En las fauces del gato. Apuntes sobre "El increíble hombre menguante".

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Después de aburrirme soberanamente con esa pretenciosa película sobre Japón de Isabel Coixet llamada "Mapa de los sonidos de Tokio" (feroz historia de amor, pero pedantemente contada, prefiero en esa línea al novelista Murakami y al director Wong Kar Wai), decidí, para resarcirme, acudir a un clásico en DVD. Para la ocasión, y aprovechando que mi mujer no lo conocía, apostamos por "El increíble hombre menguante" de Jack Arnold. La película la había visto en pantalla grande en Valladolid, en una época en la que el cine Casablanca emitía ciclos, en este caso de ciencia-ficción. En su momento me encantó, y el posterior visionado en DVD (la prueba del algodón en mi caso) ha ratificado la impresión incicial.

Almodóvar en "Hable con ella" rindió un pequeño homenaje al film con Fele Martínez y Paz Vega (como hacían de héroes de cine mudo, no se la escuchaba, ¡qué bien!) en los papeles protagonistas. La escena en que Fele Martínez empequeñecido se introduce en la vagina de Paz Vega está tomada de una de la película original en la que Grant Williams sale de una caja por una pequeña "raja".

La película es una obra maestra del cine, así de rotundo. Sé que se trata de serie B, con poco presupuesto, pero la historia del hombre que como efecto de una fuga radiactiva va menguando está contada con sobriedad y eficacia, los efectos especiales aun hoy en día resultan verosímiles (los decorados agigantados, por otra parte, quizá sean demasiado obvios y por tanto, falsos), traza un certero retrato introspectivo del protagonista ante su angustiosa enfermedad y los actores están, sobre todo, creíbles. La secuencia con el gato que pasa de mascota a enemigo mortal merece mención aparte, es de antología: desde el comienzo, el guión muestra preocupación por mostrar en escena al gato (bebiendo leche, acariciado por el protagonista, jugando con una pelota...), de manera que su cotidianeidad no resulta amenazadora hasta que el protagonista mengua al nivel de un roedor; es entonces cuando el terror se instala en la película por medio de lo más ordinario.

Del final habría mucho que decir. En principio, hay una reflexión existencial religiosa del protagonista que chirría un poco y que parece más que nada una empanada mental, pero también es un acierto dejar el final abierto. Aquí no hay el típico "happy end" hollywoodiense en forma de milagro científico que salve al protagonista y le devuelva a sus proporciones originarias, sino únicamente un hombre que se va reduciendo cada vez más, que acepta serenamente su trágica situación y que cobra consciencia del universo en su plenitud sólo cuando está a punto de formar parte de la nada (¿o del todo?).

El increíble hombre meguante. Universal Pictures Iberia S.L. 1957.


FOTOS DE ELI (IV)

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Nada queda de nuestro palomar blanco...

Nada queda de nuestro
palomar blanco, donde
sentimos el primer
vértigo nada queda
del almendro en el que
imaginábamos lianas
y éramos dos tarzanes nada queda
de la tapia que el mundo dividía
en territorio apache
y en territorio sioux nada queda
del cuarto de las ratas
que olía a viejas historias y tampoco
queda nada me han dicho
de la terraza ni de la
galeria de cristal donde el sol en invierno
se acurrucaba como un gato nada
queda de la escalera
de caracol ya nada
del jardín con castaños con acacias
con ¿qué? donde aprendimos a montar
en bicicleta nada
queda de nuestra casa
primera
Hay una valla
y detrás nada, los expertos
han medido el terreno con sus metros cuadrados
con sus gafas cuadradas han aojado el terreno
con sus zapatos negros han sumado la tierra
de nuestra infancia que hoy no tiene
dónde meterse:
está prohibido
el paso a los ajenos a la obra.

Aníbal Núñez

RESEÑAS ANTIGUAS (I). Juana la Loca en la consulta.

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¿Qué relación hay entre Juana I de Castilla, la Loca, y la visita a una consulta de un especialista en digestivo? En principio, ninguna, a la hora de la verdad, más de lo que parece si el médico en cuestión aprovecha la visita del paciente para soltarle un discursito sobre la infausta historia de la reina castellana. Buena culpa de ello la tuve yo, ya que le di cuerda puesto que es un tema que me interesa y del que escribí hace tiempo; sin embargo, el doctor no me dio cancha alguna y, con mi problema gástrico a cuestas, me vi sometido a una pequeña clase histórica sin posibilidad de meter baza. Para resarcirme, se me ha ocurrido, ya que el individuo en cuestión no puede cortar mi libertad de expresión en el blog, recuperar una de las reseñas sobre este tema que publiqué en Varsovia en la por entonces humilde revista Enlace de la Asesoría Técnica de Educación de la Embajada de España en Polonia, en la actualidad, Consejería de Educación. Son reseñas un tanto desfasadas por su referencia a la actualidad del momento y con una clara intención didáctica de cara al público polaco vinculado al mundo del español; poco a poco, iré colgando alguna más. A propósito, el problema digestivo va solucionándose y el médico parece que va a publicar un libro sobre la reina Juana.



