Muestra de cine polaco en Sevilla: "Miłość"

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La sombra de Kieslowski es, sobre el cine de autor en Polonia, alargada. Sławomir Fabicki asume la lección de aquél y transustancia el espíritu "kieslowskiano" (esos silencios y miradas de los personajes tan característicos del autor varsoviano) en un filme ultraascético: si habíamos calificado "Pręgi" como una película sobria, "Miłość" (Amor), proyectada el pasado lunes 2, lleva al extremo la propuesta estética austera del filme de Magdalena Piekorz.

La obra narra la conmoción que se produce en una pareja tras la violación de la mujer -estando ya en la última etapa del embarazo- por su jefe y alcalde de la ciudad en la que conviven, Płock. Ella ya había advertido inútilmente al marido del acoso de aquél, pero pesaban más los beneficios económicos que para su empresa tenían la buena relación con el alcalde que las prevenciones de la mujer. El delito se complica por la falta de denuncia a la policía ante el miedo al escándalo y el ocultamiento inicial que hace ella de la violencia sufrida -secretismo que no se nos justifica-. Tras el alumbramiento de la hija y la confesión final marital, se abre la película a un duelo en la pareja que vertebra la obra: si el trauma psíquico había recaído inicialmente en la joven, las dudas que devienen tras la fatal revelación causan el trastorno y derrumbe del hombre, que ve traspasado, así, todo el dramatismo de la película hacia su personaje. Ella va a asistir pacientemente, en la mayor parte del filme, a las veleidades de su marido, quien no es capaz de zafarse del recuerdo del violador e intenta reivindicarse inútilmente ante sí mismo, aunque no sufre más que humillaciones (una escena ante una fuente pública da toda la medida del patetismo del personaje).

Como decíamos, la estética de la película participa de la dureza de la trama: casi total ausencia de banda sonora, silencios omnipresentes, fotografía seca, fría puesta en escena del hogar marital y crueldad de la secuencia de la violación -asombrosamente, casi hurtada en imágenes-. Hay un paralelismo que salta a la vista, desde el mismo título, con la obra de Haneke "Amour", aunque éste tenga el respaldo de una gran producción y su puesta en escena resulte lujosa comparada con la de la obra que ahora comentamos. Es necesario destacar, asimismo, a la joven actriz protagonista, Julia Kijowska, quien ofrece una interpretación poderosa, aunque contenida, y asume con sabiduría todo el sufrimiento que conlleva su personaje, sosteniendo solventemente todo el peso de la película.

Muestra de cine polaco en Sevilla: "Piąta pora roku"

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La segunda entrega del ciclo cinematográfico polaco tuvo lugar ayer lunes 25 con la proyección de "Piąta pora roku" ("La quinta estación del año" de 2012), firmada por Jerzy Domaracki, y supuso un contrapunto sabio y necesario, en la Programación de la Muestra, al dramatismo, estatismo y sobriedad de la película anterior, "Pręgi".

El filme se plantea como una "road movie made in Poland" desenfadada y sentimental. Una pareja anciana: ella, recién enviudada de un artista y expulsada del hogar por el hijastro, él, exminero, amante de las palomas y trompetista aficionado, inicia un largo peregrinaje, junto a las cenizas del marido difunto (¡en un termo!), desde la Silesia profunda en busca del mar, donde deben reposar los restos incinerados. En ese trayecto conjunto en coche se produce una previsible transformación en el ánimo de la mujer, desde el inicial rechazo al hombre por su vulgaridad al enamoramiento; para ello han debido transitar diversas estaciones en el camino: la rivalidad automovilística con prepotentes turistas alemanes, el robo a manos de una joven autoestopista, el encuentro familiar largamente postergado de la mujer (había huido del hogar con un hombre casado), la rocambolesca asistencia a un parto, el encuentro hippie con moteros, un accidente que les obliga a pernoctar en la granja de un alcohólico, incluso hasta el amago de infarto del hombre, para ya finalmente arribar al mar, donde un peculiar Caronte espera a la mujer para iniciar el viaje definitivo. 

Una apretada sucesión de escenas (etapas de la travesía) con un denominador común: el suave tono de comedia. Todo ello sostenido por un eficiente actor, Marian Dziędziel y  una actriz glamurosa, Ewa Wiśniewska. La mirada del director es diáfana y nada pretenciosa, subraya los elementos sentimentales (sobre todo al final) e intercala episodios paródicos por medio del personaje del amigo palomero del protagonista. La puesta en escena, así como la fotografía son correctas, mientras que la omnipresente música acusa cierta ramplonería: tiene un marcado tono verbenero que amenaza con arruinar algunas escenas.

En conjunto, una película amable y relajada, que da una imagen sabia de la Polonia reciente, al tiempo que muestra pinceladas de la época comunista y que continúa la buena racha comenzada por "Pręgi". La sala se nutrió de un número de espectadores más que aceptable y tan solo criticar algunos errores en los subtítulos, como el que hace referencia a Caronte, traducido como ¡Charon!

Muestra de cine polaco en Sevilla: "Pręgi"

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Un  año más el Instituto de Polaco de Cultura pone a disposición del público sevillano una muestra representativa del cine polaco de los últimos tiempos. Las sesiones, como en ocasiones anteriores, tendrán lugar semanalmente en el sede del CICUS.

Comenzaron las proyecciones el pasado lunes 18 con una obra de 2004, "Marcas" (Pręgi), de Magdalena Piekorz, quien repetirá con otra película en diciembre. El filme se centra en el trauma psíquico del protagonista a causa de la violencia paterna: una niñez marcada por la ausencia de la madre y por una educación basada en el castigo físico, hasta la huida definitiva del hogar. La obra tiene dos partes bien definidas: la dura infancia del protagonista antes mencionada y su vida adulta, "marcada" por esa violencia sufrida y no superada, sino, antes al contrario, reproducida en su vida diaria. La primera se puede calificar como admirable por la veracidad que transmite y por las magníficas actuaciones del niño (lo que no sería gran mérito si hacemos caso a las palabras del crítico Carlos Pumares: "Los niños son actores natos") y, sobre todo, de su padre, Jan Frycz. La segunda, con el personaje ya adulto, resulta más endeble, pues adolece de cierta simplicidad en el guion y una interpretación sobrecargada y demasiado autoconsciente del protagonista, Michał Żebrowski.

El punto de vista de la directora es comprensiva, pese a todo, con el maltratador, al que, al final de la obra, se le ofrece la redención, aunque instalado ya en la soledad más absoluta (redención que atrapa al vuelo también el hijo, gracias a la milagrosa aparición en su vida de una sufrida y paciente joven: la mujer, como ser salvífico y abnegado). La dirección de Magdalena Piekorz destaca por los sabios movimientos y emplazamientos de la cámara y por una pulsión narrativa admirable. La fotografía no se caracteriza por lo que me encandila: la brillantez, "defecto" este de muchas obras cinematográficas polacas y que uno no sabe si debe atribuir a la falta de medios (ayer pude asistir a la proyección del último filme de Woody Allen, "Blue Jasmine", donde se observa el fenómeno contrario: brillantez de la puesta en escena y de la fotografía, aunque el guion sea indigno del talento del autor, lo que descalifica radicalmente, y pese a las laudatorias reseñas, la obra); esta fotografía rudimentaria es cierto que refleja verazmente la pobreza de la sociedad polaca de los ochenta, cuando el comunismo estaba dando su últimos estertores, aunque seguía contaminado la vida y las relaciones sociales.

