"El niño", Daniel Monzón

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Daniel Monzón no parece un director español. Quizá por ello sería su nueva obra la más indicada para optar a los Óscar de la próxima edición y, así, nuestro cine podría resarcirse de tanto fracaso consecutivo (¿alguien recuerda cuál fue la última película española seleccionada por la Academia de Hollywood?). Su trayectoria cinematográfica da cuenta de un director que se va apropiando de diversos géneros/formatos y construye una obra con oficio y técnica, sin sorpresas, pero de buena factura. ¿No era esto lo que hacían los maestros del Hollywood dorado? A Monzón sólo le falta, en este sentido, un melodrama, aunque los tiempos no están, lo entiendo, para excesivas florituras.

El niño narra una trama policial con el trasfondo del tráfico de drogas en el Estrecho. Dos líneas argumentales -si bien es cierto que relacionadas y que confluyen al final- pugnan por llevarse la parte del león y ahí está precisamente su debe, en el guion: la historia de los policías acaba minimizada, cojea por falta de introspección (sí, "el personaje de Tosar está desaprovechado", es la tesis que rondará por la cabeza de muchos espectadores), mientras que la de los maleantes se hipertrofia, demorándose en una historia de amor empalagosa y rodada con excesiva premiosidad. Nadie podrá negar, sin embargo, que las escenas de acción son emocionantes y tienen una factura que no envidia nada a cualquier producto de mercadotecnia americano -aquí enlazo con el primer párrafo-, pero más afines al espíritu español, obviamente. Jesús Carroza se destaca como la estrella de la película: es cierto que no necesita actuar, que es su papel de siempre, pero ésas eran las críticas que recibían John Wayne y Cary Grant, ¡ahí es nada! En su contra, también, el afán cargante por reproducir el acento andaluz (colmo la entrada con otra interrogación retórica: ¿nadie ha pensado seriamente en incluir subtítulos?). Asimismo, la banda sonora no es, precisamente, un prodigio de sutileza.

Licantropunk da cuenta en su blog de la película con más perspicacia, como siempre, de la que yo pudiera hacer gala.

Lecturas veraniegas

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  • Victus, Albert Sánchez Piñol. Ahora que el Instituto Cervantes le ha hecho publicidad gratis al autor revocando una charla sobre su libro en Utrech, es buen momento para rescatar esta novela de 2012. La obra suya que prefiero con mucho es La piel fría, un prodigio en la estela de Solaris con una temática "lovecraftiana". Victus, por su parte, se inscribe en el género histórico al modo galdosiano: protagonista ficcionalizado, aunque con base real, inmerso en la vorágine histórica, en este caso, el asedio de Barcelona durante la Guerra de Sucesión. No entro en las verdades de la Historia, ni me importa, sino en la verdad literaria, y la extensa obra es verosímil, además de incluir grandes dosis de parodia para ambos bandos contendientes.
  • El canto de la sirenas, Eugenio Trías. Monumental obra sobre la música clásica. El filósofo le puede al divulgador, lo que convierte este ensayo en especializado por la terminología y las referencias utilizadas. Se trata de una colección de artículos sobre las principales figuras, según el autor, de la música clásica. Cuestionable cuanto menos es la ausencia de algunos autores clave, puesto que la tesis de Trías es que sólo lo innovador merece la pena. Asimismo, resulta chocante algunas analogías con determinadas obras cinematográficas, con las que el autor pareciera querer rebajar el tono del texto y acercar sus reflexiones al lector común.
  • Todos los buenos soldados, David Torres. Afortunadamente hemos recuperado al autor madrileño, después del descalabro de Punto de fisión. A David Torres se le atragantan las empresas de altura: ni El mar en ruinas (parodia de la Odisea), ni la antes referida, resultan obras acertadas puesto que pecan de exceso en sus pretensiones. La ahora minirreseñada cuenta un episodio de la larga guerra de Marruecos, esta vez en plena época franquista y con Gila como secundario de lujo. Las bases de novela negra y costumbrismo -donde David se desenvuelve como gato panza arriba- permiten que la novela se configure como un texto notable, que envidia poco a El gran silencio o Niños de tiza.
  • Recuerdos de Gustav Mahler, Alma Mahler. La famosa "devoradora" de artistas cuenta los recuerdos de la vida que compartió con el insigne compositor y director de orquesta. Destacan tanto la admiración por el artista, como el cuestionamiento del hombre privado. La amargura de su puesto secundario se va trasluciendo poco a poco en el avance de la lectura. Aun así y a pesar de que sus recuerdos haya que ponerlos en cuarentena, es un libro de memorias interesante, escrito con soltura.
  • El ruido eterno, Alex Ross. Imprescindible libro sobre la música del siglo XX, especialmente la clásica. Con ánimo divulgativo, el autor no escatima los tecnicismos musicales, a la vez que ofrece una visión coherente de la música y sus protagonistas para aquellos que deseen iniciarse. La implicación entre lo culto y lo popular es la vía que el autor explota para la viabilidad de la música clásica en el futuro y la recuperación de su valor otrora.

