EL POLACO FOLLADOR. Reseña de "Polanski. Biografía" de C. Sandford

Author: Hutch / Etiquetas: , , ,



Perdón por la grosería del título de esta entrada, pero no es invención mía, sino palabras textuales de uno de los conocidos de Roman Polanski de su etapa hollywoodiense, que el autor de la biografía cita pero sin dar el nombre. También dice esta anónima fuente que la cifra de citas amorosas del cineasta era de más de doscientas anuales. El atractivo físico del cineasta es más que discutible: de baja estatura y nariz respingona, sólo se comprende esta frenética actividad sexual por una adicción al sexo que encontraba fácil satisfacción en ese ambiente cinematográfico en el que jóvenes actrices esperaban acceder al estrellato a través de la cama. Como botón de muestra: tan sólo dos meses después de la tragedia que le sacudió con lo sucedido en torno a su mujer Sharon Tate, buscó consuelo en los brazos de otras mujeres como terapia emocional.

Quiero aparcar, por lo menos de momento, este sorprendente lado de la personalidad de Polanski, para centrarme en otros aspectos que pone al descubierto esta biografía no autorizada del director polaco. Primeramente, abordo su nacionalidad. Rajmund Roman Thierry Polański nunca ha ejercido demasiado de polaco. Nacido en París de madre rusa, con doble nacionalidad franco-polaca, emigró desde Polonia con 28 años en busca del éxito cinematográfico: Londres, París y Hollywood han sido y son sus lugares de residencia; además, ha pasado largos periodos de su vida sin recalar en territorio polaco (hasta quince años). Hay que ver a Polanski como un personaje cosmopolita, ciudadano del mundo, que ha vivido allí donde pensaba que podía triunfar. Es cierto que su infancia y juventud los pasó en Polonia, que se formó en la famosa escuela polaca de cine de Łódź, que ha afirmado que se siente polaco y que le hubiera gustado fijar su residencia en Polonia (la dictadura comunista jugó en contra de esta intención), y que allí donde ha vivido ha estado siempre en contacto y ha ayudado a la colonia polaca; sin embargo, su cine ni “de facto” ni en pretensiones ha intentado indagar en la idiosincrasia del ser polaco a la manera de, por ejemplo, Andrzej Wajda. En esto no hay un juicio de valor, ni mucho menos, sino sólo la constatación de un hecho, es más, mi opinión personal es que el cine posee un lenguaje universal y que sólo las películas localistas que conectan con el sustrato y la psique más profunda del ser humano alcanzan verdadero relieve internacional.

