Un haiku descreído para el fin de año

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Dudan los pavos
de una fe de cuchillo
y tenedor.

FELICES FIESTAS / WESOŁYCH SWIĄT

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Ha nacido
¿Quién nació?
Quién va a ser: quien era y es.
¿Dónde ocurrió?
Naveguemos
por Internet.
Triple W. Punto. Arroba.
Punto. Com. Portabelén.
Ángeles. Pastores. Magos.
María. Arroba. José.
Y la tibieza del heno
la Mula, el Buey,
la estrella errante y su orquesta
de estrellas – sol fa mi re -,
y el almendro que no sabe
que es diciembre…
¿Pero quién
es la luz, la flor desnuda
que ríe en Portabelén?
Es quien es.
¡Quién iba a ser!

José Hierro

Reivindicación de Leopoldo Panero en Sevilla

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Como ya dije en la entrada del 8 de diciembre, se ha celebrado el pasado día 14 en Sevilla un acto de homenaje  a Leopoldo Panero en su aniversario. El Centro Cívico "El Tejar del Mellizo" se convirtió, más que nada, en un espacio para la revancha y la reivindicación de los escritores franquistas: el mismo centro había sido objeto de una alevosía cuando la delegada de Participación Ciudadana del Ayuntamiento denegó el 6 de octubre ese local para un acto similar dedicado a Agustín de Foxá, alegando la vinculación del escritor madrileño con la ultraderecha. Para esta ocasión, afortunadamente se rectificó y esto fue motivo de recuerdo por el ponente y el presentador. El acto comenzó con unas palabras del poeta sevillano Aquilino Duque pronunciadas por Javier Compás (asociación Cultural ADEMAN) y la charla estuvo a cargo del escritor peruano afincado en Sevilla Fernando Iwasaki.

Iwasaki no aportó, según mi opinión, ninguna novedad en el análisis de la poesía de Panero, sin embargo, su dicción fue maravillosa, se nota oficio en estos quehaceres al hispanoamericano y recitando poesía esto es fundamental. Se centró, Iwasaki, en la vinculación entre Panero y su paisano César Vallejo, más bien en la filiación del leonés respecto al peruano; me pareció que la relación estaba traída por los pelos e intentaba, sobre todo, compensar la imagan ideológica de Panero con referencias izquierdistas; en este sentido, también se recordaron sus veleidades comunistas juveniles, su casi fusilamiento por las tropas nacionales al comienzo de la guerra civil y la relación que mantuvo en Londres, ya asentado en el régimen franquista, con Luis Cernuda. Me parece que esto responde a un complejo ideológico: Panero fue de derechas, sí, ¿y qué?, su poesía se centra en motivos clásico-tradicionales (familia, paisaje y Dios), sí, ¿y qué? Creo que no es necesario  compensarlo con otros elementos contrarios porque en sí mismo no tiene nada de negativo. Me gustó, sin embargo, la seriedad que se le dio al acto (no quiero recordar lo que supuso un encuentro literario dedicado a Stanisław Lem no hace mucho en Sevilla). Fue muy agradable, en definitiva, recordar a Panero y percibir que todavía hay lectores interesados en este gran poeta.

2010 será el año de Miguel Hernández. Le dedicaré alguna entrada a buen seguro, sin embargo, me duele que el recuerdo de Panero no haya supuesto ni siquiera una sombra de lo que parece que se va a convertir el año del malogrado poeta alicantino, ¡si hasta una etapa de la vuelta ciclista empezará en Orihuela en su honor! Los dos eran coétanos, miembros de la misma generación y Leopoldo Panero no es inferior a Miguel Hernández (¿se me permite decir que lo contrario?).

Armas Marcelo con Adam Michnik y demás polacos.

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No es santo de mi devoción, pero el comienzo de este artículo de J.J. Armas Marcelo en el ABC del pasado día 5 me resultó especialmente impactante. Aparte de la referencia a los polacos en general, se citan dos personajes claves de la cultura polaca: el Nobel de literatura Czesław Miłosz y Adam Michnik, nombre fundamental del periodismo europeo. Más allá de datos culinarios y alcohólicos que algunos consideran necesarios (más bien diría yo, tópicos), el artículo creo que es interesante para todos los que tengan inquietud por Polonia. Copio y pego.

Wat, un gigante polaco

No se les tiene muy en cuenta, pero los polacos son cruciales en la Historia de Europa y del mundo. Política e intelectualmente. Ahora tenemos ocasión de leer en español, gracias a Acantilado, el libro de conversaciones de Aleksander Wat con Czeslaw Milosz, Mi siglo, un monumento de sabiduría, inteligencia, memoria del mundo, debate de ideas; una obra que puede leerse como un libro de Historia o de memorias, un volumen de relatos, una novela abierta, un ensayo interminable y riquísimo, una punta de lanza en el corazón del siglo XX, la guerra, la paz, el talento, la estética, la ética y, al fin y al cabo, la literatura y su culminación, la poesía. Porque Wat es un poeta comprometido que lucha en la vanguardia del arte y al que el siglo XX le duele más allá del pecho, en el cerebro enfermo que lo llevó al suicidio en París, a mediados de los 60.

Vino Adam Michnik a Madrid a presentar Mi siglo y pasamos doce horas en febril actividad Jaume Vall-corba, Joanna Karasek, Mercedes Monmany y yo. Michnik (se lo dije) se me pareció al más brillante de «los» Padilla que yo conocí: discutidor, lúcido, bebedor inteligentísimo, polaco hasta los tuétanos y europeísta. Nos deslumbró con su exégesis sobre Wat, sobre su pensamiento y su vida. Y por ahí empezamos, para recalar en el muro de Berlín, la Unión Soviética, China, el comunismo («son los jesuitas de la izquierda», le dije, y me dio su aprobación, con matices), la Revolución cubana, los Castro, Guevara, Wojtyla, Ratzinger, Adolfo Suárez, Aznar, Felipe González, el mundo entero, el demonio suelto y la carne siempre viva.

Fue un día de extraordinaria riqueza el que nos regaló Michnik, fumador empedernido. Después del almuerzo en el Balzac, nos fuimos al Instituto Polaco en Madrid y Joanna Karasek, la anfitriona, nos dio «argumentos» para seguir cómodamente sentados y hablando sobre todo. Mientras me tomaba un vaso de Chivas seco, Michnik se bebió dos copazos de Cardenal Mendoza y contó el «duelo» que tuvo con Arzalluz hace años. El vasco, jesuita al fin y al cabo, porfiaba con el polaco. Sostenía que ¡Hemingway había escrito un libro sobre Polonia! Michnik se lo negó una y otra vez, hasta que, horas más tarde, el polaco le dijo que no había sido Hemingway, sino tal vez Michelet. «¡Ese, ese!», dijo Arzalluz. «No es lo mismo soplar que hacer botellas», apostillé. Arzalluz le trajo en media hora a Michnik las dos botellas de Cardenal Mendoza que se habían apostado, y santo remedio. A Wat le habría gustado la anécdota y la habría incorporado a Mi siglo, donde le recuerda a Milosz, entre otras cosas, que Bertolt Brecht dice que todos los supervivientes son unos canallas, «empezando por él mismo» (dice Wat de Brecht). En esa afirmación hay mucho de verdad. No es lo mismo un resistente que un superviviente. El resistente lo es en ética y estética, el superviviente tiene que demostrar su inocencia con una radiografía más limpia que una patena. Y me temo que entre los supervivientes hay mucho cómplice de la canallada a la que se sobrevive.

Michnik contó que su padre pasó un tiempo en la cárcel por comunista y que él lo había pasado por anticomunista. La vida es así cuando continúa. Un día le preguntó a su padre lo mismo que se preguntaba Wat a sí mismo: «¿Por qué llegaste a ese punto?». «Por fe», contestó su padre. Michnik es anticomunista, pero no de esos que son anticomunistas idiotas; no le gusta el capitalismo, pero tiene confianza en que las cosas en el capitalismo mejoran y en el comunismo siempre empeoran. «El comunismo apela a lo mejor del ser humano y, al final, saca lo peor de cada uno de nosotros», nos dijo.

Al final de la noche, cordero asado de La Tahona, ensalada, mucho vino, whisky, amistad, feeling del bueno, risas. Nos habíamos conocido sólo unas horas antes y ya éramos amigos de casi toda la vida. Nunca es tarde para conocer a la gente necesaria. Nunca es tarde, entonces, para leer a Wat en Mi siglo, una enciclopedia que hay que agradecer a otro poeta, Czeslaw Milosz, sin el que el libro nunca hubiera sido escrito y nunca hubiera llegado a nuestras manos, gracias a Vallcorba y a Adam Michnik. Nos veremos en Varsovia.


