Apuntes necrófilos

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El mundo llora lágrimas púrpuras por Prince. Angelus se pregunta si no es para llorar de risa la portada de su Lovesexy.
Luto en el cine español: Miguel Picazo y Tula dicen definitivamente adiós. Angelus promueve que los mofletes de Aurora Bautista sean declarados de interés nacional.
Terminan los fastos cervantino-shakespearianos. Menos mal que el próximo aniversario pillará a Angelus criando malvas.
"Algo huele a podrido en Hispamarca". Paráfrasis angelusina.
"Tenía en su casa podemita una ama lechera, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera." El lacrimoso hidalgo don Pablote de la Marcha y su Corte de los Milagros, by Angelus.

"Lluvia aburrida". Variación sobre un poema de Javier Almuzara

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Mirando llorar a las nubes 
el hombre, umbrío, se asombra
y el burro, burlesco, se aburre.

Carlos Vaquerizo, "Quienes me habitan"

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Carlos Vaquerizo irrumpió exitosamente en el panorama poético con el Adonáis allá por el 2005. Tras casi una década de silencio, ha llegado en los últimos años una sucesión de publicaciones -alguna de las cuales igualmente premiadas-, que viene a compensar esa laguna ¿creativa? Quienes me habitan es su último poemario y ha sido editado por La Isla de Siltolá, en su cuca colección Tierra.

Es Vaquerizo un poeta reflexivo, a veces metafísico, poco dado a caídas pedestres o rebajas en la tensión de una exigencia poética grande para autor y lectores. Poeta hondo, se inclina por la vertiente del conocimiento más que por la de la comunicación. Eso sí, la tónica de la métrica hepta-endecasilábica blanca se impone por doquier contagiando, en esta época, a poetas de uno y otro modo ¿antitético? de enfrentar la lírica.

El libro que me ocupa se divide en cinco secciones, más unos breves Preludios. Excepto los gozosos y filiales Cantos para Amalia -lo más flojo a mi modo de ver del poemario-, el conjunto transmite una visión triste, pero serena de la existencia: la connotativa noche seguramente sea el sustantivo más repetido en el libro, en dura competencia con un sueño no reparador, sino revelador, no evasivo, sino aprehensivo. El "Preludio I" ya tiñe de pesar estoico todo el poemario:

Todo va desplazándose. Las piezas
deben superponerse para ser.
La existencia requiere su lugar.
Por eso tú te irás como él se ha ido
y la luz se dispersa y anochece.

Vaquerizo hace, en buena parte de la espléndida segunda sección, Los seres de mi sueño, acertados y escuetos ejercicios de pseudomonólogos dramáticos -no todos en primera persona- con personajes cinematográficos como la Rosemary -y su mefistofélico bebé- de Roman Polansky o el Cable Hogue de la película cuasihomónima de Sam Peckinpah, personajes sagrados arquetípicos como El profeta o El mártir, o filósofos como Pitágoras. Los seres del sueño vaquerizo son entes decepcionados y solitarios que acaban en la nada o se disuelven en el desierto, los números o el sueño. El último poema de la sección, "El doble", enlaza, con su apelación y utilización de la segunda persona, con la siguiente, Noche intramuros, eje epistemológico del poemario, conformando una oda reiterativa al poder omnímodo de la noche y el sueño, ante los cuales palidecen axiomas ya no tan irrefutables como el amor o Dios.

Cuando la exactitud pueda encontrarse,
porque la sed de dios ha sido tanta,
lloverán los enigmas y la noche
no tendrá ni un lugar deshabitado.
No se podrán usar para mirar los ojos.
Florecerá del hombre un órgano increado.
La noche se abrirá como la niebla
que en alta mar no deja rastro de su existir.
Tan temprano atardece que la noche
hacia la luz extiende sus dominios.

