Relato familar

Author: Hutch / Etiquetas: ,


DUELO

Siento que alguien camina a mi lado, que sube conmigo las escaleras, que permanece de pie mientras duermo, mirándome desde lejos para no perturbar mi descanso. No es una presencia notoria, es, simplemente, un hálito de la noche que se cuela en mi habitación, una nube que cruza mi espacio durante el día, una y otra vez. No creo en fantasmas; lo que no atrapan los sentidos no existe en mi vida, así que supongo que todo esto no es sino producto de mi cerebro que recibe a manos llenas las sustancias químicas de los medicamentos.

Desde que murió mi marido y la casa se quedó medio vacía, la tristeza se adueñó definitivamente de mí y me convertí en su marioneta. Levantaba un brazo porque él me lo pedía, cogía una taza vacía que después volvía a colocar en su sitio, abría los ojos sólo para mirarlo a él. Así estuve durante más de un mes hasta que una familiar lejana, Domi, vino a verme y, casi sin mediar palabra, metió algunas de mis cosas en una pequeña bolsa de viaje, me montó en su destartalado coche y me llevó a su casa del pueblo. Es una persona muy habladora, pero, por fortuna, no exige que le prestes atención. Eso facilitó mucho las cosas; no hubiese podido soportar las frases de consuelo que suelen decirse en estos casos, los ánimos repetidos que me hubieran llevado a un más profundo desaliento.

Lo del médico vino después. También fue Domi quien me animó a ir. Las consultas quincenales resultan bastante tediosas, siempre las mismas frases repetidas hasta el agotamiento: Es un proceso normal, hay que pasar por un periodo de duelo, es conveniente que usted comparta sus sentimientos con otras personas que han pasado por lo mismo. Me gustaría decirle que sólo voy a su consulta por las recetas de las pastillas, que el duelo ha formado parte de mi vida desde hace bastantes años, pero no quiero ser descortés con alguien que hace su trabajo lo mejor que puede. Al comienzo del tratamiento me sentía aturdida y aun más desganada, pero, poco a poco, he ido percibiendo que algo se fortalecía en mi interior y que vuelvo a interesarme por cosas que creía olvidadas, como caminar al lado del río durante el atardecer o coser; también mirar la colección de flores secas que fui atesorando desde que mi hermana Ángeles, el único miembro viajero de la familia, me regaló un ramo hecho por ella misma. Desde el principio me di cuenta de que todas estas actividades placenteras para mí, lo eran  antes de mi boda con mi difunto esposo, y que las fui abandonando al poco de casarnos, al mismo tiempo que llenaba el espacio y el tiempo que ellas dejaron con la rutina de las tareas en casa, las sesiones de televisión nocturnas, que a él tanto le gustaban, y las visitas a los familiares durante el fin de semana. Dejé de caminar y mi cuerpo adquirió la forma de una rueda deshinchada.

La vida en casa de Domi es apacible, sin sobresaltos. Ella trabaja por las mañanas hasta las tres y yo hago la comida, algo que no me disgusta en absoluto, más bien al contrario, me divierte pensar en el menú del día siguiente y, mientras cocino, puedo  pensar en otras cosas,  poner en orden mi mente  y mis deseos, imaginar cómo será mi vida en un futuro no muy lejano. Cuando estamos juntas hablamos mucho y nos entendemos a la perfección: no exigimos que la otra haya entendido sus palabras; de noche, me tranquilizo escuchando en silencio cómo el corazón del pueblo va latiendo cada vez más despacio hasta alcanzar el ritmo lento y la respiración  suave del sueño.

Algunas tardes nos sentamos cada cual en su sillón, una frente a la otra, con un vaso de zumo en la mano, y recordamos en voz alta nuestra infancia, nuestros juegos en la solana durante el invierno, los largos veranos en los que el pueblo se llenaba de forasteros, de una tropa de niños con los que poder jugar al escondite. A veces nos quedamos en silencio; entonces es el momento de poner cerco a los recuerdos, porque pueden escaparse por prados ajenos a su tiempo y ocuparlos por completo. Cuando esto ocurre, me levanto, voy a la cocina y hago la comida para el día siguiente.

Ayer el psiquiatra me dio el alta. Me siento como un árbol al que le hubiesen quitado las ramas secas, quebradas, y volviera a mostrarse fuerte, dueño de su espacio. He comprado una bicicleta para salir a pedalear por las tardes; me enteré de que hay una agradable ruta por las afueras, a los pies del monte, entre castaños y nogales. Un conocido de Domi me ha dicho que, si quiero, él puede acompañarme algunos días para que no vaya sola. Intuyo que pretende algo más de mí, y eso me asusta; una nueva vida compartida, con las ataduras y sacrificios que trae consigo, no entra en mis nuevos planes de vida. Le he agradecido su ofrecimiento, mientras pensaba en que yo jamás estoy sola, porque ese aliento constante me acompaña aún a todas partes.

4 comentarios:

Procesos y Contextos Educativos dijo...

Me alegro por el "alta médica".. metáfora de tu optimista manera de rematar el relato. Y enhorabuena por la narración en sí... gracias por obsequiarnos con una grácil descripción de un proceso en el que muchos estamos iniciados y casi nadie acierta a verbalizar.

Angelus dijo...

¡Gracias, amigo! Este nuevo perfil tuyo no te camufla.

Licantropunk dijo...

Muy bueno. Se percibe un drama en cuanto a "padecer" un matrimonio como paréntesis vital indeseado y el temor a establecer nuevas relaciones en la viudedad, segundas oportunidades que pueden llevar de nuevo al atolladero, encima ahora que una se ha quedada tan ricamente sola.
Saludos.

Angelus dijo...

Buen análisis, Licantropunk. Ahí está el dilema: la libertad de la soledad o las ataduras de la compañía. Saludos.