Se termina el año Panero

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El pasado 17 de octubre Leopoldo Panero hubiera cumplido 100 años. No quiero que termine al año sin recordar nuevamente al poeta leonés. Las conmemoraciones del aniversario han brillado por su ausencia: un documental que no sé cuándo llegará a las pantallas, un acto aquí en Sevilla el próximo día 14 al que intentaré asitir y poco más, que yo sepa. Ya dediqué varias entradas a un poema póstumo suyo, y ahora quiero volver a traerlo al blog para que su recuerdo no caiga en el olvido sepultado, entre otras razones, por la fama de sus hijos. Para ello, dejo y comento brevemente otro texto.

Se trata de un poema de amor a la amada, pero también de despedida, "hasta mañana". La vida de la mujer amada se va poco a poco disolviendo, con la llegada de la noche, en sonidos y gestos. El mundo natural reclama entonces su presencia: "mieses, espigas, palomas, viento, lluvia, trigal..." aparecen en el poema como símiles de la pérdida de consciencia de la mujer amada, pero le sirven al poeta también para recuperar porciones de vida que el sueño le está hurtando. Y entonces llega el adiós final: el de la muerte, porque el sueño prefigura y anticipa el instante definitivo. Del amor a la muerte con el tránsito por medio del sueño, que pone una nota de temor en el sujeto poético: la muerte le arrebatará a la amada al igual que el sueño le priva de ella hasta el nuevo día. Sin embargo, ese paso se hará "dulcemente" en una "senda pura", porque nuevamente para Panero la muerte no es la enemiga, sino que se une a la vida en un continuo indivisible.

Hasta mañana dices, y tu voz
se apaga y se desprende
como la nieve. Lejos, poco a poco,
va cayendo, y se duerme,
tu corazón cansado,
donde el mañana está. Como otras veces,
hasta mañana dices, y te pliegas
al mañana en que crees,
como el viento a la lluvia,
como la luz a las movibles mieses.
Hasta mañana, piensas; y tus ojos
cierras hasta mañana, y ensombreces,
y guardas. Tus dos brazos
cruzas, y el peso leve levantas, de tu pecho confiado.
Tras la penumbra de tu carne crece
la luz intacta de la orilla. Vuela
una paloma sola y pasa tenue
la luna acariciando las espigas
lejanas. Se oyen trenes
hundidos en la noche, entre el silencio
de las encinas y el trigal que vuelve
con la brisa. Te vas siempre
hasta mañana, lejos. Tu sonrisa
se va durmiendo mientras Dios la mece
en tus labios, lo mismo
que el tallo de una flor en la corriente;
mientras se queda ciega tu hermosura
como el viento al rodar sobre la nieve;
mientras te vas hasta mañana, dulcemente
por esa senda pura que, algún día,
te llevará dormida hacia la muerte.

FOTOS DE ELI (V)

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Árbol seco

Diez años esperó que el árbol seco

floreciera de nuevo. Diez años

con el hacha aguzada y temblorosa,

pero el árbol

sólo exhibía sus desnudos brazos,

la percha de la urraca y de los cuervos.

Cortóle al fin, y, de repente,

vio su corazón verde, borbotón de savia;

un año más, y hubiera florecido.

José Jiménez Lozano

 

RESEÑAS ANTIGUAS (III). "Carta blanca" de Lorenzo Silva

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A comienzos del siglo XX, Marruecos representaba para España la posibilidad de restañar las recientes heridas coloniales americanas. La explotación de los recursos mineros de las montañas del Rif y la construcción de infraestructuras despertaron la codicia de los grandes capitalistas, quienes, a costa de la sangría humana de los que no podían escapar a la leva, promovieron la tímida aventura colonial de un protectorado compartido con Francia. El desprecio de la resistencia nativa motivó la sucesión de reveses militares: la matanza de El Barranco del Lobo y el Desastre de Annual son ya páginas negras de la historia de España.

El escritor Lorenzo Silva se ha apropiado de dos espacios claves para situar algunos de sus relatos. Uno es su residencia actual, Getafe, que con toda seguridad no tiene el prestigio ni la eufonía de un Macondo, una Santa María o el Yoknapatawpha faulkneriano, pero que es un lugar tan digno como otro cualquiera: en Getafe se desarrolla una trilogía en marcha, de la que forma parte la magnífica novela juvenil Algún día cuando pueda llevarte a Varsovia. El otro es Marruecos; circunstancias familiares de Lorenzo Silva, como la participación de su abuelo en la guerra de África, han provocado que el escritor fijara su atención en el país vecino: “Hay lugares en los que no hemos nacido que, por razones diversas, y a veces no del todo comprensibles, no nos son extraños. Eso es lo que me pasa a mí con Marruecos, desde que la pisé por primera vez ha ejercido sobre mí una extraña fascinación”. Esa atracción ha dado como feliz resultado el libro Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos y las novelas El nombre de los nuestros y, ahora, Carta blanca, último Premio Primavera, convocado por la editorial Espasa-Calpe.

Carta blanca pone sobre el tapete la vida de Juan Faura, un ser zarandeado por la vida y el destino, en los tres momentos claves de su existencia: 1921, como legionario en el Rif, 1932, protagonizando en Valecia una tórrida historia sentimental con su antigua novia y el verano de 1936, como miliciano que defiende Badajoz de las tropas fascistas. Conocemos al protagonista en Marruecos, en plena guerra contra las tribus rifeñas: durante una noche infernal forma parte de un pelotón que escapa del cuartel para vengar la muerte del hermano del sargento que les manda; personaje éste que empuja a sus hombres a un acción al margen de las normas del cuerpo de la Legión, pero "disculpable" para los mandos; el narrador paulatinamente va focalizándose en Faura, para ir describiendo las impresiones que en el joven legionario va produciendo la aventura nocturna, terminada en un baño de sangre y horror. Lorenzo Silva no escatima detalle en la descripción del rito de venganza de este escuadrón de la muerte, que, como jinetes del apocalipsis, arrasan la casa de una familia bereber destinada al sacrificio para calmar las ansias vengadoras del sargento, practicando todo tipo de horrores (violaciones y torturas incluidas) en una pobre gente que, por otra parte, es inocente de la muerte del hermano. El escritor tensa al máximo la cuerda de lo soportable en la prolijidad del horror, como hará posteriormente en otro sentido en la descripción de los detalles de la aventura amorosa del protagonista, rozando lo pornográfico.

En Marruecos Juan Faura es un ser ausente de la vida, que no maneja su existencia y que asiste entre alucinado e impertérrito a la escena de horror que sus compañeros y él mismo protagonizan; el relato es sobrecogedor y está contado con gran sentido del ritmo narrativo, sin dejar de lado, al mismo tiempo, la profundización psicológica del protagonista. Esta primera parte de la novela termina con un final perfecto; Juan Faura justifica ante un compañero su incorporación voluntaria a la Legión, que es a la vez una justificación de su atonía y ataraxia vital: por culpa de una mujer; final perfecto, cerrado y abierto a la vez, porque el desengaño amoroso justifica cualquier acción humana, hasta el abandono de sí mismo que practica Faura y porque deja abierta la imaginación del lector para reconstruir ese pasado traumático. El resto de la novela: el reencuentro fugaz con la mujer amada y la expiación final de la culpa marroquí defendiendo Badajoz, sobran, no resultan creíbles y están carentes del ritmo y el tono épico-existencial de la primera parte. Da la impresión de que el autor hubiera intentado alargar inncesariamente ese pequeño relato de la escaramuza nocturna poniendo en pie la historia completa de su personaje.

En resumen, Lorenzo Silva ha escrito un estupendo y escalofriante relato sobre el horror y la fiereza humana, sobre el sinsentido de todas las guerras, y, en concreto, la que llevó a cabo España en Marruecos, pero el conjunto de la novela, que tiene como fin indagar en el destino tenaz que persigue a un individuo atormentado hasta la llegada del momento crucial de su redención, no acaba de cuajar.

Lorenzo Silva, Carta blanca. Espasa-Calpe. 2004.

Se cerró la cabina para siempre

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La muerte, amante, ha abierto sus acogedores brazos en estos días de celebraciones funerarias y se ha llevado junto a sí a Francisco Ayala, Claude Lévi-Strauss y José Luis López Vázquez. Ésta última pérdida es especialmente sentida por muchos. Suntzu me comentaba en la última entrada si conocía algún otro poema de Álvaro Mutis, como el que colgué, sobre la cita amorosa con la muerte. Que valga éste a manera de respuesta a la petición y como pequeño homenaje a ese pedazo de actor. Muertos Agustín González, Fernando Delgado, y aparte de Alfredo Landa y Manuel Alexandre, ¿quién nos queda?

Amén

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.