Puenteo a (la pobre) Amalia, para abordar la particular coda final que conforma Travesía de Hospital, quizás la sección -pese a su brevedad- más atractiva del poemario, donde se insinúa un hilo anecdótico, los ejes temáticos antes citados se disuelven y se ofrece un yo poético más auténtico por menos disfrazado. Adoro esta pequeña joya por su simpleza no reñida de profundidad borgeana:

Este lugar podría ser cualquiera:
una cascada, un río...Pero el cosmos
o el azar o quien fuese ha decretado
que este tan solo sea el cuarto donde escribo.

No es Vaquerizo, formalmente, un poeta de ornamentaciones, ni imaginerías barrocas (aunque este pensamiento nutra su particular cosmogonía; aspecto este que veo repetido en otros poetas sevillanos coetáneos). Más bien atiende a lo sustancial, a la desnudez esencial juanramoniana, pero sin el endiosamiento ni la pedantería del moguereño.

Lorenzo Silva, "Música para feos"

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Tengo la impresión de que la última novela de Lorenzo Silva ha pasado de puntillas por el panorama literario patrio del año pasado. Navegando por la Red he encontrado escasas reseñas de repercusión mediática importante. Ausente el magisterio de Ricardo Senabre, pocos la han traído a las mientes para resumir lo mejor del año. Sin embargo, es una novela cuanto menos atractiva y que se debe tener en cuenta por su armazón y técnica constructivas.

La obra tiene dos partes bien diferenciadas, aunque no simétricas: una primera, la más novelesca, enfrenta a dos seres ("feos", pero no tanto) solitarios de la noche que rompen su hermético caparazón para encontrarse, entregarse y amarse. La otra, de considerable menor tamaño, es la investigación que hace uno de ellos sobre el otro: parte más periodística y documentalista. Me interesa más la primera, donde se observan mejor las dotes de Silva en el arte de contar. 

El encuentro de esos seres se narra desde la primera persona de la chica, Mónica (de hecho, toda la novela es una introspección psicológica homodiegética); en este sentido, el autor ha penetrado con precisión y sabiduría en el alma femenina -tarea no fácil desde luego para un varón, pero en la que Silva ya ha demostrado antes su pericia-. Salvado el escollo inverosímil de las primeras reacciones impertinentes del protagonista, Ramón, que harían huir hasta a la mujer más tolerante, la relación entre ambos se va cuajando y nutriendo, sobre todo, a base de diálogos veraces y muy bien armados. Se utilizan asimismo, de forma interactiva (con lista en Spotify), canciones que forman parte de la banda sonora de la vida de ambos y que además les sirve para comunicarse cuando las palabras no son suficientes. Lorenzo Silva siempre ha estado muy atento a las nuevas tecnologías: ahí están sus perfiles públicos; en la presente obra además reproduce conversaciones por Skype. La elección de canciones es discutible, pero no debo valorar los gustos en este aspecto de cada uno, sólo comentar que pese a la inclusión de algún grupo o cantante fuera de la órbita común, no pasan de ser canciones bastante manidas; no es ahí donde buscar el atractivo del texto. Atento siempre a la realidad más apremiante (vidas.zip), Lorenzo Silva, además, no deja de lanzar zarpazos a la actualidad a través del trabajo precario al que se ha visto abocada la protagonista.

La segunda parte, más breve, me parece menos interesante narratológicamente hablando. Más veraz, sí, pero menos literaria, aunque da la impresión de que esta parte es el eje sobre el que descansa la primera y lo que más le interesaba al escritor. No debo desmenuzar la novela, pero los que quieran obviar el secreto que esconde el hombre, pueden seguir este enlace, en el que comenté no hace mucho, a base de un libro de memorias y de una película, la profesión que oculta el personaje masculino. A este respecto, Lorenzo Silva siempre ha mostrado su predilección por esta ocupación o afines y no es nada nuevo que la defienda, lo que sí hay que destacar es que su opinión choca, afortunadamente, con la troupe progresista y que no hace mucho ha dado que hablar por comentarios fuera de tono en Barcelona.

