"La vendedora de tiempo", Ioana Gruia

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La presentación que la escritora rumana hizo de su primera novela en la Feria del Libro de Sevilla el pasado día 4 de mayo, sorprendió a algunos de los lectores que habíamos disfrutado de su anterior libro, el poemario "El sol en la fruta", por una declaración inicial de intenciones que es todo un programa estético: "quiero que me consideren ante todo una escritora mediterránea" y "a la hora de la escritura lo que cuenta es la felicidad" (parafraseo). Sorprende ese deseo de anclaje mediterráneo, bien es verdad que tamizado de cierto cosmopolitismo, cuando su país carece de ese marco natural; entiendo que es un rechazo implícito del ambiente eslavo, gris y triste, en el que se formó, y una apuesta firme por la luminosidad y vitalidad que se asocian con la cultura mediterránea. En cuanto al estado de gracia, contradice todo un arte poético secular que ha venido proclamando la infelicidad como germen de la plenitud estética (Jorge Guillén non dixit).

La novela presenta a una madura mujer rumana, Silvia Păun, con la fecha de caducidad marcada a fuego en su ser: el cáncer de pecho que la persigue se ha extendido por su cuerpo y ya ha renunciado a los estragos de la quimioterapia. Ante la muerte en accidente de su amado, decide vender sus posesiones y pasar los últimos momentos de vida en Mar del Plata, cual la mujer de Hopper retratada en las magníficas portada -en hábil montaje- y edición de la obra. Allí, admirada por su belleza y deseada por varios hombres (un fotógrafo, Javier, será su joven y abnegado amante hasta el postrero instante), bebe a sorbos desesperados los últimos instantes de vida. Un viaje relámpago a Bucarest sirve como intermedio para ajustar viejas cuentas familiares.

El texto alterna, constantemente hasta casi el final, diversos segmentos narrativos: el principal, la historia en tercera persona de esos días finales frente al mar en un hotel de lujo; aquí la narración utiliza un presente verbal que pretende acercar al lector la problemática vital de la protagonista, ese acercamiento se acentúa en la última parte de la novela, donde es ella misma la que narra en primera persona. Junto a ese eje central, incluso con diferencia a veces tipográfica, aparecen otros apartados narrativos como cartas o diarios: cartas al amor de su vida, Valdi -el amante rumano fallecido-, cartas a una hija no nacida y un diario ficcional entresacado de un personaje de "La isla del tesoro". Además, está el paréntesis en Bucarest antes citado, los recuerdos de su vida previa al conocimiento de la enfermedad y la historia de Javier, Alba y Julio -en cierto momento el narrador se focaliza en el personaje del joven fotógrafo para desgranar su anterior relación sentimental y la adopción de un niño, Julio, tras el accidente mortal de los padres. Novela, en este sentido, de rico entramado, jugosa por las historias que va entrelazando, aunque siempre con la vertebración que supone Silvia y su vecindad con una muerte que se va aproximando según avanza el texto.

Dijo Ioana en la presentación que pretendía darle un ritmo poético al texto; en efecto, sin ser una novela lírica, las repeticiones abundan en el texto: los mantras contra la muerte, el buque fantasma anclado en el paisaje marino, los piratas que hipnotizan a Julio, el pintor Hopper, las naranjas, el sexo explícito, el juego infantil de la protagonista para vender tiempo a sus familiares... Demasiados motivos recurrentes que quizá puedan provocar cierto hastío y la impresión de empobrecimiento estilístico.

Lo mejor de la novela radica en la parte central, en ese intermedio rumano que la protagonista se toma para visitar a su padre; las historias familiares y la descripción de Bucarest rezuman autenticidad y, además, emocionan: la relación entre padre e hija prende en el ánimo lector. Por el contrario, la historia del niño Julio resulta muy endeble por su inverosimilitud -la propia autora confesó la falta de referente explícito para crear al personaje. Novela, en opinión de quien esto escribe, necesitada de poda, pero que permite atisbar todo el potencial narrativo -el poético ya está demostrado- de una escritora de raza, vitalista e inteligente.

Transcribo parte del párrafo final:
Alguien corre. Alguien va a rescatarme. Aprieto las manos que tengo entre las mías. Son tibias. Pronto dejaré de sentirlas. Bajo a velocidad vertiginosa hacia el fondo del mar. El agua me entra a borbotones. Estoy en un laberinto vertical y busco desesperadamente alguna puerta de salida. Tiene que haber alguna puerta de salida. No quiero morir. ¡No quiero morir! Mi padre y la tía Silvia gritan mi nombre, pero no pueden verme. Estoy asomada a un marco vacío, a un agujero negro. desde ahí agito la mano. ¡Hasta luego, papáaa! [...] Valdi pega su rostro al mío. Hay tres mejillas pegadas a las mías. ¡Mi vida, mi vida, mi vida! Yo amo la vida. La vida, mi vida. Tilos.
Naranjos".

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