"Madre Teresa de los Gatos", Paweł Sala

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"Basada en hechos reales" es el reclamo publicitario de algunas películas y el lema inicial de este filme polaco del director Paweł Sala del año 2010 y que ahora circula por los cineclubes españoles. Desconfío en general de esta manera de atraer al espectador: el cine no es verdad, es una ficción que adquiere grandeza si alcanza verosimilitud por sus propios medios; el referente real se diluye por la esencia misma de este arte. En el caso de esta película, la crónica diaria de sucesos nos ofrece suficientes casos de crímenes salvajes como para dudar de la veracidad de lo que se nos está contando, a saber, el asesinato de una madre por sus dos hijos. El título es una paráfrasis del clásico polaco de Jerzy Kawalerowicz, "Madre Juana de los Ángeles" (1961), película de época sobre el fanatismo religioso y el exorcismo, de la cual es deudora aquélla por su espartana sobriedad -el atractivo cartel naif, que encabeza esta entrada, no se corresponde con su estética- y por algunos elementos demoniacos que caracterizan a uno de sus protagonistas.

La obra intenta explicar los motivos por los que los hijos varones de la mujer que da título a la película perpetran el espeluznante parricidio de su madre. Para ello, se centra el director en la vida diaria de una familia desestructurada: un padre ausente por el trauma de la guerra en Afganistán en la que ha participado y que es expulsado del núcleo familiar por la perseverancia maligna del hijo mayor, una madre agobiada de trabajo y que presta más atención a la manada de gatos, que campan a sus anchas por la casa, que a sus vástagos, un hijo mayor inadaptado y con poderes paranormales, y un adolescente bondadoso, pero influido negativamente por su hermano mayor. Lo novedoso de la propuesta estética de la película es el tiempo interno de la narración, que se configura, partiendo del presente de la captura de los asesinos y su traslado a la cárcel, como una sucesión de secuencias restrospectivas en orden inverso: de lo más cercano a lo más lejano en el tiempo. Procedimiento este de gran exigencia para el receptor, quien debe ir recomponiendo las piezas del puzle narrativo y repensando lo que acaba de ver, pues solo va cobrando sentido con las subsiguientes escenas que se muestran. De "lector macho" hablaba Julio Cortázar en el ámbito literario para este tipo de recurso. 

Pero el esfuerzo del espectador no tiene una recompensa inmediata. Planean demasiados interrogantes sin resolver en la obra: la acusación -negada por la madre- de abuso sexual del hijo mayor a su padre no se sabe si es fruto de la mente enferma de aquél o tienen un correlato real (las escenas de sexo entre los padres, eso sí, tienen un deje de insatisfacción o ansia reprimida por el hombre que pudiera inclinar la duda hacia el atropello paterno), la inoperancia de la madre respecto al abandono de la casa por su marido enerva pues no se sabe el papel de ella en esta fuga cobarde, los poderes extrasensoriales del joven no están suficientemente aclarados y el zoo gatuno en el que se convierte el domicilio familiar es, a todas luces, irrespirable para la convivencia. A lo que hay que añadir una propuesta formal desasosegante: una puesta en escena de la casa familiar claustrofóbica, una fotografía fría y gris, unos escenarios externos destartalados, una música de violonchelo -de Marcin Krzyżanowski- bella, pero dolorosa y unas interpretaciones actorales forzadas.

Película dura de ver, que se niega a escapar de la mente del espectador una vez finalizada la proyección, con un planteamiento narrativo valiente, pero con resultados, cuanto menos, cuestionables.

Amancio Prada en Carmona

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En el marco de la presentación del número 28 de la revista carmonense de poesía "Palimpsesto", ayer, 24 de mayo, Amancio Prada ofreció un recital en el patio del Convento de Santa Clara de la localidad sevillana de Carmona. El concierto se presentaba con el sugerente título de "Poetas de mi vida", y allí sonaron los versos de Antonio Machado, Rabindranath Tagore, Rosalía de Castro, San Juan de la Cruz, Federico García Lorca, Agustín García Calvo, Chicho Sánchez Ferlosio, los anónimos autores de romances viejos y hasta los propios del bardo leonés. Todo ello salpicado con jugosas explicaciones y anécdotas personales (algunas ya referidas en otro evento). Los clásicos "Libre te quiero", "El mundo que yo no viva", "Romance del prisionero", "Romance del infante Arnaldos" -con homenaje al fallecido Georges Moustaki incluido-, "Romance del enamorado y la muerte" -a capela-, "Adiós ríos, adiós fontes", "Pousa, pousa", "Jaula en el pecho", "Hoy no me levanto yo", "Llama de amor viva" y "Noche oscura del alma", entre otros, elevaron a altas cotas la emoción de un público entregado. La voz, el sentimiento y la amabilidad de Amancio Prada siguen incólumes, en un día, festividad de María Auxiliadora, que el cantautor aprovechó para recordar su estancia como alumno de los salesianos en Cambados.

