"Intemperie", Jesús Carrasco

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Un niño fugitivo. Un alguacil despótico y pervertido. Una familia consentidora. Un cabrero justiciero, pero magnánimo. Un paisaje cuasi apocalíptico. Unos animales dóciles y al servicio del hombre. Estos son los elementos que tejen la urdimbre narrativa de la primera novela de este extremeño radicado en Sevilla, pero ya elevado a los altares narrativos internacionales. Como "western ibérico" ha definido su autor el texto, y, en efecto, mucho de ello hay en esta obra, a la que se ha querido relacionar también con el Cormac McCarthy de "La carretera" y hasta con Miguel Delibes (¿?).

La novela comienza con el innominado protagonista agazapado en un refugio subterráneo escapando de familiares y vecinos como si fuera una pueril travesura, pero ello no es más que mero espejismo, poco debe esperar el lector para percatarse de la seriedad del propósito del niño, del miedo que ha causado la huida, de la dura tarea de supervivencia que se ha autoinfligido y del naturalismo del narrador en la descripción de las penalidades fugitivas. El encuentro con un decrépito cabrero lo salva de una muerte segura en medio de un paraje abrasado por el sol; pero la minuciosidad en la narración de las tareas pastoriles a las que se dedica junto a su salvador parece augurar un hastío de rancios episodios campestres que afortunadamente terminan con la aparición del grupo de perseguidores, iniciándose ahí una acertada acumulación de secuencias narrativas salvajes y en el límite de lo verosímil, que mantienen al lector atrapado en el texto y en constante tensión ya hasta un final previsible y apuntado someramente en la narración.

El estilo merece especial atención y en él han reparado los críticos para destacar lo cuidado de la expresión, la recuperación de vocablos antiguos y el marcado hiperrealismo del texto. Sorprende, eso sí, la brevedad de las oraciones -que puede motivar el rechazo de más de uno- y la cualidad poética de la novela gracias a los tropos utilizados. Hay un acierto en la focalización del narrador en el punto de vista del niño, lo que hace prevalecer una visión primigenia y pura, aunque no inocente, de los acontecimientos, de los seres vivos y de la naturaleza.

Novela, en definitiva, cuajada, de claros y sabios referentes, muy estilística, pero cuyo formalismo no ahoga lo narrativo. Habrá que esperar frutos posteriores para calibrar en su justa medida las dotes del escritor.

Microrrelato agridulce

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TRÁNSITO DULCE

Llamó a la puerta con suavidad, sabía que no hacía falta brusquedad alguna, deberían reconocerla sin aspavientos. Le abrieron con cautela, pero sin temor. Notó las miradas de la anciana pareja fijas en ELLA y les saludó con un fuerte apretón de manos; quería transmitir confianza -estaba cansada de clamores y llantos, no le gustaba que le implorasen-. Le invitaron a sentarse, ELLA aceptó, no en vano venía de tan lejos… Hasta le ofrecieron una copa de vino. “¿Cuál?”, “Uno dulce, por favor”. Sirvieron sendas copas y, mientras apuraban con deleite los tragos, se dio a conocer. Bastaron unas delicadas insinuaciones para que los ancianos comprendieran... No se sorprendió cuando ellos asintieron con un leve gesto a sus palabras; después, se miraron el uno al otro y juntaron sus manos. El roce con una de las copas hizo que ésta cayera al suelo y se derramase un poco de líquido sobre la alfombra; la mujer hizo ademán de recogerla y limpiar, mas él se lo impidió. “¿Qué importa ya? No tenemos tiempo para minucias”.

ELLA salió, al fin, de la casa. Antes, les había cerrado amablemente los ojos. Pocas veces fue tan dulce la partida.

"Hitchcock", Sacha Gervasi

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Encarnar en la pantalla a Sir Alfred Hitchcock es tarea de titanes: un físico peculiar, una dicción teatral y una presencia icónica reconocible por doquier, hacen de la empresa algo poco menos que abocado al fracaso, y Anthony Hopkins no sale bien librado del esfuerzo: el espectador no ve al personaje, sino al actor, pese a un maquillaje, cuanto menos, cuestionable. Algo similar sucede con Scarlett Johansson en el papel de la protagonista de "Psicosis", Janet Leigh, y con Hellen Mirren como la abnegada esposa de Hitchcock, Alma Reville.

En este error de casting es donde radica el principal problema de la película: la Mirren borda su papel, pero uno no pude apartar de su retina a "The Queen". Al igual que en "Psicosis" la familia Hitchcock debió recurrir a actores no estrellas para asumir el coste de producción del filme -que le negó la Paramount-, la productora de esta película debiera haber optado por actores menos reconocibles para interpretar a los personajes, alguno de ellos bien popular. Quien mejor encarna su papel es el que interpreta a Anthony Perkins y ello se debe, en buen manera, a que el espectador no reconoce al actor, James D´Arcy.

Por lo demás, la película es una descripción interesante y convincente, al mismo tiempo que respetuosa, de las peculiaridades -ensayo de Stephen Rebello en mano- que rodearon el parto de una de las obras cumbres del mago del suspense, "Psicosis", a la vez que nos ofrece un retrato íntimo de la pareja y del "malvado" mundo del cine: las obsesiones y manías del genio, el imprescindible cometido de Alma Reville en su vida y obra, las bambalinas de la industria de Hollywood... No faltan, eso sí, guiños para cinéfilos dispuestos a demostrar en la sala de cine su sapiencia, a costa de no respetar el más elemental silencio (pero esto es otra historia). Quizás el final sea demasiado edulcorado, pues es bien conocido que la terapia personal que esta película supuso para "Hitch", según el filme, no fue tan completa: el encuentro con Tippi Hedren en sus dos siguientes películas despertó a la bestia neurótica agazapada que llevaba encima.