Toni Cantó ante Rajoy. Microrrelato

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Mariano Rajoy estrecha la mano de Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa. AFP. 28/07/2014

"Cuando llegó era un niño delicado, / no quería mancharse / jugando en el descampado. / Era un tipo legal, / un amigo, un aliado." (Manuel Raquel, Tam Tam Go!)

Se presentó en la Moncloa radiante. Plantando cara a las cámaras e insultantemente joven y apuesto, exhibía una sonrisa de campaña presidencial norteamericana y venía dispuesto a insuflar vida a esa rosa desmayada e intubada por el científico de la calva y la barba rala. El otro, tranquilo, avezado en esto de los advenedizos, no tuvo más remedio que estrechar su mano en el rutinario gesto para la prensa, pero su mirada, aun en escorzo, lo delataba; un asomo de duda, de perplejidad, azotaba su gesto de gallego: "¡Manda carallo! Me anuncian al nuevo jefe de la oposición y me doy de bruces con el petimetre de Toni Cantó".

"Llenar el vacío", Rama Burshtein

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Malos tiempos para Israel. Pero, ¿acaso lo han sido buenos alguna vez? A las condenas más o menos oportunistas de la campaña antiterrorista iniciada hace algunos días en Gaza, se suma, en materia específica de este blog, la casi coincidencia en la cartelera de sendas películas de los bandos enfrentados, la palestina Omar y la israelí Llenar el vacío. Si la primera trasciende el enfrentamiento armado para ofrecer un mensaje intemporal sobre la problemática de las relaciones personales y los sentimientos humanos, la segunda tiene una malsana ideología centrípeta: no existe nada más allá de la comunidad ultraortodoxa jasídica alrededor de la que gira la totalidad de la trama del filme y a la que pertenece asimismo su directora, Rama Burshtein.

La protagonista, Shira, es una joven judía a la que intentan convencer para que se case con su cuñado, tras enviudar repentinamente éste de su joven esposa, hermana de Shira. La boda resolvería el problema del cuidado que requiere su primogénito y la marcha del viudo a Bélgica, donde tiene concertado otro matrimonio. Pero esta solución no tiene en cuenta los anhelos de la joven, quien ve cómo de pronto su prometido, de la misma edad, la repudia. La hora y media de metraje de la película es una constante agonía interior de la chica, escindida entre sus deseos y su obligación, a la vez que un documento folclórico de las costumbres de la comunidad hasídica a la que pertenecen todos los personajes del filme.

El problema de la película no radica tanto en el credo subyacente; al fin y al cabo, la pertenencia a determinados grupos sociales, aunque intransigentes, es muestra de una decisión vital perfectamente respetable, como en la estrechez de miras, el continuo contemplarse el ombligo y una estética irritante: frenesí de planos medios cortos, puesta en escena claustrofóbica y una fotografía que pretende elevar el color blanco tipo Ariel a la categoría de arte -véase el cartel-; elementos que alejan a este espectador y le provocan rechazo. Ni siquiera la sobrevalorada interpretación de Hadas Yaron como Shira, premiada en Venecia, amortiza el precio de la entrada. Sí, parafraseando fácilmente el título, es difícil llenar el vacío que implica el visionado de esta obra.

"Omar", Hany Abu-Assad

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Si alguien hubiese querido apreciar significativamente por medio del celuloide -al margen de calidades estéticas- cuál es la situación de desamparo de los palestinos en la Cisjordania árabe no debiera haber dejado escapar la proyección de la película canadiense Inch´Allah de Anaïs Barbeau-Lavalette hace, por estas fechas, un año. Ahora bien, que nadie en este momento pretenda tal cosa con el filme palestino Omar de Hany Abu-Assad, actualmente en cartelera. La nacionalidad de la obra no deja lugar a dudas sobre el lado del que se inclina la balanza de simpatías en el conflicto, sin embargo, el director ha sabido escapar a la tentación panfletaria, para centrar su película en un drama personal de amores, traiciones y fidelidades. Por esto, es digno de aplaudir su filme y, por esto, va a escapar a la coyuntura temporal y quedar en la retina de los degustadores de buen cine, más allá de tesituras ideológicas y circunstancias históricas mutables.