En conclusión, un hito más -amatorio sin caer en lo empalagoso, redentor por medio del ejemplo y el sacrificio personales y concienciado del valor de las labores denostadas- en la dilatada trayectoria de Lorenzo Silva. Tal fecundidad la agradecemos sus lectores.

Deniz Gamze Ergüven, "Mustang"

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La debutante turca nacionalizada francesa Deniz Gamze Ergüven ha hecho su entrada triunfal -Goya incluido, aunque sin el Óscar al que optaba- en el cine con esta aplaudida película. Cinco hermanas adolescentes son encerradas (Lorca cuasi dixit) en casa por su tío -son huérfanas y están bajo la tutela de éste y de su abuela- durante un verano debido a las habladurías sobre un incidente (indecente, pero inocente) en la playa. Sólo precipitados matrimonios en algún caso, el suicidio en otro (Adela Alba in memoriam) o la rocambolesca fuga final de las dos pequeñas, liberan a estas chicas del presidio en el que se ha transformado su hogar.

Las reseñas fílmicas inciden en su vertiente de denuncia de la sociedad rural turca y, en concreto, de la situación subyugada de la mujer musulmana. No hay nada que objetar a esto, más incluso si, como parece, ficcionaliza episodios biográficos de la directora. Otro cantar es la estética adoptada: fotografía publicitaria, sensualismo femenino de perfil bajo, voz en off sincopada o maniqueísmo en los personajes (¡pero qué requetemalo es el tío, si hasta se insinúan relaciones incestuosas, y qué valiente es la hermana menor, si hasta se hace odiosa por su inverosímil rebeldía!).

El mejor momento del filme es aquel, casi al final, en el que los barrotes de la casa (hábilmente subrayados durante la narración y en progresión exponencial) dejan de ser sinécdoque de la cárcel para convertirse en barrera protectora previa a la fuga final: el tío prueba de su propia medicina y estos mismos barrotes son los que le van a impedir penetrar en su domicilio para desagraviar un matrimonio a punto de consumarse, pero abortado por la habilidad de las hermanas pequeñas que aún permanecen en el hogar. Otros episodios como la escapada conjunta -en artero contrapunto- para ver un partido de fútbol o la inclusión buenrollista y tramposa de un samaritano transportista sonrojan a este espectador.

Hilario Barrero, "Diarios (2012-2013)"

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La serenidad de la vejez. La etiqueta del caballero. La sensibilidad del oyente musical. El atesoramiento de la infancia. El cosmopolitismo del viajero. La porosidad del paseante. Estas etiquetas -mal que bien- podrían resumir de manera sincrética y paralelística la última entrega de los Diarios de Hilario Barrero: neoyorquino sobrevenido, docente jubilado, poeta hondo de la experiencia y editor de amigo.

Lo primero que llama la atención del libro es lo reducido de su formato y, por ende, sus apretadas letras y renglones, que no permiten ni descansar la vista ni remansar la dicha receptora. En La Isla de Siltolá deben contar con la agudeza visual del lector a la hora de elegir esta clase de edición tan liliputiense. En una época de libros por doquier de gran tamaño, un texto tal resulta anacrónico y sádico. Superado este "diminuto" escollo inicial, la lectura de la obra deviene en placer sibarita: uno se traslada en compañía de HB a la ciudad de los rascacielos, asiste en platea al devenir de sus gentes y estaciones, pero también rememora el pasado hispano (toledano) del autor y se encandila con imágenes poéticas urbanitas. Todo sin acritud, con savor faire, con fina ironía a veces, en un lenguaje llano -como no puede ser de otra manera dado el género adoptado-, pero cuidado, que no rehúye tropos ni greguerías. Y ese tú compañero vivencial que se nos hurta, pero que aparece omnímodamente.

