"Los huesos olvidados", Antonio Rivero Taravillo

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La primera incursión de Antonio Rivero Taravillo en la novela apuesta sobre seguro: cimientos ensayísticos -no en vano el autor es biográfico de reconocida solvencia-, continuas referencias poéticas -Luis Cernuda, Octavio Paz...-, aprovechamiento del aniversario del Premio Nobel mexicano, antecedentes exitosos en el juego narrativo ficcional que toma como base a personajes reales de la guerra civil -Soldados de Salamina de Javier Cercas y Enterrar a los muertos de Ignacio Martínez de Pisón- y descripción de espacios sobradamente conocidos por el melillense -México y Sevilla-, nos ponen sobre la pista de un compendio de materiales con los que Taravillo ha pergeñado su artilugio narrativo y que sabe manejar con sobrada soltura dado su bagaje libresco.

La obra parte de la ficción: el autor se inventa a un personaje que investiga la vida del militante del POUM, desaparecido durante la guerra, Juan Bosch, este sí con base escrupulosamente real. Dicho personaje creado de la nada es su propia hija, Encarna Expósito -docente de secundaria prematuramente jubilada-, quien viaja de España a México en pos de las huellas de un casi desconocido para ella padre, recorriendo, así, el bumerán espacial que caracterizó las andaduras de Bosch huyendo o "huyéndole" de las vicisitudes políticas de la época. Encarna finalmente acaba escribiendo, con los materiales recogidos de diferentes fuentes, su particular versión de los años finales paternos; esta narración es la que nutre la segunda parte, la menos interesante y más apegada a la Historia, de las tres en las que se divide la novela. En la primera, conocemos a Encarna en su viaje a México para entrevistarse con unos decrépitos Octavio Paz y Elena Garro, ambos bien conocedores de su padre, incluso el Nobel amigo de Bosch ya desde la infancia. En la tercera parte de la novela, el narrador se centra en Encarna en dos momentos temporales y espaciales diferentes, los cuales intentan una doble justificación: la de la búsqueda de sí misma en la que a la postre se han convertido sus pesquisas y, por otro lado, el subjetivismo con el que ha escrito algunos pasajes.

Más allá de la denuncia política de la persecución ejercida "por" los comunistas (esa preposición es clave poética e ideológica en la novela, como percibirá el lector) en la retaguardia republicana, la obra llama la atención ante todo por dos aspectos: su configuración como puzle narrativo en multiperspectivismo que intenta recomponer, con la nebulosa de la memoria, la figura del poumista Juan Bosch, y, fundamentalmente, el soberbio y encandilador estilo con el que ha sido compuesta la narración: la capacidad para los tropos de la prosa de Taravillo (en quien el poeta puede a veces al narrador), el cuidado y preciso lenguaje y la sintaxis trabajada, otorgan al texto una pátina de elegancia y alejamiento de lugares comunes. Dos peros -Ricardo Senabre podría ultimar- contrapesan esta alabanza estilística: la ausencia frecuente en las oraciones de relativo del artículo entre la preposición y el pronombre, que hace rechinar un poco la lectura ("Recordó aquellos días de la Feria de Abril, en su juventud, en que regresaba a casa"), y cierta artificiosidad de los diálogos, que pudiera alejar del libro al lector común, pues la novela habría que considerarla más bien como un artefacto narrativo destinado a literatos, no en vano su protagonista es profesora de Lengua y Literatura.

2 comentarios:

ethan dijo...

No la he leído, la apunto, pero me pregunto: ¿no hay infinidad de historias de alguien que busca a alguien para encontrarse a sí mismo?
Saludos.

Angelus dijo...

"No hay nada nuevo bajo el sol". En la entrada afirmo que lo interesante de la novela no radica en el contenido, sino en cómo aborda esa temática: estructural y formalmente (estilo). Saludos (una edición más y se me escapó tu firma de libros en la Feria).