Omar es un joven panadero palestino enamorado de la hermana del cerebro de una pequeña célula terrorista latente, de la cual él mismo también es miembro. Para ver a su joven amada, debe arriesgar la vida salvando el muro israelí que separa sus localidades. Con la sangrienta entrada de la célula en acción, se desencadena el verdadero conflicto de la obra: es entonces cuando aparece en escena el jefe judío de los servicios de inteligencia, motor de la tragedia (y posterior venganza) de Omar y motivo último de su drama personal; la presencia de un traidor árabe que delata ante los judíos a sus compañeros y la intriga de su descubrimiento no son esenciales, la película no es una obra de espionaje ni un thriller. Con el apoyo de una pareja de protagonistas jóvenes, bellos y muy naturales en su interpretación, el director estiliza la puesta en escena y la fotografía lo justo para crear una obra de arte, no un mero documento histórico; además, el simbolismo de algunas escenas (en la celda de aislamiento o la ascensión repetida del muro) teje una red interpretativa múltiple para un receptor perspicaz.

Las elipsis extrañas, las mutaciones injustificables en la cara del protagonista y un enredo demasiado "enredado" del supuesto thriller, no deberían quitar mérito a una obra cuajada. Tampoco es mérito mío descubrirlo, los premios y nominaciones ya avisan de ello. El año ya ha deparado dos obras maestras: la polaca Ida y ésta, todo lo que venga después será un añadido grato. El centro de gravitación cinematográfico se sitúa, de momento, en el extrarradio. ¡Ah!, un aviso para navegantes: el final, aunque previsible en su instante postrero y crítico, sacude el ánimo del espectador como un latigazo.

Relato familar

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DUELO

Siento que alguien camina a mi lado, que sube conmigo las escaleras, que permanece de pie mientras duermo, mirándome desde lejos para no perturbar mi descanso. No es una presencia notoria, es, simplemente, un hálito de la noche que se cuela en mi habitación, una nube que cruza mi espacio durante el día, una y otra vez. No creo en fantasmas; lo que no atrapan los sentidos no existe en mi vida, así que supongo que todo esto no es sino producto de mi cerebro que recibe a manos llenas las sustancias químicas de los medicamentos.

Desde que murió mi marido y la casa se quedó medio vacía, la tristeza se adueñó definitivamente de mí y me convertí en su marioneta. Levantaba un brazo porque él me lo pedía, cogía una taza vacía que después volvía a colocar en su sitio, abría los ojos sólo para mirarlo a él. Así estuve durante más de un mes hasta que una familiar lejana, Domi, vino a verme y, casi sin mediar palabra, metió algunas de mis cosas en una pequeña bolsa de viaje, me montó en su destartalado coche y me llevó a su casa del pueblo. Es una persona muy habladora, pero, por fortuna, no exige que le prestes atención. Eso facilitó mucho las cosas; no hubiese podido soportar las frases de consuelo que suelen decirse en estos casos, los ánimos repetidos que me hubieran llevado a un más profundo desaliento.

Lo del médico vino después. También fue Domi quien me animó a ir. Las consultas quincenales resultan bastante tediosas, siempre las mismas frases repetidas hasta el agotamiento: Es un proceso normal, hay que pasar por un periodo de duelo, es conveniente que usted comparta sus sentimientos con otras personas que han pasado por lo mismo. Me gustaría decirle que sólo voy a su consulta por las recetas de las pastillas, que el duelo ha formado parte de mi vida desde hace bastantes años, pero no quiero ser descortés con alguien que hace su trabajo lo mejor que puede. Al comienzo del tratamiento me sentía aturdida y aun más desganada, pero, poco a poco, he ido percibiendo que algo se fortalecía en mi interior y que vuelvo a interesarme por cosas que creía olvidadas, como caminar al lado del río durante el atardecer o coser; también mirar la colección de flores secas que fui atesorando desde que mi hermana Ángeles, el único miembro viajero de la familia, me regaló un ramo hecho por ella misma. Desde el principio me di cuenta de que todas estas actividades placenteras para mí, lo eran  antes de mi boda con mi difunto esposo, y que las fui abandonando al poco de casarnos, al mismo tiempo que llenaba el espacio y el tiempo que ellas dejaron con la rutina de las tareas en casa, las sesiones de televisión nocturnas, que a él tanto le gustaban, y las visitas a los familiares durante el fin de semana. Dejé de caminar y mi cuerpo adquirió la forma de una rueda deshinchada.

La vida en casa de Domi es apacible, sin sobresaltos. Ella trabaja por las mañanas hasta las tres y yo hago la comida, algo que no me disgusta en absoluto, más bien al contrario, me divierte pensar en el menú del día siguiente y, mientras cocino, puedo  pensar en otras cosas,  poner en orden mi mente  y mis deseos, imaginar cómo será mi vida en un futuro no muy lejano. Cuando estamos juntas hablamos mucho y nos entendemos a la perfección: no exigimos que la otra haya entendido sus palabras; de noche, me tranquilizo escuchando en silencio cómo el corazón del pueblo va latiendo cada vez más despacio hasta alcanzar el ritmo lento y la respiración  suave del sueño.

