Poesía para el Día de Difuntos

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Cita

Bien sea en la orilla del río que baja de la cordillera
golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,
en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren
en un estruendo que se confunde con el de las aguas;
allí, bajo la plancha de cemento,
con sus telarañas y sus grietas
donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;
allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;
allí bien pudiera ser.
O tal vez en un cuarto de hotel,
en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado,
los comerciantes en mieles, los tostadores de café.
A la hora de mayor bullicio en las calles,
cuando se encienden las primeras luces
y se abren los burdeles
y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos,
el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar;
a esa hora convendría la cita
y tampoco habría esta vez incómodos testigos,
ni gentes de nuestro trato,
ni nada distinto de lo que antes te dije:
una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato
y su cama manchada por la cópula urbana
de los ahítos hacendados.
O quizá en el hangar abandonado en la selva,
a donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo.
Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento
bajo la estructura de vigas metálicas
invadidas por el óxido
y teñidas por un polen color naranja.
Afuera, el lento desorden de la selva,
su espeso aliento recorrido
de pronto por la gritería de los monos
y las bandadas de aves grasientas y rijosas.
Adentro, un aire suave poblado de líquenes
listado por el tañido de las láminas.
También allí la soledad necesaria,
el indispensable desamparo, el acre albedrío.
Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
pero al cabo es en nosotros
donde sucede el encuentro
y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.
La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa.

Álvaro Mutis "Summa de Maqroll el Gaviero"


Hace mucho que no le dedico una entrada a presentar y comentar poesía. La última trató de un poema de Leopoldo Panero sobre la muerte. Retomando el tema y, de acuerdo a las fechas que se avecinan, rescato uno de Álvaro Mutis sobre el mismo asunto. El texto se basa en la enumeración de lugares propicios para una cita; lo que en principio parece un poema sobre el amor (cita amorosa: "cuarto de hotel", "recogimiento") se convierte merced al verso final en un poema fúnebre, lo que obliga a una relectura de todo el texto en clave diferente. Una muerte, sin embargo y a la manera de Panero, serena y no dramática: "bienvenida", teñida de un sabio estoicismo: "de nada sirve prepararlo ni esperarlo". En esta época tan atrapada por Halloween, bien está un poema radicalmente diferente a ese macabro-festivo ambiente; poema de cuidada estructura y en el que la muerte, amante, abre sus acogedores brazos a la ensoñación del lector.


Álvaro Mutis (Bogotá, 1923). Galardonado con los más importantes premios literarios en lengua española (el Cervantes, entre ellos), es autor de una magna obra narrativa: "Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero" cuyo protagonista, el del título, es el mismo de muchos de sus poemas: un ser apátrida, viajero, al borde siempre de la muerte y poseedor de una rectitud moral y unos principios "sui géneris". Las novelas de este ciclo encandilan por su mezcla de aventuras, existencialismo y elementos mágicos. Su poesía tiene la marca narrativa de sus novelas, quizá por ello peque a veces de prolijidad. El poema elegido se mantiene, pienso, en una acertada mesura.

EL HOMBRE ELEGANTE. Kurt Elling en escena

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La nómina de vocalistas de jazz masculinos no es muy grande. En este sentido, ellas llevan ventaja: Ella Fitzgerald, Nina Simone, Norah Jones, Diana Krall, Madeleine Peyroux... y tantas otras. Crooners sí ha habido (Frank Sinatra, Bing Crosby...), pero creo que un cantante de jazz es otra cosa: sobre el fondo musical jazzístico, la voz debe fluir e incorporarse naturalmente a la música como un elemento más; el crooner es, más bien, el protagonista nato y la banda (big band) acompañante está subordinada a él; además el crooner gira más hacia la balada, como querencia y ámbito propio.

De esta manera, la presencia en la escena musical de un tipo como Kurt Elling es todo un lujo. Apareció por Sevilla (Teatro Central) hace ya casi un año, pero su recuerdo todavía está muy presente en los que asistimos al concierto. Impecablemente vestido: trajeado y peinado al estilo "latin lover" y acompañado de piano -excelente-, bajo y batería, ofreció un repertorio y una interpretación de categoría y, además, se metió al público en el bolsillo. Mr. Elling está dotado de una voz excepcional, capaz de marcarse un solo como si de otro instrumento se tratara: así lo hizo con la canción "My Love Effendi" (dejo un vídeo de la misma en Polonia). Es verdad que a veces se desborda con ese torrente de voz y puede llegar a desvariar en una especie de borrachera sonora. La presentación, anunciando una nueva era con Obama al frente, pienso que sobraba y no presagiaba nada positivo, pero luego se recondujo y cumplió con creces.

Tras el concierto, vino su discografía: no muy amplia, la verdad, con algunos cortes bastante excéntricos, en el sentido de abusar de la voz. El último de estudio ("Nightmoves") es el mejor: maduro, controlando y modulando esa voz, ¡una gozada!

Vuelve a estar nuevamente de gira por España, pero el sur no está entre sus destinos; nos priva de su elegancia.

