Zahir Ensemble y Charles Chaplin

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En el marco del programa estival del CICUS, se presentó ayer 25 de junio el último concierto de la temporada de Zahir Ensemble dedicado a la música contemporánea. Para la ocasión, la formación sevillana recurrió a obras de Heitor Villa-Lobos, Francis Poulenc y a jóvenes compositores que musicaron tempranos cortos de Charles Chaplin, que fueron el principal reclamo para que el espectáculo se trasladase desde el salón del CICUS al patio -los rigores climáticos también tuvieron que ver- y para que un público ruidoso y con incomprensibles necesidades de deglutir (¡si tan solo duraba poco más de una hora el evento!) sobrepasase ampliamente el número de asientos destinado al efecto.

La segunda parte del recital con la "Sonata para dos clarinetes" de Poulenc y "The adventurer" de Chaplin con música de Anna Małek resultó lo más interesante de la calurosa noche sevillana. La obra del francés incide en lo "juguetón" y el diálogo de los instrumentos, y de esta manera fue interpretada por los clarinetistas del Zahir, a los que les faltó quizás una mayor sobriedad gestual para mitigar los excesos sonoros del público intermovimientos. El corto de Chaplin fue el de más enjundia y mejor calidad visual de los tres ofrecidos (los otros dos: "Cruel, cruel love" y "The bond"); la composición de la polaca Małek se adaptó como un guante al filme de manera que se hizo casi "invisible" para el receptor, lo que es un elogio para la banda sonora de una película muda; a excepción de los estridentes intentos de imitación del sonido de pistolas, la partitura fluyó suavemente al compás de las imágenes sin alharacas, pero intentando dar empaque contemporáneo a una obra que ya ha quedado irremisiblemente anclada en una estética obsoleta, ingenua e infantil. La conjunción entre el sabor moderno e innovador de la composición y la inocencia de la propuesta visual de Chaplin deparó un espectáculo soberbio.

Han pasado ya casi cien años del estreno de estas obras del genio londinense. En su momento fueron precursoras de un arte que estaba aún en ciernes. El público de la época apenas tenía elementos comparativos y seguramente era tan o más ruidoso que el que ayer llenó el espacio universitario, pero era un arte recién nacido. Tras cien años de cinematografía y sin negar el imprescindible papel de Chaplin, sus filmes iniciales no son más que una reliquia. Un espectador contemporáneo no pude hacer tabula rasa, no es un espectador inocente (o no debiera serlo) y aunque cada uno es libre de mostrar sus sentimientos, cuando éstos se hacen en público y de la manera ostentosa que ayer se produjeron, pueden enervar a más de uno (sin olvidar que muchos de los gags visuales tienen su hilarante efecto gracias a la velocidad de filmación, algo totalmente antinatural). De todas maneras... lo de ayer no era un espectáculo cinematográfico con acompañamiento musical, sino al revés, un espectáculo musical con imágenes, pero muchos no lo entendieron así, y de hecho los aplausos no esperaron hasta el final de la pieza musical sino que atronaron con el "The end". ¡Lástima!

RETAZOS

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- El silencio se aprende ya en el útero. (Nikola Madzirov)

- Te prometo mi asombro,
  la mirada
  virginal y curiosa
  de los gatos,
  dos ojos sin historia.
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  Un idioma es encuentro,
  asombro, plenitud.

  Buscas en otra lengua
  remontarte a un misterio, la promesa
  de prolongar tus límites.
  (Ariadna G. García)

MICRORRELATO CON TRAMPA

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Desahucio de plástico

La comida tenía un sabor desagradable. No sabían si debido al dilatado tiempo que ésta había permanecido antes de su preparación en el frigorífico o a que sus sentidos estaban teñidos por la tristeza que se extendía por todo su ser y la casa misma. Era la última comida que la familia hacía en su hogar. En unas pocas horas vendrían los agentes judiciales para iniciar el desahucio. De nada habían servido las súplicas a la propietaria de la casa. Ésta se había mostrado inflexible, unos nuevos moradores estaban dispuestos ya para ocupar sus puestos: “Más modernos que Uds.”, les había dicho, y no entendían bien sus palabras. Es verdad que se habían demorado más de una vez en el pago del alquiler, pero no disponían de dinero contante y sonante como todas las familias (bien lo sabía la dueña).
Ya desde el principio eran conscientes de lo provisional de su morada, pero nunca llegaron a pensar que la expulsión fuera a producirse con esa rapidez: ¡el mismo día de Reyes! Todavía recuerda la familia cuando, hace un año justo, empezó a vivir en la nueva casa: la ilusión del nuevo hogar, la propia alegría de la dueña (“Había soñado durante todas las Navidades con alguien como Uds.”, les había confirmado). Es cierto que el piso no tenía buenas vistas, que la televisión raramente funcionaba y que no tenían mucha libertad para desplazarse por la casa, pero era su hogar, el primero del que disponían, y se sentían satisfechos, aunque nunca se lo hubieran manifestado expresamente a la dueña (no era una familia muy elocuente).
- “¡Hija, ordena tu habitación!”. “No sé por qué te empeñas, marido, en hacerle tantos regalos a la niña…”
Ella agarró, sin piedad ni delicadeza, sus viejos muñecos, los sacó de la casa y los lanzó al baúl de los juguetes usados. Ya tenía nuevos inquilinos.