La imagen es bien conocida y pertenece a la historia, no es leyenda: corre el duro invierno de 1506 cuando la reina de Castilla, Juana I, en avanzado estado de gestación, conduce el féretro de su marido, Felipe de Habsburgo (Felipe el Hermoso), por la “terrible estepa castellana” con destino al panteón real de Granada, donde reposa su madre, Isabel la Católica. La joven viuda va cruzando a pie la meseta en macabro cortejo sin detenerse en poblado, ciudad o, incluso, monasterio alguno, para evitar el contacto con mujer joven que pudiera robarle al marido que acaba de morir. El pueblo, desde entonces, la apodó Juana la Loca. Pero ella fue la mujer más poderosa de su tiempo y la primera reina de España.

El Romanticismo no pudo dejar de lado la figura de un personaje que encarna como pocos la esencia del periodo: el pintor Francisco Pradilla retrató la escena anterior en un famoso cuadro y el dramaturgo Manuel Tamayo y Baus obtuvo un gran éxito con Locura de amor, que dramatiza un episodio de su vida. Pero la vindicación de Juana sólo ha llegado recientemente: en las carteleras españolas todavía se exhibe la película de Vicente Aranda Juana la Loca, con la premiada Pilar López de Ayala en el papel protagonista; el film está basado en la obra de Tamayo, y ya había tenido otra versión cinematográfica de espectacular éxito en 1948 con dirección de Juan de Orduña. Pero la obra que rescata definitivamente a la reina es la biografía de M. Fernández Álvarez; se trata de una obra que analiza los raíces del mal de la reina con un espíritu comprensivo y moderno en el marco de las luchas políticas del momento histórico.

Juana de Trastámara ocupaba el tercer puesto en la línea sucesoria de los Reyes Católicos, por ello resultaba difícil que alguna vez alcanzara la corona hispánica, pero la muerte de sus hermanos mayores y del hijo de uno de ellos, la catapultó a la Corona de Castilla, primero, y al trono de España después de la muerte de su padre. Antes de esto, los Reyes la habían casado con el heredero del trono borgoñés y descendiente del emperador haugsbúrgico, Felipe, en una hábil maniobra para aislar políticamente a Francia. Este matrimonio puso en evidencia la salud mental de Juana, por cuanto se hicieron manifiestos unos celos obsesivos y enfermizos y una conducta desarreglada y depresiva, que hicieron albergar dudas en su madre a la hora de laborar el testamento que habría de decidir el futuro regio de Castilla. A la muerte de Isabel la Católica, se vio envuelta en las luchas por el poder en Castilla entre su marido y su padre (rey sólo de la corona de Aragón) que aprovecharon su demencia para alejarla del trono (cuando en verdad ella era la reina de Castilla por decisión de su madre). El resultado de todo esto fue el encierro, ya muerto su marido, en el palacio real del pueblo vallisoletano de Tordesillas junto al cadáver de su esposo; este encierro fue decretado por su padre, pero también mantenido por su hijo, el emperador Carlos I. En este cautiverio pasó los últimos cincuenta años de su vida, olvidada de casi todos.

¿Qué había pasado en su mente para obligar a sus familiares a mantenerla prisionera? Esto es lo que nos descubre el libro: lo primero que hay que decir es que Juana ya tenía antecedentes familiares de locura en la persona de su abuela; su hija María, reina de Hungría, también sufrió un episodio depresivo, que afortunadamente fue tratado a tiempo; pero el factor fundamental, además del genético, que provocó el desajuste en la personalidad de Juana fue el hecho de ser separada de la corte castellana a la tierna edad de quince años para su boda, viviendo su adolescencia en un lugar apartado y extraño a las costumbres hispánicas –la corte borgoñona-; Juana se vio aislada y se refugió de la soledad en el amor del esposo y en el sexo; Felipe temió los arrebatos amorosos de la esposa, pero es que además le era infiel con cierta frecuencia. Todo esto desembocó en celos, accesos descontrolados de furia y una conducta abandonada y abúlica, que se fueron agravando con el paso del tiempo, y de los que sólo recibió de su esposo, primero, y de su padre e hijo después, el encierro para alejarla del poder. Pero ella era una mujer sensible, la más hermosa de los hijos de los Reyes Católicos, culta, aficionada a la música y con buen oído para los idiomas, que se merecía algo mejor que vivir dos tercios de su vida encerrada sin apenas contacto con el exterior.

El autor, sin duda, ha sido presa del encanto y atracción del personaje y trasluce en su libro la lástima por su biografiada; nos da un buen panorama de la política del momento, aunque dedique algún capítulo a asuntos tangenciales a la biografiada; señala a la segunda esposa de su padre Fernando el Católico, Germana de Foix, como la intrigante en la sombra para el encierro y se centra en lo penoso de esos años de cautiverio en Tordesillas de la reina de España con la historia más triste y, a la vez, más atrayente.
Fernández Álvarez, M. Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas. Espasa Fórum. Madrid. 2000.