Una película, en definitiva, con brío y fuerza, firmada por una directora joven en plenos poderes del arte cinematográfico y el manejo de su instrumento narrativo. Esperemos que estas buenas impresiones se confirmen el próximo 9 de diciembre con "Somnolencia", Senność.

Amancio Prada en Cabezón de Pisuerga

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El monasterio de Santa María de Palazuelos fue en su momento uno de los más importantes conventos del Císter en España. La dejadez de su actual propietario, la Archidiócesis de Valladolid, llevó al cenobio a sufrir un deterioro tal que hizo peligrar su existencia. El acuerdo de los ediles de los términos cercanos de Corcos de Aguilarejo y Cabezón de Pisuerga ha permitido una rehabilitación ardua y solidaria, y, con ella, la posibilidad de admirar un recinto romántico único y, además, su utilización actual como centro cultural. La actuación de Amancio Prada el pasado 26 de octubre culminó una serie de actos dedicados a celebrar el evento de su inauguración como espacio cultural-artístico.

Amancio llevó a cabo un recital de altos vuelos, plenamente literario: místicos y románticos de los siglos XVI y XIX, con el prólogo tradicional del Romance del Infante Arnaldos. El bardo leonés volvió a emocionar al público y salió airoso de un trance técnico que interrumpió la audición durante algunos minutos y hacía peligrar el concierto: la avería de uno de los altavoces. Con sus habituales tranquilidad y buen hacer, se saltó el programa y, avanzando hacia el público en el altar que hacía las veces de escenario, improvisó una canción gallega a capela haciendo de su pecho un tambor, lo que sirvió para acallar a los más pertinaces y mostró las habilidades del cantautor -en la página "feisbusera" Amigos de Amancio Prada se puede disfrutar de la improvisación.

Microrrelato regio

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Sentía que unas manos distintas a las suyas movían su destino. Era el Rey, pero hace tiempo ya que no disponía del beneplácito unánime de sus súbditos. “Abdicación”. Ésa era la palabra que más oía para referirse a su mayestática persona. Es verdad que algún que otro monarca no había soportado la presión y había acabado por ceder, pero él aún resistía. Recuerda, todavía, cuando era una figura señera: aquella aparición televisiva –tardía, es verdad, y algo timorata- había asegurado una imagen sólida y perdurable en la retina de sus compatriotas. Pero eran otros tiempos, ahora escándalos financieros, excursiones exóticas, desgastes físicos e historias de alcoba habían salpicado de barro su hasta entonces casi impoluta imagen.
En numerosas ocasiones, tenía la desagradable impresión de que su mundo no era más que un inmenso tablero cuadriculado en blanco y negro, y él tenía todas las de perder. El maniqueísmo de la gente había hecho girar las tornas y ahora no lograba desprenderse de una mancha negra que tiznaba todo cuanto tocaba. Un rey Midas de la oscuridad, en eso se había convertido. Negro era su color y negro su futuro. Abdicar se presentaba como una solución plausible.
Aunque bien mirado, se podía decir que no era para tanto. Es verdad que sus huesos le jugaban malas pasadas de vez en cuando, pero aún se mantenía en pie. ¿Qué se habían creído, que era un inválido? No, todavía tenía cuerda para rato. Decididamente, no, que otros abdicaran si eran tan pusilánimes, él, aunque con muletas, seguiría siendo el Rey. Solo la muerte le despojaría de la majestad que se había ganado con tanta tenacidad.
Entonces, de improviso, sintió que una mano gigantesca golpeaba su corona y le hacía caer. Ya no pudo volver a levantarse por sí solo. Todo su poder rodó por el tablero.
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“Me rindo. ¿Revancha? Pero ahora juego yo con las blancas”. 

Ha muerto Juan Luis Panero

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No deja de tener su gracia macabra que de la saga maldita de los Panero solo sobreviva Leopoldo María, el poeta loco y suicida. Hoy, 18 de septiembre, hemos conocido el fallecimiento del hermano mayor, Juan Luis, acaecida el pasado lunes, una semana justo después de su cumpleaños. Ya conocíamos su vecindad con la muerte a raíz del cáncer de lengua que padecía, por lo que el deceso no debería pillar desprevenido a casi nadie, algo similar a lo que aconteció, por desgracia, con el hermano pequeño Michi, ambos alcohólicos irredentos.

De las famosas películas "El desencanto" y "Después de tantos años" se nutre una funesta imagen del finado que, los que no pudimos conocerle, difícilmente vamos ya a olvidar: la de un hombre desapegado de la familia hasta la náusea, cruel y distante con sus hermanos, actor de sí mismo, despreciativo y literaturizado (Michi podría corroborarlo sin duda). Pero era un buen poeta, aunque poco prolífico y con tendencia a repetir siempre el mismo libro; un escritor al margen de los vaivenes de la moda y cuya poesía solo se elevó a la altura de la de su hermano gracias al premio Loewe; escribió una lírica culturalista, pero con un lenguaje accesible, y fatalmente obsesionada con la muerte.

Había declarado ya hace algún tiempo que su caudal poético se había secado y no deseaba arrastrarse con malos versos. Aun así, nos duele su muerte y pensamos en la guadaña que temprano se cernió sobre el padre, lo mismo que sobre el cuerpo maltratado de Michi. 

Leopoldo María, ya nadie te va a llevar chocolatinas al manicomio, pero, ¿acaso alguna vez lo esperaste con razón de Juan Luis?

Sólo son tuyas -de verdad- la memoria y la muerte,
la memoria que borra y desfigura
y la sombra de la muerte que aguarda.
Sólo fantasmales recuerdos y la nada
se reparten tu herencia sin destino.
Después de sucios tratos y mentiras,
de gestos a destiempo y de palabras
-irreales palabras ilusorias-,
sólo un testamento de ceniza
que el viento mueve, esparce y desordena.

"El último concierto", Yaron Zilberman

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El Parkinson amenaza la carrera interpretativa del chelista (Christopher Walken) del cuarteto de música clásica "La Fuga", justo antes de comenzar una nueva temporada con el último cuarteto -"A late quartet" del original (nº. 14, Opus 131)- de Beethoven, pero el peligro también se extiende al futuro de la formación misma, y no por la más que posible retirada del miembro más veterano del grupo, sino porque el presumible cambio de solista enciende la mecha de una serie de pulsiones negativas latentes y da cuerda al engranaje malsano de relaciones afectivas viciadas en el seno del cuarteto: frustraciones profesionales, deseos inconfesables, infidelidades, relaciones materno-filiales problemáticas, amores tabú... Toda una tupida maraña afectiva que amenaza con reventar veinticinco años de convivencia profesional amistosa y, en algún caso, hasta marital; telaraña de la que sólo escapa, paradójicamente, el que había despertado al monstruo dormido y ve, ahora, cómo la enfermedad mina su cuerpo.

Con este argumento, el casi debutante Yaron Ziberman teje una película de sabor clásico, basada en el poderío interpretativo de los actores, el buen gusto de la puesta en escena, un guión sin subrayados que apela a la inteligencia del receptor y una banda sonora -Angelo Baladamenti- que apoya y refuerza el guión cuando es necesario (estar a la altura del genio de Bonn no está al alcance de cualquiera). El filme fluye mansamente, sin estridencias ni pseudomodernidades, abriendo los ojos del espectador a las relaciones interpersonales del cuarteto, al mundo de la música clásica y a una ciudad de Nueva York (extrañamente con muy pocos ciudadanos) retratada con una elegancia como hacía tiempo que no se veía en el celuloide. Una exquisitez para paladear con deleite.