Álvaro Mutis "Summa de Maqroll el Gaviero"

Poesía para el Día de Difuntos

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Cita

Bien sea en la orilla del río que baja de la cordillera
golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,
en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren
en un estruendo que se confunde con el de las aguas;
allí, bajo la plancha de cemento,
con sus telarañas y sus grietas
donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;
allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;
allí bien pudiera ser.
O tal vez en un cuarto de hotel,
en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado,
los comerciantes en mieles, los tostadores de café.
A la hora de mayor bullicio en las calles,
cuando se encienden las primeras luces
y se abren los burdeles
y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos,
el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar;
a esa hora convendría la cita
y tampoco habría esta vez incómodos testigos,
ni gentes de nuestro trato,
ni nada distinto de lo que antes te dije:
una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato
y su cama manchada por la cópula urbana
de los ahítos hacendados.
O quizá en el hangar abandonado en la selva,
a donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo.
Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento
bajo la estructura de vigas metálicas
invadidas por el óxido
y teñidas por un polen color naranja.
Afuera, el lento desorden de la selva,
su espeso aliento recorrido
de pronto por la gritería de los monos
y las bandadas de aves grasientas y rijosas.
Adentro, un aire suave poblado de líquenes
listado por el tañido de las láminas.
También allí la soledad necesaria,
el indispensable desamparo, el acre albedrío.
Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
pero al cabo es en nosotros
donde sucede el encuentro
y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.
La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa.

Álvaro Mutis "Summa de Maqroll el Gaviero"


Hace mucho que no le dedico una entrada a presentar y comentar poesía. La última trató de un poema de Leopoldo Panero sobre la muerte. Retomando el tema y, de acuerdo a las fechas que se avecinan, rescato uno de Álvaro Mutis sobre el mismo asunto. El texto se basa en la enumeración de lugares propicios para una cita; lo que en principio parece un poema sobre el amor (cita amorosa: "cuarto de hotel", "recogimiento") se convierte merced al verso final en un poema fúnebre, lo que obliga a una relectura de todo el texto en clave diferente. Una muerte, sin embargo y a la manera de Panero, serena y no dramática: "bienvenida", teñida de un sabio estoicismo: "de nada sirve prepararlo ni esperarlo". En esta época tan atrapada por Halloween, bien está un poema radicalmente diferente a ese macabro-festivo ambiente; poema de cuidada estructura y en el que la muerte, amante, abre sus acogedores brazos a la ensoñación del lector.


Álvaro Mutis (Bogotá, 1923). Galardonado con los más importantes premios literarios en lengua española (el Cervantes, entre ellos), es autor de una magna obra narrativa: "Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero" cuyo protagonista, el del título, es el mismo de muchos de sus poemas: un ser apátrida, viajero, al borde siempre de la muerte y poseedor de una rectitud moral y unos principios "sui géneris". Las novelas de este ciclo encandilan por su mezcla de aventuras, existencialismo y elementos mágicos. Su poesía tiene la marca narrativa de sus novelas, quizá por ello peque a veces de prolijidad. El poema elegido se mantiene, pienso, en una acertada mesura.

EL HOMBRE ELEGANTE. Kurt Elling en escena

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La nómina de vocalistas de jazz masculinos no es muy grande. En este sentido, ellas llevan ventaja: Ella Fitzgerald, Nina Simone, Norah Jones, Diana Krall, Madeleine Peyroux... y tantas otras. Crooners sí ha habido (Frank Sinatra, Bing Crosby...), pero creo que un cantante de jazz es otra cosa: sobre el fondo musical jazzístico, la voz debe fluir e incorporarse naturalmente a la música como un elemento más; el crooner es, más bien, el protagonista nato y la banda (big band) acompañante está subordinada a él; además el crooner gira más hacia la balada, como querencia y ámbito propio.

De esta manera, la presencia en la escena musical de un tipo como Kurt Elling es todo un lujo. Apareció por Sevilla (Teatro Central) hace ya casi un año, pero su recuerdo todavía está muy presente en los que asistimos al concierto. Impecablemente vestido: trajeado y peinado al estilo "latin lover" y acompañado de piano -excelente-, bajo y batería, ofreció un repertorio y una interpretación de categoría y, además, se metió al público en el bolsillo. Mr. Elling está dotado de una voz excepcional, capaz de marcarse un solo como si de otro instrumento se tratara: así lo hizo con la canción "My Love Effendi" (dejo un vídeo de la misma en Polonia). Es verdad que a veces se desborda con ese torrente de voz y puede llegar a desvariar en una especie de borrachera sonora. La presentación, anunciando una nueva era con Obama al frente, pienso que sobraba y no presagiaba nada positivo, pero luego se recondujo y cumplió con creces.

Tras el concierto, vino su discografía: no muy amplia, la verdad, con algunos cortes bastante excéntricos, en el sentido de abusar de la voz. El último de estudio ("Nightmoves") es el mejor: maduro, controlando y modulando esa voz, ¡una gozada!

Vuelve a estar nuevamente de gira por España, pero el sur no está entre sus destinos; nos priva de su elegancia.

AMENÁBAR Y LA MANDARINA

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No voy a hacer una reseña de "Ágora", mis opiniones sobre esta discutible y pesada película ya las he dejado por escrito en el magnífico blog de Licantropunk, sólo comentar que es una satisfacción personal que el jurista y crítico Eduardo Torres Dulce, en el programa radiofónico "Cowboys de Medianoche" de EsRadio en su emisión del 16/10/09, coincida con mis apreciaciones y repita casi exactamente expresiones que yo utilicé en los dos comentarios que he expuesto en el citado blog de Licantropunk:
  • "el film adolece de ser una creación de tesis, donde los personajes quedan desdibujados, además hay lagunas temporales en el guión que no permiten clarificar el desarrollo evolutivo de los personajes. Mucho dinero para hacer una película tendenciosa"
  • "las escenas con la filósofa y su búsqueda de la órbita elíptica me parecen pesadísimas y la toma de postura del director resulta, siempre bajo mi punta de vista, obvia y maniquea (hasta los colores reflejan la maldad o bondad del personaje)".
Dejo el enlace por si alguien quiere escuchar el comentario de Torres Dulce por completo, comprende desde el minuto 8:00 al 15:30, lo digo porque el programa dura una hora y once minutos; allí, además, está José Luis Garci, en una aproximación nostálgica al defenestrado "¡Qué grande es el cine!" de TVE2.

Como he dicho antes, esta entrada no es una reseña de "Ágora" de Amenábar, sino un comentario de lo que presencié en UGC Cine Cité de Zaratán en Valladolid. Uno cree que ya ha visto cualquier cosa en la sala de un cine: el ruido de las dichosas palomitas y la pajita de la Coca-Cola, los comentarios de las señoras de turno sobre cualquier escena de la película, espectadores que hacen su entrada veinte minutos después de comenzado el filme, niños que entran en películas tan poco aptas como "Anticristo"... Pero lo del pasado día 10 asistiendo a la proyección del film de Amenábar ya rebasó toda la mala educación posible: había dos espectadores, afortunadamente, tres asientos alejados de mí, que acudieron a la sala con una bolsa del Dia donde llevaban de todo para la sesión. Inciso: no entiendo por qué no se puede estar dos horas sin comer ni beber algo. Estos dos sujetos se pasaron buena parte de la sesión haciendo ruido con la bolsa, de la cual sacaron todo lo imaginable -como la chistera de un prestidigitador-, sin percatarse de la molestia que causaban en los demás. El colmo fue ya casi al final: como postre, en el momento en que Hipatia, la protagonista, descubre la órbita elíptica, el energúmeno, para celebrarlo o bien para tener algo esférico en su mano, se dedicó a pelar y comerse.. UNA MANDARINA; pero es más, la grosería no terminó ahí, sino que el susodicho, no sabiendo qué hacer con las mondas, se lo preguntó al de al lado y se decidió no por devolverlas a la dichosa bolsa (como hubiera sido lógico), sino por depositarlas en el hueco de la butaca destinado a la bebida y aplastarlas con fuerza con la botella que tenía en la otra mano.

Esto fue lo que presenciamos los que me acompañaban y yo para poder dejar testimonio (nunca mejor empleada la palabra en una película como "Ágora").

RESEÑAS ANTIGUAS (II). "Te doy mis ojos" de I. Bollaín: látigo y mula para el varón.

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¿Una película sobre la violencia doméstica sin un solo golpe, sin una sola bofetada? Sí, Te doy mis ojos, la última y premiada obra de la realizadora Icíar Bollaín, resuelve felizmente esta paradoja proponiendo una película sobria, contenida y basada en la autenticidad de los personajes.

Es lugar común calificar el cine actual, sobre todo el que llega del otro lado del Atlántico, de obvio, explícito e infantil. La realidad confirma esta aseveración; todo se muestra abiertamente en el cine de hoy: la violencia, el sexo, la comicidad. Pero el cine auténtico es otra cosa: nació mudo, en esencia es lenguaje visual por encima de todo; son las imágenes las que deben atrapar al espectador y transportarle, a través de la pantalla, hacia un ámbito diferente que cree su propio mundo artístico. El cine como arte, “el séptimo arte”, debe sugerir más que mostrar.