Exquisitez polaco musical

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"ali", Paco R. Baños

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Baqueteado en el mundo de los cortos y en las colaboraciones con cineastas paisanos y hasta compañeros de estudios, Paco R. Baños se estrena en los largometrajes con la premiada y bien recibida por la crítica, "ali". El filme cuenta algunos episodios inconexos de la vida de la joven protagonista que da título a la obra: la historia sentimental con un compañero de trabajo en el hipermercado donde trabajan, las turbulentas relaciones familiares con su madre y las salidas nocturnas con dos amigas, también trabajadoras del híper. Las dos primeras secuencias son las más interesantes y con más peso en la película, mientras que los episodios con las amigas son bastante livianos y pretenden, más que nada, dar una pátina de normalidad y de engarce con la realidad a la extraña personalidad de Ali.

Marcada por una madre infantilizada y emocionalmente inestable, Ali se nos muestra como una joven independiente, liberada y lenguaraz. Alérgica a los lazos sentimentales, su relación con Julio, el compañero laboral, no pretende para ella convertirse en nada más que ocasionales encuentros sexuales, pese a la insistencia y la paciencia del muchacho. Hay en Ali una carencia afectiva que deriva del ámbito familiar, donde la madre no ejerce como tal, pese a la paciencia de la hija -paralelismo, en este sentido, contrario a la relación que establece con Julio-; paciencia que se agota cuando la madre vuelve a caer en las redes sentimentales de otro amante, al que impunemente vuelve a meter en casa. Solo cuando la madre le permite la liberación del yugo maternal -tras un accidente casero-, Ali terminará por aceptar su necesidad afectiva e iniciará la búsqueda de un casi perdido para la causa Julio; trauma que corre paralelo a otro que al final también logra superar: el del miedo a conducir.

La película tiene una marcada querencia "indie": la narración dividida en secuencias encabezadas por imágenes televisivas de retroanuncios de accidentes (ese pánico al volante antes citado), la extraña afición de Julio de grabar la realidad cotidiana con sonidos, la cámara que se entretiene y sigue obsesivamente a la protagonista, sobre todo en su deambular en el trabajo (dando una dimensión estética a las grandes superficies) y por la calle (¿el caminar torcido de la actriz es premeditado?), pero también en su cuerpo: ese plano frontal de sus bragas mientras ella está acostada lateralmente recuerda al de Scarlett Johansson en "Lost in translation" de Sofia Coppola, son solo algunos de los elementos cinematográficos que muestran la inclinación del director por una determinada estética visual, la del cine independiente y alternativo. Hay, por otra parte, un esfuerzo en el guión que se materializa en unos diálogos sabrosos, excesivamente brillantes a veces y que cuesta seguir por alguna elocución no suficientemente clara, y esto a pesar de que, aunque la película está ambientada en Sevilla, la dicción no es andaluza.

Lo mejor del filme radica en las interpretaciones de sus protagonistas: Nadia de Santiago ha comprendido perfectamente lo que el director pretende comunicar con el personaje y sabe darle la profundidad, dureza y carga de misterio necesarias, además es una actriz guapa y amada por la cámara; Verónica Forqué está muy profesional en un papel que no es para nada ajeno a su trayectoria; Lluís Marco ofrece una lección de interpretación encarnando al vilipendiado por Ali y sufrido amante de la madre, y el joven Adrián Lamana cumple sobradamente; quizás Julián Villagrán de vida al personaje más desdibujado y desaprovechado del elenco de actores.

Es de esperar un recorrido comercial largo para la película, después de la premiada trayectoria festivalera y tras un proceso de estreno en las salas que ha durado lo suyo -la obra tiene ya más de un año-. El gancho de los actores (conocidos sobradamente por la televisión o premiados en los Goya) debería ser el punto fuerte para la taquilla.