Lou Donaldson en Palencia

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Ayer, lunes 5 de agosto, visitó Palencia el octogenario saxofonista de jazz Lou Donaldson. En el precioso espacio del patio de la Diputación Provincial, ofreció un concierto pleno de emotividad por la edad avanzada del músico y su predisposición por agradar a un público que llenaba el recinto (a un solidario euro la entrada ya se podía). Con una formación de guitarra eléctrica -Randy Johnston-, batería -Fukushi Tainaka- y órgano Hammond -Akiko Tsuruga-, Lou dejó de lado la vertiente más ortodoxa jazzística para adentrarse en lo comercial de los standards ("Over the rainbow", "What a wonderful world") y el talkin´ blues "Whiskie drinkin´ woman" (ya se había dejado caer por el Festival de Blues de Béjar hacía pocas fechas), sin olvidar su éxito "Alligator Boogaloo". Ejerció más como director de formación que como líder solista (pedirle exhibiciones instrumentistas a estas alturas estaba de más), permitiendo a los acompañantes lucirse en los solos que articulaban cada canción: el batería y el guitarra estuvieron correctos y la organista, impactante (es de agradecer la presencia de este olvidado instrumento, arrinconado por el piano, en las formaciones de jazz). Un auténtico lujazo presenciar a escasos metros y en un recinto confortable la actuación de una leyenda: no escuchamos jazz puro y rabioso, pero agradó su presencia y la entrega de los acompañantes en el escenario.

Orquesta Joven de la Universidad de Valladolid

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La Orquesta Joven de la Universidad de Valladolid, dirigida por Francisco Lara, ofreció ayer 26 de julio el primero del ciclo de cuatro conciertos estivales en el marco del vallisoletano patio del Palacio de Santa Cruz. El programa incluía a tres superclásicos románticos: Beethoven, Brahms y Tchaikovsky. Los jóvenes intérpretes estuvieron sobrios, eficaces en sus instrumentos (destacaría a la concertino, Esther Gimeno Castro) y atentos a no desentonar, solo los invitados para el concierto para violín, cello y orquesta de Brahms -Benjamín Scherer al violín y el polaco Rafał Jezierski al cello- se atrevieron con alardes virtuosos, alejándose de lo previsto. En su conjunto, el recital resultó excesivamente monocorde por el exclusivo decimonónico programa elegido: jugar sobre seguro evita riesgos, pero también puede provocar monotonía (parece que la homogeneidad es característica de los ciclos musicales de la orquesta). Sin duda, el citado concierto brahmsiano se elevó por encima de las otras piezas por su brillantez y garra interpretativa; garra que debería controlar su director pues en un momento la batuta de mando salió disparada hacia el público cual misil, y en un espacio como el de ayer, en el que el público se sitúa a escasos metros de los protagonistas y a su mismo nivel, pudiera entrañar algún "peligro"; aunque esto no fue más que un curioso detalle en una agradable velada musical, con bises generosos, tanto por la orquesta como por los simpáticos solistas invitados.

"La verdad sobre el caso Harry Quebert", Joël Dicker

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Me gusta la novela negra. Los primeros libros que devoré de niño fueron los de Agatha Christie, en aquel formato barato de la editorial Molino. Luego vino el descubrimiento del cine negro americano y de novelistas como Raymond Chandler. En los últimos tiempos he asistido feliz a la eclosión del género tras el éxito de Stieg Larsson. El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti era un voraz lector de las novelas policiacas, de las que leía cuantas caían en sus manos (o en la cama donde pasó libremente sus últimos años de vida); "la mayoría de las que ve ahí son malas, pésimas, pero me las he leído todas", decía complacientemente a aquellos que le preguntaban; porque de todo hay en la viña del Señor: he disfrutado enormemente con Henning Mankell, Åsa Larsson, Lorenzo Silva o David Torres, aunque también ha habido notables decepciones: Petros Márkaris, Alicia Giménez Bartlett, Los manuscritos de Luis García Jambrina o Camila Läckberg. Una intriga sabiamente dosificada, la sordidez de ambientes, un protagonista-investigador perspicaz y complejo y una narración cuidada, aunque accesible, son los elementos que busco en ese maremágnum de novela negra que hoy se puede encontrar en las librerías.

Ahora nos llega el "boom" del verano, "La verdad sobre el caso Harry Quebert" del joven escritor suizo Joël Dicker, avalado por premios franceses, ventas multitudinarias, traducciones a mansalva y comentarios críticos halagadores. En una pequeña localidad estadounidense, Aurora (New Hampshire), se ha producido el macabro hallazgo, en el jardín del afamado escritor que da título a la obra, del cadáver de la adolescente Nolla Kellergan, después de treinta años de su desaparición. El escritor es acusado de asesinato tras descubrirse la relación entre ambos y el manuscrito de su libro más importante junto al cadáver, debiendo afrontar la pena de muerte. Todos los indicios apuntan a su culpabilidad, sin embargo otro joven y exitoso novelista, Marcus Goldman, hijo putativo de Quebert, se empeñará en demostrar su inocencia; para ello, se trasladará al lugar de los hechos y llevará a cabo un arduo y peligroso trabajo de investigación en colaboración estrecha, pese al rechazo inicial, con el sargento Perry Gahalowood. Éste es el esquema argumental con el que Dicker elabora un "thriller" de casi ¡setecientas! páginas, de longitud y simplicidad lectora aptas para el largo periodo estival. Y es que la novela parece estar compuesta con esa intención, la de ofrecer una lectura amena, resultona y fácilmente digerible, es decir, un "best seller" al uso, al que algunos parece que le han visto otras cualidades literarias que mi obtuso ojo lector ha pasado por alto.

El texto se articula en pequeños segmentos narrativos en los que se van mezclando diversos puntos de vista e historias: fragmentos de la obra maestra escrita por Quebert encontrada junto al cadáver -"Los orígenes del mal"-, conversaciones entre maestro y discípulo literarios, entre Goldman y su editor/agente, entre Goldman y su madre, narraciones en presente y pasado de la investigación, retrospecciones de la vida en Aurora aquel infausto verano del 75 en el que se produjo el deceso y del pasado formativo de Goldman. Una hábil, sí hábil, mezcolanza de narraciones que no confunde al lector porque se las fecha adecuadamente o se las introduce con precisión aclaratoria. En esta amalgama hay secuencias muy conseguidas, como los diálogos plenos de humor y acidez crítica con el editor (las bambalinas de la mercadotecnia puestas al descubierto), con la madre (al que algunos han pretendido encontrar semejanza con las películas de Woody Allen) y con el sargento (bonita historia de amistad con preámbulo de recelo mutuo). Sin embargo, y ya vienen los peros, hay otros fragmentos sonrojantes: la supuesta gran obra narrativa americana de Quebert es cursi hasta lo vomitivo y resultaría paródica si no fuera porque el narrador se la toma muy en serio y, en definitiva, la obra en su conjunto se trata de un "thriller", la historia de amor entre un treintañero y la adolescente es inverosímil, inocente y falta de enjundia temática (así que la posible semejanza perversa con "Lolita" de Nabokov se queda en agua de borrajas) y la intriga por descubrir al asesino se nutre de giros inesperados que pretenden mantener en vilo al lector, pero en los que se transparenta un facilón y demasiado efectista recurso detectivesco.

Aparte de esos diálogos antes mencionados, si esta novela merece algo la pena es porque es metaliteratura, porque nos habla de los entresijos del mundo literario y editorial y porque nos va contando paso a paso cómo se confecciona una novela y las dificultades por las que va pasando un escritor. Por lo demás, ese mundo pequeño (la localidad de Aurora), cerrado y repleto de secretos malsanos que un extraño investigador va sacando a la luz con la base del asesinato de una joven ya lo había contado mejor David Lynch en "Twin Peaks".