Te doy mis ojos obra el milagro de crear un espacio familiar íntimo y una pareja creíble, donde el problema de los malos tratos está presente sin ser visible y donde el espectador está en tensión constante, esperando el momento en el que la bestia dormida de la violencia, que hay en el marido, surja para desencadenar la tragedia; sólo una vez el hombre ejerce la violencia física y verbal sobre la mujer, pero no es por medio de golpes, sino de la humillación, que es, con seguridad, peor. En la pasada edición de los premios Goya, esta película se llevó la mayoría de los galardones. Es la tercera obra como directora de Icíar Bollaín, quien sabe muy bien de qué va el asunto del cine, no en vano se inició como actriz a una edad muy temprana con El sur (1983) de Víctor Erice y su trayectoria en este campo es ya dilatada; quizá esto le haya ayudado para crear unos personajes tan verdaderos.

La acción comienza “in media res”: la mujer -Laia Marull- abandona la casa, y se lleva al hijo, el marido -Luis Tosar- corre desesperado en su busca a la casa de la hermana -Candela Peña-, donde se ha refugiado. A partir de ahí, se desarrolla la historia de una nueva vida para la mujer y de la posterior reconciliación conyugal, que durará poco porque el hombre lo vuelve a estropear. La directora ha optado por no mostrar los antecedentes de la relación de los esposos, evitando, así, la vejación de la violencia, pero el espectador es consciente del infierno doméstico de la prehistoria familiar: la mujer reacciona de una determinada manera en coherencia con un estado anímico que se va desvelando poco a poco en el filme. Hay, a pesar de todo, comprensión por el hombre y sus intentos de mejorar: la cámara se gusta en los primeros planos de Luis Tosar, que borda su papel comunicando sufrimiento y lucha interna sin apenas decir nada; al final, el espectador no puede dejar de sentir lástima por un pobre hombre acomplejado frente a su mujer, que intenta cambiar acudiendo a la consulta de un profesional, pero que no puede porque le devoran los celos y, finalmente, los accesos de ira se acaban apoderando de él.

No es una película perfecta, aunque sus defectos no entorpecen la esencia de la historia. Así: Rosa María Sardá, madre de la mujer, se está convirtiendo como actriz en una parodia de sí misma y no está en coherencia con la seriedad de esta película; Candela Peña, pese a ganar el Goya, está muy desdibujada, quizá por defecto del guión; el autor de la banda sonora, Alberto Iglesias, por momentos se copia a sí mismo remedando Hable con ella y, finalmente, el patrocinio de la Comunidad de Castilla La Mancha lastra la película, por muy bella que sea la ciudad de Toledo -donde se desarrollan los hechos-, de encuadres más propios de postales turísticas. Como contrapartida, es necesario destacar las impagables escenas de la terapia de grupo a la que asiste el marido, que obran como anticlímax humorístico y válvula de escape para el espectador.

En cuanto a la realidad brutal de los malos tratos de pareja, hay poco que añadir a lo que casi todos los días aparece en los medios de comunicación. La película deja testimonio de la crudeza de este atroz problema, pero lo hace con sabiduría cinematográfica, proponiendo un relato veraz porque, sobre todo, los personajes están muy creíbles y una secuencia de imágenes sobrias y elegantes, sin caer en el patetismo o la compasión hacia la mujer maltratada. Todos sabemos quién es el verdugo y quién la víctima de la violencia doméstica, y esta película no pretende desvelar secreto alguno ni remediar ningún mal, sólo contar artísticamente una historia, y con eso basta.


Un agnóstico en la corte del obispo. Comentario a "Las rosas de piedra" de J. Llamazares

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Ya que durante el curso apenas leo por placer, sino por obligación, el periodo vacacional lo dedico en buena parte a la lectura que me interesa. El tocho más grande del verano pasado ha sido "Las rosas de piedra" de Julio Llamazares. Creo que el escritor leonés es uno de los grandes narradores vivos del país: ahí están las magníficas novelas "Luna de lobos" y "La lluvia amarilla"; "Escenas de cine mudo", por otro lado, resulta menos acertada (la reseñé brevemente en este blog en la serie de entradas dedicadas a los libros de memorias). Otra cosa son sus artículos periodísticos: los pocos que he leído ni se acercan a mis inquietudes ni me dejaron especial huella.

El presente texto es un libro de viaje por todas las catedrales de la mitad norte de España, que se completará en el futuro, convirtiéndose así en un proyecto literario de larga trayectoria. La literatura de viajes no es algo nuevo para el escritor: ya ha dado a la imprenta "El río del olvido" o "Cuadernos del Duero". Llamazares se plantea las visitas de la siguiente manera: un día entero para cada catedral, museo incluido si lo hay, lo que le permite describir pormenorizadamente cada rincón del monumento (si los horarios le dejan) y entablar conversación con los turistas, fieles o curas que por allí merodeen.

Una serie de constantes se repiten en el libro: las pullas a los sacerdotes (sobre todo por el afán recaudador y la poca atención para los que les demandan alguna peticón, con excepciones, claro), la exaltación del románico como el arte por excelencia, la presencia de tópicos regionalistas, las injusticias comparativas entre autonomías por el dinero que reciben del Estado y la consideración de la catedral como la memoria de los pueblos (la de León, justamente alabada y la de Valladolid, en el lugar que merece: de las más feas de España, pero es que si a su inconclusión se une el espanto del estilo herreriano, no da otro resultado más que ése.)

Libro largo, en formato también contundente, "catedralicio", puede ser un buen acompañante para recorridos turísticos artísticos. El pero fundamental que veo al libro, además de la necesidad de un edición de bolsillo (ignoro si ya se encuentra disponible), es que el reportaje fotográfico particular que acompaña al texto es bastante lamentable: amateur, rácano y tristón, obviable en definitiva.

A pesar de que no comulgo ideológicamente con el escritor, al acabar el libro sentí una gran ausencia: la del agnóstico compañero de un largo y bello viaje por el arte y la historia de la España del norte.

En las fauces del gato. Apuntes sobre "El increíble hombre menguante".

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Después de aburrirme soberanamente con esa pretenciosa película sobre Japón de Isabel Coixet llamada "Mapa de los sonidos de Tokio" (feroz historia de amor, pero pedantemente contada, prefiero en esa línea al novelista Murakami y al director Wong Kar Wai), decidí, para resarcirme, acudir a un clásico en DVD. Para la ocasión, y aprovechando que mi mujer no lo conocía, apostamos por "El increíble hombre menguante" de Jack Arnold. La película la había visto en pantalla grande en Valladolid, en una época en la que el cine Casablanca emitía ciclos, en este caso de ciencia-ficción. En su momento me encantó, y el posterior visionado en DVD (la prueba del algodón en mi caso) ha ratificado la impresión incicial.

Almodóvar en "Hable con ella" rindió un pequeño homenaje al film con Fele Martínez y Paz Vega (como hacían de héroes de cine mudo, no se la escuchaba, ¡qué bien!) en los papeles protagonistas. La escena en que Fele Martínez empequeñecido se introduce en la vagina de Paz Vega está tomada de una de la película original en la que Grant Williams sale de una caja por una pequeña "raja".

La película es una obra maestra del cine, así de rotundo. Sé que se trata de serie B, con poco presupuesto, pero la historia del hombre que como efecto de una fuga radiactiva va menguando está contada con sobriedad y eficacia, los efectos especiales aun hoy en día resultan verosímiles (los decorados agigantados, por otra parte, quizá sean demasiado obvios y por tanto, falsos), traza un certero retrato introspectivo del protagonista ante su angustiosa enfermedad y los actores están, sobre todo, creíbles. La secuencia con el gato que pasa de mascota a enemigo mortal merece mención aparte, es de antología: desde el comienzo, el guión muestra preocupación por mostrar en escena al gato (bebiendo leche, acariciado por el protagonista, jugando con una pelota...), de manera que su cotidianeidad no resulta amenazadora hasta que el protagonista mengua al nivel de un roedor; es entonces cuando el terror se instala en la película por medio de lo más ordinario.

Del final habría mucho que decir. En principio, hay una reflexión existencial religiosa del protagonista que chirría un poco y que parece más que nada una empanada mental, pero también es un acierto dejar el final abierto. Aquí no hay el típico "happy end" hollywoodiense en forma de milagro científico que salve al protagonista y le devuelva a sus proporciones originarias, sino únicamente un hombre que se va reduciendo cada vez más, que acepta serenamente su trágica situación y que cobra consciencia del universo en su plenitud sólo cuando está a punto de formar parte de la nada (¿o del todo?).

El increíble hombre meguante. Universal Pictures Iberia S.L. 1957.


FOTOS DE ELI (IV)

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Nada queda de nuestro palomar blanco...