Domingo, 1.- Coleccionan plumas estilográficas, óperas raras, primeras ediciones de novelistas de la generación perdida, fotografías en blanco y negro, relojes de bolsillo de oro y desde la ventana de la sala tienen una vista alucinante de Manhattan y de Brooklyn. Una casa es un mundo con una cama de matrimonio fría y sin hacer.

Rhett Butler y Escarlata O´Hara en la Semana Santa sevillana de 2016. Microrrelato

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- ¿No te importa que llueva?
- ¡No!
- ¿Y el público llorando a moco tendido?
- Pues...¡tampoco!
- ¿No me dirás que te da igual ver sufrir a los cofrades, verdad?
- Me la trae al pairo.
- ¡Eres un desaborido! ¿Sabes?
- Nunca he buscado tu aprobación.
- ¡Vale! Entonces... ¿qué pintas aquí?
- "The rain in Spain stays mainly in the plain".
- ¿Y ahora me saltas con versitos?
- Es que celebro el aniversario de Shakespeare.
- ¡Acabáramos! Prefieres esas tonterías a las procesiones. Lo tuyo no tiene nombre.
- Francamente, querida, me importa un bledo.

Ballerina Vargas Tinajero, "Antolejía. Poemas para limpiar el váter"

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Cuando Ballerina Vargas Tinajero inició ¿a modo de juego? las aventuras del blog Ínfula Barataria y el perfil poético de Facebook, no podía imaginar que sus poemas se verían impresos en Ediciones Liliputienses gracias a la labor de José María Cumbreño o que El Ojo Crítico de RNE seleccionaría su obra como finalista para su premio anual. Es sobradamente conocido que publicar en la Red tiene estos efectos colaterales: "El aleteo de las alas de una mariposa puede provocar..."

Su Antología. Poemas para limpiar el váter deja testimonio de un vicio poético nefando que intenta camuflar fluidos sentimentales primarios con la pantalla protectora del heterónimo. Por más que Ballerina exhorte en el poema-pórtico machadiano de su libro a que "no cometan el error / de confundirme con lo que escribo", o uno se llama Pessoa o la lírica -aunque sea sui géneris como ésta- para poetas del vulgo primerizos sirve para volcar sobre la hoja virgen del papel un torrente íntimo, filtrado eso sí, de posos auténticos torrefactos. Con su alter ego, Marcos Matacana Martín, comparte Ballerina la estética del perdedor (exacerbada en ella): Bukowskianos confesos, chapotean en el cieno con delectación, seguros de que sus caídas en el fango les suministran materia negrísima para su obra.

Los poemas que vieron la luz el 11 de septiembre (¡ya son ganas!) del año pasado, aunque buena parte de ellos se pueden paladear en Internet, forman un corpus cuasiunitario de textos de extensión media -haikus aparte- con abundancia de elementos narrativos en los que el yo poético se convierte en eje y epítome de lo vivido. Urbanita acérrima, Ballerina mezcla elementos pop y librescos (no puede huir al cabo de su sabia condición de docente) en mixtura de sexo y alcohol -mal digeridos ambos- como cóctel procaz en el que los abundantes fragmentos de textos ajenos que encabezan los poemas (¿alguien ha pensado hacer su antología?) ofician de lenitivo.

Saludo la publicación del libro y su reconocimiento. La amistad no ofusca el entendimiento.

David Bowie, "Blackstar"

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Bob Fosse nos endosó con el filme All That Jazz una exhibición orgiástica de la muerte. El personaje interpretado por Roy Scheider, tras una vida de excesos como coreógrafo y director teatral, asiste medio alucinado, pero consciente y no arrepentido, a su propia muerte radiografiada como espectáculo musical. David Bowie, mago asimismo del show business, no pudo elegir mejor manera de promocionar su último trabajo que su fallecimiento pocos días después de la publicación de Blackstar.