"El anarquista que se llamaba como yo", Pablo Martín Sánchez

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En la pasada Feria del Libro de Sevilla tuvo lugar un encuentro literario repleto de ingenio y humor, el que protagonizaron Jesús Carrasco y Pablo Martín Sánchez. Ambos dialogaron, con la moderación de Alejandro Luque, de sus respectivas y exitosas obras lanzándose constantes pullas en un juego dialéctico inteligente y ameno. Esta nueva narrativa que ambos protagonizan, a pesar de su breve obra, no tiene nada que ver con la versión vanguardista de "nocilleros", ni con modernidades al uso; yo la calificaría, asumiendo el riesgo de que futuras obras de los autores contradigan la etiqueta, como "retronarrativa": querencia realista, lenguaje trabajado y hasta poético, ausencia de ínfulas novedosas y magisterio de los grandes narradores del siglo anterior (y hasta decimonónicos). Estas características se aprecian más aun en Pablo Martín Sánchez. Su novela cuenta la vida de su homónimo, el joven anarquista Pablo Martín Sánchez, quien en 1924 fue condenado a garrote vil por participar en una incursión revolucionaria -gestada desde Francia por los exiliados- contra la dictadura de Primo de Rivera y abortada a poco de comenzar por las fuerzas del orden, con el resultado de la muerte de dos guardias civiles (y algún rebelde) y el apresamiento de la mayor parte de los insurrectos.

La anécdota que da pie a la obra es explicada por el propio autor en el prólogo: la búsqueda en Google de su nombre y la sorpresiva aparición de este personaje; el arduo trabajo de investigación posterior y el afortunado encuentro con la sobrina del protagonista, quien, amablemente, le informó con detalle de su tío. A partir de esta rocambolesca peripecia, el autor teje una novela de seiscientas páginas en la que se van alternado dos segmentos temporales: la vida previa de Pablo desde su infancia hasta la intentona anarquista y ésta misma desde que se encuentra en París ejerciendo de copista y asiste a un mitin anarquista hasta la condena a garrote vil. El primero, y más interesante de los dos por cuanto se separa de la historia para ficcionalizar más libremente, sirve como justificación a la intentona revolucionaria de un joven sensible, idealista y aventurero, que se ve embarcado, pese a sus reticencias iniciales, por un amigo de la infancia en un descabellado intento contra la dictadura. La obra está preñada de los grandes acontecimientos históricos que salpican la vida del protagonista: guerra mundial, golpe de estado, olimpiada, invención del cine... y por personajes históricos a los que el narrador aplica dardos envenenados: especialmente el rey Alfonso XIII y ese revolucionario a la violeta llamado Vicente Blasco Ibáñez.

El narrador que crea el autor es de la vieja estirpe: omnisciente, guía la narración y ofrece comentarios sobre ésta misma, hasta adelantando episodios. El trabajo de documentación es excelente, obra de varios años; sin embargo, la visión que se nos ofrece del anarquismo es un tanto inocente, y, pese a sus declaraciones, el autor se ha visto subyugado y ha caído en las redes del personaje: esa finta final sobre el destino último de su homónimo (ya insinuado en la sorpresa final que la tía no desvela por su repentina muerte) no es más que un intento literario, esta vez del propio autor, por engañar, trascender la realidad histórica y ofrecer a su protagonista una compensación vital que las circunstanacias históricas y dramas sentimentales le habían hurtado.

Texto en la que se conjugan hábilmente el folletín, la novela de aventuras, la historia, la crítica social y el relato de tesis. Un novelón de otra época.

Zahir Ensemble y Charles Chaplin

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En el marco del programa estival del CICUS, se presentó ayer 25 de junio el último concierto de la temporada de Zahir Ensemble dedicado a la música contemporánea. Para la ocasión, la formación sevillana recurrió a obras de Heitor Villa-Lobos, Francis Poulenc y a jóvenes compositores que musicaron tempranos cortos de Charles Chaplin, que fueron el principal reclamo para que el espectáculo se trasladase desde el salón del CICUS al patio -los rigores climáticos también tuvieron que ver- y para que un público ruidoso y con incomprensibles necesidades de deglutir (¡si tan solo duraba poco más de una hora el evento!) sobrepasase ampliamente el número de asientos destinado al efecto.

La segunda parte del recital con la "Sonata para dos clarinetes" de Poulenc y "The adventurer" de Chaplin con música de Anna Małek resultó lo más interesante de la calurosa noche sevillana. La obra del francés incide en lo "juguetón" y el diálogo de los instrumentos, y de esta manera fue interpretada por los clarinetistas del Zahir, a los que les faltó quizás una mayor sobriedad gestual para mitigar los excesos sonoros del público intermovimientos. El corto de Chaplin fue el de más enjundia y mejor calidad visual de los tres ofrecidos (los otros dos: "Cruel, cruel love" y "The bond"); la composición de la polaca Małek se adaptó como un guante al filme de manera que se hizo casi "invisible" para el receptor, lo que es un elogio para la banda sonora de una película muda; a excepción de los estridentes intentos de imitación del sonido de pistolas, la partitura fluyó suavemente al compás de las imágenes sin alharacas, pero intentando dar empaque contemporáneo a una obra que ya ha quedado irremisiblemente anclada en una estética obsoleta, ingenua e infantil. La conjunción entre el sabor moderno e innovador de la composición y la inocencia de la propuesta visual de Chaplin deparó un espectáculo soberbio.

Han pasado ya casi cien años del estreno de estas obras del genio londinense. En su momento fueron precursoras de un arte que estaba aún en ciernes. El público de la época apenas tenía elementos comparativos y seguramente era tan o más ruidoso que el que ayer llenó el espacio universitario, pero era un arte recién nacido. Tras cien años de cinematografía y sin negar el imprescindible papel de Chaplin, sus filmes iniciales no son más que una reliquia. Un espectador contemporáneo no pude hacer tabula rasa, no es un espectador inocente (o no debiera serlo) y aunque cada uno es libre de mostrar sus sentimientos, cuando éstos se hacen en público y de la manera ostentosa que ayer se produjeron, pueden enervar a más de uno (sin olvidar que muchos de los gags visuales tienen su hilarante efecto gracias a la velocidad de filmación, algo totalmente antinatural). De todas maneras... lo de ayer no era un espectáculo cinematográfico con acompañamiento musical, sino al revés, un espectáculo musical con imágenes, pero muchos no lo entendieron así, y de hecho los aplausos no esperaron hasta el final de la pieza musical sino que atronaron con el "The end". ¡Lástima!

RETAZOS

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- El silencio se aprende ya en el útero. (Nikola Madzirov)

- Te prometo mi asombro,
  la mirada
  virginal y curiosa
  de los gatos,
  dos ojos sin historia.
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  Un idioma es encuentro,
  asombro, plenitud.

