Jazz en el Central

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Cuatro días de jazz en noviembre: el ciclo que anualmente oferta el Teatro Central sevillano y que suele ser de lo mejorcito que programa el recinto a lo largo del año (por ahí desfilaron, en su momento, Kurt Elling, Charles Lloyd, Bobo Stenson o Charlie Haden), nos deparó para esta ocasión la presencia de grandes figuras del jazz y demasiados espectáculos de fusión flamenca, que pasamos a revisar.

David Liebman y Dani de Morón



La actuación conjunta del saxofonista y docente David Liebman y el grupo del guitarrista flamenco Dani de Morón fue una iniciativa del propio Teatro Central y el Instituto Andaluz de Flamanco, que juntaron a  ambos durante días para que ensayasen y ofreciesen un recital de obras de Ramón Montoya y Fernando Vilches, al que se sumó alguna otra pieza jazzística, de John Coltrane por ejemplo. Fue un homenaje flamenco a esos dos autores que se hizo con respeto por las dos tradiciones musicales, sin que ninguna de las dos se impusiera a la otra. El saxo americano, pese a tocar sentado por problemas motrices, estuvo a la altura e, incluso diría, por encima de sus compañeros. Sólo lamentar las intervenciones del percusionista Guillermo McGill, que cortaban el fluir de las piezas y pedía más aplausos, innecesarios, para los músicos.

Brad Mehldau y Joshua Redman



El pianista Brad Mehldau y el saxo Joshua Redman son ya dos grandes estrellas de la escena del jazz, en el caso del primero además, su música ya ha rebasado ampliamente ese marco musical para entrar en lo clásico o el minimalismo. Tienen algún álbum en conjunto y sobrada experiencia tocando como pareja. El acoplamiento de ambos instrumentistas, sin sección rítmica, prometía esfuerzos en la audición, sin embargo, resultó más accesible de lo esperado: fue un recital elegante, con dos maestros en sus respectivos instrumentos y que versionearon a artistas ajenos al jazz, como Nirvana. Otros, si embargo, critican con mordacidad el evento (¿qué esperaban, fuegos artificiales?).

Dave Holland y Pepe Habichuela



El último espectáculo al que acudimos (el primero, de Sindicato Ornette y Ken Vandermark, no nos llamaba la atención) fue el más curioso de los tres. El contrabajista Dave Holland y el maestro Pepe Habichuela han dado muestras de buena conexión mutua en el disco "Hands", en el que Holland realiza, con el aplauso de la crítica, una inmersión en el mundo del flamenco. Sin embargo, la actuación poco tuvo que ver con el jazz, a pesar de un solo que se marcó Holland, y sí mucho con un tablao flamenco; sin negar el virtuosismo de Habichuela, las interjecciones y jaleos de los acompañantes a la percusión y hasta del público (¿la presencia del bailaor Farruquito y compaña haciendo coros fue un espejismo mío?), dieron a la sesión un toque primitivo para el que no estábamos preparados y que nos alejó del clima que se creó y de los bises de los que huimos.

Entre seseos y ahogos

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La Fundación Lara ha organizado un ciclo poético en el monasterio de Santa Clara con algunos de los nombres claves de la poesía española. El primer día tuvo como invitados a dos "estrellas" de la lírica: José Manuel Caballero Bonald y Pere Gimferrer. El primero conserva, pese a sus más de ochenta años, una envidiable lucidez, gran sentido del humor y una fructífera longevidad creativa -como él mismo reconoció-; hizo referencia en su charla a la importancia del tiempo y la memoria en su quehacer poético y, sobre todo, a la autosuficiencia verbal del poema: el texto como creación lingüística autónoma; su recitado fue bueno, aunque hay algo que golpea el oído del público: su fuerte seseo y la sonoridad de la "s". Por su parte, Gimferrer hizo gala de un discurso inteligente, mostró respeto y admiración por su contertulio y coincidió en la autonomía verbal del poema (algo más de prever en él que en Bonald, a poco que se conozcan sus trayectorias poéticas); sin embargo, su recitado fue lamentable: nasal y ahogado, sin ritmo, a veces hasta incomprensible. En el repaso de las influencias, que cerró el coloquio, sorprendió la coincidencia de ambos en el poeta romántico Espronceda, aunque la ulterior explicación que hicieron los dos aclaró lo anecdótico de ese referente, restringiéndolo a sus inicios poéticos y al modelo vital que el autor de "La canción del pirata" imponía a los jóvenes; el magisterio de Darío, los poetas del 27 y Luis Rosales -para el jerezano- y Dante -para el catalán- completó la nómina de influencias y lecturas.

