"Profesor Lazhar"

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La película canadiense "Profesor Lazhar" viene avalada por diversos premios y candidaturas, entre ellos, algunos de la SEMINCI vallisoletana. El filme se centra en la vida profesional de un refugiado argelino, que decide audazmente ofrecerse como profesor sustituto de una maestra que se acaba de suicidar en la propia aula donde imparte clase. El personaje debe afrontar una variada problemática: su estatus de refugiado está aún pendiente de sanción, sus habilidades profesionales no son tales puesto que él no había ejercido antes como maestro, su familia fue asesinada en Argelia y él se enfrenta a una dura soledad, y, finalmente, el recuerdo de la maestra que se quitó la vida está aún muy presente en la escuela donde trabaja y, especialmente, en los alumnos que fueron los suyos. En cuanto al primer punto, su situación legal sirve para completar el perfil del personaje, puesto que él esconde tenazmente su pasado ante sus compañeros y ante el propio espectador (la tragedia familiar no es mostrada ante la cámara más allá de algunos objetos que conserva y pequeños retazos de soledad); como decía, es en las aulas donde se desarrolla el meollo de la película.

La escuela trata de hacer tabla rasa del episodio del suicidio: se pinta la clase, se produce mutismo total de la tragedia cuando el protagonista intenta sacar en repetidas ocasiones el tema entre sus compañeros y con los niños, y va a ser esta insistencia -prohibida por la directora- la que, junto a la revelación de sus mentiras laborales, provoque, finalmente, su expulsión del centro. Sin embargo, el joven director Philippe Falardeau se pone de lado del personaje en las dos escenas claves de la película: dos secuencias liberadoras de la tensión existente en clase y en las que el novato profesor (sin experiencia docente, ni mucho menos psicológica) ejerce sabiamente como terapeuta.

La obra tiene algunos aspectos cuestionables: fundamentalmente, el ambiente idílico -pese a la tragedia antes mencionada- que reina en el aula, (¿es ése el que se vive diariamente en los centros canadienses?), de hecho, los comportamientos disruptivos son abordados como una excepción (cuando uno los presencia a diario); relacionado con esto, hay un planteamiento excesivamente maduro en la actitud de los niños; además, la problemática personal del profesor no está suficientemente desarrollada, quizás esto se relacione con su escaso metraje. 

Finalmente, cabe mencionar la impericia y las tácticas obsoletas en el proceso de enseñanza/aprendizaje del profesor, sobre las que el director no escatima la mirada crítica, situando a su protagonista poco menos que en la ridiculez, aunque aplicada con ternura.

Eduardo Mendoza

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El Aula de Cultura ABC tuvo el acierto de traer, ayer 21 de mayo, al Museo de Carruajes sevillano al escritor Eduardo Mendoza. Con una sala a rebosar y la presentación de Francisco Robles, el barcelonés nos habló de su última novela, "El enredo de la bolsa y la vida". Por allí circularon en boca del novelista y el presentador anécdotas como la que da origen a la obra: un letrero de esta época de crisis "Centro de yoga El Jardín de la Perfecta Felicidad. Se traspasa" o aquella que refería las ilusiones toreras del Mendoza niño; surgieron, así mismo, temas literarios como la influencia recibida de la picaresca y el esperpento o la dualidad en su narrativa entre obras "serias" y paródicas; también apareció, por iniciativa de Francisco Robles, la polémica lingüística entre escritores en lengua catalana y catalanes -polémica más bien fuera de los límites regionales, puntualizó Mendoza-; finalmente se habló, a requerimiento del público, del desastre de sus adaptaciones cinematográficas -mala suerte compartida con Juan Marsé-; en este apartado estuvo, para quien esto escribe, la reflexión más interesante de la charla cuando el novelista vino a decir que su obra tiene vocación de ser puramente literaria, es decir, una construcción lingüística que cuando se despoja del lenguaje, para el transvase a la acción del celuloide, pierde su esencia.

Mendoza estuvo amable durante la charla y posterior firma de libros, quizás demasiado en plan guasón -en esto tuvo mucho que ver el presentador-, muy elegante en su indumentaria y porte, aunque ligeramente envejecido, y con una dicción un tanto cansina, como si le costase esfuerzo transpasar a la oralidad el pensamiento o buscase con esfuerzo la comicidad. En todo caso, un privilegio escuchar y contar con la presencia de un maestro de la narrativa, que, como puntualizó un asistente, y en contra de lo que se estaba escuchando en la sala, gana en la apuesta por la novela "seria".

En la Feria del Libro con Ioana Gruia

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Ayer firmó libros y ofreció un recital la poeta y profesora Ioana Gruia. Como se ve en la imagen, la presentación corrió a cargo de A. Rivero Taravillo. Un evento sencillo en todos los aspectos, pero interesante; para unos pocos aficionados a la lírica que nos sustrajimos al magnetismo de Eduardo Galeano -quien coincidía en horario en otro acto de la Feria del Libro sevillana-; para mí no había color, o mejor dicho, sí lo había, el "rojo" de la poeta rumana: agradable en las distancias cortas, humilde en su presentación y buena lectora de poesía, pese a la sonoridad de la /s/, seguramente por influencia de su lengua natal. Desde aquí, animo a la escritora a que active ese blog en el que hace tiempo que la ventana al mar se ha quedado "salinizada".

Antoni Wit en el Maestranza

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El director polaco Antoni Wit, titular de la Orquesta Filarmónica de Varsovia e invitado de la Orquesta Sinfónica de Navarra, ha estado en Sevilla. Con un repertorio casi exclusivo de Brahms -en un nuevo jalón del monográfico al romántico alemán dedicado por la sinfónica sevillana- dirigió un denso programa, en el que destacaban el Concierto para violín y orquesta op. 77 y la Sinfonía nº. 2 op. 73. La primera parte, con el violín de Renaud Capuçon, resultó extraordinaria: plena de energía, evitando todo atisbo melifluo de la época, pero al mismo tiempo interpretada con gran sutileza; el público, entusiasmado, no paró de aplaudir hasta que el francés ofreció como bis un solo de violín de Gluck, la "Melodía" de la ópera "Orfeo y Eurídice". La segunda parte, con la sinfonía, fue un tanto decepcionante: correcta, pero nada inflexiva, por lo que llegó a ser monótona, sin evitar caer en la languidez romántica.

Al final del concierto, nos acercamos al camerino para saludar al director -al que ya habíamos escuchado en varias ocasiones en Varsovia- y que nos firmase el autógrafo. Wit no eludió nuestra petición, pero estuvo bastante frío y distante (no parecía necesitar ningún baño de multitudes), aunque no se recató en las alabanzas a la orquesta sevillana; eso sí, todo un caballero en presencia y porte.