  Buscas en otra lengua
  remontarte a un misterio, la promesa
  de prolongar tus límites.
  (Ariadna G. García)

MICRORRELATO CON TRAMPA

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Desahucio de plástico

La comida tenía un sabor desagradable. No sabían si debido al dilatado tiempo que ésta había permanecido antes de su preparación en el frigorífico o a que sus sentidos estaban teñidos por la tristeza que se extendía por todo su ser y la casa misma. Era la última comida que la familia hacía en su hogar. En unas pocas horas vendrían los agentes judiciales para iniciar el desahucio. De nada habían servido las súplicas a la propietaria de la casa. Ésta se había mostrado inflexible, unos nuevos moradores estaban dispuestos ya para ocupar sus puestos: “Más modernos que Uds.”, les había dicho, y no entendían bien sus palabras. Es verdad que se habían demorado más de una vez en el pago del alquiler, pero no disponían de dinero contante y sonante como todas las familias (bien lo sabía la dueña).
Ya desde el principio eran conscientes de lo provisional de su morada, pero nunca llegaron a pensar que la expulsión fuera a producirse con esa rapidez: ¡el mismo día de Reyes! Todavía recuerda la familia cuando, hace un año justo, empezó a vivir en la nueva casa: la ilusión del nuevo hogar, la propia alegría de la dueña (“Había soñado durante todas las Navidades con alguien como Uds.”, les había confirmado). Es cierto que el piso no tenía buenas vistas, que la televisión raramente funcionaba y que no tenían mucha libertad para desplazarse por la casa, pero era su hogar, el primero del que disponían, y se sentían satisfechos, aunque nunca se lo hubieran manifestado expresamente a la dueña (no era una familia muy elocuente).
- “¡Hija, ordena tu habitación!”. “No sé por qué te empeñas, marido, en hacerle tantos regalos a la niña…”
Ella agarró, sin piedad ni delicadeza, sus viejos muñecos, los sacó de la casa y los lanzó al baúl de los juguetes usados. Ya tenía nuevos inquilinos.

"Inch'Allah", Anaïs Barbeau-Lavalette

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Sir Alfred Hitchcock dividía a los directores entre los que filmaban trozos de vida y los que rodaban trozos de pastel, reservándose para sí mimo el papel de hacedor de inmensas tartas. Éste es el cine que busco, para el otro no hay más que encender la televisión a la hora de los telediarios. Dreyer, Michael Powell, Polanski, Ford y el propio Hitchcock, entre otros -pero no muchos más-, hacen del cine un arte, se elevan por encima de lo cotidiano para crear belleza y trascender la realidad inmediata, aunque sin aparcarla, pues la verosimilitud es condición sine qua non para alcanzar la grandeza; por eso su cine es vida palpitante, pero transfigurada, y ofrece destellos de otra realidad que apenas podemos atisbar. Si a todo esto se le añaden el entretenimiento y una pizca de espectáculo, se completan los ingredientes necesarios para la receta del cine que aprecio. La directora canadiense del filme que ayer viernes se estrenaba en nuestras pantallas, Anaïs Barbeau-Lavalette, no participa de esta estética, no en vano proviene del mundo del documental.

La película ("Si Dios lo quisiera", parece ser la traducción al español del original árabe) narra otro episodio más del conflicto palestino-israelí. Enquistada desde hace lustros y sin vías de solución (hay demasiada sangre por medio), la problemática de dos razas conviviendo en el mismo espacio y defendiendo a sangre y fuego sus razones sigue dando a pie a reflexiones y posturas nada equidistantes, aunque predomina la visión dogmática proárabe, que se basa en un punto de vista maniqueo e ignorante de la realidad y la historia. Esta película, pretendidamente ecuánime, no escapa pese a sus intenciones a ese prisma filopalestino. El filme cuenta la entrega solidaria de una joven doctora canadiense en la Cisjordania árabe, su atención a las mujeres embarazadas, los lazos afectivos a dos bandas que establece con una de las familias a las que atiende y con una soldado israelí con la que comparte bloque -pues vive al otro lado del muro y todos los días debe cruzar el puesto fronterizo- y, fundamentalmente, su gradual derrumbamiento psíquico tras hacer suyas las posturas radicales palestinas. El planteamiento narrativo se configura como un gran flash-back que pretende mostrar las razones por las que una de las mujeres atendidas por la protagonista se convierte en mártir por Alá llevándose por delante a un buen número de judíos mediante la consabida mochila bomba.

La obra "explota" en su propuesta estética, no en su secuencia narrativa. El compromiso social no justifica la benevolencia crítica con la que se ha visto premiada. La dichosa cámara al hombro (parece que si un  director no opta por esta técnica, no está a la última), la persecución implacable al rostro agobiado de la protagonista, las miserias rodadas cuasidocumentalmente de la vida diaria en el lado árabe y la falta de explicaciones en el guión -hasta mediado el filme no se acaban de comprender los vínculos entre los personajes, aunque quizá uno sea demasiado corto-, pretenden darle un barniz de modernidad al filme, pero su efecto es de distanciamiento con el espectador y, paradójicamente, ponen más a descubierto el artificio artístico. Sólo cortas secuencias, casi planos, salvan de la quema a la película: esa imagen envuelta en neblina que aparece parcialmente en la cabecera de esta entrada con un niño árabe vestido de superman taladrando el muro, el cartel con la cara de la mártir en progresiva focalización saliendo repetidamente de la impresora, la recolección de la miel por la abuela árabe, esas palomas que están a punto de ser reventadas por la bomba y... poco más. ¡Qué casualidad!, lo mejor del filme radica en lo más elaborado, pero también lo que más permea la sensiblidad del receptor y lo ACERCA a la realidad. Eso sí, que no falte la moralina final: que los occidentales no se impliquen, pues su actitud choca con la incomprensión, cuando no la ingratitud, de los nativos.

"Madre Teresa de los Gatos", Paweł Sala

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"Basada en hechos reales" es el reclamo publicitario de algunas películas y el lema inicial de este filme polaco del director Paweł Sala del año 2010 y que ahora circula por los cineclubes españoles. Desconfío en general de esta manera de atraer al espectador: el cine no es verdad, es una ficción que adquiere grandeza si alcanza verosimilitud por sus propios medios; el referente real se diluye por la esencia misma de este arte. En el caso de esta película, la crónica diaria de sucesos nos ofrece suficientes casos de crímenes salvajes como para dudar de la veracidad de lo que se nos está contando, a saber, el asesinato de una madre por sus dos hijos. El título es una paráfrasis del clásico polaco de Jerzy Kawalerowicz, "Madre Juana de los Ángeles" (1961), película de época sobre el fanatismo religioso y el exorcismo, de la cual es deudora aquélla por su espartana sobriedad -el atractivo cartel naif, que encabeza esta entrada, no se corresponde con su estética- y por algunos elementos demoniacos que caracterizan a uno de sus protagonistas.

La obra intenta explicar los motivos por los que los hijos varones de la mujer que da título a la película perpetran el espeluznante parricidio de su madre. Para ello, se centra el director en la vida diaria de una familia desestructurada: un padre ausente por el trauma de la guerra en Afganistán en la que ha participado y que es expulsado del núcleo familiar por la perseverancia maligna del hijo mayor, una madre agobiada de trabajo y que presta más atención a la manada de gatos, que campan a sus anchas por la casa, que a sus vástagos, un hijo mayor inadaptado y con poderes paranormales, y un adolescente bondadoso, pero influido negativamente por su hermano mayor. Lo novedoso de la propuesta estética de la película es el tiempo interno de la narración, que se configura, partiendo del presente de la captura de los asesinos y su traslado a la cárcel, como una sucesión de secuencias restrospectivas en orden inverso: de lo más cercano a lo más lejano en el tiempo. Procedimiento este de gran exigencia para el receptor, quien debe ir recomponiendo las piezas del puzle narrativo y repensando lo que acaba de ver, pues solo va cobrando sentido con las subsiguientes escenas que se muestran. De "lector macho" hablaba Julio Cortázar en el ámbito literario para este tipo de recurso. 