Nada queda de nuestro
palomar blanco, donde
sentimos el primer
vértigo nada queda
del almendro en el que
imaginábamos lianas
y éramos dos tarzanes nada queda
de la tapia que el mundo dividía
en territorio apache
y en territorio sioux nada queda
del cuarto de las ratas
que olía a viejas historias y tampoco
queda nada me han dicho
de la terraza ni de la
galeria de cristal donde el sol en invierno
se acurrucaba como un gato nada
queda de la escalera
de caracol ya nada
del jardín con castaños con acacias
con ¿qué? donde aprendimos a montar
en bicicleta nada
queda de nuestra casa
primera
Hay una valla
y detrás nada, los expertos
han medido el terreno con sus metros cuadrados
con sus gafas cuadradas han aojado el terreno
con sus zapatos negros han sumado la tierra
de nuestra infancia que hoy no tiene
dónde meterse:
está prohibido
el paso a los ajenos a la obra.

Aníbal Núñez

RESEÑAS ANTIGUAS (I). Juana la Loca en la consulta.

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¿Qué relación hay entre Juana I de Castilla, la Loca, y la visita a una consulta de un especialista en digestivo? En principio, ninguna, a la hora de la verdad, más de lo que parece si el médico en cuestión aprovecha la visita del paciente para soltarle un discursito sobre la infausta historia de la reina castellana. Buena culpa de ello la tuve yo, ya que le di cuerda puesto que es un tema que me interesa y del que escribí hace tiempo; sin embargo, el doctor no me dio cancha alguna y, con mi problema gástrico a cuestas, me vi sometido a una pequeña clase histórica sin posibilidad de meter baza. Para resarcirme, se me ha ocurrido, ya que el individuo en cuestión no puede cortar mi libertad de expresión en el blog, recuperar una de las reseñas sobre este tema que publiqué en Varsovia en la por entonces humilde revista Enlace de la Asesoría Técnica de Educación de la Embajada de España en Polonia, en la actualidad, Consejería de Educación. Son reseñas un tanto desfasadas por su referencia a la actualidad del momento y con una clara intención didáctica de cara al público polaco vinculado al mundo del español; poco a poco, iré colgando alguna más. A propósito, el problema digestivo va solucionándose y el médico parece que va a publicar un libro sobre la reina Juana.



La imagen es bien conocida y pertenece a la historia, no es leyenda: corre el duro invierno de 1506 cuando la reina de Castilla, Juana I, en avanzado estado de gestación, conduce el féretro de su marido, Felipe de Habsburgo (Felipe el Hermoso), por la “terrible estepa castellana” con destino al panteón real de Granada, donde reposa su madre, Isabel la Católica. La joven viuda va cruzando a pie la meseta en macabro cortejo sin detenerse en poblado, ciudad o, incluso, monasterio alguno, para evitar el contacto con mujer joven que pudiera robarle al marido que acaba de morir. El pueblo, desde entonces, la apodó Juana la Loca. Pero ella fue la mujer más poderosa de su tiempo y la primera reina de España.

El Romanticismo no pudo dejar de lado la figura de un personaje que encarna como pocos la esencia del periodo: el pintor Francisco Pradilla retrató la escena anterior en un famoso cuadro y el dramaturgo Manuel Tamayo y Baus obtuvo un gran éxito con Locura de amor, que dramatiza un episodio de su vida. Pero la vindicación de Juana sólo ha llegado recientemente: en las carteleras españolas todavía se exhibe la película de Vicente Aranda Juana la Loca, con la premiada Pilar López de Ayala en el papel protagonista; el film está basado en la obra de Tamayo, y ya había tenido otra versión cinematográfica de espectacular éxito en 1948 con dirección de Juan de Orduña. Pero la obra que rescata definitivamente a la reina es la biografía de M. Fernández Álvarez; se trata de una obra que analiza los raíces del mal de la reina con un espíritu comprensivo y moderno en el marco de las luchas políticas del momento histórico.

Juana de Trastámara ocupaba el tercer puesto en la línea sucesoria de los Reyes Católicos, por ello resultaba difícil que alguna vez alcanzara la corona hispánica, pero la muerte de sus hermanos mayores y del hijo de uno de ellos, la catapultó a la Corona de Castilla, primero, y al trono de España después de la muerte de su padre. Antes de esto, los Reyes la habían casado con el heredero del trono borgoñés y descendiente del emperador haugsbúrgico, Felipe, en una hábil maniobra para aislar políticamente a Francia. Este matrimonio puso en evidencia la salud mental de Juana, por cuanto se hicieron manifiestos unos celos obsesivos y enfermizos y una conducta desarreglada y depresiva, que hicieron albergar dudas en su madre a la hora de laborar el testamento que habría de decidir el futuro regio de Castilla. A la muerte de Isabel la Católica, se vio envuelta en las luchas por el poder en Castilla entre su marido y su padre (rey sólo de la corona de Aragón) que aprovecharon su demencia para alejarla del trono (cuando en verdad ella era la reina de Castilla por decisión de su madre). El resultado de todo esto fue el encierro, ya muerto su marido, en el palacio real del pueblo vallisoletano de Tordesillas junto al cadáver de su esposo; este encierro fue decretado por su padre, pero también mantenido por su hijo, el emperador Carlos I. En este cautiverio pasó los últimos cincuenta años de su vida, olvidada de casi todos.

¿Qué había pasado en su mente para obligar a sus familiares a mantenerla prisionera? Esto es lo que nos descubre el libro: lo primero que hay que decir es que Juana ya tenía antecedentes familiares de locura en la persona de su abuela; su hija María, reina de Hungría, también sufrió un episodio depresivo, que afortunadamente fue tratado a tiempo; pero el factor fundamental, además del genético, que provocó el desajuste en la personalidad de Juana fue el hecho de ser separada de la corte castellana a la tierna edad de quince años para su boda, viviendo su adolescencia en un lugar apartado y extraño a las costumbres hispánicas –la corte borgoñona-; Juana se vio aislada y se refugió de la soledad en el amor del esposo y en el sexo; Felipe temió los arrebatos amorosos de la esposa, pero es que además le era infiel con cierta frecuencia. Todo esto desembocó en celos, accesos descontrolados de furia y una conducta abandonada y abúlica, que se fueron agravando con el paso del tiempo, y de los que sólo recibió de su esposo, primero, y de su padre e hijo después, el encierro para alejarla del poder. Pero ella era una mujer sensible, la más hermosa de los hijos de los Reyes Católicos, culta, aficionada a la música y con buen oído para los idiomas, que se merecía algo mejor que vivir dos tercios de su vida encerrada sin apenas contacto con el exterior.

El autor, sin duda, ha sido presa del encanto y atracción del personaje y trasluce en su libro la lástima por su biografiada; nos da un buen panorama de la política del momento, aunque dedique algún capítulo a asuntos tangenciales a la biografiada; señala a la segunda esposa de su padre Fernando el Católico, Germana de Foix, como la intrigante en la sombra para el encierro y se centra en lo penoso de esos años de cautiverio en Tordesillas de la reina de España con la historia más triste y, a la vez, más atrayente.
Fernández Álvarez, M. Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas. Espasa Fórum. Madrid. 2000.


Delicatessen musical en el Camino de Santiago

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Como contraste al concierto de Klezmática Trío, otro en el que estuve en el mes de julio: el Amsterdam Baroque Choir dirigido por Ton Koopman. Tenía grandes expectativas al respecto porque tengo un disco de este director con los Conciertos de Brandenburgo y realiza una versión, desde mi punto de vista, excelente. El concierto no defraudó: armonía exquisita, profesionalidad, entrega y simpatía. ¡Ah! y al comienzo el presentador advirtió al público de que reservase las ovaciones sólo para el final de la actuación. El marco también excelente: la iglesia románica de Villalcázar de Sirga en Palencia (¡vaya pedazo de retablo!). Dejo un vídeo, que, aunque no es de la actuación en sí misma ni del repertorio que ofrecieron, sí que da una idea del buen hacer del coro y su director.

VARSOVIA BOMBARDEADA: 8 DE AGOSTO DE 2009

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El pasado 8 de agosto Varsovia recibió un bombardeo... de poemas. Iniciativa interesante donde las haya, de la que Abel Murcia en su blog http://altrasluz1.blogspot.com/, ha dado cuenta durante varias entradas. Dejo el vídeo que los organizadores grabaron para el evento:




LA MÚSICA FESTIVO JUDÍA DE KLEZMÁTICA TRÍO

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El 24 de julio pasado asistí en el bonito castillo de Portillo (Valladolid) a un concierto del grupo de música folk Klezmática Trío. Se anunciaba como música judía del este de Europa y estaba formado por dos polacos (violín/viola y contrabajo) y un español (acordeón). En su página web, el violín o viola titular corresponde a un español, ignoro el porqué del cambio en la formación, en todo caso, durante el concierto no se nos informó al respecto. No tocaron mal, pero nuevamente presencié un sarao de los que tan poco me gustan.