Experto de la puesta en escena pública y la autopromoción, Bowie nunca fue una persona discreta. Contaba para ello con bazas que le hicieron convertirse en icono pop: unos ojos magnéticos, una figura de modelo y una belleza ambigua; a lo que sumó un juego bisexual glam que respondía a las servidumbres de la moda y la época. Pero, ante todo, rebosaba talento para el pop, amén de una visión musical que le hacía ir un paso por delante de los demás durante los 70, además de ir metiendo en cintura a descarriados como Lou Reed o Iggy Pop. Los hitos discográficos y mediáticos de esa prodigiosa década para él son ya de dominio público.

Con esa voz oscura que le acompañaba desde ya hace algún tiempo, Blackstar retoma felizmente los aires vanguardistas berlineses, ofreciéndonos canciones sombrías, difíciles, alguna suite, mucho acompañamiemto jazzístico y algunos ecos de aquel proyecto fracasado llamado Tin Machine, pero sin perder de vista -nunca lo hizo- la melodía. Bowie alza su voz en este álbum como cantante de ópera por encima de una música que parece ir a su propio ritmo: intenta el London boy no perder el compás, atrapar una vida que se le escabullía. El saxofón de Donny McCaslin ejerce en esta fanfarria funeraria como corifeo. Su coetáneo Peter Hammill ya planteó una estética musical similar en la resurrección del proyecto de rock progresivo Van der Graaf Generator por medio del álbum Present.

David Bowie nos ha dejado un testamento/réquiem a la altura de lo que podría esperarse de un héroe no discreto.

Jesús Carrasco, "La tierra que pisamos"

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Terminaba mi reseña de febrero de 2013 sobre Intemperie, la primera novela del afincado en Sevilla y expublicista Jesús Carrasco, aplazando la valoración justa de su talla como escritor a la publicación de su segundo relato. Han debido transcurrir tres años para que pueda volcar tal juicio. Los compromisos publicitarios de Intemperie y el esforzado trabajo formal del nuevo texto parece que han demorado en exceso la esperada irrupción de su segunda novela, esta vez con menos aparato propagandístico (Seix Barral no suele errar avizorando ventas).

El problema de La tierra que pisamos no es que sea una novela fallida o que yerre en la adopción de la estrategia narrativa más afortunada, como afirma Carlos Pardo en Babelia, sino que las virtudes que apreciábamos en su primera obra se tornan aquí limitaciones e invalidan una narrativa que no debería ya más dar de sí en el futuro (tocado y hundido al segundo libro), a no ser que Carrasco reniegue de su peculiar estilo y aborde, parece que sería lo más aconsejable, otros universos narrativos y estilísticos. Ojalá me equivoque y pueda desdecirme en el futuro -que no sea tan larga la espera-, pero todo parece indicar que con un bluf hemos topado.

El texto es una ucronía rural y doliente sobre una Extremadura agrestre destinada al retiro de viejas glorias militares de un Imperio que ha pacificado Europa a base de la guerra y el exterminio. Con este marco pseudohistórico, el escritor plantea su obra en torno a dos personajes que confluyen en el mismo espacio narrativo: "la tierra que pisan ambos" es la usurpada a uno de ellos, Leva, por dicho Imperio y a la que retorna al comienzo de la novela tras un periplo penoso; el otro personaje es Eva, la usurpadora, esposa del coronel retirado y enfermo que ha recibido como recompensa por los servicios prestados la tierra otrora trabajada por Leva. El encuentro con éste supone para Eva su particular caída del caballo, el descorrimiento del velo que nublaba la visión vital de la mujer. La difícil relación entre ambos, por el autismo sobrevenido del hombre, va permitiendo a ésta percatarse paulatinamente de las atrocidades imperialistas y del lazo imperecedero que une a Leva con su tierra. Los campos de concentración, el exterminio nazi y la limpieza étnica del pasado siglo son referentes que sustentan la obra sin mencionarse.