Algunas tardes nos sentamos cada cual en su sillón, una frente a la otra, con un vaso de zumo en la mano, y recordamos en voz alta nuestra infancia, nuestros juegos en la solana durante el invierno, los largos veranos en los que el pueblo se llenaba de forasteros, de una tropa de niños con los que poder jugar al escondite. A veces nos quedamos en silencio; entonces es el momento de poner cerco a los recuerdos, porque pueden escaparse por prados ajenos a su tiempo y ocuparlos por completo. Cuando esto ocurre, me levanto, voy a la cocina y hago la comida para el día siguiente.

Ayer el psiquiatra me dio el alta. Me siento como un árbol al que le hubiesen quitado las ramas secas, quebradas, y volviera a mostrarse fuerte, dueño de su espacio. He comprado una bicicleta para salir a pedalear por las tardes; me enteré de que hay una agradable ruta por las afueras, a los pies del monte, entre castaños y nogales. Un conocido de Domi me ha dicho que, si quiero, él puede acompañarme algunos días para que no vaya sola. Intuyo que pretende algo más de mí, y eso me asusta; una nueva vida compartida, con las ataduras y sacrificios que trae consigo, no entra en mis nuevos planes de vida. Le he agradecido su ofrecimiento, mientras pensaba en que yo jamás estoy sola, porque ese aliento constante me acompaña aún a todas partes.

Ofelia, un haiku y Peter Hammill

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John Everett Millais, Ophelia. 1852

Canto concluido.
Ofelia entrega el cuerpo 
al río amante.

That token drag on your cigarette,
That well-known face in the fire,
It could be someone you can't forget,
Someone you've learnt to admire.
And it's strange...
How the feeling goes;
All change-
Down the river Ophelia goes.
You're treading water, the price is steep,
You say you'll cope with it all;
You've made some promises you can't keep,
You throw yourself against the wall.
You throw yourself against the wall.
You throw yourself against the wall.
And it's strange...
How the feeling goes;
All change-
Down the river Ophelia goes.

You heard a noise in the firegrate,
You look to see who goes there -
It's just the stranger, he's come too late
And even he's unprepared
To find the cupboard so bare
Ophelia goes
All change-
Down the river Ophelia goes

It´s so strange...
When Ophelia goes
All change-
Down the river Ophelia goes

It's so strange...
Down the river.
Peter Hammill, Ophelia. 1981

"Los cuerpos extraños", Lorenzo Silva

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Octava entrega ya de las aventuras de esta particular pareja de guardias civiles, Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, quienes han visto cómo el tiempo va ascendiendo su graduación y sumando miembros al equipo investigador. El centro de operaciones se ha trasladado esta vez a Valencia, icono patrio del despilfarro en época de vacas gordas y de las corruptelas generalizadas. Lorenzo Silva, siempre atento a la actualidad, se centra en la corrupción urbanística en un ayuntamiento de la zona; de ese mundo malsano es de donde proviene el asesino -creo que no destripo la trama- de la alcaldesa Karen Ortí Hansen, mujer de rectitud probada en cuestiones de moralidad pública, pero laxa en su vida íntima (la herencia luterana materna justifica para el narrador esta paradoja).

Lorenzo Silva se preocupa por dotar de vida más allá de la novela a sus protagonistas. Entre entrega y entrega, la pareja de guardias civiles sufre el transcurrir inexorable del tiempo y la vida les deja huella, en especial, a Chamorro, que arrostra un drama personal del que sólo casi al final de la obra le hará partícipe a su compañero. El lector asimismo se percata de que la vida alrededor de Vila también muda: su hijo se hace mayor y una amante extraída de su vida profesional alivia puntualmente las necesidades físicas y afectivas. La pareja envejece a la par que sus lectores y mientras leemos estas líneas, Vila y Chamorro serán presas de avatares diarios de los que Lorenzo Silva estará muy atento para extraer lo más significativo. ¿Ese avance vital supondrá por fin la unión sentimental de ambos, ya preludidada desde los orígenes de la serie y tan esperada por sus ávidos lectores? Me atrevo a aventurar que sí: el escritor no demorará por mucho más tiempo dar gusto a esta ansiedad lectora.