La charla resultó, en su conjunto, un tanto caótica, con algunos embarazosos silencios y una sensación de estar asistiendo a una especie de intercambio infantil de cromos en la lectura de los textos. El presentador -el escritor y director de la colección Vandalia, Jacobo Cortines-, fue un convidado de piedra, a excepción del comienzo y de un par de ocasiones, en las que los contertulios hicieron caso omiso de sus sugerencias cuando la charla amenazaba con resquebrajarse. Pero, en definitiva, son de muy de agradecer estas iniciativas, que permiten, en el caso de estos dos escritores, contar con la presencia de dos monstruos de la literatura española, aunque uno no pudiera dejar de tener la impresión de haber salido de un museo de cera. Tres solistas de la premiada "Orquesta Barroca de Sevilla" pusieron colofón al acto con obras de Haydn.

Kroke en Sevilla

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Llegaron, por fin, a la capital del flamenco y triunfaron con su espectáculo intimista de "klezmer", tamizado de jazz, minimalismo y "world music". La última vez que se acercaron por tierras andaluzas fue hace dos años en Málaga y allí, a los pocos días, ya se habían agotado las entradas, por lo que nos fue imposible verlos. Ellos, sin embargo, se prodigan bastante por España, de hecho, su página web es trilingüe: polaco-inglés-española, y en los bises del concierto de ayer, miércoles día 16, comentaron que nuestro país es para ellos su segunda tierra (en unas palabras sinceras, nada dichas de cara  a la galería).

Con el repertorio clásico del grupo, que se puede equiparar al de su directo "Quartet: Live at home" -y en el originario formato de trío (violín, contrabajo y acordeón)- impusieron su ley a un público que acogió su música con devoción, inusitado silencio (lo dice alguien especialmente sensible para esta cuestión) y que atronó el Teatro Central para varios bises, en un insólito gesto para quien esto escribe y que ya cuenta con bastantes conciertos en este local.

Del grupo y la música "klezmer" ya hablé en otra entrada, solo reiterar que responde bien a la cultura y la dramática historia del pueblo judío. En este sentido, el concierto creó la atmósfera propicia para la emoción, el ensimismamiento y la empatía que se necesita para conectar con la tradición judía, que, en el fondo, es la nuestra propia. Desarrollos largos de los temas ("suites" se podrían llamar), preponderancia del violín de Tomasz Kukurba, efecto de sintetizador en la voz de Kukurba -que acompañaba algunos temas con sonidos inarticulados, y por ello mismo más universales, que "penetran" en la conciencia del espectador-, perfecto acompañamiento del bajo y el acordeón (en un gran esfuerzo físico por su parte), obraron la magia de una noche única, que se completó con la posterior firma de autógrafos y charla a la que sólo nosotros dos acudimos, pero, quizá por esto mismo, se hizo más entrañable, simpática y efusiva (unos tipos accesibles y sencillos).

Para guardar siempre en el recuerdo.

Maratón de cine polaco

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Acaban de entregarse los premios de la última edición del Festival de Cine de Sevilla. Varios de ellos han recaído en la película polaco-sueca "El molino del tiempo". Además de ésta, hemos tenido la oportunidad de visionar -poco que disfrutar- otros tres filmes polacos, que paso a comentar.

"Suicide room". Jan Komasa


Arriesgada y, a la vez, comercial película. Arriesgada porque mezcla realidad con escenas animadas virtuales; comercial por tratar el tema de las redes sociales y el fenómeno de la adicción a Internet. Un joven, cercano a terminar la secundaria, ve cómo su  mundo empieza  a resquebrajarse cuando descubre en sí mismo tendencias homoeróticas y es, por ello, objeto de burla en su instituto; la vía de escape será un mundo virtual donde encontrarse con otros seres como él: inadaptados que piensan en el suicidio como única salida; el chico comienza, así, un camino de no retorno en el que progresivamente se va introduciendo en ese espacio virtual hasta rechazar, definitivamente, la realidad. Bellas imágenes de animación, apabullante banda sonora, narración potente y un final coherente, no dejan olvidar, sin embargo, un planteamiento demasiado esquemático y maniqueo del mundo adulto.