Esta biografía pone el énfasis en dos hechos de la vida de Polanski que no sé si son los fundamentales, pero sí los más mediáticos y escabrosos: el asesinato de su mujer por la secta de Charles Manson y la huida de EE.UU. como consecuencia de la más que posible condena por la práctica sexual con una niña de trece años. Sharon Tate era una explosiva y, a la vez, refinada belleza de veintiséis años embarazada de ocho meses cuando fue brutalmente asesinada en su casa de Los Ángeles, junto a unos amigos de la pareja, por unos salvajes bajo órdenes del lunático Manson, mientras su marido ultimaba los preparativos de su nueva película en Londres. Corría el año 1969 y después de mucho esfuerzo y valentía todo le sonreía a Polanski: su filme “La semilla del diablo” se había convertido en éxito internacional, estaba casado con una actriz joven y bella (la película de su marido “El baile de los vampiros” da fehaciente testimonio -incluyo fotograma de la misma-) que le iba a dar un hijo y él estaba ilusionado con la paternidad; los móviles del crimen no fueron racionales, es más, cuando los miembros de la “familia” Manson irrumpieron en la casa de los Polanski para sembrar el terror en la finca, no eran conscientes de a quiénes iban a asesinar; la repercusión mundial del homicidio fue puramente fortuita. Manson y sus acólitos formaban una comuna pseudo hippie de delincuentes reincidentes que decidieron protestar a su manera contra los ricos que se asentaban en las fincas anejas a Hollywood llevando a cabo una campaña de guerrilla urbana (“Helter Skelter”, interpretación horrenda de una canción de The Beatles); la cifra que tras su detención se barajó supera los cuarenta asesinatos, pero el 8 de agosto del 69 les tocó a Sharon Tate y a los infortunados invitados que por aquel entonces tenía en casa. El golpe para Roman fue brutal: abandonó definitivamente el proyecto de la película que tenía entre manos, no volvió a dirigir hasta dos años después, se sumió en una etapa depresiva y neurótica que le llevó a investigar por su cuenta el crimen, con tácticas detectivescas, entre sus propias amistades. Seguramente nunca se haya recuperado del mazazo vital que supuso la desaparición de Sharon Tate de su vida y solamente haya alcanzado el equilibrio emocional al lado de su tercera y última esposa, la también actriz Emmanuelle Seigner. Es necesario mencionar, sin embargo, que la pareja Tate/Polanski formaban un matrimonio ciertamente peculiar; la fidelidad conyugal no figuraba entre sus mandamientos, aunque esto no resultaba especialmente problemático en su relación: Sharon aceptaba las frecuentes aventuras de su marido como caprichos pasajeros, pero es que ella tampoco renunció a sus amantes previos, de hecho, uno de ellos estaba en la casa ese día fatal; y, como he comentado antes, apenas dos meses después del fatídico desenlace de la vida de su mujer, ya estaba Polanski en los brazos de otras mujeres para “recuperarse”.



Enlazando con esto último, el episodio pedófilo de ocho años después hubiera supuesto el final no sólo profesional, sino también humano para cualquiera con menos voluntad de supervivencia que Roman Polanski (esta afán para sobreponerse a las dificultades seguramente tenga mucho que ver con su infancia, más adelante lo comentaré). En 1977, nuevamente la vida le sonreía a Roman. Se encontraba en su cumbre artística con “Chinatown” y los estudios se le disputaban; la época en la que debía luchar a brazo partido con los ejecutivos para los presupuestos de sus películas parecía que había quedado atrás. En esta situación, el reportaje fotográfico que le estaba haciendo a una niña de trece años acabó en un jacuzzi con champán, narcóticos y sexo; la posterior denuncia de la madre supuso una larga serie de acusaciones contra Polanski, que se redujeron por consentimiento de éste mismo a “prácticas sexuales ilícitas”; tras frecuentes entrevistas entre sus abogados y el juez, pasó dos meses en la cárcel preventivamente con la esperanza de que esto fuera suficiente, pero a la salida, ante la expectativa de que el juez se viera obligado por las presiones mediáticas a ordenar una nueva reclusión (y ya por un periodo más largo y sin determinar) huyó del país y, aprovechando la doble nacionalidad, se asentó en París (ya no abandonaría esta ciudad). Los hechos antes mencionados parecen claramente incriminatorios, sin embargo, hay elementos atenuantes: la “niña”, a pesar de la edad, no lo era tanto y ya tenía experiencias sexuales previas y con drogas; el sexo parece que fue consentido por la menor (aunque esto no está suficientemente aclarado) y la responsabilidad de la “ultrajada” madre es grande cuando deja sola a su hija con el director durante varias sesiones fotográficas íntimas (el interés lucrativo de la empresa no debe quedar de lado). Aun así, Polanski era un adulto de más de 40 años que no debía haber aprovechado su posición y fama para drogar y “forzar” a una menor a tener relaciones sexuales. Aquí entra en juego lo comentado al principio de esta reseña: la adicción al sexo de Polanski, así como la preferencia reconocida que siempre ha tenido por las mujeres jóvenes. En todo caso, esta práctica con la menor no fue la única de su vida: Nastassia Kinski también sabe de las “habilidades” de Polanki, aunque en este caso ni hubo denuncia ni intención familiar de aprovecharse de la situación. Su condición de prófugo de la justicia le obligó a no asistir a la ceremonia de la academia americana que finalmente le concedió el Oscar al Mejor Director por “El pianista” en 2003.