Lorenzo Silva ha pretendido en Los cuerpos extraños mantener la intriga hasta casi el final del libro, sin embargo, un lector asiduo de sus textos periodísticos, así como un mero conocedor de las inquietudes del escritor madrileño no se deja engatusar fácilmente por el juego al despiste que lleva a cabo el novelista. El culpable del asesinato no puede ser otro más que alguien relacionado con la corrupción urbanística, y no precisamente aquel a quien apuntan todos los indicios, por simple cuestión de estrategia narrativa. ¿Tara de la novela? Creo que no: en las "simples" novelas de intriga detectivesca (Agatha Christie) esta cuestión pueda que sea el núcleo en torno al cual gire toda la obra, pero en una novela de serie negra genuina, la trama está puesta al servicio de un engranaje social viciado que se pretende poner de manifiesto, cuando no denunciar literalmente. Y esto es lo que sucede con la obra: la España del pelotazo pone sobre el tapete el cadáver exquisito de una danesa que pretendió reformar a pequeña escala la manera de hacer política.

Si algo chirría en esta novela es un "defecto" que ya se venía apuntando desde la magnífica La estrategia del agua -obra culmen de la serie para quien esto escribe-, a saber: el ingenio verbal del brigada de la guardia civil en las réplicas de los diálogos es excesivo, la causticidad "bevilacquense" es ya un rasgo de estilo, pero deja una impronta en la lectura de inverosimilitud y caracteriza al protagonista como un ser que se acerca peligrosamente al precipicio del pedantismo. Lorenzo Silva debiera vigilar este aspecto en la construcción de su personaje porque a poco que se descuide puede hacer irritante y cargante a su protagonista, con lo que el edificio textual podría desmoronarse desde el cimiento del investigador, clave en la configuración de una novela negra. Para decirlo con otras palabras: hay demasiado del escritor en su personaje; la inteligencia y la cultura -innegables- de Silva (véase la semejanza sonora con Vila) se reflejan en exceso en el guardia civil, quien da la impresión de querer compensar un complejo económico y de escalafón con el bagaje cultural y la agudeza verbal.

Donna Tartt, "El jilguero"

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Una obra sobre la aflicción por la pérdida del ser querido, sobre cómo un adolescente, a raíz de un desgraciado accidente, va dando bandazos a lo largo de su vida hasta al final encontrar la redención social y la reconciliación personal. Eso es la monumental novela El jilguero de Donna Tartt, quien ha sabido conjugar la "alta" y "baja" literatura, el aplauso crítico y el éxito de ventas, la introspección psicológica y la novela río sui géneris, las reflexiones culturales y el placer de leer una historia bien contada. No sé si las alabanzas de Stephen King le han hecho un favor a la autora o si bien las prevenciones estéticas que pudiera despertar el famoso autor de "best sellers" transmutan la laudatoria en veneno; en todo caso, este primer clásico del siglo XXI engatusa al lector con su pericia narrativa.

La mayor parte de la novela es una gran retrospección hecha por el protagonista, Theo Decker, desde un hotel de Ámsterdam, que pretende justificar el estado de confusión y alienación en el que se encuentra, y que tiene su arcano germen en la pérdida de la madre en un atentado terrorista acaecido en un museo neoyorquino. A raíz de ese hecho luctuoso, el protagonista recorre dispares núcleos familiares, compensando el débito afectivo con la amistad, el amor platónico, el alcohol y las drogas. Hasta la entrada en la Universidad y mientras Theo es joven, la novela atrapa por su conjunción de narración y autorreflexión vital, pero a partir de ahí, se producen extrañas elipsis (como si la autora se hubiera dado cuenta de que su obra iba camino, no de las 1.100 páginas que finalmente encierra, sino del doble, y decidiera darse prisa por hacer madurar a su personaje). El aire "dickensiano" de ese Theo joven es innegable y traerlo a colación no tiene ningún mérito, aunque sí es obligatorio para poner de manifiesto el simpático vagabundeo de pillastre del protagonista.

El texto tiene su particular "macguffin": el robo que hace el niño Theo Decker del cuadro de Carel Fabritius de 1654 El jilguero -reproducido al final de la entrada-, aprovechando el desconcierto policial tras el atentado antes citado e instigado de alguna manera por la alabanzas que del mismo le había hecho su madre antes de fallecer (poseer el cuadro se convierte así en una manera de conjurar a la muerte). La difícil guarda que debe llevar a cabo Theo, la búsqueda policial y sus implicaciones mafiosas, aportan al texto gotas de intriga y suspense, a la vez que dan pie a reflexiones culturales.

"Los huesos olvidados", Antonio Rivero Taravillo

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La primera incursión de Antonio Rivero Taravillo en la novela apuesta sobre seguro: cimientos ensayísticos -no en vano el autor es biográfico de reconocida solvencia-, continuas referencias poéticas -Luis Cernuda, Octavio Paz...-, aprovechamiento del aniversario del Premio Nobel mexicano, antecedentes exitosos en el juego narrativo ficcional que toma como base a personajes reales de la guerra civil -Soldados de Salamina de Javier Cercas y Enterrar a los muertos de Ignacio Martínez de Pisón- y descripción de espacios sobradamente conocidos por el melillense -México y Sevilla-, nos ponen sobre la pista de un compendio de materiales con los que Taravillo ha pergeñado su artilugio narrativo y que sabe manejar con sobrada soltura dado su bagaje libresco.