AMENÁBAR Y LA MANDARINA

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No voy a hacer una reseña de "Ágora", mis opiniones sobre esta discutible y pesada película ya las he dejado por escrito en el magnífico blog de Licantropunk, sólo comentar que es una satisfacción personal que el jurista y crítico Eduardo Torres Dulce, en el programa radiofónico "Cowboys de Medianoche" de EsRadio en su emisión del 16/10/09, coincida con mis apreciaciones y repita casi exactamente expresiones que yo utilicé en los dos comentarios que he expuesto en el citado blog de Licantropunk:
  • "el film adolece de ser una creación de tesis, donde los personajes quedan desdibujados, además hay lagunas temporales en el guión que no permiten clarificar el desarrollo evolutivo de los personajes. Mucho dinero para hacer una película tendenciosa"
  • "las escenas con la filósofa y su búsqueda de la órbita elíptica me parecen pesadísimas y la toma de postura del director resulta, siempre bajo mi punta de vista, obvia y maniquea (hasta los colores reflejan la maldad o bondad del personaje)".
Dejo el enlace por si alguien quiere escuchar el comentario de Torres Dulce por completo, comprende desde el minuto 8:00 al 15:30, lo digo porque el programa dura una hora y once minutos; allí, además, está José Luis Garci, en una aproximación nostálgica al defenestrado "¡Qué grande es el cine!" de TVE2.

Como he dicho antes, esta entrada no es una reseña de "Ágora" de Amenábar, sino un comentario de lo que presencié en UGC Cine Cité de Zaratán en Valladolid. Uno cree que ya ha visto cualquier cosa en la sala de un cine: el ruido de las dichosas palomitas y la pajita de la Coca-Cola, los comentarios de las señoras de turno sobre cualquier escena de la película, espectadores que hacen su entrada veinte minutos después de comenzado el filme, niños que entran en películas tan poco aptas como "Anticristo"... Pero lo del pasado día 10 asistiendo a la proyección del film de Amenábar ya rebasó toda la mala educación posible: había dos espectadores, afortunadamente, tres asientos alejados de mí, que acudieron a la sala con una bolsa del Dia donde llevaban de todo para la sesión. Inciso: no entiendo por qué no se puede estar dos horas sin comer ni beber algo. Estos dos sujetos se pasaron buena parte de la sesión haciendo ruido con la bolsa, de la cual sacaron todo lo imaginable -como la chistera de un prestidigitador-, sin percatarse de la molestia que causaban en los demás. El colmo fue ya casi al final: como postre, en el momento en que Hipatia, la protagonista, descubre la órbita elíptica, el energúmeno, para celebrarlo o bien para tener algo esférico en su mano, se dedicó a pelar y comerse.. UNA MANDARINA; pero es más, la grosería no terminó ahí, sino que el susodicho, no sabiendo qué hacer con las mondas, se lo preguntó al de al lado y se decidió no por devolverlas a la dichosa bolsa (como hubiera sido lógico), sino por depositarlas en el hueco de la butaca destinado a la bebida y aplastarlas con fuerza con la botella que tenía en la otra mano.

Esto fue lo que presenciamos los que me acompañaban y yo para poder dejar testimonio (nunca mejor empleada la palabra en una película como "Ágora").

RESEÑAS ANTIGUAS (II). "Te doy mis ojos" de I. Bollaín: látigo y mula para el varón.

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¿Una película sobre la violencia doméstica sin un solo golpe, sin una sola bofetada? Sí, Te doy mis ojos, la última y premiada obra de la realizadora Icíar Bollaín, resuelve felizmente esta paradoja proponiendo una película sobria, contenida y basada en la autenticidad de los personajes.

Es lugar común calificar el cine actual, sobre todo el que llega del otro lado del Atlántico, de obvio, explícito e infantil. La realidad confirma esta aseveración; todo se muestra abiertamente en el cine de hoy: la violencia, el sexo, la comicidad. Pero el cine auténtico es otra cosa: nació mudo, en esencia es lenguaje visual por encima de todo; son las imágenes las que deben atrapar al espectador y transportarle, a través de la pantalla, hacia un ámbito diferente que cree su propio mundo artístico. El cine como arte, “el séptimo arte”, debe sugerir más que mostrar.

Te doy mis ojos obra el milagro de crear un espacio familiar íntimo y una pareja creíble, donde el problema de los malos tratos está presente sin ser visible y donde el espectador está en tensión constante, esperando el momento en el que la bestia dormida de la violencia, que hay en el marido, surja para desencadenar la tragedia; sólo una vez el hombre ejerce la violencia física y verbal sobre la mujer, pero no es por medio de golpes, sino de la humillación, que es, con seguridad, peor. En la pasada edición de los premios Goya, esta película se llevó la mayoría de los galardones. Es la tercera obra como directora de Icíar Bollaín, quien sabe muy bien de qué va el asunto del cine, no en vano se inició como actriz a una edad muy temprana con El sur (1983) de Víctor Erice y su trayectoria en este campo es ya dilatada; quizá esto le haya ayudado para crear unos personajes tan verdaderos.