La novela tiene puntos de contacto con Intemperie: dos personajes que se encuentran y "ayudan", la maldad avasalladora, el arraigo vernáculo, el ruralismo salvífico... En este sentido, Carrasco no ha sabido o no ha querido, siendo compasivos, alejarse del meollo compositivo de Intemperie y que tanto éxito y dinero le supusieron. Asimismo, el estilo continúa con el periodo sintáctico breve, que ahora se torna graveza y pesadez por unirse a una narración mayoritaria en presente y primera persona a la que nunca he sabido amoldarme como lector -reconozco aquí limitaciones subjetivas no achacables al autor-; además, la mezcla de las tres personas narrativas no es que haga más compleja la historia, como deseaba y afirmaba el autor en entrevista periodística, sino que desconcierta y enoja a partes iguales. La inverosimilitud que apuntaba Intemperie en ciertos episodios se exacerba aquí en la persona de Eva, quien hasta la aparición de Leva no había ni siquiera barruntado la base sanguinaria en la que se asentaba su vida. 

A fuerza de ser justo, he de señalar que la segunda parte de la novela, con el punto de vista focalizado por fin en Leva, gana en coherencia narrativa y que Carrasco sigue manteniendo ese feliz don para dotar de poesía a sus palabras cuando transmite sensaciones y pulsiones primigenias; pero esto convendría mejor a un género más breve, concentrado y estilístico como el cuento (aquí, la hipertrofia formal ahoga la historia).

Como conclusión, debo decir que Jesús Carrasco ha querido estrujar el tirón de Intemperie escribiendo un texto con mimbres similares (esqueleto argumental, estilo y poética), pero con mayor complejidad narrativa, mas el tiro le ha salido por la culata: sus limitaciones como escritor se han puesto en evidencia. La confirmación de un novelista talentoso, que tanto me hubiera gustado suscribir, no ha podido materializarse.

Lo mejor del año

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Benjamin Clementine dejó testimonio de que el legado de Nina Simone sigue vivo. Música de cámara al piano con un toque de art y cabaret. Todo ello puesto al día. Una obra maestra, más allá de su valoración como artista rescatado de la calle.

Los centenarios de Frank Sinatra y Jean Sibelius oficiaron de veneración colectiva a dos iconos de la música del siglo XX en su faceta más tradicional. El homenaje de Bob Dylan (otros no opinan igual) será mejor enviarlo a la papelera de reciclaje de la abundante discografía dylaniana.

Radio Clásica de RNE también celebró aniversario, su medio siglo, plena de vitalidad y buena salud. En medio del lodazal radiotelevisivo hispano, se erige como un remanso insular de belleza y de lucha contra la vulgaridad reinante.

Royal String Quartet ofreció otra atractiva visión de la música de cámara polaca, en hábil mezcolanza de accesibilidad y dificultad contemporánea.


La no al uso biografía de Wisława Szymborska nos dio a conocer sólo un poco más a una de las poetas cumbres de los últimos tiempos. El exceso de fragmentos poemáticos restó enjundia ensayística al libro.

La publicación del poemario de la compañera y, a pesar de ello, amiga, Ballerina Vargas Tinajero, sirvió para dar a conocer su secreta buena poesía; en la línea de su partenaire, Marcos Matacana Martín, aunque menos lírica y más "higiénica".

La reedición por Alfaguara del primer libro en prosa de Julio Llamazares, El entierro de Genarín, nos dio la oportunidad de recuperar un particular ensayo humorístico e iconoclasta, dedicado al popular personaje leonés.

Un expurgo cruel y sin miramientos de Hombres buenos de Arturo Pérez Reverte nos dejaría un buen libro, libre de insulsos viajes peninsulares y cansinos comentarios librescos del autor, reduciendo la monumental y homenajeadora obra a un acertado panorama del París prerrevolucionario. 


