Tom Harrell en el Universijazz

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La esquizofrenia no ha podido con él. Con esta enfermedad a cuestas, el trompetista americano Tom Harrell ha dado guerra en el panorama del jazz durante cuarenta años. Universijazz de Valladolid se inauguró este año con su presencia al frente de un cuarteto de músicos negros brillante y comprensivo con el líder del grupo. Con indumentaria completa de negro y cazadora abrochada hasta el último botón (en una calurosa noche estival), Harrell ofreció un recital extraño, dividido en dos partes con descanso en medio y una presencia escénica sobrecogedora, no sólo por el color negro, sino también por su manera de estar sobre el escenario: hombros caídos, mirada permanente al suelo y desplazamientos lentos y laterales. Aun así, la música resultó soberbia: post-bop clásico, una trompeta de perfil bajo aunque eficaz, solos contundentes y un piano y un contrabajo magistrales, solamente el batería desentonó del ritmo del grupo (veo en youtube otro baterista en sus actuaciones).

Al día siguiente, Roy Gelato and his Giants mostraron el envés total de la moneda; el público y el crítico del Norte de Castilla parecieron estar enfervorizados con esta formación, aunque uno, incómodo desde el patio de sillas -que no de butacas-, no pudo dejar de tener en mente más una verbena que un concierto de jazz.

Åsa Larsson, "Cuando pase tu ira"

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Siguen las andanzas de la abogada, ahora convertida en fiscal, Rebecka Martinsson y la policía Anna-Maria Mella en la localidad sueca de Kiruna; esta vez, tras la pista del asesino de una joven pareja que se había sumergido en las heladas aguas de un lago en busca de los restos de un avión accidentado. Rebecka ahora sale con su antiguo jefe de Estocolmo, en una relación que se prevé abocada al fracaso, y se ve sorprendida por sus sentimientos hacia uno de los policías de Kiruna: un ser peculiar, que tiene la cara marcada por el fuego y es entrenador de perros -los animales tienen un protagonismo importante en la historia-; Anna-Maria, a su vez, mantiene un irritante, para ella, pulso con un compañero (las causas de la tensión provienen de la anterior novela, "Una senda oscura").

En este cuarto texto negro de la saga, Åsa Larsson renuncia a la intriga en la identidad del asesino, para centrarse en la vida de éste y en la explicación psicológica de las causas de su carácter: un ser esencialmente bueno, marcado por las relaciones familiares de brutalidad y sometimiento, que desborda el torrente de su sufrimiento en Rebecka y paga gustoso las deudas carcelarias con la sociedad. Es en el análisis de este personaje donde radica el acierto de la obra, aunque la autora lamentablemente no evite el maniqueísmo extremo en la descripción de la familia del asesino. Rebecka, por su parte, vuelve a verse inmersa en un final rocambolesco con salvación en el último segundo: no gana su protagonista para sustos en todas sus novelas, es como si tuviera un amuleto protector, que no le priva, por otra parte, de que su psique se vea afectada por tanto sobresalto. 

Las novelas de la escritora sueca se caracterizan  -como indico en uno de los enlaces- por la creación de un ambiente opresivo y por una prosa envolvente y sugeridora, que en esta novela se manifiestan en el recurso fantástico de la aparición de la joven asesinada en primera persona y en presente, que va conduciendo la historia y guiando a los personajes hasta el castigo final de los culpables, para que su espíritu pueda descansar en paz; no hay aquí el recurso fácil del terror, sino una técnica narrativa de contrapeso al "thriller", ya utilizada en entregas anteriores. Aunque hay que decir que la autora abusa de este procedimiento, ya que tiene demasiado peso narrativo en la historia, hasta hacerlo en exceso pesado. Quizás una profundización en el análisis y evolución de sus dos investigadoras convendría más para las futuras entregas de la serie que la búsqueda de recursos novedosos y alternativos.

A la espera de la traducción de la siguiente novela, esperamos que el talento de la escritora sueca no decaiga -como ha sucedido en este texto- y la sorpresa narrativa de su primera obra, "Aurora boreal", no se vaya poco a poco diluyendo, como da la impresión.


Orquesta Joven de Andalucía

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Como propina a la temporada, el Teatro Central sevillano ofreció, el pasado sábado día 7, un concierto de la Orquesta Joven de Andalucía bajo la dirección de Lorenzo Ramos. Interpretaron dos clásicos: "El sueño de una noche de verano" de Mendelssohn y la "Sinfonía n.º 6, Pastoral" de Beethoven, el bis tampoco resultó sorpresa alguna: Albéniz, "Málaga" de "Iberia". No quiero ni puedo ser demasiado duro en la crítica por varios motivos: no soy un especialista en música clásica, el concierto era gratuito y los intérpretes están aún por madurar; sin embargo he de decir a fuer de sincero que resultó decepcionante, sobre todo, si se compara con el ciclo ofrecido por la OSC de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio "Manuel Castillo", y eso que algunos músicos comparten formación.

La primera pieza, la del romántico alemán Mendelssohn -basada en el drama de Shakespeare- resultó bastante anodina y con un criterio efectista en la selección de los fragmentos. La sinfonía de Beethoven nos deparó al sorpresa de la velada; uno de los contrabajos, el más visible por cercano al público, decidió por su cuenta y riesgo convertirse en la estrella de la obra: aparatosidad en la ejecución, movimientos extraños en la eliminación de cuerdas sueltas, ruidos con el asiento y con el instrumento, todo ello en un plan que más tenía que ver con una formación de jazz que con una orquesta sinfónica; con tal aparato escénico lo de menos fue la eficiente ejecución de los otros instrumentos de cuerda y el aparente buen oficio en la dirección. El susodicho joven intérprete evidentemente se equivocó de escenario y formación, y hubiera necesitado una mano dura desde la tarima que sujetase su ímpetu protagonista. Hablando del director, también precisa de un asesor de imagen, pues su vestimenta era más apropiada para la Filarmónica de Viena que para una orquesta "provinciana" de jóvenes intérpretes: demasiada formalidad, de la que no hace gala, por otra parte, en su página web (los comentarios sobre su apariencia se sucedieron entre el público).