La obra parte de la ficción: el autor se inventa a un personaje que investiga la vida del militante del POUM, desaparecido durante la guerra, Juan Bosch, este sí con base escrupulosamente real. Dicho personaje creado de la nada es su propia hija, Encarna Expósito -docente de secundaria prematuramente jubilada-, quien viaja de España a México en pos de las huellas de un casi desconocido para ella padre, recorriendo, así, el bumerán espacial que caracterizó las andaduras de Bosch huyendo o "huyéndole" de las vicisitudes políticas de la época. Encarna finalmente acaba escribiendo, con los materiales recogidos de diferentes fuentes, su particular versión de los años finales paternos; esta narración es la que nutre la segunda parte, la menos interesante y más apegada a la Historia, de las tres en las que se divide la novela. En la primera, conocemos a Encarna en su viaje a México para entrevistarse con unos decrépitos Octavio Paz y Elena Garro, ambos bien conocedores de su padre, incluso el Nobel amigo de Bosch ya desde la infancia. En la tercera parte de la novela, el narrador se centra en Encarna en dos momentos temporales y espaciales diferentes, los cuales intentan una doble justificación: la de la búsqueda de sí misma en la que a la postre se han convertido sus pesquisas y, por otro lado, el subjetivismo con el que ha escrito algunos pasajes.

Más allá de la denuncia política de la persecución ejercida "por" los comunistas (esa preposición es clave poética e ideológica en la novela, como percibirá el lector) en la retaguardia republicana, la obra llama la atención ante todo por dos aspectos: su configuración como puzle narrativo en multiperspectivismo que intenta recomponer, con la nebulosa de la memoria, la figura del poumista Juan Bosch, y, fundamentalmente, el soberbio y encandilador estilo con el que ha sido compuesta la narración: la capacidad para los tropos de la prosa de Taravillo (en quien el poeta puede a veces al narrador), el cuidado y preciso lenguaje y la sintaxis trabajada, otorgan al texto una pátina de elegancia y alejamiento de lugares comunes. Dos peros -Ricardo Senabre podría ultimar- contrapesan esta alabanza estilística: la ausencia frecuente en las oraciones de relativo del artículo entre la preposición y el pronombre, que hace rechinar un poco la lectura ("Recordó aquellos días de la Feria de Abril, en su juventud, en que regresaba a casa"), y cierta artificiosidad de los diálogos, que pudiera alejar del libro al lector común, pues la novela habría que considerarla más bien como un artefacto narrativo destinado a literatos, no en vano su protagonista es profesora de Lengua y Literatura.

Jazz en Sevilla

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Como cada mayo, la Universidad sevillana ofrece un ciclo de Jazz que poco a poco va ocupando el lugar de privilegio que otrora tuviera el Teatro Central, preocupado ahora más por la danza moderna y demás artes escénicas.

Tord Gustavsen Quartet inauguró el jueves 15 los conciertos internacionales de este año. Con una puesta escena muy cuidada: trajes negros, luz tenue cenital y una elocución casi susurrante, el cuarteto del pianista noruego seguro que sorprendió a más de uno por la sutileza, intimismo y autorreflexión de su propuesta musical (el largo invierno escandinavo se trasladó a tierras meridionales). Sin protagonismos excesivos de cada instrumento (piano, batería, saxo -¡estupendo!- y contrabajo), pero con los solos habituales en las formaciones jazzísticas, tan solo desentonó el contrabajista y no por su calidad sonora, sino por un volumen excesivamente bajo y el antiestético carcaj que colgaba del instrumento.

Philip Catherine dio, al día siguiente, una lección magistral de entrega y sabiduría sonoras. Al frente de un trío de batería, guitarra y órgano, impuso su ley ante un público entusiasmado por la precisión digital del guitarrista belga. Nunca he sabido encajar demasiado la guitarra en las melodías del jazz (no bebo los vientos por Jim Hall o Kenny Burrell), pero en el escenario Catherine apabulló por su técnica y calidad musical: fue un placer escuchar ese sonido tan especial que ofrece el órgano Hammond.

El saxofonista James Carter, ayer sábado, rebajó el listón del festival con exhibiciones circenses, payasadas y un batería primitivo y monótono. En la estela de Charlie Parker, quiso encandilar al público -¡y lo logró!- con un bebop de virtuosismo instrumental y ataques swing en los teclados del órgano Hammond de su parteniare Gerard Gibbs. Las piezas con el clarinete chirriaron y tan solo levantó el vuelo en las composiciones finales, ya un poco más comedido.