No ha sido un año especialmente fructífero en calidad cinematográfica, o es que las novedades familiares le obligan a uno a una reclusión casi monacal. Y no voy a hablar del nuevo exitazo de Pixar, pues las películas de esta factoría de animación me suelen defraudar.

Destaco, en primer lugar, el reconocimiento de Ida por la Academia de Hollywood como la mejor película (extranjera) del año pasado.

El paseo en calzoncillos de Michael Keaton por Broadway en la oscarizada Birdman bien vale el visionado completo de este tramposo filme.

Leviatán fue estrenada en enero de este año, por eso la rescato aquí. La sociedad rusa postcomunista puesta en solfa.

Limérico postDebate

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video

Los sostuvo en el aire AtresmediANO:
Pedroche, El Sudao, AlBertina y Sorayo.
Pokemos acertó,
al PSCHOE degradó.
A flote el PiPanic sin el Doñano.

Limérico independentista

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"Disgustos por el sí" en el Principado.
El calvo, el gordo y un Lord Farquaad ajado,
trío con ojete.
El veintisiete
polvo serán, Mas pols catalunyado.

"Invasión". David Monteagudo

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Ayer un seguidor comentó la parálisis del blog. Si bien es cierto que las novedades domésticas imponen sus prioridades, que uno de los pocos lectores de esta bitácora sacara el tema a colación eleva la autoestima del que suscribe (algo que el ego agradece). A este impenitente lector va dedicada la entrada, tras casi medio año de abandono.

David Monteagudo está padeciendo el síndrome de las alturas. Tras el éxito de Fin (2009), la sequía creativa se apoderó del escritor, quien solo dio a la imprenta obras pretéritas -guardadas en el baúl en espera de tiempos mejores y que Acantilado se dio prisa en publicar bajo el paraguas protector de su primera novela-; fueron acogidas con tibieza por público y crítica -salvo excepciones-, dando pábulo a la imagen del burro flautista. Ha regresado este año con una obra que pretende emular el tono fantástico y kafkiano de Fin. La prestigiosa Acantilado no ha mordido el anzuelo y ha dejado de confiar en Monteagudo, por lo que el autor ha debido recurrir a otra editorial y otras formas de financiación (agotado, parece, el crédito remanente de Fin, derechos fílmicos incluidos).

Invasión cuenta la pesadilla vital de un oficinista, García, rodeado de seres que se van transformando, en imparable progresión, en gigantes de tres o cuatro metros que él solo parece percibir. Desde el propio título, uno recuerda la película de Philip Kaufman La invasión de los ultracuerpos, remedo a su vez de un clásico del cine de terror en blanco y negro: si en el filme el físico de las personas permanecía indemne -lo que hacía más difícil percatarse de la invasión extraterrestre-, en la obra que me ocupa se produce la mutación contraria: el "espíritu" de las personas permanece y es, en cambio, su apariencia externa la que sufre una transformación que el protagonista percibe como monstruosa; se mantiene, por el contrario, la lucha estéril del individuo contra la masa y personajes clave como el del psiquiatra, que en principio parece ayudar al paciente diagnosticado de alucinaciones, pero que, a la postre, se revela como parte del entramado conspirador. 

García así sin más, despojado como antihéroe kafkiano del nombre de pila, es un ser que soporta una vida provinciana mediocre y anodina: un trabajo alienante y una vida matrimonial insulsa, que de repente ve menoscabada su tranquilidad vital con la aparición progresiva y desasosegante de "alucinaciones" en forma de gigantes a su alrededor. Menoscabo sí, pero también aliciente que le saca de un marasmo sentimental abocado al fracaso y que le obliga a replantearse el conjunto de su vida. Porque García, pese a la mediocridad de su existencia, está dotado de una gran introspección psíquica y de un clarividente don para el análisis de las situaciones; esta característica le separa de los protagonistas del genio de Praga. Montegaudo recurre en la novela a un leitmotiv -presente acertadamente en la portada del libro- que sostiene la salud mental de García y obliga al lector a mantener en suspenso su diagnóstico clínico.

