ENCADENANDO HAIKUS

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Para los no avezados en la materia, el haiku es un subgénero lírico de origen japonés creado por Matsuo Basho y compuesto de tres versos con el esquema métrico: 5+7+5 sin rima; se caracteriza por la naturalidad en la expresión y es apto para una temática de lo cotidiano y los fenómenos naturales. En castellano tiene ya una larga trayectoria desde comienzos del XX, casi siempre asociada a la poesía hispanoamericana.

Se trata de una composición apta para los que no estamos dotados para la lírica y sólo pretendemos ejercitarnos en ella.

A raíz de la lectura en el blog de Abel Murcia "Al trasluz" -"linkeado" en mi blog- de un haiku de la poetisa polaca Marzena Broda, se me ha ocurrido encadenar alguno de ellos. Cuento con vuestra benevolencia crítica.

Marzena Broda (traducción de Abel Murcia):
Cerilla

quebró la noche
sin darme a mí calor
su tenue llama.

Encadenando haikus:
Oscuridad

Sombra tangible,
herida por la llama
de la cerilla.

Cerilla

Quema mis dedos
aguantando los límites
de su ardua llama.

Llaga

Piel quebradiza,
quejosa de la llama
que la invadió.

Dolor

Marca mi cuerpo
con el recuerdo de la
llama que fue.

VAN DER GRAAF NO ES EL NUEVO FICHAJE DEL MADRID

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Copio y pego de la Wikipedia: “El generador de Van de Graff es una máquina electrostática que utiliza una cinta móvil para acumular grandes cantidades de carga eléctrica en el interior de una esfera metálica hueca. […] Los generadores de Van de Graff son máquinas especiales que se utilizan para que los estudiantes de física comprendan los fenómenos electrostáticos”.

El físico estadounidense Robert J. Van de Graff, creador de la máquina antes descrita, murió en 1967 y, en su homenaje, tres universitarios londinenses aficionados a la música y la ciencia ficción pusieron su nombre (variándolo mínimamente para evitar problemas con los herederos) a una banda de rock que acababan de fundar. Así surgió Van Der Graaf Generator, uno de los grupos claves del rock progresivo de los años 70, una etiqueta que seguramente no sea más que eso, una manera simple de clasificar a una formación extraña, de corta vida -apenas diez años-, un típico grupo de culto, poco conocido entre el gran público e incluso entre los aficionados al progresivo y que después de casi treinta años se volvió a reunir en 2005, no para engordar sus cuentas bancarias a base de recopilatorios y conciertos multitudinarios (léase Eagles o The Police, por poner algún ejemplo), sino para ofrecer material nuevo, tres discos en tres años, además de dar una serie de conciertos a lo largo de todo el mundo. A uno de ellos tuve la oportunidad de asistir el pasado 26 de enero en el Teatro Cervantes de Málaga.

Van Der Graaf Generator o Van Der Graaf, a secas, es en esencia su líder y “alma mater”, Peter Hammill; un cantante que ha venido desarrollando, desde comienzos de los 70 hasta la actualidad, una fecunda carrera en solitario, la cual, durante los años de vida del grupo, corrió paralela a la de la banda. En la formación clásica del grupo, Peter Hammill era el vocalista, teclista y guitarrista, David Jackson estaba al saxo, Guy Evans a la batería y Hugh Banton en los teclados principales; así, como cuarteto, grabaron álbumes seminales de la época como “Pawn hearts”, “Still life” o “Godbluff”. El sonido Van der Graaf es característico: una voz intensa y dramática, la de Hammill, un saxo a lo John Coltrane, aunque tratado electrónicamente y un decisivo protagonismo de los teclados (muy típico del rock progresivo); las canciones largas, las variaciones tonales, los sonidos distorsionados e inarmónicos y las letras densas y con querencias existenciales completan la inconfundible marca del grupo.

A un concierto de Peter Hammill o de Van Der Graaf se asiste rendido ya de antemano. Tuve la suerte de escucharlo en directo a él solo en dos ocasiones: en 2004 en la lonja medieval de Sos del Rey Católico en Zaragoza y el año pasado en Torre Pacheco, Murcia. Allí presencié cómo, al poco de comenzado el concierto, desertaba parte del público; una audiencia que en el teatro de Torre Pacheco no pasaba de doscientas personas. La música de Peter Hammill, más que la del grupo, es una música difícil: si las características antes citadas de Van Der Graaf se ven reducidas a Hammill solista, acompañado únicamente de un piano o una guitarra y se acentúa el protagonismo de su voz tensa y modulada a la manera de la guitarra de Jimi Hendrix y unas canciones con tendencia a la tristeza, el resultado es una música no apta para amantes de la melodía, el baile de salón o la canción pegadiza. Aun así, el Sr. Hammill tiene un público fiel, minoritario pero entregado, que devora sus nuevos discos (a una media de más de uno al año).

Como he dicho más arriba, el pasado 26 de enero volví a asistir a la liturgia Van Der Graaf. Con puntualidad británica, los oficiantes (reducidos a tres en la última formación) subieron al púlpito; Hammill hizo su aparición vestido de blanco inmaculado, canoso y extremadamente delgado, se sentó al órgano y dio comienzo a la ceremonia. El repertorio fue similar al disco en directo de su reencuentro en el Royal Albert Hall de Londres en abril de 2005: las canciones clásicas del grupo, más las del nuevo disco que al poco tiempo sacaron a la luz. Poco importó que Hammill tuviera dificultades para acoplar el sonido de su guitarra y vagara por el escenario en unas cuantas canciones, poco importaron las estridencias de su voz y las extravagancias de los desarrollos largos de algunos temas. Los fieles comulgamos nuevamente con el sonido más alternativo del rock progresivo, un sonido que creíamos perdido definitivamente a finales de los 70 y que el milagro de su reunión nos lo devolvió resucitado.