Antonio Colinas sobre su paisano Leopoldo Panero

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Restos de la casa de los Panero. Foto: Agustín Fernández Mallo

Meditación en Castrillo de las Piedras (LP)

Esperando todos los días la pena de muerte
(L. M. Panero) El hijo no quería,
pero la madre dijo:
"Abre la puerta, deja
que entren los campesinos en la casa
y que suban a ver a tu padre,
al poeta ya muerto”.

Moría simplemente un ser humano.
“Bebía”, dijo alguien enseguida,
como deseando arrojar en su descargo
la primera piedra.
¿Cuántos padres, y acaso cuántos hijos,
no han bebido y gritado?
(Acaso él tuviera que beber
desde que hirió y desde que fue herido
-con las palabras manchadas de Historia-
por un poeta amigo y admirado.)

Luego, alguien dijo:
“Fue rojo, pues llevaba
una hoz y un martillo
de plata
en el ojal”.
Y otro: “No es verdad, fue azul, muy del
[Régimen”.
Como tantos,
jugó y padeció la dualidad,
la airada y extremada sacudida
de las ideologías de la Historia.
Y la Historia
le supo dar martirio y olvido.
(A él, que en las encinas
de su monte y en su palomar
pudo haber poseído el secreto
sereno
del vivir.)

“Deja que pasen”, le dijo la madre
que iba a enterrar dos veces al marido.
“Deja que pasen
los campesinos”,
mientras aún brillaba en sus ojos
de nieve azul
una última lágrima de ternura.
Él llegó con el coche dando tumbos
a la casa, por estrecho camino de tierra,
pero no era el alcohol ni las ideologías
la causa de aquel desequilibrio.
Desde por la mañana había sentido
el cuchillo de un frío muy extraño
penetrando en su cuerpo
y, hacia el atardecer, su corazón
estaba ya sajado.

De que el tiempo pasó se habló demasiado,
mas nadie supo o quiso recordar
una frase de Freud:
“La muerte de un padre
es lo más importante en la vida de un hombre”.
¿Y en la vida de un niño?
¿Y en la vida de aquellos tres niños
llorosos y asustados?
Vino luego el caos en la tormenta.
El padre
supo vaticinar que iba a ser
“acribillado”; ahora
no por los pelotones carcelarios de San Marcos,
sino “por los besos” de los suyos.
Había llegado la segunda muerte
del padre
(no debida al alcohol, ni a las ideologías)
para ir triturando lentamente
los cuerpos y las psiques
de los desamparados.
Aunque uno de ellos, que tienen por “loco”,
habló ya entonces con sabiduría
extrema
y resumió la clave de la historia:
“No has podido quitarte la capa
de superficialidad”,
dijo mirando a quien le dio la vida.

Mas la mujer, con sabia intuición,
había dicho: “Deja, deja que pasen
los campesinos, abre
la puerta”.
Aquel debió de ser el homenaje
mejor que el poeta
recibiera en su vida
(quiero decir, en su muerte).
Aquellas apariciones espontáneas
suponían lo mejor por encima
de palabras e imágenes que luego llegarían:
la presencia humana de la tierra
rindiendo como ofrenda su silencio
al silencio
del cadáver.

Hoy la tierra perdura, mas la casa
sin poeta ni amor,
primero fue una ruina
y hoy ni siquiera existe.
Ya no hay palomas en el palomar
de la infancia.

Se desgajó
el viejo tronco familiar
y ni siquiera silban a lo lejos
en la noche, los trenes; sólo silba
el viento helador en los hierbajos
de los raíles muertos.
Pero, al fondo, la cima tutelar
sigue dando lecciones de silencio profundo
que aún no se aprenden.
Sin embargo, el poeta
las supo eternizar en sus poemas.
“Deja, deja que pasen
los campesinos”.
Aquella noche ascendía oscura
la sangre de la tierra
a lo alto de la casa,
antes que el cuerpo tornase a la tierra.
Los campesinos iban llegando lentamente
como troncos de encinas, como si el encinar
nocturno avanzase, se hubiese puesto
[en marcha.

Era agosto,
mas un hombre se abría hacia el silencio frío
de una doble muerte.
¿Quién puede arrojar en esta vida,
libre de culpa, la primera piedra?
¿Quién la arrojó?
Quizá para quedarse a solas con su muerte,
él le dijo a ella mientras expiraba: “Sal
un poco a la terraza”.

En la terraza, la mujer tenía
clavados sus dos ojos de nieve azul
en las lejanías
negras.