Aparte de estos dos hechos claves de su vida, es necesario mencionar otros aspectos para cuadrar la imagen del cineasta. Aunque no practicante, es de origen judío y esto está en el origen de la traumática (aunque él ahora no la vea así) infancia: su madre fue gaseada en Auschwitz, su padre fue internado también en un campo de concentración (aunque no pereció allí) y Roman se vio lanzado al mundo para sobrevivir solo, alojado en diferentes familias y huyendo de la persecución nazi; como consecuencia, apenas asistió a la escuela y se crió de una manera bastante salvaje. Como cineasta es famoso por la dureza a la que somete a los actores durante el rodaje: jornadas intensas y con múltiples tomas de la misma secuencia, pero es que él también es muy exigente consigo mismo; Roman es el primero en acceder al plató y el último en abandonarlo; además, el hecho de ser actor le hace implicarse durante el rodaje aun más y ejecutar el papel de sus protagonistas.

La imagen con la que se sale de la lectura de este libro es la de un personaje muy especial. Cineasta genial, recurrente en algunas obsesiones como el enclaustramiento, la maldad y las perversiones, autor de obras herméticas como “El cuchillo en el agua” o “El quimérico inquilino”, pero también de éxitos internacionales que nunca pretendieron adaptarse al público como “La semilla del diablo”, “Chinatown” o “El pianista”; un ogro en el plató, pero en aras de la perfección y un gran conocedor de las particularidades técnicas del arte del cine. En cuanto al aspecto personal, parece que deja bastante que desear como ser humano en cuestiones morales, aunque hay que tener en cuenta las especiales condiciones que sufrió en su infancia. Su libro de memorias, “Roman por Polanski”, puede servir de contrapeso para esta última aseveración.

A sus 69 años ha sido el director más viejo en obtener un Oscar al Mejor Director, posteriormente ha realizado la correcta aunque algo anodina “Oliver Twist”. La sorprendente vitalidad y buena forma física que parece que disfruta todavía nos pueden deparar alguna grata sorpresa, y esperemos que sea sólo cinematográfica.

Sandford C., Polanski. Biografía. T&B Editores. 2009.


5 comentarios:

Suntzu dijo...

Esta se me había escapado. ¡Qué vida! El episodio Manson lo conocía, pero lo de su afición por las menores, no. La verdad es que la madre de la criaturita también se las trae... Dejarla sola conociendo (muy probablemente) el carácter de la hija. De todas formas, nadie obró bien ahí.
De su infancia no sabía nada tampoco. A veces, no es de extrañar que existan determinados adultos si tenemos en cuenta determinadas infancias.

Una entrada estupenda. Felicidades.

Xoán González dijo...

Hablas de Terapia Emocional cuando seguro que deseas decir "promiscuidad"... en cualquier caso, imagino que a la luz de los acontecimientos esa terapia libidinosa no debe de resultar demasiado efectiva ¿no?. Un abrazote...

Angelus dijo...

Suntzu, gracias por la felicitación; llegué a pensar que dada la extensión de la reseña, nadie se iba a atrever a leerla. Todo es susceptible de justificación para algunos, sin embargo, creo que un individuo adulto debe discernir claramente entre el bien y el mal. En todo caso, el personaje es apasionante para lo bueno y para lo malo. Saludos.

Xoán González, ¿hablas en primera persona? Te corrijo, con tu permiso, el comentario: no "debe de" (probabilidad), sino "no debe resultar demasiado efectiva" (obligación); perdóname la vena profesional, que no es tal en este caso, sino instructiva (nuevamente con tu permiso). Me alegro mucho de verte aparecer de nuevo por el blog. Abrazos.

Suntzu dijo...

Hombre, la extensión, si la entrada peñazo, puede resultar fatal. Pero no es el caso. La mar de entretenida e instructiva. :)

Angelus dijo...

Suntzu, gracias de nuevo; es un lujo contar con tu participación en el blog.