Orquesta Joven de la Universidad de Valladolid

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La Orquesta Joven de la Universidad de Valladolid, dirigida por Francisco Lara, ofreció ayer 26 de julio el primero del ciclo de cuatro conciertos estivales en el marco del vallisoletano patio del Palacio de Santa Cruz. El programa incluía a tres superclásicos románticos: Beethoven, Brahms y Tchaikovsky. Los jóvenes intérpretes estuvieron sobrios, eficaces en sus instrumentos (destacaría a la concertino, Esther Gimeno Castro) y atentos a no desentonar, solo los invitados para el concierto para violín, cello y orquesta de Brahms -Benjamín Scherer al violín y el polaco Rafał Jezierski al cello- se atrevieron con alardes virtuosos, alejándose de lo previsto. En su conjunto, el recital resultó excesivamente monocorde por el exclusivo decimonónico programa elegido: jugar sobre seguro evita riesgos, pero también puede provocar monotonía (parece que la homogeneidad es característica de los ciclos musicales de la orquesta). Sin duda, el citado concierto brahmsiano se elevó por encima de las otras piezas por su brillantez y garra interpretativa; garra que debería controlar su director pues en un momento la batuta de mando salió disparada hacia el público cual misil, y en un espacio como el de ayer, en el que el público se sitúa a escasos metros de los protagonistas y a su mismo nivel, pudiera entrañar algún "peligro"; aunque esto no fue más que un curioso detalle en una agradable velada musical, con bises generosos, tanto por la orquesta como por los simpáticos solistas invitados.

"La verdad sobre el caso Harry Quebert", Joël Dicker

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Me gusta la novela negra. Los primeros libros que devoré de niño fueron los de Agatha Christie, en aquel formato barato de la editorial Molino. Luego vino el descubrimiento del cine negro americano y de novelistas como Raymond Chandler. En los últimos tiempos he asistido feliz a la eclosión del género tras el éxito de Stieg Larsson. El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti era un voraz lector de las novelas policiacas, de las que leía cuantas caían en sus manos (o en la cama donde pasó libremente sus últimos años de vida); "la mayoría de las que ve ahí son malas, pésimas, pero me las he leído todas", decía complacientemente a aquellos que le preguntaban; porque de todo hay en la viña del Señor: he disfrutado enormemente con Henning Mankell, Åsa Larsson, Lorenzo Silva o David Torres, aunque también ha habido notables decepciones: Petros Márkaris, Alicia Giménez Bartlett, Los manuscritos de Luis García Jambrina o Camila Läckberg. Una intriga sabiamente dosificada, la sordidez de ambientes, un protagonista-investigador perspicaz y complejo y una narración cuidada, aunque accesible, son los elementos que busco en ese maremágnum de novela negra que hoy se puede encontrar en las librerías.

Ahora nos llega el "boom" del verano, "La verdad sobre el caso Harry Quebert" del joven escritor suizo Joël Dicker, avalado por premios franceses, ventas multitudinarias, traducciones a mansalva y comentarios críticos halagadores. En una pequeña localidad estadounidense, Aurora (New Hampshire), se ha producido el macabro hallazgo, en el jardín del afamado escritor que da título a la obra, del cadáver de la adolescente Nolla Kellergan, después de treinta años de su desaparición. El escritor es acusado de asesinato tras descubrirse la relación entre ambos y el manuscrito de su libro más importante junto al cadáver, debiendo afrontar la pena de muerte. Todos los indicios apuntan a su culpabilidad, sin embargo otro joven y exitoso novelista, Marcus Goldman, hijo putativo de Quebert, se empeñará en demostrar su inocencia; para ello, se trasladará al lugar de los hechos y llevará a cabo un arduo y peligroso trabajo de investigación en colaboración estrecha, pese al rechazo inicial, con el sargento Perry Gahalowood. Éste es el esquema argumental con el que Dicker elabora un "thriller" de casi ¡setecientas! páginas, de longitud y simplicidad lectora aptas para el largo periodo estival. Y es que la novela parece estar compuesta con esa intención, la de ofrecer una lectura amena, resultona y fácilmente digerible, es decir, un "best seller" al uso, al que algunos parece que le han visto otras cualidades literarias que mi obtuso ojo lector ha pasado por alto.