Canciones para una música silente. Siruela. Madrid. 2014

Basia Bułat en concierto

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Basia Bułat es un encanto. Uno asiste a un concierto para escuchar las habilidades musicales del artista en cuestión, pero cuando el evento se celebra en una sala pequeña la interacción con el público se torna vital. Y aunque un showman cuya música resultara un bodrio no pasaría nunca la criba, la simpatía y amabilidad en las distancias cortas prenden fácilmente en el ánimo del espectador.

La cantante canadiense de origen polaco se presentó en Sevilla por segunda vez el pasado martes 4 de febrero. Dicen de ella que es la nueva Joni Mitchell; tal vez sea  así, no creo que a Basia le desagrade la comparación. En todo caso, apareció en el escenario "desnuda" de ornamentación; ella sola, su voz y unos cuantos instrumentos -algunos realmente curiosos-, fueron suficientes para dotar de magia el acto. Bułat posee una bella voz, ligeramente estridente en los agudos, y ella es consciente de su don y lo explota al máximo; a quien no le agrade su timbre vocal, puede huir de escucharla. Basia desgranó sus tres discos en un concierto bastante breve, en el que no faltó su éxito "Tall tall shadow" -preciosa y pegadiza canción enlazada en el vídeo inicial de la entrada- y el bis de Serrat "Tu nombre me sabe a hierba", que asimismo enlazo al final de la reseña en un vídeo casero de la actuación de Basia días después en mi ciudad, Valladolid.

La cordialidad de la cantante también se trasladó fuera del escenario durante la firma de discos; fue en ese momento cuando pudimos percatarnos de que Basia no ha olvidado, afortunadamente, la lengua polaca.

Parecidos razonables (II)

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Dave al final de "2001: Una odisea del espacio", 1968.

Sor María al final de "La gran belleza", 2013.

Cosecha 2013

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Este ha sido el año de "Intemperie" de Jesús Carrasco: elegida como obra del 2013 por el gremio de libreros de Madrid, incrustada en las listas de todos los suplementos culturales, traducciones por doquier... Y todo ello con un primer libro cumplidos ya los cuarenta. La semejanza con David Monteagudo salta a la vista. Veremos cómo es recibida su segunda entrega.

Vargas Llosa volvió por sus fueros, dando lo mejor de sí mismo en "El héroe discreto".

El Nobel se vistió de gala para premiar a una escritora de gran clase, Alice Munro. La publicación de "Mi vida querida" respaldó aún más el galardón.

José Ovejero, con "La invención del amor", avalada por el Premio Alfaguara, planteó un texto valiente, sugestivo y audaz.

La recopilación de poesía rumana contemporánea, "Miniatura de tiempos venideros", Vaso Roto, valió lo que el año pasado la de poesía polaca: hito de obligada referencia. 

Eloy Sánchez Rosillo dio buena medida de su temas y formas constantes en "Antes del nombre".

Impedimenta volvió a sorprender gratamente con la edición de cuentos inéditos de Stanisław Lem, "Máscara": delicatessen.


El supergrupo Next Collective revitalizó con buen gusto el jazz de toda la vida (post-bop) con su primer disco, "Cover art". Esperemos que el experimento tenga continuación.

Terence Blanchard afinó su trompeta para ofrecer un disco de hard bop elegante y el toque justo de modernidad: "Magnetic".

Dominique A puso patas arriba el Teatro Central con una carga de adrenalina de su mejor rock-chanson.

El cambio de director en el Conservatorio Superior de Música "Manuel Castillo" presagiaba negros nubarrones sobre la OSC dirigida por Juan García Rodríguez, sin embargo, la empresa sigue adelante. En diciembre ofrecieron un buen concierto en el que brillaron las piezas de Arvo Pärt y Debussy. Juan, como siempre, muy sabio en la elección ecléctica del repertorio.

Amancio Prada continúa en su línea de emotivos conciertos y homenajes discográficos a sus queridos referentes: "Canciones de Agustín García Calvo".

Los veteranos, al igual que ocurriera en 2012, siguen dando muestra de talento perenne: David Bowie reapareció sorpresivamente con "The next day" y Paddy McAloon (Prefab Sprout) entregó una delicada y cuidada colección de canciones en "Crimson/Red".


Ha sido un buen año para el cine internacional, mejor que el anterior. "Gravity" mantuvo en vilo a los espectadores con un tour de force espacial.

"Una familia de Tokyo" homenajeó sabiamente a Yasujiro Ozu.

"El último concierto" fue el mejor ejemplo de cine en estado puro.

"12 años de esclavitud" va enfilada con justicia hacia los Óscar.

"La caza", aunque de 2012, se estrenó el año pasado y opta a los próximos premios de Hollywood, así como a los Goya. Vinterberg en estado de gracia.

En cuanto al cine español, poco que destacar: por simpatía y agradecimiento personal, menciono el cine indie de Paco R. Baños, "ali".