Algunos de mis libros de poesía + Anna Ajmátova

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He aprendido a vivir de modo simple y sabio,
mirar al cielo y rezar a Dios,
y dar largos paseos antes de que anochezca
para ahogar esta inútil ansiedad.

Cuando murmuran los espinos del barranco
y rojo y dorado cabecea el racimo del serbal,
entonces compongo versos felices
sobre la vida breve, breve y hermosa.

Regreso. El gato peludo
lame mi mano y tierno ronronea.
Y en la torrecilla del aserradero junto al lago
brilla la llama de una hoguera.

Rara vez turba el silencio
el grito de una cigüeña posándose en la casa.
-Y si a mi puerta llamaras,
creo que ni siquiera te oiría. 

Anna Ajmátova
Desconozco al traductor del poema


California Honeydrops y Lolo Ortega en concierto

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Ayer, jueves 22, estuve, junto a Rafael, en el concierto de dos buenos artistas. Como telonero ejerció Lolo Ortega, fundador de la desaparecida y sevillana Caledonia Blues Band y, como actuación especial, Lech Wierzynski al frente de los California Honeydrops.

Lolo estuvo eficaz y habilidoso en las interpretaciones blueseras con la guitarra española (contó, para ello, con el acompañamiento de otro de los miembros de su exgrupo). Hay que destacar el esfuerzo instrumentista tocando el género del blues con un instrumento tan ajeno a su esencia; grande fue la versión del "Voodoo Chile" de Jimi Hendrix, pero por allí se escucharon también los blues primitivos de Robert Johnson o Muddy Waters, junto a canciones propias en español (¡!) de Lolo.

El plato fuerte de la noche era el grupo americano liderado por el polaco Lech Wierzynski. Con un sonido contundente y neta influencia del estilo ecléctico New Orleans rhythm and blues, el grupo dio una lección de entrega y comunicación con el auditorio. Trompeta, saxo, órgano, guitarra, bajo y batería, más la afortunada voz negroide de Lech, desfilaron por el escenario, junto a la aparición esporádica de otros instrumentos más extraños como el acordeón o...¡la tabla de lavar! (en similar función a la botella de anís). A pesar de ser un grupo de reciente formación, sonaron compactos y conjuntados, con buena interpretación instrumental y, sobre todo, con una entrega total, quizás excesiva: en su deseo de hacer partícipe al público de la "fiesta" se confundieron jaleando en demasía las palmas y los ecos de la voz de Lech; eso sí, el público de la Sala Custom, encantado. Es mi opinión que estos excesos sonoros de la concurrencia sobran cuando los intérpretes se bastan por sí mismos para mantener, gracias a su destreza -que se demostró en los solos, en la longitud de los temas y en algún blues con que se nos deleitó-, la atención y el entusiasmo. En fin, parece que esa manera de actuar va con la esencia del grupo.

Tres horas en total de espectáculo, buena compañía, primera fila e intérpretes de lujo. Poco más se puede pedir para una larga noche de jueves.

Dejo dos vídeos. El del día del concierto es gentileza de Rafael, el otro es en Polonia, un directo con una formación un poco diferente.

video


Soneto I

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Palomar derruido 

Pertinaz seña de almas castellanas,
laberinto de huecos y cobijos,
barro y paja en adobe vil fundidos,
el palomar nos muestra sus entrañas.

Blanco, rojizo y ocre, escasa gama
tonal. Paletas quieren con motivo
infundir luz a los campos sin brillo:
tierra austera, estética machadiana.

En esta lejanía de otras tierras
extrañas, la ausencia de gracia anoto
en esas raras formas caprichosas.

Testigos mudos de épocas otrora, 
deshechos ahora en falso y triste oro,
mi ánimo levantaros ya quisiera.


"Pretérito imperfecto", Carlos Castilla del Pino

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A estas alturas no voy a descubrir al eminente psiquiatra gaditano Carlos Castilla del Pino (1922-2009). Traigo su figura a este blog en razón de la lectura de la aclamada y premiada primera parte de su autobiografía, "Pretérito imperfecto" (1997, IX Premio Comillas), que abarca desde su niñez hasta el año 1949. Se trata de una magna obra que da testimonio de un momento fundamental de nuestra historia, vivida por un testigo de excepción: la República, la guerra civil y la dictadura franquista quedan retratadas en estas más de quinientas densas páginas desde el punto de vista intrahistórico que acuñó Unamuno.