"The mole". Raphael Lewandowsky


Coproducción franco-polaca de un debutante que se aferra a una estética clásica y una narración provinciana. El desenmascaramiento presente de un topo dentro del sindicato Solidaridad en la época dura de la ley marcial en Polonia, da pie al autor para contarnos las relaciones paterno filiales -el hijo recorre un penoso camino en su imagen del padre: desde la admiración por su resistencia anticomunista hasta la cruda realidad de la traición- y la vida de la emigración polaca en Francia (de la que no rehúye la mirada mordaz). El principal problema de la película es el giro brutal en el último tercio, desde el drama político-social al "thriller". Destaca la presencia del secundario Wojciech Pszoniak, que da una lección interpretativa en su utilización de la palabra y la dicción. La última estrella omnipresente del cine polaco, Borys Szyc, quien interpreta al sacrificado hijo, hace un ejercicio de credibilidad.

"Fear of Falling". Bartosz Konopka


Otra película sobre el amor filial, pero en esta ocasión con una estética totalmente distinta: narración seca -poblada de silencios-, fotografía fría y cámara al hombro. Los problemas mentales de un padre desestabilizan la vida asentada del hijo: un futuro brillante como presentador televisivo y la futura paternidad, amenazan con venirse abajo por la necesidad de cuidar  a un padre demente, quien hace un constante viaje entre el sanatorio y su desastrada vivienda. La particular visión dramática que marca la idiosincrasia de este país está presente en esta película, en este caso, al servicio de una obra descarnada y, fundamentalmente, plúmbea.

"The mill and the cross". Lech Majewski


Y llegamos a la película doblemente premiada en el festival y una de las que más interés había despertado. Es verdad que el director es el factótum de la obra (producción y música, incluidas), que los secundarios son polacos, pero no parece un filme de esta nacionalidad: está hablada en inglés y los protagonistas son anglosajones (o asimilados como Rutger Hauer). El punto de partida es el cuadro "Camino del calvario" de Pieter Bruegel; a partir de esta obra, se desarrolla un filme que pretende explicar su génesis y narrar las distintas secuencias que conforman el cuadro. Destaca el tratamiento digital de los planos que emulan al cuadro y la vasta profundidad de campo. Sin embargo, la belleza pictórica no es autosuficiente en el cine; esta película está hecha para que el espectador admire la fotografía y los encuadres, pero le falta vida, ritmo narrativo y algo tan difícil de conseguir como la profundidad expresiva a través de la naturalidad, que sólo consiguen los genios, y éste no es, lamentablemente, el caso.

Presentación de "Niños feroces" de Lorenzo Silva

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En el Museo de Carruajes de Sevilla tuvo lugar ayer, 3 de noviembre, la presentación, patrocinada por ABC, de la última novela de Lorenzo Silva, "Niños feroces". En un espacio encantador y elegante, nos reunimos apenas cincuenta personas para escuchar al escritor madrileño disertar sobre su último libro, centrado en las peripecias de un soldado de la División Azul. Afortunadamente, ya tengo experiencia como oyente de Lorenzo y no me cogió por sorpresa la amenidad y naturalidad de su expresión. Se ciñó a unos pocos aspectos de la novela, que ahora esquematizo:
  • El germen del texto: una búsqueda internauta que dio como resultado la esquela orgullosa y extraña de un oficial de la SS; cuerpo que se nutrió de españoles en sus últimos momentos.
  • La intención de ofrecer un retrato histórico de España y Europa, y vincularlos ambos, frente a la extendida creencia del aislamiento español durante casi todo el siglo XX.
  • La metaliteratura que permea la obra y a la que, hasta ahora, el autor se había resistido: un artefacto narrativo con un triple punto de vista correspondiente a tres generaciones distintas, que ofrecen su particular visión del mismo hecho.
  • El concepto de la ausencia de culpa como "leitmotiv" del texto y que, según Lorenzo, define, por desgracia, demasiado bien a la sociedad española. Sobre este punto tuve la oportunidad de charlar brevemente con él en la posterior firma de ejemplares.
Todo esto sazonado, como digo, con el encanto y la fluidez verbal del autor, lo que contribuyó para que el acto resultara agradable y simpático, ¡y nada politizado!, algo que temía por las fechas en las que nos encontramos; en este sentido, Lorenzo rehuyó las referencias partidistas, aunque no dejó de aludir al gran mal social que nos aqueja, pero de un modo tangencial y delicado.

La novela ya la he leído y me parece muy conseguida: tremendamente documentada, sabiamente construida y poseedora de un nervio y pulso narrativo contundentes. Pero para los que quieran acercarse a unas sabias reseñas completas al respecto, dejo los enlaces de El Mundo y El País, cuyos críticos comentan la obra mejor de lo que yo pudiera hacerlo, por lo que lo más prudente en estos casos es callarse y citar.