FOTOS DE ELI (V)

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Árbol seco

Diez años esperó que el árbol seco

floreciera de nuevo. Diez años

con el hacha aguzada y temblorosa,

pero el árbol

sólo exhibía sus desnudos brazos,

la percha de la urraca y de los cuervos.

Cortóle al fin, y, de repente,

vio su corazón verde, borbotón de savia;

un año más, y hubiera florecido.

José Jiménez Lozano

 

RESEÑAS ANTIGUAS (III). "Carta blanca" de Lorenzo Silva

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A comienzos del siglo XX, Marruecos representaba para España la posibilidad de restañar las recientes heridas coloniales americanas. La explotación de los recursos mineros de las montañas del Rif y la construcción de infraestructuras despertaron la codicia de los grandes capitalistas, quienes, a costa de la sangría humana de los que no podían escapar a la leva, promovieron la tímida aventura colonial de un protectorado compartido con Francia. El desprecio de la resistencia nativa motivó la sucesión de reveses militares: la matanza de El Barranco del Lobo y el Desastre de Annual son ya páginas negras de la historia de España.

El escritor Lorenzo Silva se ha apropiado de dos espacios claves para situar algunos de sus relatos. Uno es su residencia actual, Getafe, que con toda seguridad no tiene el prestigio ni la eufonía de un Macondo, una Santa María o el Yoknapatawpha faulkneriano, pero que es un lugar tan digno como otro cualquiera: en Getafe se desarrolla una trilogía en marcha, de la que forma parte la magnífica novela juvenil Algún día cuando pueda llevarte a Varsovia. El otro es Marruecos; circunstancias familiares de Lorenzo Silva, como la participación de su abuelo en la guerra de África, han provocado que el escritor fijara su atención en el país vecino: “Hay lugares en los que no hemos nacido que, por razones diversas, y a veces no del todo comprensibles, no nos son extraños. Eso es lo que me pasa a mí con Marruecos, desde que la pisé por primera vez ha ejercido sobre mí una extraña fascinación”. Esa atracción ha dado como feliz resultado el libro Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos y las novelas El nombre de los nuestros y, ahora, Carta blanca, último Premio Primavera, convocado por la editorial Espasa-Calpe.

Carta blanca pone sobre el tapete la vida de Juan Faura, un ser zarandeado por la vida y el destino, en los tres momentos claves de su existencia: 1921, como legionario en el Rif, 1932, protagonizando en Valecia una tórrida historia sentimental con su antigua novia y el verano de 1936, como miliciano que defiende Badajoz de las tropas fascistas. Conocemos al protagonista en Marruecos, en plena guerra contra las tribus rifeñas: durante una noche infernal forma parte de un pelotón que escapa del cuartel para vengar la muerte del hermano del sargento que les manda; personaje éste que empuja a sus hombres a un acción al margen de las normas del cuerpo de la Legión, pero "disculpable" para los mandos; el narrador paulatinamente va focalizándose en Faura, para ir describiendo las impresiones que en el joven legionario va produciendo la aventura nocturna, terminada en un baño de sangre y horror. Lorenzo Silva no escatima detalle en la descripción del rito de venganza de este escuadrón de la muerte, que, como jinetes del apocalipsis, arrasan la casa de una familia bereber destinada al sacrificio para calmar las ansias vengadoras del sargento, practicando todo tipo de horrores (violaciones y torturas incluidas) en una pobre gente que, por otra parte, es inocente de la muerte del hermano. El escritor tensa al máximo la cuerda de lo soportable en la prolijidad del horror, como hará posteriormente en otro sentido en la descripción de los detalles de la aventura amorosa del protagonista, rozando lo pornográfico.

En Marruecos Juan Faura es un ser ausente de la vida, que no maneja su existencia y que asiste entre alucinado e impertérrito a la escena de horror que sus compañeros y él mismo protagonizan; el relato es sobrecogedor y está contado con gran sentido del ritmo narrativo, sin dejar de lado, al mismo tiempo, la profundización psicológica del protagonista. Esta primera parte de la novela termina con un final perfecto; Juan Faura justifica ante un compañero su incorporación voluntaria a la Legión, que es a la vez una justificación de su atonía y ataraxia vital: por culpa de una mujer; final perfecto, cerrado y abierto a la vez, porque el desengaño amoroso justifica cualquier acción humana, hasta el abandono de sí mismo que practica Faura y porque deja abierta la imaginación del lector para reconstruir ese pasado traumático. El resto de la novela: el reencuentro fugaz con la mujer amada y la expiación final de la culpa marroquí defendiendo Badajoz, sobran, no resultan creíbles y están carentes del ritmo y el tono épico-existencial de la primera parte. Da la impresión de que el autor hubiera intentado alargar inncesariamente ese pequeño relato de la escaramuza nocturna poniendo en pie la historia completa de su personaje.

En resumen, Lorenzo Silva ha escrito un estupendo y escalofriante relato sobre el horror y la fiereza humana, sobre el sinsentido de todas las guerras, y, en concreto, la que llevó a cabo España en Marruecos, pero el conjunto de la novela, que tiene como fin indagar en el destino tenaz que persigue a un individuo atormentado hasta la llegada del momento crucial de su redención, no acaba de cuajar.

Lorenzo Silva, Carta blanca. Espasa-Calpe. 2004.

Se cerró la cabina para siempre

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La muerte, amante, ha abierto sus acogedores brazos en estos días de celebraciones funerarias y se ha llevado junto a sí a Francisco Ayala, Claude Lévi-Strauss y José Luis López Vázquez. Ésta última pérdida es especialmente sentida por muchos. Suntzu me comentaba en la última entrada si conocía algún otro poema de Álvaro Mutis, como el que colgué, sobre la cita amorosa con la muerte. Que valga éste a manera de respuesta a la petición y como pequeño homenaje a ese pedazo de actor. Muertos Agustín González, Fernando Delgado, y aparte de Alfredo Landa y Manuel Alexandre, ¿quién nos queda?

Amén

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.


Álvaro Mutis "Summa de Maqroll el Gaviero"