Hay un excelente grupo polaco llamado Kroke -Cracovia en yiddish-. En alguna de mis entradas lo he citado o he incluido alguna canción suya. Empezaron como trío, haciendo música klezmer; esta expresión hace referencia al folklore de las comunidades judías asquenazíes del centro y este de Europa: la banda sonora de “El violinista en el tejado” puede dar una ligera idea de sus características. Su música ha triunfado, relativamente, en buena parte de Europa gracias al espaldarazo recibido por el violinista Nigel Kennedy, quien grabó con ellos esa maravilla llamada “East meats east” (en la estela también del klezmer). La formación y el repertorio han ido evolucionado hacia el cuarteto y la música “ambient”/jazz/minimalismo sin perder nunca el norte del klezmer. Aún no los he visto en directo, ni en Polonia, ni en España, y es una asignatura que tengo pendiente, a ver si en alguna de sus giras por España, no tan raras, se acercan por Sevilla.

El concierto de Portillo prometía, pues, un acercamiento a Kroke. Klezmática, debo decirlo, imita (en término suave) a Kroke: misma formación e instrumentos, igual vestimenta (salvo los sombreros) y la mitad de las canciones del concierto las conocía por Kroke; sin embargo, en ningún momento, los miembros del trío hicieron referencia a Kroke, que creo que son su referencia fundamental, incluso diría que su razón de existencia. Y ello no sucedió porque el grupo no se dirigiera al público, ya que, sorprendentemente, sí que lo hicieron por medio del contrabajo polaco que fue presentando las canciones. Y aquí es donde me quiero detener, para justificar el título de la entrada.

Me gustan los conciertos en los que los protagonistas se dirigen al público, presentan las canciones o incluso bromean de vez en cuando, pero sin pasarse de la raya. Desde mi punto de vista, el polaco cometió un error de bulto en su intento de caer bien al público: en su primera intervención comentó que algunas canciones suyas eran para meditar y otras para divertirse y dar palmas; una vez que el público escuchó esto, ya cualquier canción o parte de ella era motivo para las dichosas palmas, jaleado esto por el propio grupo. Y ahora me pregunto: ¿la música tradicional judía puede ser motivo para la verbena permanente y el jolgorio? Dice C. Sandford en su libro sobre Polanski (mi última entrada) que no hay nada más triste que un libro de memorias de un polaco, y yo completo: de un judío polaco. Todos sabemos la difícil vida del pueblo de Israel: persecuciones, inexistencia como Estado, pogromos..., a pesar de ello, a lo largo de los siglos han mantenido su cultura y religión; la música klezmer da cuenta de todo esto. No quiere decir que sea toda ella triste y para echarse a llorar: las fiestas o bodas dar lugar a bellas y alegres canciones judías, pero hay un fondo de amargura en la música klezmer que no es más que reflejo de la historia de su pueblo. Por tanto, hacer una verbena de un concierto klezmer es un poco incongruente. Además, nunca me ha gustado asistir a un concierto para escuchar las palmas del público que me rodea.

Debo repetir que los músicos no tocaron mal, que fue agradable recordar las canciones de Kroke y que el castillo de Portillo es un magnífico escenario, pero no salí con buen sabor de boca del evento. Otro comentario del contrabajista, identificando la lengua hebrea con el yiddish, no pasó de ser una anécdota torpe. En fin, ya presencié un sarao literario en Sevilla, del que hice una entrada en el blog y he vuelto a asistir a otro sarao en mi tierra. Lo del “buen rollo” parece que no conoce regiones ni fronteras. ¡Qué lástima!


EL POLACO FOLLADOR. Reseña de "Polanski. Biografía" de C. Sandford

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Perdón por la grosería del título de esta entrada, pero no es invención mía, sino palabras textuales de uno de los conocidos de Roman Polanski de su etapa hollywoodiense, que el autor de la biografía cita pero sin dar el nombre. También dice esta anónima fuente que la cifra de citas amorosas del cineasta era de más de doscientas anuales. El atractivo físico del cineasta es más que discutible: de baja estatura y nariz respingona, sólo se comprende esta frenética actividad sexual por una adicción al sexo que encontraba fácil satisfacción en ese ambiente cinematográfico en el que jóvenes actrices esperaban acceder al estrellato a través de la cama. Como botón de muestra: tan sólo dos meses después de la tragedia que le sacudió con lo sucedido en torno a su mujer Sharon Tate, buscó consuelo en los brazos de otras mujeres como terapia emocional.

Quiero aparcar, por lo menos de momento, este sorprendente lado de la personalidad de Polanski, para centrarme en otros aspectos que pone al descubierto esta biografía no autorizada del director polaco. Primeramente, abordo su nacionalidad. Rajmund Roman Thierry Polański nunca ha ejercido demasiado de polaco. Nacido en París de madre rusa, con doble nacionalidad franco-polaca, emigró desde Polonia con 28 años en busca del éxito cinematográfico: Londres, París y Hollywood han sido y son sus lugares de residencia; además, ha pasado largos periodos de su vida sin recalar en territorio polaco (hasta quince años). Hay que ver a Polanski como un personaje cosmopolita, ciudadano del mundo, que ha vivido allí donde pensaba que podía triunfar. Es cierto que su infancia y juventud los pasó en Polonia, que se formó en la famosa escuela polaca de cine de Łódź, que ha afirmado que se siente polaco y que le hubiera gustado fijar su residencia en Polonia (la dictadura comunista jugó en contra de esta intención), y que allí donde ha vivido ha estado siempre en contacto y ha ayudado a la colonia polaca; sin embargo, su cine ni “de facto” ni en pretensiones ha intentado indagar en la idiosincrasia del ser polaco a la manera de, por ejemplo, Andrzej Wajda. En esto no hay un juicio de valor, ni mucho menos, sino sólo la constatación de un hecho, es más, mi opinión personal es que el cine posee un lenguaje universal y que sólo las películas localistas que conectan con el sustrato y la psique más profunda del ser humano alcanzan verdadero relieve internacional.

Esta biografía pone el énfasis en dos hechos de la vida de Polanski que no sé si son los fundamentales, pero sí los más mediáticos y escabrosos: el asesinato de su mujer por la secta de Charles Manson y la huida de EE.UU. como consecuencia de la más que posible condena por la práctica sexual con una niña de trece años. Sharon Tate era una explosiva y, a la vez, refinada belleza de veintiséis años embarazada de ocho meses cuando fue brutalmente asesinada en su casa de Los Ángeles, junto a unos amigos de la pareja, por unos salvajes bajo órdenes del lunático Manson, mientras su marido ultimaba los preparativos de su nueva película en Londres. Corría el año 1969 y después de mucho esfuerzo y valentía todo le sonreía a Polanski: su filme “La semilla del diablo” se había convertido en éxito internacional, estaba casado con una actriz joven y bella (la película de su marido “El baile de los vampiros” da fehaciente testimonio -incluyo fotograma de la misma-) que le iba a dar un hijo y él estaba ilusionado con la paternidad; los móviles del crimen no fueron racionales, es más, cuando los miembros de la “familia” Manson irrumpieron en la casa de los Polanski para sembrar el terror en la finca, no eran conscientes de a quiénes iban a asesinar; la repercusión mundial del homicidio fue puramente fortuita. Manson y sus acólitos formaban una comuna pseudo hippie de delincuentes reincidentes que decidieron protestar a su manera contra los ricos que se asentaban en las fincas anejas a Hollywood llevando a cabo una campaña de guerrilla urbana (“Helter Skelter”, interpretación horrenda de una canción de The Beatles); la cifra que tras su detención se barajó supera los cuarenta asesinatos, pero el 8 de agosto del 69 les tocó a Sharon Tate y a los infortunados invitados que por aquel entonces tenía en casa. El golpe para Roman fue brutal: abandonó definitivamente el proyecto de la película que tenía entre manos, no volvió a dirigir hasta dos años después, se sumió en una etapa depresiva y neurótica que le llevó a investigar por su cuenta el crimen, con tácticas detectivescas, entre sus propias amistades. Seguramente nunca se haya recuperado del mazazo vital que supuso la desaparición de Sharon Tate de su vida y solamente haya alcanzado el equilibrio emocional al lado de su tercera y última esposa, la también actriz Emmanuelle Seigner. Es necesario mencionar, sin embargo, que la pareja Tate/Polanski formaban un matrimonio ciertamente peculiar; la fidelidad conyugal no figuraba entre sus mandamientos, aunque esto no resultaba especialmente problemático en su relación: Sharon aceptaba las frecuentes aventuras de su marido como caprichos pasajeros, pero es que ella tampoco renunció a sus amantes previos, de hecho, uno de ellos estaba en la casa ese día fatal; y, como he comentado antes, apenas dos meses después del fatídico desenlace de la vida de su mujer, ya estaba Polanski en los brazos de otras mujeres para “recuperarse”.