Pero el esfuerzo del espectador no tiene una recompensa inmediata. Planean demasiados interrogantes sin resolver en la obra: la acusación -negada por la madre- de abuso sexual del hijo mayor a su padre no se sabe si es fruto de la mente enferma de aquél o tienen un correlato real (las escenas de sexo entre los padres, eso sí, tienen un deje de insatisfacción o ansia reprimida por el hombre que pudiera inclinar la duda hacia el atropello paterno), la inoperancia de la madre respecto al abandono de la casa por su marido enerva pues no se sabe el papel de ella en esta fuga cobarde, los poderes extrasensoriales del joven no están suficientemente aclarados y el zoo gatuno en el que se convierte el domicilio familiar es, a todas luces, irrespirable para la convivencia. A lo que hay que añadir una propuesta formal desasosegante: una puesta en escena de la casa familiar claustrofóbica, una fotografía fría y gris, unos escenarios externos destartalados, una música de violonchelo -de Marcin Krzyżanowski- bella, pero dolorosa y unas interpretaciones actorales forzadas.

Película dura de ver, que se niega a escapar de la mente del espectador una vez finalizada la proyección, con un planteamiento narrativo valiente, pero con resultados, cuanto menos, cuestionables.

Amancio Prada en Carmona

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En el marco de la presentación del número 28 de la revista carmonense de poesía "Palimpsesto", ayer, 24 de mayo, Amancio Prada ofreció un recital en el patio del Convento de Santa Clara de la localidad sevillana de Carmona. El concierto se presentaba con el sugerente título de "Poetas de mi vida", y allí sonaron los versos de Antonio Machado, Rabindranath Tagore, Rosalía de Castro, San Juan de la Cruz, Federico García Lorca, Agustín García Calvo, Chicho Sánchez Ferlosio, los anónimos autores de romances viejos y hasta los propios del bardo leonés. Todo ello salpicado con jugosas explicaciones y anécdotas personales (algunas ya referidas en otro evento). Los clásicos "Libre te quiero", "El mundo que yo no viva", "Romance del prisionero", "Romance del infante Arnaldos" -con homenaje al fallecido Georges Moustaki incluido-, "Romance del enamorado y la muerte" -a capela-, "Adiós ríos, adiós fontes", "Pousa, pousa", "Jaula en el pecho", "Hoy no me levanto yo", "Llama de amor viva" y "Noche oscura del alma", entre otros, elevaron a altas cotas la emoción de un público entregado. La voz, el sentimiento y la amabilidad de Amancio Prada siguen incólumes, en un día, festividad de María Auxiliadora, que el cantautor aprovechó para recordar su estancia como alumno de los salesianos en Cambados.

Exquisitez polaco musical

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"ali", Paco R. Baños

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Baqueteado en el mundo de los cortos y en las colaboraciones con cineastas paisanos y hasta compañeros de estudios, Paco R. Baños se estrena en los largometrajes con la premiada y bien recibida por la crítica, "ali". El filme cuenta algunos episodios inconexos de la vida de la joven protagonista que da título a la obra: la historia sentimental con un compañero de trabajo en el hipermercado donde trabajan, las turbulentas relaciones familiares con su madre y las salidas nocturnas con dos amigas, también trabajadoras del híper. Las dos primeras secuencias son las más interesantes y con más peso en la película, mientras que los episodios con las amigas son bastante livianos y pretenden, más que nada, dar una pátina de normalidad y de engarce con la realidad a la extraña personalidad de Ali.

Marcada por una madre infantilizada y emocionalmente inestable, Ali se nos muestra como una joven independiente, liberada y lenguaraz. Alérgica a los lazos sentimentales, su relación con Julio, el compañero laboral, no pretende para ella convertirse en nada más que ocasionales encuentros sexuales, pese a la insistencia y la paciencia del muchacho. Hay en Ali una carencia afectiva que deriva del ámbito familiar, donde la madre no ejerce como tal, pese a la paciencia de la hija -paralelismo, en este sentido, contrario a la relación que establece con Julio-; paciencia que se agota cuando la madre vuelve a caer en las redes sentimentales de otro amante, al que impunemente vuelve a meter en casa. Solo cuando la madre le permite la liberación del yugo maternal -tras un accidente casero-, Ali terminará por aceptar su necesidad afectiva e iniciará la búsqueda de un casi perdido para la causa Julio; trauma que corre paralelo a otro que al final también logra superar: el del miedo a conducir.

La película tiene una marcada querencia "indie": la narración dividida en secuencias encabezadas por imágenes televisivas de retroanuncios de accidentes (ese pánico al volante antes citado), la extraña afición de Julio de grabar la realidad cotidiana con sonidos, la cámara que se entretiene y sigue obsesivamente a la protagonista, sobre todo en su deambular en el trabajo (dando una dimensión estética a las grandes superficies) y por la calle (¿el caminar torcido de la actriz es premeditado?), pero también en su cuerpo: ese plano frontal de sus bragas mientras ella está acostada lateralmente recuerda al de Scarlett Johansson en "Lost in translation" de Sofia Coppola, son solo algunos de los elementos cinematográficos que muestran la inclinación del director por una determinada estética visual, la del cine independiente y alternativo. Hay, por otra parte, un esfuerzo en el guión que se materializa en unos diálogos sabrosos, excesivamente brillantes a veces y que cuesta seguir por alguna elocución no suficientemente clara, y esto a pesar de que, aunque la película está ambientada en Sevilla, la dicción no es andaluza.

Lo mejor del filme radica en las interpretaciones de sus protagonistas: Nadia de Santiago ha comprendido perfectamente lo que el director pretende comunicar con el personaje y sabe darle la profundidad, dureza y carga de misterio necesarias, además es una actriz guapa y amada por la cámara; Verónica Forqué está muy profesional en un papel que no es para nada ajeno a su trayectoria; Lluís Marco ofrece una lección de interpretación encarnando al vilipendiado por Ali y sufrido amante de la madre, y el joven Adrián Lamana cumple sobradamente; quizás Julián Villagrán de vida al personaje más desdibujado y desaprovechado del elenco de actores.

Es de esperar un recorrido comercial largo para la película, después de la premiada trayectoria festivalera y tras un proceso de estreno en las salas que ha durado lo suyo -la obra tiene ya más de un año-. El gancho de los actores (conocidos sobradamente por la televisión o premiados en los Goya) debería ser el punto fuerte para la taquilla.

"La vendedora de tiempo", Ioana Gruia

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La presentación que la escritora rumana hizo de su primera novela en la Feria del Libro de Sevilla el pasado día 4 de mayo, sorprendió a algunos de los lectores que habíamos disfrutado de su anterior libro, el poemario "El sol en la fruta", por una declaración inicial de intenciones que es todo un programa estético: "quiero que me consideren ante todo una escritora mediterránea" y "a la hora de la escritura lo que cuenta es la felicidad" (parafraseo). Sorprende ese deseo de anclaje mediterráneo, bien es verdad que tamizado de cierto cosmopolitismo, cuando su país carece de ese marco natural; entiendo que es un rechazo implícito del ambiente eslavo, gris y triste, en el que se formó, y una apuesta firme por la luminosidad y vitalidad que se asocian con la cultura mediterránea. En cuanto al estado de gracia, contradice todo un arte poético secular que ha venido proclamando la infelicidad como germen de la plenitud estética (Jorge Guillén non dixit).

La novela presenta a una madura mujer rumana, Silvia Păun, con la fecha de caducidad marcada a fuego en su ser: el cáncer de pecho que la persigue se ha extendido por su cuerpo y ya ha renunciado a los estragos de la quimioterapia. Ante la muerte en accidente de su amado, decide vender sus posesiones y pasar los últimos momentos de vida en Mar del Plata, cual la mujer de Hopper retratada en las magníficas portada -en hábil montaje- y edición de la obra. Allí, admirada por su belleza y deseada por varios hombres (un fotógrafo, Javier, será su joven y abnegado amante hasta el postrero instante), bebe a sorbos desesperados los últimos instantes de vida. Un viaje relámpago a Bucarest sirve como intermedio para ajustar viejas cuentas familiares.