El texto se articula en pequeños segmentos narrativos en los que se van mezclando diversos puntos de vista e historias: fragmentos de la obra maestra escrita por Quebert encontrada junto al cadáver -"Los orígenes del mal"-, conversaciones entre maestro y discípulo literarios, entre Goldman y su editor/agente, entre Goldman y su madre, narraciones en presente y pasado de la investigación, retrospecciones de la vida en Aurora aquel infausto verano del 75 en el que se produjo el deceso y del pasado formativo de Goldman. Una hábil, sí hábil, mezcolanza de narraciones que no confunde al lector porque se las fecha adecuadamente o se las introduce con precisión aclaratoria. En esta amalgama hay secuencias muy conseguidas, como los diálogos plenos de humor y acidez crítica con el editor (las bambalinas de la mercadotecnia puestas al descubierto), con la madre (al que algunos han pretendido encontrar semejanza con las películas de Woody Allen) y con el sargento (bonita historia de amistad con preámbulo de recelo mutuo). Sin embargo, y ya vienen los peros, hay otros fragmentos sonrojantes: la supuesta gran obra narrativa americana de Quebert es cursi hasta lo vomitivo y resultaría paródica si no fuera porque el narrador se la toma muy en serio y, en definitiva, la obra en su conjunto se trata de un "thriller", la historia de amor entre un treintañero y la adolescente es inverosímil, inocente y falta de enjundia temática (así que la posible semejanza perversa con "Lolita" de Nabokov se queda en agua de borrajas) y la intriga por descubrir al asesino se nutre de giros inesperados que pretenden mantener en vilo al lector, pero en los que se transparenta un facilón y demasiado efectista recurso detectivesco.

Aparte de esos diálogos antes mencionados, si esta novela merece algo la pena es porque es metaliteratura, porque nos habla de los entresijos del mundo literario y editorial y porque nos va contando paso a paso cómo se confecciona una novela y las dificultades por las que va pasando un escritor. Por lo demás, ese mundo pequeño (la localidad de Aurora), cerrado y repleto de secretos malsanos que un extraño investigador va sacando a la luz con la base del asesinato de una joven ya lo había contado mejor David Lynch en "Twin Peaks".


"El anarquista que se llamaba como yo", Pablo Martín Sánchez

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En la pasada Feria del Libro de Sevilla tuvo lugar un encuentro literario repleto de ingenio y humor, el que protagonizaron Jesús Carrasco y Pablo Martín Sánchez. Ambos dialogaron, con la moderación de Alejandro Luque, de sus respectivas y exitosas obras lanzándose constantes pullas en un juego dialéctico inteligente y ameno. Esta nueva narrativa que ambos protagonizan, a pesar de su breve obra, no tiene nada que ver con la versión vanguardista de "nocilleros", ni con modernidades al uso; yo la calificaría, asumiendo el riesgo de que futuras obras de los autores contradigan la etiqueta, como "retronarrativa": querencia realista, lenguaje trabajado y hasta poético, ausencia de ínfulas novedosas y magisterio de los grandes narradores del siglo anterior (y hasta decimonónicos). Estas características se aprecian más aun en Pablo Martín Sánchez. Su novela cuenta la vida de su homónimo, el joven anarquista Pablo Martín Sánchez, quien en 1924 fue condenado a garrote vil por participar en una incursión revolucionaria -gestada desde Francia por los exiliados- contra la dictadura de Primo de Rivera y abortada a poco de comenzar por las fuerzas del orden, con el resultado de la muerte de dos guardias civiles (y algún rebelde) y el apresamiento de la mayor parte de los insurrectos.

La anécdota que da pie a la obra es explicada por el propio autor en el prólogo: la búsqueda en Google de su nombre y la sorpresiva aparición de este personaje; el arduo trabajo de investigación posterior y el afortunado encuentro con la sobrina del protagonista, quien, amablemente, le informó con detalle de su tío. A partir de esta rocambolesca peripecia, el autor teje una novela de seiscientas páginas en la que se van alternado dos segmentos temporales: la vida previa de Pablo desde su infancia hasta la intentona anarquista y ésta misma desde que se encuentra en París ejerciendo de copista y asiste a un mitin anarquista hasta la condena a garrote vil. El primero, y más interesante de los dos por cuanto se separa de la historia para ficcionalizar más libremente, sirve como justificación a la intentona revolucionaria de un joven sensible, idealista y aventurero, que se ve embarcado, pese a sus reticencias iniciales, por un amigo de la infancia en un descabellado intento contra la dictadura. La obra está preñada de los grandes acontecimientos históricos que salpican la vida del protagonista: guerra mundial, golpe de estado, olimpiada, invención del cine... y por personajes históricos a los que el narrador aplica dardos envenenados: especialmente el rey Alfonso XIII y ese revolucionario a la violeta llamado Vicente Blasco Ibáñez.

El narrador que crea el autor es de la vieja estirpe: omnisciente, guía la narración y ofrece comentarios sobre ésta misma, hasta adelantando episodios. El trabajo de documentación es excelente, obra de varios años; sin embargo, la visión que se nos ofrece del anarquismo es un tanto inocente, y, pese a sus declaraciones, el autor se ha visto subyugado y ha caído en las redes del personaje: esa finta final sobre el destino último de su homónimo (ya insinuado en la sorpresa final que la tía no desvela por su repentina muerte) no es más que un intento literario, esta vez del propio autor, por engañar, trascender la realidad histórica y ofrecer a su protagonista una compensación vital que las circunstanacias históricas y dramas sentimentales le habían hurtado.

Texto en la que se conjugan hábilmente el folletín, la novela de aventuras, la historia, la crítica social y el relato de tesis. Un novelón de otra época.