"Inch'Allah", Anaïs Barbeau-Lavalette

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Sir Alfred Hitchcock dividía a los directores entre los que filmaban trozos de vida y los que rodaban trozos de pastel, reservándose para sí mimo el papel de hacedor de inmensas tartas. Éste es el cine que busco, para el otro no hay más que encender la televisión a la hora de los telediarios. Dreyer, Michael Powell, Polanski, Ford y el propio Hitchcock, entre otros -pero no muchos más-, hacen del cine un arte, se elevan por encima de lo cotidiano para crear belleza y trascender la realidad inmediata, aunque sin aparcarla, pues la verosimilitud es condición sine qua non para alcanzar la grandeza; por eso su cine es vida palpitante, pero transfigurada, y ofrece destellos de otra realidad que apenas podemos atisbar. Si a todo esto se le añaden el entretenimiento y una pizca de espectáculo, se completan los ingredientes necesarios para la receta del cine que aprecio. La directora canadiense del filme que ayer viernes se estrenaba en nuestras pantallas, Anaïs Barbeau-Lavalette, no participa de esta estética, no en vano proviene del mundo del documental.

La película ("Si Dios lo quisiera", parece ser la traducción al español del original árabe) narra otro episodio más del conflicto palestino-israelí. Enquistada desde hace lustros y sin vías de solución (hay demasiada sangre por medio), la problemática de dos razas conviviendo en el mismo espacio y defendiendo a sangre y fuego sus razones sigue dando a pie a reflexiones y posturas nada equidistantes, aunque predomina la visión dogmática proárabe, que se basa en un punto de vista maniqueo e ignorante de la realidad y la historia. Esta película, pretendidamente ecuánime, no escapa pese a sus intenciones a ese prisma filopalestino. El filme cuenta la entrega solidaria de una joven doctora canadiense en la Cisjordania árabe, su atención a las mujeres embarazadas, los lazos afectivos a dos bandas que establece con una de las familias a las que atiende y con una soldado israelí con la que comparte bloque -pues vive al otro lado del muro y todos los días debe cruzar el puesto fronterizo- y, fundamentalmente, su gradual derrumbamiento psíquico tras hacer suyas las posturas radicales palestinas. El planteamiento narrativo se configura como un gran flash-back que pretende mostrar las razones por las que una de las mujeres atendidas por la protagonista se convierte en mártir por Alá llevándose por delante a un buen número de judíos mediante la consabida mochila bomba.

La obra "explota" en su propuesta estética, no en su secuencia narrativa. El compromiso social no justifica la benevolencia crítica con la que se ha visto premiada. La dichosa cámara al hombro (parece que si un  director no opta por esta técnica, no está a la última), la persecución implacable al rostro agobiado de la protagonista, las miserias rodadas cuasidocumentalmente de la vida diaria en el lado árabe y la falta de explicaciones en el guión -hasta mediado el filme no se acaban de comprender los vínculos entre los personajes, aunque quizá uno sea demasiado corto-, pretenden darle un barniz de modernidad al filme, pero su efecto es de distanciamiento con el espectador y, paradójicamente, ponen más a descubierto el artificio artístico. Sólo cortas secuencias, casi planos, salvan de la quema a la película: esa imagen envuelta en neblina que aparece parcialmente en la cabecera de esta entrada con un niño árabe vestido de superman taladrando el muro, el cartel con la cara de la mártir en progresiva focalización saliendo repetidamente de la impresora, la recolección de la miel por la abuela árabe, esas palomas que están a punto de ser reventadas por la bomba y... poco más. ¡Qué casualidad!, lo mejor del filme radica en lo más elaborado, pero también lo que más permea la sensiblidad del receptor y lo ACERCA a la realidad. Eso sí, que no falte la moralina final: que los occidentales no se impliquen, pues su actitud choca con la incomprensión, cuando no la ingratitud, de los nativos.