Enlazando con esto último, el episodio pedófilo de ocho años después hubiera supuesto el final no sólo profesional, sino también humano para cualquiera con menos voluntad de supervivencia que Roman Polanski (esta afán para sobreponerse a las dificultades seguramente tenga mucho que ver con su infancia, más adelante lo comentaré). En 1977, nuevamente la vida le sonreía a Roman. Se encontraba en su cumbre artística con “Chinatown” y los estudios se le disputaban; la época en la que debía luchar a brazo partido con los ejecutivos para los presupuestos de sus películas parecía que había quedado atrás. En esta situación, el reportaje fotográfico que le estaba haciendo a una niña de trece años acabó en un jacuzzi con champán, narcóticos y sexo; la posterior denuncia de la madre supuso una larga serie de acusaciones contra Polanski, que se redujeron por consentimiento de éste mismo a “prácticas sexuales ilícitas”; tras frecuentes entrevistas entre sus abogados y el juez, pasó dos meses en la cárcel preventivamente con la esperanza de que esto fuera suficiente, pero a la salida, ante la expectativa de que el juez se viera obligado por las presiones mediáticas a ordenar una nueva reclusión (y ya por un periodo más largo y sin determinar) huyó del país y, aprovechando la doble nacionalidad, se asentó en París (ya no abandonaría esta ciudad). Los hechos antes mencionados parecen claramente incriminatorios, sin embargo, hay elementos atenuantes: la “niña”, a pesar de la edad, no lo era tanto y ya tenía experiencias sexuales previas y con drogas; el sexo parece que fue consentido por la menor (aunque esto no está suficientemente aclarado) y la responsabilidad de la “ultrajada” madre es grande cuando deja sola a su hija con el director durante varias sesiones fotográficas íntimas (el interés lucrativo de la empresa no debe quedar de lado). Aun así, Polanski era un adulto de más de 40 años que no debía haber aprovechado su posición y fama para drogar y “forzar” a una menor a tener relaciones sexuales. Aquí entra en juego lo comentado al principio de esta reseña: la adicción al sexo de Polanski, así como la preferencia reconocida que siempre ha tenido por las mujeres jóvenes. En todo caso, esta práctica con la menor no fue la única de su vida: Nastassia Kinski también sabe de las “habilidades” de Polanki, aunque en este caso ni hubo denuncia ni intención familiar de aprovecharse de la situación. Su condición de prófugo de la justicia le obligó a no asistir a la ceremonia de la academia americana que finalmente le concedió el Oscar al Mejor Director por “El pianista” en 2003.

Aparte de estos dos hechos claves de su vida, es necesario mencionar otros aspectos para cuadrar la imagen del cineasta. Aunque no practicante, es de origen judío y esto está en el origen de la traumática (aunque él ahora no la vea así) infancia: su madre fue gaseada en Auschwitz, su padre fue internado también en un campo de concentración (aunque no pereció allí) y Roman se vio lanzado al mundo para sobrevivir solo, alojado en diferentes familias y huyendo de la persecución nazi; como consecuencia, apenas asistió a la escuela y se crió de una manera bastante salvaje. Como cineasta es famoso por la dureza a la que somete a los actores durante el rodaje: jornadas intensas y con múltiples tomas de la misma secuencia, pero es que él también es muy exigente consigo mismo; Roman es el primero en acceder al plató y el último en abandonarlo; además, el hecho de ser actor le hace implicarse durante el rodaje aun más y ejecutar el papel de sus protagonistas.

La imagen con la que se sale de la lectura de este libro es la de un personaje muy especial. Cineasta genial, recurrente en algunas obsesiones como el enclaustramiento, la maldad y las perversiones, autor de obras herméticas como “El cuchillo en el agua” o “El quimérico inquilino”, pero también de éxitos internacionales que nunca pretendieron adaptarse al público como “La semilla del diablo”, “Chinatown” o “El pianista”; un ogro en el plató, pero en aras de la perfección y un gran conocedor de las particularidades técnicas del arte del cine. En cuanto al aspecto personal, parece que deja bastante que desear como ser humano en cuestiones morales, aunque hay que tener en cuenta las especiales condiciones que sufrió en su infancia. Su libro de memorias, “Roman por Polanski”, puede servir de contrapeso para esta última aseveración.

A sus 69 años ha sido el director más viejo en obtener un Oscar al Mejor Director, posteriormente ha realizado la correcta aunque algo anodina “Oliver Twist”. La sorprendente vitalidad y buena forma física que parece que disfruta todavía nos pueden deparar alguna grata sorpresa, y esperemos que sea sólo cinematográfica.

Sandford C., Polanski. Biografía. T&B Editores. 2009.


No todo es Bob Marley en el reggae

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Para desengrasar la temática de la entrada anterior, una canción veraniega, y a pesar de ello, espléndida. Su autor, un gran olvidado del reggae/soul, Jimmy Cliff. ¡A disfrutar!

¡Señoras y señores! Con todos ustedes... LA MUERTE

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No soy necrófilo, pero entre mis obras artísticas favoritas figuran Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, Antología de Spoon River de E. L. Masters, Pedro Páramo de Juan Rulfo o El séptimo sello de I. Bergman. Creo que vivimos en una sociedad que da la espalda tajantemente a la realidad de la muerte, pero ¿por qué? Para un creyente debería ser un simple paso, una puerta que le conduzca a una realidad más plena, para los no creyentes es un hito más de la vida en la tierra; sin embargo, se le tiene pánico, se mira a otro lado, como si con estas actitudes se pudiera evitar su llegada. Falsedades de una sociedad hipócrita y hedonista hasta los tuétanos. En la Edad Media, por el contrario, su presencia era constante y como testimonio, la imaginería literaria y pictórica de la época.

Todo esto viene a cuento de dos situaciones recientes. Una, la fotografía del suicidio del gran escritor austríaco de entreguerras Stefan Zweig y su esposa, que ha colgado David Torres en la última entrada de su blog, reseñando un libro de Zweig. Dos, acabo de ver la película japonesa ganadora del Óscar Despedidas, que trata de un embalsamador.

En cuanto a la foto (que inicia esta entrada), hay que reconocer que es brutal. Dos enamorados abrazados en su instante final voluntario. Asusta un poco mirar de frente a la muerte en esta foto sepia que capta la realidad en toda su crudeza, pero hay que reconocer que no deja de existir lirismo en ese abrazo mortal.

En lo que respecta a la película, el protagonista es un violonchelista en paro devenido en paria social por tener que dedicarse a una profesión rechazada por todos a causa de su contacto físico con la muerte. Sin embargo, a lo largo de la película hay escenas bellísimas (otra vez lo poético de la muerte) del ritual del embalsamamiento y termina en un largo y almibarado final de media hora en el que el protagonista se reivindica ante amigos y esposa: en el amortajamiento se ha convertido en un experto en el trato con la muerte, haciendo recobrar la imagen "viva" del fallecido en los familiares que asiten a tal proceso.

La muerte está a nuestro alrededor afectándonos a todos los seres vivos, no sólo a los humanos; su presencia no debería asustarnos; pero para convencernos de esto, habría que cambiar de mentalidad. Como afirma Juan Manuel de Prada: "nada escandaliza tanto a las sociedades idolátricas como afrontar la muerte con naturalidad".


FOTOS DE ELI (III)

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CAMPOS ATARDECIDOS

El poniente de pie como un Arcángel
tiranizó el camino.
La soledad poblada como un sueño
se ha remansado alrededor del pueblo.
Los cencerros recogen la tristeza
dispersa de la tarde. La luna nueva
es una vocecita desde el cielo.
Según va anocheciendo
vuelve a ser campo el pueblo.

El poniente que no se cicatriza
aún le duele a la tarde.
Los trémulos colores se guarecen
en las entrañas de las cosas.
En el dormitorio vacío
la noche cerrará los espejos.

Jorge Luis Borges

HAIKUMANÍA

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En la entrada del 13 de febrero di, sin darme cuenta, el pistoletazo de salida para algo que se me ocurrió tras la lectura de la traducción de un haiku polaco: el encadenado de haikus. Lejos de quedarse el intento en esa entrada, la idea parece que tuvo éxito y por medio del grupo de trabajo que tenemos en el Centro, algunos compañeros decidimos hacer una cadena de haikus para dinamizar la página web del instituto; el resultado final fue de 24 poemas; ahora me decido por publicar en el blog alguno de ellos; los que están en cursiva son míos.

Sólo me resta dar las gracias a los compañeros que hicimos esta cadena: Alberto, Antonio, Juan, David, Menchu, Rosa y a aquellos que, sin atraverse a componerlos, nos animaron en el empeño. He aquí el humilde resultado -con la selección, alguno ha perdido el encadenado, es decir, la palabra del haiku anterior en el que se inspiraba-:

Grieta en la noche,
la luna palidece;
despunta el alba.