Castilla tuvo una educación eminentemente conservadora: hijo de una familia bien y con conciencia de clase en San Roque, ya desde pequeño se le inculcó la pertenencia a una elite social que debía respetar, además fue alumno interno de los salesianos en Ronda (amarga experiencia la contada por el narrador: castigos físicos y represión intelectual), sufrió en propias carnes la cruenta pérdida de familiares por las ejecuciones masivas a manos de las milicias republicanas en los primeros días del levantamiento y él mismo fue miembro del Requeté durante la guerra civil. Sin embargo, el paso de los años hizo girar su ideología hacia posturas de izquierda antifranquistas y ateas, si bien esto no le condujo a la posibilidad del exilio, ni a la oposición contestaria y radical al régimen, más bien fue el suyo un exilio interior, una sublevación "en petit comité".

San Roque, Ronda, Madrid (Universidad y primeros ejercicios profesionales) y El Ferrol (servicio militar como alférez) son los espacios por los que transita el joven Carlos Castilla en estas desinhibidas memorias, de las que emerge un personaje altamente atractivo: de suma voracidad intelectual, valiente en situaciones tan comprometidas como las de la guerra, de un antimilitarismo y ateísmo agresivos, perspicaz en el análisis de las personas con las que se cruzó (Torrente Ballester, Luis Martín-Santos, Jaime de Mora y Aragón, Gregorio Marañón...), preclaro en sus objetivos personales y profesionales y con gran capacidad de trabajo y sacrificio.

El estilo de esta autobiografía es sencillo y ameno. La terminología médica y, en especial, psiquiátrica dificultan, de alguna manera, la comprensión de algunos pasajes (no todos sus lectores proceden de este ámbito, por lo que los tecnicismos quizás sean excesivos). Destaca la frialdad con las que Carlos Castilla cuenta algunos pasajes o somete al bisturí científico a algunos personajes con los que tuvo contacto; en este sentido, el narrador puede resultar irritante, aunque disculpable por la presumible insensibilidad que le acarrearon los episodios sangrientos vividos o por su temprana vocación médica que le llevó a ejecutar autopsias ya con trece años.

Resta el segundo volumen, "Casa del olivo", para completar el "aspecto verbal imperfectivo" de estas memorias. El morbo de la relación paterno-filial (enterró a cinco de sus siete hijos, uno de ellos muerto por propia voluntad), está servido, pero seguro que tanto la actividad profesional en Córdoba, como la visión de la última etapa franquista y el advenimiento de la democracia, deparan jugosos momentos narrativos. Pero eso será ya otra historia.

Microrrelato para un domingo nostálgico

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Llegó al aeropuerto a primera hora de la tarde. No conocía a nadie en la ciudad extraña, fría y gris. Le dieron la bienvenida el aire gélido, la oscuridad invernal y tres tipos: un señor mayor bigotudo, amistoso y con cierto aire de suficiencia, una mujer de mediana edad, atenta y compasiva, y otro sujeto distante, sorprendetemente paisano suyo, quien le tendió una mano lánguida, cual trapo áspero. Montaron en el coche de la mujer y recorrieron en silencio la ciudad, recién estrenada, con nieve en las aceras, luces mortecinas y escasos paseantes callejeros. Llegaron al que habría de ser su domicilio en los dos próximos años; tras subir los tres pisos sin ascensor del edificio, abrieron la puerta de aquel local sin apenas muebles, con ventanas de madera que con dificultad preservaban del frío y un gato como herencia de la anterior inquilina. Y allí lo dejaron, para que maldijese, con sentido, haber aceptado la propuesta de trabajo. La primavera todavía quedaba lejos. Sólo tenía una opción si no quería hundirse en el arrepentimiento consolador y mantenerse a flote, y decidió sin más tardanza llevarla a cabo: miró con atención al gato, quien dilató sus pupilas en la ignorancia de lo que pretendía su nuevo dueño, hasta que, finalmente, sintió cómo su cuerpo se enroscaba haciéndose un ovillo; se olvidó ya del viaje, de la ciudad extraña, fría y gris, del paisano arisco, del piso desangelado, y por fin ronroneó de placer.