El texto alterna, constantemente hasta casi el final, diversos segmentos narrativos: el principal, la historia en tercera persona de esos días finales frente al mar en un hotel de lujo; aquí la narración utiliza un presente verbal que pretende acercar al lector la problemática vital de la protagonista, ese acercamiento se acentúa en la última parte de la novela, donde es ella misma la que narra en primera persona. Junto a ese eje central, incluso con diferencia a veces tipográfica, aparecen otros apartados narrativos como cartas o diarios: cartas al amor de su vida, Valdi -el amante rumano fallecido-, cartas a una hija no nacida y un diario ficcional entresacado de un personaje de "La isla del tesoro". Además, está el paréntesis en Bucarest antes citado, los recuerdos de su vida previa al conocimiento de la enfermedad y la historia de Javier, Alba y Julio -en cierto momento el narrador se focaliza en el personaje del joven fotógrafo para desgranar su anterior relación sentimental y la adopción de un niño, Julio, tras el accidente mortal de los padres. Novela, en este sentido, de rico entramado, jugosa por las historias que va entrelazando, aunque siempre con la vertebración que supone Silvia y su vecindad con una muerte que se va aproximando según avanza el texto.

Dijo Ioana en la presentación que pretendía darle un ritmo poético al texto; en efecto, sin ser una novela lírica, las repeticiones abundan en el texto: los mantras contra la muerte, el buque fantasma anclado en el paisaje marino, los piratas que hipnotizan a Julio, el pintor Hopper, las naranjas, el sexo explícito, el juego infantil de la protagonista para vender tiempo a sus familiares... Demasiados motivos recurrentes que quizá puedan provocar cierto hastío y la impresión de empobrecimiento estilístico.

Lo mejor de la novela radica en la parte central, en ese intermedio rumano que la protagonista se toma para visitar a su padre; las historias familiares y la descripción de Bucarest rezuman autenticidad y, además, emocionan: la relación entre padre e hija prende en el ánimo lector. Por el contrario, la historia del niño Julio resulta muy endeble por su inverosimilitud -la propia autora confesó la falta de referente explícito para crear al personaje. Novela, en opinión de quien esto escribe, necesitada de poda, pero que permite atisbar todo el potencial narrativo -el poético ya está demostrado- de una escritora de raza, vitalista e inteligente.

Transcribo parte del párrafo final:
Alguien corre. Alguien va a rescatarme. Aprieto las manos que tengo entre las mías. Son tibias. Pronto dejaré de sentirlas. Bajo a velocidad vertiginosa hacia el fondo del mar. El agua me entra a borbotones. Estoy en un laberinto vertical y busco desesperadamente alguna puerta de salida. Tiene que haber alguna puerta de salida. No quiero morir. ¡No quiero morir! Mi padre y la tía Silvia gritan mi nombre, pero no pueden verme. Estoy asomada a un marco vacío, a un agujero negro. desde ahí agito la mano. ¡Hasta luego, papáaa! [...] Valdi pega su rostro al mío. Hay tres mejillas pegadas a las mías. ¡Mi vida, mi vida, mi vida! Yo amo la vida. La vida, mi vida. Tilos.
Naranjos".

Jesús Carrasco en Tomares

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La Feria del Libro tomareña (25-28 de abril) se adelanta a la de la capital de la provincia con algunos invitados sugestivos: Ignacio Camacho, Jesús Carrasco, Mara Torres, Alicia Giménez Bartlett, Lorenzo Silva y Fernando Sánchez Dragó, en orden de presentación. Ayer, viernes 26, pudimos asistir a la charla de Jesús Carrasco sobre su primera y exitosa novela "Intemperie", charla moderada por Manolo Haro. La carpa instalada en la Plaza del Ayuntamiento para la ocasión registró una asistencia mínima, constante que he venido observando con lamentable frecuencia; veremos si hoy mismo el reciente Premio Planeta, Lorenzo Silva, tiene mayor poder de convocatoria.

Jesús estuvo sencillo y didáctico en su exposición, ganando entereza y amenidad según esta iba avanzando. Habló el escritor, a instancias del moderador y de algunas pocas preguntas del público, de cuestiones generales del oficio de escritor, de la génesis, aspectos narrativos y proceso de publicación de "Intemperie" y de las repercusiones mediáticas de esta, que paso seguidamente a abordar.

La escritura surge, para Carrasco, de un mínimo apunte que ha de despertar el poder de extrañeza y evocación que debe tener la literatura. Incidió el novelista en cuestiones de pragmática literaria al indicar que la obra que él quiere ofrecer al lector es un mínimo (una línea apenas curva de un círculo inconcluso) que el receptor debe completar. El personaje principal de "Intemperie", el niño que huye de casa, era lo único que tenía en mente el escritor a la hora de crear la novela, y a partir de ahí fue desenvolviéndose el texto. No pudieron faltar las referencias a ese estilo tan peculiar que caracteriza la obra y ha llamado tanto la atención. En este sentido, Carrasco defendió el poder de la palabras para conformar el mundo, para ello evocó las enseñanzas de su propio padre, maestro, y las que intenta imbuir en su hija: la palabra precisa enriquece la realidad, las palabras baúl la empobrecen. La fotografía, según Jesús Carrasco -y aquí se notó su oficio de publicista-, se hace más rica si cada píxel es el adecuado, en interesante símil. Corroboró la opinión de un interviniente en el acto, en el sentido de la sencillez de su lenguaje, más allá de los tecnicismos campestres que la inundan, y que no deberían obligar al recurso del diccionario para la comprensión de la expresión. Repitió lo leído en otras entrevistas sobre la sorpresa e incredulidad del escritor ante el éxito que ha acabado por abrumarlo y terminó con referencias a sus influencias literarias. Aquí estableció una curiosa metáfora de la historia lectora con una cuerda y los nudos que la van formando: estos nudos, serían, en su infancia, los tebeos de Astérix, y en la edad adulta, los cuentos de Raymond Carver y la literatura norteamericana (Faulkner, el maestro); otros escritores que mencionó fueron Miguel Delibes, Georges Perec o San Juan de la Cruz, cuya breve, pero intensa y evocadora poesía sería la obra que se llevaría  a una isla desierta.

Charla, en definitiva, interesante, agradable, nada pretenciosa y con un autor accesible al público en la posterior firma de ejemplares.

"La caza", Thomas Vinterberg

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La nueva película del antes "dogmático" cineasta danés Thomas Vinterberg refuta, con acierto, la tesis de que los niños nunca mienten por medio de la presentación de una obra en la que una inocente frase infantil de contenido sexual arruina la vida de un hombre maduro. La niña protagonista, que sufre cierto abandono familiar (los padres discuten sin acompañarla al colegio y el hermano adolescente pretende escandalizarla con fotos pornográficas), busca amparo y cariño en un maestro de la escuela a la que asiste, personaje encarnado por Mads Mikkelsen, quien al rechazar, con buen criterio, las efusivas muestras de aprecio, será objeto de un despecho infantil que encontrará ominoso pábulo en la directora de la escuela, para posteriormente enquistarse, pese a la absolución policial, en el núcleo vecinal y de amigos.