Monteagudo ha liberado esta vez su estilo de todo adorno poético. Más allá de las implicaciones simbólicas que se puedan desprender de la anécdota -y que el propio escritor parece fomentar- la técnica narrativa es simple y se ciñe escrupulosamente a los cánones de la narración heterodiegética y omnisciente. El final, para aquellos que, como uno, rememoren el filme antes citado, es más que previsible, pero es éste un pecadillo perdonable para una novela interesante como todas las de este notable escritor, que nunca se quitará, con razón y por desgracia, el sambenito de Fin.

Chris Kyle: el héroe americano que Clint Eastwood quiso ser

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A las memorias del francotirador, miembro del cuerpo especial de los SEAL, Chris Kyle no se les puede pedir más de lo que prometen. La película de Clint Eastwood, basada en esas memorias, promete mucho más de lo que ofrece, en especial, para aquellos que siguen creyendo que el otrora "Harry el Sucio" se ha transmutado en el nuevo John Ford de nuestra época.

Chris Kyle retiene el dudoso honor de acaparar el mayor número de muertes como francotirador en la historia militar de los EE. UU. Poco antes de morir paradójicamente a manos de un excombatiente al que estaba intentando rehabilitar, vamos a pensar que dictó estas memorias al novelista y especialista militar Jim DeFelice, autor que confecciona un libro ameno sin sobresaltos y que tiene el mérito añadido de incluir fragmentos reflexivos de su esposa, los cuales ofician como contrapunto íntimo a los excesos vehementes guerreros de "La leyenda", como se le llegó a conocer. La vida truncada de Kyle es un somero epítome de la mentalidad más conservadora estadounidense: cristiano sin excesos que piensa que tiene a Dios de su lado, patriota acérrimo, profesional vaquero del rodeo en su juventud, defensor del núcleo familiar y entusiasta de las armas. Las máculas que aporta a su autobiografía: episodios alcohólicos y veleidades gamberras -se agradece la desinhibición del autor a la hora de contar estos pormenores-, no ensombrecen una trayectoria profesional intachable en su acumulación de muertes enemigas, en su búsqueda constante y casi suicida del enfrentamiento y en la defensa altruista de sus compañeros (lo que le llevó, una vez licenciado, a ayudar a los militares damnificados por el conflicto en Irak). Por lo demás, fue Kyle una persona bastante primitiva en su mentalidad e inquietudes, un ser que alcanzó la felicidad a base de una estrechez de miras muy propia de los nacionales norteamericanos y de una confianza ciega en sí mismo.

Por su parte, el director de cine Clint Eastwood continúa no dando de sí más de lo que potencialmente puede, que no es mucho. Resulta significativa su fascinación por un personaje como Chris Kyle: bastante plano, pero compendio de lo americano. Eso sí, Eastwood ha jugado "sucio" dulcificando las manchas antes citadas de la autobiografía hasta borrarlas de un plumazo y dotando, en su lugar, a su personaje de una complejidad mental que en la realidad nunca tuvo: el ser primitivo auténtico es sustituido por un ente más atractivo intelectualmente. Al mismo tiempo, ha pretendido hacer un nuevo western, tan de su agrado como actor, creando un antagonista árabe también francotirador, cuyo duelo, a la manera de Enemigo a las puertas, articula y sostiene el guion, manteniendo el suspense. No se pueden negar momentos exitosos en algunas secuencias fílmicas, pero están circunscritos a los episodios guerreros. La obra en sí misma testimonia una ciega mentalidad retrógrada y la película, por más que Eastwood haya intentado dotar a su héroe de una etopeya sustanciosa, resulta irrelevante en el abordaje de problemas de tanta enjundia como el conflicto de culturas y la justificación de la invasión armada, aspectos prácticamente obviados por el filme, más interesado en ofrecer al mundo el retrato de un héroe americano comprometido con su país.