se divide la novela. En la primera, conocemos a Encarna en su viaje a México para entrevistarse con unos decrépitos Octavio Paz y Elena Garro, ambos bien conocedores de su padre, incluso el Nobel amigo de Bosch ya desde la infancia. En la tercera parte de la novela, el narrador se centra en Encarna en dos momentos temporales y espaciales diferentes, los cuales intentan una doble justificación: la de la búsqueda de sí misma en la que a la postre se han convertido sus pesquisas y, por otro lado, el subjetivismo con el que ha escrito algunos pasajes.

Más allá de la denuncia política de la persecución ejercida "por" los comunistas (esa preposición es clave poética e ideológica en la novela, como percibirá el lector) en la retaguardia republicana, la obra llama la atención ante todo por dos aspectos: su configuración como puzle narrativo en multiperspectivismo que intenta recomponer, con la nebulosa de la memoria, la figura del poumista Juan Bosch, y, fundamentalmente, el soberbio y encandilador estilo con el que ha sido compuesta la narración: la capacidad para los tropos de la prosa de Taravillo (en quien el poeta puede a veces al narrador), el cuidado y preciso lenguaje y la sintaxis trabajada, otorgan al texto una pátina de elegancia y alejamiento de lugares comunes. Dos peros -Ricardo Senabre podría ultimar- contrapesan esta alabanza estilística: la ausencia frecuente en las oraciones de relativo del artículo entre la preposición y el pronombre, que hace rechinar un poco la lectura ("Recordó aquellos días de la Feria de Abril, en su juventud, en que regresaba a casa"), y cierta artificiosidad de los diálogos, que pudiera alejar del libro al lector común, pues la novela habría que considerarla más bien como un artefacto narrativo destinado a literatos, no en vano su protagonista es profesora de Lengua y Literatura.