La acción comienza “in media res”: la mujer -Laia Marull- abandona la casa, y se lleva al hijo, el marido -Luis Tosar- corre desesperado en su busca a la casa de la hermana -Candela Peña-, donde se ha refugiado. A partir de ahí, se desarrolla la historia de una nueva vida para la mujer y de la posterior reconciliación conyugal, que durará poco porque el hombre lo vuelve a estropear. La directora ha optado por no mostrar los antecedentes de la relación de los esposos, evitando, así, la vejación de la violencia, pero el espectador es consciente del infierno doméstico de la prehistoria familiar: la mujer reacciona de una determinada manera en coherencia con un estado anímico que se va desvelando poco a poco en el filme. Hay, a pesar de todo, comprensión por el hombre y sus intentos de mejorar: la cámara se gusta en los primeros planos de Luis Tosar, que borda su papel comunicando sufrimiento y lucha interna sin apenas decir nada; al final, el espectador no puede dejar de sentir lástima por un pobre hombre acomplejado frente a su mujer, que intenta cambiar acudiendo a la consulta de un profesional, pero que no puede porque le devoran los celos y, finalmente, los accesos de ira se acaban apoderando de él.

No es una película perfecta, aunque sus defectos no entorpecen la esencia de la historia. Así: Rosa María Sardá, madre de la mujer, se está convirtiendo como actriz en una parodia de sí misma y no está en coherencia con la seriedad de esta película; Candela Peña, pese a ganar el Goya, está muy desdibujada, quizá por defecto del guión; el autor de la banda sonora, Alberto Iglesias, por momentos se copia a sí mismo remedando Hable con ella y, finalmente, el patrocinio de la Comunidad de Castilla La Mancha lastra la película, por muy bella que sea la ciudad de Toledo -donde se desarrollan los hechos-, de encuadres más propios de postales turísticas. Como contrapartida, es necesario destacar las impagables escenas de la terapia de grupo a la que asiste el marido, que obran como anticlímax humorístico y válvula de escape para el espectador.

En cuanto a la realidad brutal de los malos tratos de pareja, hay poco que añadir a lo que casi todos los días aparece en los medios de comunicación. La película deja testimonio de la crudeza de este atroz problema, pero lo hace con sabiduría cinematográfica, proponiendo un relato veraz porque, sobre todo, los personajes están muy creíbles y una secuencia de imágenes sobrias y elegantes, sin caer en el patetismo o la compasión hacia la mujer maltratada. Todos sabemos quién es el verdugo y quién la víctima de la violencia doméstica, y esta película no pretende desvelar secreto alguno ni remediar ningún mal, sólo contar artísticamente una historia, y con eso basta.


Un agnóstico en la corte del obispo. Comentario a "Las rosas de piedra" de J. Llamazares

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Ya que durante el curso apenas leo por placer, sino por obligación, el periodo vacacional lo dedico en buena parte a la lectura que me interesa. El tocho más grande del verano pasado ha sido "Las rosas de piedra" de Julio Llamazares. Creo que el escritor leonés es uno de los grandes narradores vivos del país: ahí están las magníficas novelas "Luna de lobos" y "La lluvia amarilla"; "Escenas de cine mudo", por otro lado, resulta menos acertada (la reseñé brevemente en este blog en la serie de entradas dedicadas a los libros de memorias). Otra cosa son sus artículos periodísticos: los pocos que he leído ni se acercan a mis inquietudes ni me dejaron especial huella.

El presente texto es un libro de viaje por todas las catedrales de la mitad norte de España, que se completará en el futuro, convirtiéndose así en un proyecto literario de larga trayectoria. La literatura de viajes no es algo nuevo para el escritor: ya ha dado a la imprenta "El río del olvido" o "Cuadernos del Duero". Llamazares se plantea las visitas de la siguiente manera: un día entero para cada catedral, museo incluido si lo hay, lo que le permite describir pormenorizadamente cada rincón del monumento (si los horarios le dejan) y entablar conversación con los turistas, fieles o curas que por allí merodeen.

Una serie de constantes se repiten en el libro: las pullas a los sacerdotes (sobre todo por el afán recaudador y la poca atención para los que les demandan alguna peticón, con excepciones, claro), la exaltación del románico como el arte por excelencia, la presencia de tópicos regionalistas, las injusticias comparativas entre autonomías por el dinero que reciben del Estado y la consideración de la catedral como la memoria de los pueblos (la de León, justamente alabada y la de Valladolid, en el lugar que merece: de las más feas de España, pero es que si a su inconclusión se une el espanto del estilo herreriano, no da otro resultado más que ése.)

Libro largo, en formato también contundente, "catedralicio", puede ser un buen acompañante para recorridos turísticos artísticos. El pero fundamental que veo al libro, además de la necesidad de un edición de bolsillo (ignoro si ya se encuentra disponible), es que el reportaje fotográfico particular que acompaña al texto es bastante lamentable: amateur, rácano y tristón, obviable en definitiva.

A pesar de que no comulgo ideológicamente con el escritor, al acabar el libro sentí una gran ausencia: la del agnóstico compañero de un largo y bello viaje por el arte y la historia de la España del norte.