Microrrelato para San Fermín

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ROJO
Mis compañeros y yo hemos salido en estampida empujándonos unos a otros, locos por mover los músculos entumecidos por el encierro. Es cierto que algunos hemos resbalado, pues las pezuñas no están preparadas para el asfalto, pero yo he logrado mantenerme sobre las patas sin caer, otros han tenido menos suerte y se los ve rodeados de seres humanos que intentan levantarlos. Tengo las pulsaciones al máximo, me excita correr con público alrededor. El rojo nubla mi vista, no tiene nada que ver con el verde anestesiador de los pastizales donde nos crían; pañuelos al cuello y a la cintura atrapan mis sentidos y me obligan a correr tras ellos. Sí, estoy excitado, reconozco que me repito –un toro no maneja bien los sinónimos-. Ahora bien, ¿no les gustaba tanto el color rojo?, pues, por qué armar tanto barullo por ese líquido rojo que ahora mancha la acera y mana como fuente de uno de los corredores. No entiendo los golpes e insultos a un pobre toro que ha intentado disfrutar como ellos y que les ha teñido de su color favorito la calle.

Sofi Oksanen, "Purga"

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El Premio del Libro Europeo lleva ya cinco ediciones demostrando independencia de criterio y una búsqueda de valores literarios prometedores más que una ratificación de autores consagrados. Ya se reseñó aquí el laureado en ficción de 2009, ahora viene a estas páginas la autora finlandesa Sofi Oksanen, cuya obra "Purga", Premio 2010, fue traducida al español el año pasado con relativo éxito, pues ya ha alcanzado la edición de bolsillo y el refrendo de Círculo de Lectores, cuya magnífica imagen de portada, obra de Iosif Badalov, se reproduce en esta entrada.

La historia que nos cuenta la autora seduce sobremanera: a principios de los 90, después de un viaje rocambolesco y en penosas condiciones, llega a la casa de la anciana y solitaria estonia Aliide Truu, la joven rusa Zara, tras haber escapado de una banda de proxenetas que la sometían a continuas vejaciones en Berlín, a donde la chica había emigrado en busca del glamour de Occidente. Tras los recelos mutuos, se establece una corriente de simpatía entre ambas mujeres, amén de una relación de protectorado, solicitado por la chica rusa, pues no duda de que sus perseguidores darán algún día con ella. La historia se complica pues el destino final de Zara -Estonia- no es casual: prendido en el bolsillo interior de su sujetador, lleva una foto antigua familiar en la que aparece retratada Aliide, y es que la relación entre las dos mujeres es más profunda de lo que pudiera parecer en los primeros capítulos de la novela. Allide tendrá constancia de esto cuando los rufianes chulescos arriben definitivamente a su casa, entonces revivirá en sus carnes una historia del pasado: esconder y proteger a un perseguido, pero ahora el destino le ofrecerá una segunda oportunidad para congraciarse con los fantasmas que tejieron su juventud.

Sofi Oksanen utiliza el desorden cronológico en la narración de las desventuras de esta singular pareja de mujeres eslavas. El lector debe recomponer las piezas del puzle narrativo, aunque en realidad las secuencias principales están claramente definidas: la implantación del régimen soviético en el país báltico, el ejercicio de prostituta de Zara en Berlín bajo la custodia de mafiosos, su huida hacia Estonia en busca de refugio y el encuentro de Zara y Aliide en la casa de aquélla. A estos cuatro segmentos narrativos, se unen pequeños extractos del diario del cuñado de Aliide, prófugo y luchador anticomunista. La escritora se preocupa por fechar cada episodio, por lo que la exigencia lectora no es tanta. Exigencia, digo, aunque realmente lo que habría que postular en la lectura de esta premiada novela es la fuente de placer lector que dimana de cada capítulo de la obra: hay un cierto tono poemático en el texto -y no me refiero a secuencias como la de la tortura de la famila Truu a cargo de secuaces soviéticos, donde claramente Oksanen escatima la brutalidad de los hechos con un bello lenguaje imaginativo-, sino al conjunto de la obra en sí: capítulos cortos, oraciones breves, elipsis narrativas, imágenes sugerentes... Capítulos para paladear con delectación. 

Algo, sin embargo, no acaba de encajar en la novela para dotarla de rotundidad: el texto se nutre en exceso de ideología, es una obra de tesis. La madre de Oksanen es estonia y la escritora sabe bien de qué escribe cuando lo hace sobre el pasado comunista de esta nación, pero esta circunstancia no debería haber influido en la autora para recargar tanto las tintas contra el régimen que se adueñó del país durante cincuenta años. La obra parece en ocasiones no más que el deseo de mostrar con toda claridad la depravación del sistema soviético, y esto no era necesario, porque redunda en un menoscabo de la historia en sí misma, la cual tiene suficiente poder de sugestión para arrinconar todo intento ideológico -quizás el origen teatral de la novela pueda explicar el peso doctrinal-. Menos aun se comprende la inclusión de los informes policiales que configuran las últimas secuencias de la obra y que, según ha declarado la autora, son reales y fuente del texto. Con ellas como epílogo de la novela, el lector queda atrapado en un desconcierto "hiperrealista" innecesario y que desdibuja todo el entramado lingüístico y compositivo anterior.