"La vendedora de tiempo", Ioana Gruia

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La presentación que la escritora rumana hizo de su primera novela en la Feria del Libro de Sevilla el pasado día 4 de mayo, sorprendió a algunos de los lectores que habíamos disfrutado de su anterior libro, el poemario "El sol en la fruta", por una declaración inicial de intenciones que es todo un programa estético: "quiero que me consideren ante todo una escritora mediterránea" y "a la hora de la escritura lo que cuenta es la felicidad" (parafraseo). Sorprende ese deseo de anclaje mediterráneo, bien es verdad que tamizado de cierto cosmopolitismo, cuando su país carece de ese marco natural; entiendo que es un rechazo implícito del ambiente eslavo, gris y triste, en el que se formó, y una apuesta firme por la luminosidad y vitalidad que se asocian con la cultura mediterránea. En cuanto al estado de gracia, contradice todo un arte poético secular que ha venido proclamando la infelicidad como germen de la plenitud estética (Jorge Guillén non dixit).

La novela presenta a una madura mujer rumana, Silvia Păun, con la fecha de caducidad marcada a fuego en su ser: el cáncer de pecho que la persigue se ha extendido por su cuerpo y ya ha renunciado a los estragos de la quimioterapia. Ante la muerte en accidente de su amado, decide vender sus posesiones y pasar los últimos momentos de vida en Mar del Plata, cual la mujer de Hopper retratada en las magníficas portada -en hábil montaje- y edición de la obra. Allí, admirada por su belleza y deseada por varios hombres (un fotógrafo, Javier, será su joven y abnegado amante hasta el postrero instante), bebe a sorbos desesperados los últimos instantes de vida. Un viaje relámpago a Bucarest sirve como intermedio para ajustar viejas cuentas familiares.

El texto alterna, constantemente hasta casi el final, diversos segmentos narrativos: el principal, la historia en tercera persona de esos días finales frente al mar en un hotel de lujo; aquí la narración utiliza un presente verbal que pretende acercar al lector la problemática vital de la protagonista, ese acercamiento se acentúa en la última parte de la novela, donde es ella misma la que narra en primera persona. Junto a ese eje central, incluso con diferencia a veces tipográfica, aparecen otros apartados narrativos como cartas o diarios: cartas al amor de su vida, Valdi -el amante rumano fallecido-, cartas a una hija no nacida y un diario ficcional entresacado de un personaje de "La isla del tesoro". Además, está el paréntesis en Bucarest antes citado, los recuerdos de su vida previa al conocimiento de la enfermedad y la historia de Javier, Alba y Julio -en cierto momento el narrador se focaliza en el personaje del joven fotógrafo para desgranar su anterior relación sentimental y la adopción de un niño, Julio, tras el accidente mortal de los padres. Novela, en este sentido, de rico entramado, jugosa por las historias que va entrelazando, aunque siempre con la vertebración que supone Silvia y su vecindad con una muerte que se va aproximando según avanza el texto.

Dijo Ioana en la presentación que pretendía darle un ritmo poético al texto; en efecto, sin ser una novela lírica, las repeticiones abundan en el texto: los mantras contra la muerte, el buque fantasma anclado en el paisaje marino, los piratas que hipnotizan a Julio, el pintor Hopper, las naranjas, el sexo explícito, el juego infantil de la protagonista para vender tiempo a sus familiares... Demasiados motivos recurrentes que quizá puedan provocar cierto hastío y la impresión de empobrecimiento estilístico.

Lo mejor de la novela radica en la parte central, en ese intermedio rumano que la protagonista se toma para visitar a su padre; las historias familiares y la descripción de Bucarest rezuman autenticidad y, además, emocionan: la relación entre padre e hija prende en el ánimo lector. Por el contrario, la historia del niño Julio resulta muy endeble por su inverosimilitud -la propia autora confesó la falta de referente explícito para crear al personaje. Novela, en opinión de quien esto escribe, necesitada de poda, pero que permite atisbar todo el potencial narrativo -el poético ya está demostrado- de una escritora de raza, vitalista e inteligente.

Transcribo parte del párrafo final:
Alguien corre. Alguien va a rescatarme. Aprieto las manos que tengo entre las mías. Son tibias. Pronto dejaré de sentirlas. Bajo a velocidad vertiginosa hacia el fondo del mar. El agua me entra a borbotones. Estoy en un laberinto vertical y busco desesperadamente alguna puerta de salida. Tiene que haber alguna puerta de salida. No quiero morir. ¡No quiero morir! Mi padre y la tía Silvia gritan mi nombre, pero no pueden verme. Estoy asomada a un marco vacío, a un agujero negro. desde ahí agito la mano. ¡Hasta luego, papáaa! [...] Valdi pega su rostro al mío. Hay tres mejillas pegadas a las mías. ¡Mi vida, mi vida, mi vida! Yo amo la vida. La vida, mi vida. Tilos.
Naranjos".