Jazz en Sevilla

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Como cada mayo, la Universidad sevillana ofrece un ciclo de Jazz que poco a poco va ocupando el lugar de privilegio que otrora tuviera el Teatro Central, preocupado ahora más por la danza moderna y demás artes escénicas.

Tord Gustavsen Quartet inauguró el jueves 15 los conciertos internacionales de este año. Con una puesta escena muy cuidada: trajes negros, luz tenue cenital y una elocución casi susurrante, el cuarteto del pianista noruego seguro que sorprendió a más de uno por la sutileza, intimismo y autorreflexión de su propuesta musical (el largo invierno escandinavo se trasladó a tierras meridionales). Sin protagonismos excesivos de cada instrumento (piano, batería, saxo -¡estupendo!- y contrabajo), pero con los solos habituales en las formaciones jazzísticas, tan solo desentonó el contrabajista y no por su calidad sonora, sino por un volumen excesivamente bajo y el antiestético carcaj que colgaba del instrumento.

Philip Catherine dio, al día siguiente, una lección magistral de entrega y sabiduría sonoras. Al frente de un trío de batería, guitarra y órgano, impuso su ley ante un público entusiasmado por la precisión digital del guitarrista belga. Nunca he sabido encajar demasiado la guitarra en las melodías del jazz (no bebo los vientos por Jim Hall o Kenny Burrell), pero en el escenario Catherine apabulló por su técnica y calidad musical: fue un placer escuchar ese sonido tan especial que ofrece el órgano Hammond.

El saxofonista James Carter, ayer sábado, rebajó el listón del festival con exhibiciones circenses, payasadas y un batería primitivo y monótono. En la estela de Charlie Parker, quiso encandilar al público -¡y lo logró!- con un bebop de virtuosismo instrumental y ataques swing en los teclados del órgano Hammond de su parteniare Gerard Gibbs. Las piezas con el clarinete chirriaron y tan solo levantó el vuelo en las composiciones finales, ya un poco más comedido.

Antonio Colinas sobre su paisano Leopoldo Panero

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Restos de la casa de los Panero. Foto: Agustín Fernández Mallo

Meditación en Castrillo de las Piedras (LP)

Esperando todos los días la pena de muerte
(L. M. Panero) El hijo no quería,
pero la madre dijo:
"Abre la puerta, deja
que entren los campesinos en la casa
y que suban a ver a tu padre,
al poeta ya muerto”.

Moría simplemente un ser humano.
“Bebía”, dijo alguien enseguida,
como deseando arrojar en su descargo
la primera piedra.
¿Cuántos padres, y acaso cuántos hijos,
no han bebido y gritado?
(Acaso él tuviera que beber
desde que hirió y desde que fue herido
-con las palabras manchadas de Historia-
por un poeta amigo y admirado.)

Luego, alguien dijo:
“Fue rojo, pues llevaba
una hoz y un martillo
de plata
en el ojal”.
Y otro: “No es verdad, fue azul, muy del
[Régimen”.
Como tantos,
jugó y padeció la dualidad,
la airada y extremada sacudida
de las ideologías de la Historia.
Y la Historia
le supo dar martirio y olvido.
(A él, que en las encinas
de su monte y en su palomar
pudo haber poseído el secreto
sereno
del vivir.)

“Deja que pasen”, le dijo la madre
que iba a enterrar dos veces al marido.
“Deja que pasen
los campesinos”,
mientras aún brillaba en sus ojos
de nieve azul
una última lágrima de ternura.
Él llegó con el coche dando tumbos
a la casa, por estrecho camino de tierra,
pero no era el alcohol ni las ideologías
la causa de aquel desequilibrio.
Desde por la mañana había sentido
el cuchillo de un frío muy extraño
penetrando en su cuerpo
y, hacia el atardecer, su corazón
estaba ya sajado.

De que el tiempo pasó se habló demasiado,
mas nadie supo o quiso recordar
una frase de Freud:
“La muerte de un padre
es lo más importante en la vida de un hombre”.
¿Y en la vida de un niño?
¿Y en la vida de aquellos tres niños
llorosos y asustados?
Vino luego el caos en la tormenta.
El padre
supo vaticinar que iba a ser
“acribillado”; ahora
no por los pelotones carcelarios de San Marcos,
sino “por los besos” de los suyos.
Había llegado la segunda muerte
del padre
(no debida al alcohol, ni a las ideologías)
para ir triturando lentamente
los cuerpos y las psiques
de los desamparados.
Aunque uno de ellos, que tienen por “loco”,
habló ya entonces con sabiduría
extrema
y resumió la clave de la historia:
“No has podido quitarte la capa
de superficialidad”,
dijo mirando a quien le dio la vida.

Mas la mujer, con sabia intuición,
había dicho: “Deja, deja que pasen
los campesinos, abre
la puerta”.
Aquel debió de ser el homenaje
mejor que el poeta
recibiera en su vida
(quiero decir, en su muerte).
Aquellas apariciones espontáneas
suponían lo mejor por encima
de palabras e imágenes que luego llegarían:
la presencia humana de la tierra
rindiendo como ofrenda su silencio
al silencio
del cadáver.

Hoy la tierra perdura, mas la casa
sin poeta ni amor,
primero fue una ruina
y hoy ni siquiera existe.
Ya no hay palomas en el palomar
de la infancia.

Se desgajó
el viejo tronco familiar
y ni siquiera silban a lo lejos
en la noche, los trenes; sólo silba
el viento helador en los hierbajos
de los raíles muertos.
Pero, al fondo, la cima tutelar
sigue dando lecciones de silencio profundo
que aún no se aprenden.
Sin embargo, el poeta
las supo eternizar en sus poemas.
“Deja, deja que pasen
los campesinos”.
Aquella noche ascendía oscura
la sangre de la tierra
a lo alto de la casa,
antes que el cuerpo tornase a la tierra.
Los campesinos iban llegando lentamente
como troncos de encinas, como si el encinar
nocturno avanzase, se hubiese puesto
[en marcha.

Era agosto,
mas un hombre se abría hacia el silencio frío
de una doble muerte.
¿Quién puede arrojar en esta vida,
libre de culpa, la primera piedra?
¿Quién la arrojó?
Quizá para quedarse a solas con su muerte,
él le dijo a ella mientras expiraba: “Sal
un poco a la terraza”.

En la terraza, la mujer tenía
clavados sus dos ojos de nieve azul
en las lejanías
negras.

Canciones para una música silente. Siruela. Madrid. 2014