Jesús Carrasco en Tomares

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La Feria del Libro tomareña (25-28 de abril) se adelanta a la de la capital de la provincia con algunos invitados sugestivos: Ignacio Camacho, Jesús Carrasco, Mara Torres, Alicia Giménez Bartlett, Lorenzo Silva y Fernando Sánchez Dragó, en orden de presentación. Ayer, viernes 26, pudimos asistir a la charla de Jesús Carrasco sobre su primera y exitosa novela "Intemperie", charla moderada por Manolo Haro. La carpa instalada en la Plaza del Ayuntamiento para la ocasión registró una asistencia mínima, constante que he venido observando con lamentable frecuencia; veremos si hoy mismo el reciente Premio Planeta, Lorenzo Silva, tiene mayor poder de convocatoria.

Jesús estuvo sencillo y didáctico en su exposición, ganando entereza y amenidad según esta iba avanzando. Habló el escritor, a instancias del moderador y de algunas pocas preguntas del público, de cuestiones generales del oficio de escritor, de la génesis, aspectos narrativos y proceso de publicación de "Intemperie" y de las repercusiones mediáticas de esta, que paso seguidamente a abordar.

La escritura surge, para Carrasco, de un mínimo apunte que ha de despertar el poder de extrañeza y evocación que debe tener la literatura. Incidió el novelista en cuestiones de pragmática literaria al indicar que la obra que él quiere ofrecer al lector es un mínimo (una línea apenas curva de un círculo inconcluso) que el receptor debe completar. El personaje principal de "Intemperie", el niño que huye de casa, era lo único que tenía en mente el escritor a la hora de crear la novela, y a partir de ahí fue desenvolviéndose el texto. No pudieron faltar las referencias a ese estilo tan peculiar que caracteriza la obra y ha llamado tanto la atención. En este sentido, Carrasco defendió el poder de la palabras para conformar el mundo, para ello evocó las enseñanzas de su propio padre, maestro, y las que intenta imbuir en su hija: la palabra precisa enriquece la realidad, las palabras baúl la empobrecen. La fotografía, según Jesús Carrasco -y aquí se notó su oficio de publicista-, se hace más rica si cada píxel es el adecuado, en interesante símil. Corroboró la opinión de un interviniente en el acto, en el sentido de la sencillez de su lenguaje, más allá de los tecnicismos campestres que la inundan, y que no deberían obligar al recurso del diccionario para la comprensión de la expresión. Repitió lo leído en otras entrevistas sobre la sorpresa e incredulidad del escritor ante el éxito que ha acabado por abrumarlo y terminó con referencias a sus influencias literarias. Aquí estableció una curiosa metáfora de la historia lectora con una cuerda y los nudos que la van formando: estos nudos, serían, en su infancia, los tebeos de Astérix, y en la edad adulta, los cuentos de Raymond Carver y la literatura norteamericana (Faulkner, el maestro); otros escritores que mencionó fueron Miguel Delibes, Georges Perec o San Juan de la Cruz, cuya breve, pero intensa y evocadora poesía sería la obra que se llevaría  a una isla desierta.

Charla, en definitiva, interesante, agradable, nada pretenciosa y con un autor accesible al público en la posterior firma de ejemplares.

"La caza", Thomas Vinterberg

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La nueva película del antes "dogmático" cineasta danés Thomas Vinterberg refuta, con acierto, la tesis de que los niños nunca mienten por medio de la presentación de una obra en la que una inocente frase infantil de contenido sexual arruina la vida de un hombre maduro. La niña protagonista, que sufre cierto abandono familiar (los padres discuten sin acompañarla al colegio y el hermano adolescente pretende escandalizarla con fotos pornográficas), busca amparo y cariño en un maestro de la escuela a la que asiste, personaje encarnado por Mads Mikkelsen, quien al rechazar, con buen criterio, las efusivas muestras de aprecio, será objeto de un despecho infantil que encontrará ominoso pábulo en la directora de la escuela, para posteriormente enquistarse, pese a la absolución policial, en el núcleo vecinal y de amigos.

Una comunidad protestante bien avenida se convierte así en una jauría humana dispuesta  a la caza del inocente, pues en ningún momento la obra se permite la mínima duda al respecto, lo que facilita la total identificación del espectador con el sufrimiento del protagonista. La inicial pasividad de éste puede enervar a más de uno, pero no es más que la lógica respuesta ante la incredulidad virginal por la acusación. La violencia física a la que se ve finalmente sometido el denunciado termina por desatar su propia ira a base de golpes, que el propio espectador hace suyos.

Lo interesante de la película es cómo una comunidad se ve transformada por un inofensivo infundio en un núcleo salvaje dispuesto a ejercer el linchamiento visceral. Hasta la propia novia del protagonista, emigrante polaca que suelta un par de expresiones en la lengua eslava -no en vano Polonia está en los genes de la actriz, pese a la apariencia meridional-, llega a dudar de la inocencia del amante, lo que acentúa aun más una soledad que sólo es aliviada por la incondicional compañía del hijo de un anterior matrimonio. La verdad al final sale a la luz en la celebración eclesiástica de la Nochebuena -Dreyer pesa mucho en la cinematografía nórdica, afortunadamente-, pero el equilibrio ya se ha roto (el retorno al edén es una falacia) y la coda inquietante final no hace más que subrayar que el germen maligno de la duda no se ha logrado extirpar (no se puede hacer borrón y cuenta nueva de la ignominia).

Estéticamente, la película tiene tonos fríos, pretende la naturalidad de ambientes e interpretaciones-Dogma sigue tirando, a pesar de todo-. Las fiestas de amigos resultan bastante escandalosas y recuerdan las bacanales vikingas, y el paralelismo con la caza animal del venado, que abre y cierra la narración, quizás resulte demasiado obvio y recuerde a otros filmes.

Varsovia, Abel Murcia

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Varsovia

Llegaron y dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa,
tendré hijos e hijas que pueblen
uno a uno las márgenes del río.”
Igual no lo dijeron
y solo lo pensaron
porque eran los tiempos
vacíos de palabras,
o ni siquiera eso,
tampoco lo pensaron,
simplemente lo hicieron.

Después llego la historia
y con ella los nombres
atados a sonidos de imposible cadencia.

La vida fue llenando las hojas de los libros
dejando entre las líneas ecos de la existencia.
Hoy muchos de esos libros
no son más que cenizas
crepitantes aún al son de la memoria.

Dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa”.
Y así fue.
La primera y la última.
También todas las otras:
la del primer amor, la de los juegos,
la del llanto y la risa,
la de lo nunca dicho,
la del odio y la ira,
la de…

Es cierto. Lo dijeron.
Muchas fueron las veces y muchas las personas.

Para ser de esta tierra basta la voluntad
y eso no es poco.

Dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa”.

Y le pusieron nombre.
En mi lengua es Varsovia.

Abel Murcia, desguace personal, Czuły Barbarzyńca Press, Warszawa, 2012.