Una comunidad protestante bien avenida se convierte así en una jauría humana dispuesta  a la caza del inocente, pues en ningún momento la obra se permite la mínima duda al respecto, lo que facilita la total identificación del espectador con el sufrimiento del protagonista. La inicial pasividad de éste puede enervar a más de uno, pero no es más que la lógica respuesta ante la incredulidad virginal por la acusación. La violencia física a la que se ve finalmente sometido el denunciado termina por desatar su propia ira a base de golpes, que el propio espectador hace suyos.

Lo interesante de la película es cómo una comunidad se ve transformada por un inofensivo infundio en un núcleo salvaje dispuesto a ejercer el linchamiento visceral. Hasta la propia novia del protagonista, emigrante polaca que suelta un par de expresiones en la lengua eslava -no en vano Polonia está en los genes de la actriz, pese a la apariencia meridional-, llega a dudar de la inocencia del amante, lo que acentúa aun más una soledad que sólo es aliviada por la incondicional compañía del hijo de un anterior matrimonio. La verdad al final sale a la luz en la celebración eclesiástica de la Nochebuena -Dreyer pesa mucho en la cinematografía nórdica, afortunadamente-, pero el equilibrio ya se ha roto (el retorno al edén es una falacia) y la coda inquietante final no hace más que subrayar que el germen maligno de la duda no se ha logrado extirpar (no se puede hacer borrón y cuenta nueva de la ignominia).

Estéticamente, la película tiene tonos fríos, pretende la naturalidad de ambientes e interpretaciones-Dogma sigue tirando, a pesar de todo-. Las fiestas de amigos resultan bastante escandalosas y recuerdan las bacanales vikingas, y el paralelismo con la caza animal del venado, que abre y cierra la narración, quizás resulte demasiado obvio y recuerde a otros filmes.

Varsovia, Abel Murcia

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Varsovia

Llegaron y dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa,
tendré hijos e hijas que pueblen
uno a uno las márgenes del río.”
Igual no lo dijeron
y solo lo pensaron
porque eran los tiempos
vacíos de palabras,
o ni siquiera eso,
tampoco lo pensaron,
simplemente lo hicieron.

Después llego la historia
y con ella los nombres
atados a sonidos de imposible cadencia.

La vida fue llenando las hojas de los libros
dejando entre las líneas ecos de la existencia.
Hoy muchos de esos libros
no son más que cenizas
crepitantes aún al son de la memoria.

Dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa”.
Y así fue.
La primera y la última.
También todas las otras:
la del primer amor, la de los juegos,
la del llanto y la risa,
la de lo nunca dicho,
la del odio y la ira,
la de…

Es cierto. Lo dijeron.
Muchas fueron las veces y muchas las personas.

Para ser de esta tierra basta la voluntad
y eso no es poco.

Dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa”.

Y le pusieron nombre.
En mi lengua es Varsovia.

Abel Murcia, desguace personal, Czuły Barbarzyńca Press, Warszawa, 2012.

"Todo suena", Lorenzo Silva

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La Clínica Universitaria de Navarra ha editado en diciembre de 2012, en su Colección “Historias de la Clínica” – que ya contaba con prestigiosas firmas como la de Juan Manuel de Prada, José María Merino o Gustavo Martín Garzo-, el último libro en papel de Lorenzo Silva, “Todo suena”. Se trata de un pequeño texto de apenas sesenta páginas, en formato asimismo reducido, que la editora distribuye gratuitamente –en el blog del autor se informó de cómo adquirirlo.

La obra es un reportaje sobre la paciente Ana Aísa Blanco, aquejada de sordera progresiva desde la adolescencia, que acude a la clínica navarra como tabla de salvación tras tres partos que debilitaron aun más su capacidad auditiva. Las sendas operaciones que sufrieron sus oídos resultaron un éxito y permitieron que “todo a su alrededor sonara” cuando su vida se había sumido ya en el silencio absoluto.

El texto, tal como nos lo cuenta Silva, muestra una valiente historia de superación personal. A partir de los quince años, Anuca se ve enfrentada a un drama personal que ya contaba con antecedentes familiares y que convierte su vida en una carrera de obstáculos que ella afronta con resignación, pero con gran fortaleza de ánimo. El autor pone manifiesto una y otra vez la negativa de la protagonista a que su existencia se viera afectada por la minusvalía. Las constantes “trampas” que se ingenia en la Universidad, en su vida laboral y personal son testimonio de una fuerte voluntad por no convertirse en una marginada social y por mostrar frente los demás una aparente normalidad. En ningún momento Anuca se vale de su discapacidad auditiva para obtener las más que justificadas prebendas que la sociedad le podría ofrecer, antes al contrario, sus denodados esfuerzos por suplir con astucia el silencio que se iba imponiendo progresivamente en sus relaciones personales a través del canal oral provocan en ocasiones la incomprensión de algunos conocidos, cuando no la burla de unos o la propensión en otros a ofrecer una imagen de retraso cognitivo. Sin embargo, cuando la situación se hace insostenible y su oído ya no le permite el más mínimo contacto sensorial externo, Anuca decide acudir en 2004 a la clínica navarra: las operaciones a las que se vio sometida, y que consisten someramente en la colocación de precisos implantes internos que colaboran con aparatos sujetos a la oreja, tuvieron el resultado esperado y dieron una nueva dimensión a su vida. Los problemas físicos devenidos de adaptación a los mecanismos externos y de asociación de los nuevos sonidos con la realidad –interesante cuestión que jamás uno que no haya sufrido esta dolencia hubiera podido imaginar- son males menores en comparación con los beneficios aportados por la intervención.

La narración se presenta como un somero repaso vital de la protagonista. Se centra Lorenzo Silva en sus problemas auditivos y en las distintas soluciones –personales y médicas- que se van sucediendo desde que la enfermedad se hace patente. Como se ha puesto antes de manifiesto, la intención del autor es mostrar una aleccionadora historia personal de superación. En este sentido, la obra parece en ocasiones una pequeña hagiografía laica de Anuca: inmune al desánimo, la enferma se saca de la chistera los más sagaces, y hasta peregrinos, trucos para desmontar su sordera y llevar una vida lo más normal posible. Sin embargo, algunos claroscuros ensombrecen la imagen que el texto nos quiere ofrecer de Ana Aísa: ¿no hay en esos agotadores esfuerzos un intento de engañar a la realidad y una falta de aceptación del problema físico?, ¿las manifestaciones de la hija mayor en el sentido de que su madre ha cambiado radicalmente tras las operaciones no se contradicen con la imagen que la narración nos muestra de Anuca antes de someterse al quirófano navarro? Interrogantes que planean maliciosamente sobre el reportaje y que tiñen de maldad esta reseña del texto.

El estilo adoptado por Silva se adapta al del reportaje periodístico. Si bien hay unos primeros párrafos reflexivos, pero con voluntad estilística, sobre las consecuencias de la sordera en cualquier ser humano, al poco ya se implica el escritor -ausente aparentemente del reportaje- en un sobrio repaso biográfico de la protagonista absoluta de la obra, a la que ya no suelta hasta el final del texto si no es para hacer un inciso técnico de la operación en sí misma, bien justificado con una aclaración previa: la inconsciencia anestésica de Anuca obliga a dejarla narrativamente, de modo transitorio, al margen.

Nada que escriba el autor madrileño es ajeno a este bloguero. Poco se podía aportar a lo ya dicho en numerosos lugares sobre la premiada “La marca del meridiano”, sin embargo, “Todo suena” ha pasado lógicamente más desapercibido y ello permite una mayor libertad crítica, a la vez que fomenta una cierta ilusión de originalidad en el comentario de un texto menor de tamaño, pero que se queda grabado poderosamente en la retina, mejor dicho, en el tímpano del silencioso lector.