Muerta la luna,
el horizonte pare
al sol radiante.

Llegó el día
trayendo la mañana;
huele a café.

Con tus cabellos
acaricias mis ojos
llenos de besos.

En la indigencia
de tu cuerpo desnudo
besos son sueños.

Tu cuerpo blanco
incendia mi memoria
bajo la luna.

En esta tarde
que no me miras, brillan
también tus ojos.

Las cruces marcan
el territorio muerto
de la memoria.

Entro en el aula,
estéril territorio,
termina el sueño.

Mayo se asoma:
las ventanas presagian
soles maduros.

Tierra de Campos:
presagias soledad
cual mar ausente.

Campos celestes,
inundados de estrellas,
cubren los sueños.

Cruzo el umbral.
Mi destino se cumple
definitivo.

¡Qué sin razón!
No existe más destino;
de sofá cambias.

El sofá guarda
la forma de tu cuerpo:
bello recuerdo.

Tiempo acabado.
Vigilante el recuerdo
sabe encontrarte.

Y me despido
encadenando haikus;
pasó mi tiempo.


DÍA DEL ESPAÑOL EN CRACOVIA

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El programa de RNE "No es un día cualquiera" viajó a Polonia, al Instituto Cervantes de Cracovia, para celebrar el pasado 20 de junio el día del español. Un día muy tímido, dicho sea de paso, porque apenas tuvo repercusión en las medios de difusión.

Dejo la entrevista que les hizo la presentadora a Abel Murcia y Tomasz Pindel.


SÓLO QUEDAN TRES HOMBRES SIN PIEDAD

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Era por 1973 y TVE emitía en el espacio teatral Estudio 1 la obra de Sidney Lumet 12 Angry Man, premiada en el Festival de Berlín y nominada a los Óscars, con el título de Doce hombres sin piedad; con ella, Estudio 1 lograba uno de sus éxitos más rotundos, en un camino jalonado por la puesta en escena de las más importantes obras de la historia del teatro en casi 20 años de duración.

12 Angry man fue la primera incursión de Sidney Lumet en el cine; basada en una obra de teatro de Reginald Rose, sitúa a los doce miembros de un jurado en la situación límite del encerramiento en una pequeña sala, con un calor sofocante y con la espada de Damocles de una decisión sobre una condena por asesinato. Con el paso de los minutos, cada uno va poniendo de manifiesto su carácter, y con él surgen las discusiones, amenazas, filias, traumas personales y relaciones de dominio y sometimiento. El jurado número 8, Henry Fonda, el supuesto "bueno” de la película, logra llevarse el gato al agua y evitar la pena máxima tras ir desmontando uno a uno los frágiles argumentos del fiscal y de cada uno de sus compañeros, sin embargo, el espectador no puede dejar de pensar que ha asistido nada más que a un juego de roles, en el que quien tenía el carácter más fuerte ha sabido imponerse a los demás con habilidad y dominio.

La versión de TVE mantiene la ambientación americana, el guión y la puesta en escena (a pesar de que por aquellas fechas las deliberaciones de un jurado eran algo ajeno a la sociedad española); la razón del éxito está en la elección de los actores, el reparto quita el hipo: José Bódalo, Manuel Alexandre, José María Rodero, Ismael Merlo, Rafael Alonso, Carlos Lemos, Antonio Casal, Luis Prendes, Pedro Osinaga, Jesús Puente y Sancho Gracia (quizá este último desentone un poco). Actores “made in Spain”, forjados en el teatro, sin el glamour de un Henry Fonda, un poco paletos, si se quiere, pero sencillos, creíbles en su humildad, sin los aspavientos a los que estamos acostumbrados en las últimas hornadas de actores. Protagonistas de una época dorada del teatro, de la televisión, sí también del cine, a pesar de no contar todavía con los premios internacionales que ahora adornan la cinematografía hispana. Actores sin más, en una época "preceja".

Pues bien, el pasado día 15 murió uno de ellos, Fernando Delgado, protagonista además de la primera obra de Estudio 1, La rosa de los vientos. Con su desaparición, sólo quedan vivos tres hombres sin piedad: Pedro Osinaga, Sancho Gracia y Manuel Alexandre.

ADAM ZAGAJEWSKI EN LA CARRERA DEL NOBEL

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Parece que su nombre empieza a sonar fuerte en los mentideros culturales como futuro premio Nobel de Literatura. Hay una baza que juega en contra del escritor polaco y es la concesión en 1996 de este galardón a su compatriota Wisława Szymborska. Aunque los designios de los académicos suecos son inescrutables, el nombre de Adam Zagajewski es internacionalmente reconocido gracias a importantes premios recibidos en Francia y Alemania. En español se cuenta ya con bastantes traducciones de su obra en prosa y verso gracias a las editoriales Pre-Textos y Acantilado, por lo que un futurible galardón de la Academia sueca no nos debería pillar desprevenidos, como sí sucedió en el caso de Szymborska.

Un somero repaso biográfico del autor nos conduce a una vida nómada. Nacido en Lvov, actual Ucrania, pero en su momento parte de Polonia, tras la II Guerra Mundial y la “patada geográfica” que se le dio a las fronteras polacas de este a oeste, fue trasladado junto a su familia a Silesia, territorio ganado a los alemanes en la misma medida que Polonia perdió sus límites orientales en favor en aquel momento de la URSS. Ya de joven se trasladó a Cracovia, donde estudió Filosofía y Filología y empezó a ejercer como escritor. El opresivo ambiente comunista le llevó a Francia donde emigró, para posteriormente asentarse en Houston como profesor universitario. En 2002 retorna a Cracovia, tras confirmarse el asentamiento de la democracia en los países del Este y el derrumbe definitivo del telón de acero. Adam Zagajewski es poeta, novelista, ensayista y traductor; su obra poética escogida ha figurado durante bastante tiempo como libro más vendido de dicho género en nuestro país.

He leído recientemente dos dietarios suyos, “En la belleza ajena” y “Dos ciudades” (2003 y 2006, respectivamente). Los dietarios no son un género ensayístico muy de mi agrado. Prefiero los libros de memorias: la coherencia y homogeneidad de una vida contada, frente a la dispersión del “escribo lo que me parece” en la que se convierten, en general, estos textos; en este sentido, ambos libros, especialmente el primero, no son una excepción. El autor mezcla de todo: descripciones de las ciudades de Lvov -el paraíso perdido- y Glivice -fea ciudad industrial-, recuerdos de su vida estudiantil en Cracovia, reflexiones sobre la poesía, notas sobre escritores preferidos u obras musicales, colección de aforismos, etc. Sin duda, lo mejor de estos libros son esos fragmentos autobiográficos en los que da cuenta de su ciudad natal, Lvov (cuna también de Stanisław Lem) y de su juventud cracoviana. Es aquí donde se perciben las grandes dotes narrativas del autor y la calidad poética de su prosa.

Me gusta especialmente “En la belleza ajena”, cuando se centra en Cracovia. Algo tendrá esta ciudad que le hizo afirmar a nuestro José Hierro que en su vida había tres ciudades predilectas: Venecia, Nueva York y… Cracovia. La relación que mantiene Zagajewski con ella es de amor-odio: “Ésta es una hermosa ciudad. Esta ciudad no es hermosa. Ligera como el Renacimiento y pesada como el plomo”. El escritor se sentía atraído por Cracovia: su belleza monumental, el ambiente cultural y el peso histórico- cultural de la ciudad eran bazas más que suficientes para fascinar a un escritor joven y provinciano como él; lo que le repelía a Zagajewski era el lastre del comunismo sobre la ciudad: los grises edificios de nueva construcción, la falta de libertad intelectual y el partidismo en la enseñanza universitaria; a estos elementos negativos une la amargura invernal, aspecto este del que toda Polonia en general no puede huir y que forma parte, para bien o para mal, de su idiosincrasia. Es en la descripción de los ambientes y las personas que conoció donde radica la amenidad y trascendencia del libro: impagable el fragmento en el que cuenta las veladas dialécticas entre un joven y simpático cura y un tío suyo, profesor universitario y agnóstico, en torno a la existencia de Dios -con el paso de los años, el profesor se convirtió por influjo de ese joven cura llamado Karol Wojtyła.

Cuando el autor se adentra por el camino oscuro de las reflexiones, digresiones filosóficas, aforismos, ocurrencias… los libros pierden peso, o mejor dicho, lo ganan en favor de una insufrible pesadez intelectual y narrativa. Lástima que Adam Zagajewski no se decidiera por escribir unas memorias canónicas, una autobiografía en definitiva, que nos hubiera dado cuenta de una vida, sin duda, atractiva por su diversidad; de esta manera, deja al lector, lamentablemente, con la miel en los labios.