"ali", Paco R. Baños

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Baqueteado en el mundo de los cortos y en las colaboraciones con cineastas paisanos y hasta compañeros de estudios, Paco R. Baños se estrena en los largometrajes con la premiada y bien recibida por la crítica, "ali". El filme nos cuenta algunos episodios inconexos de la vida de la joven protagonista que da título a la obra: la historia sentimental con un compañero de trabajo en el hipermercado donde trabajan, las turbulentas relaciones familiares con su madre y las salidas nocturnas con dos amigas, también trabajadoras del híper. Las dos primeras secuencias son las más interesantes y con más peso en la película, mientras que los episodios con las amigas son bastante livianos y pretenden, más que nada, dar una pátina de normalidad y de engarce con la realidad a la extraña personalidad de Ali.

Marcada por una madre infantilizada y emocionalmente inestable, Ali se nos muestra como una joven independiente, liberada y lenguaraz. Alérgica a los lazos sentimentales, su relación con Julio, el compañero laboral, no pretende para ella convertirse en nada más que ocasionales encuentros sexuales, pese a la insistencia y la paciencia del muchacho. Hay en Ali una carencia afectiva que deriva del ámbito familiar, donde la madre no ejerce como tal, pese a la paciencia de la hija -paralelismo, en este sentido, contrario a la relación que establece con Julio-; paciencia que se agota cuando la madre vuelve a caer en las redes sentimentales de otro amante, al que impunemente vuelve a meter en casa. Solo cuando la madre le permite la liberación del yugo maternal -tras un accidente casero-, Ali terminará por aceptar su necesidad afectiva e iniciará la búsqueda de un casi perdido para la causa Julio; trauma que corre paralelo a otro que al final también logra superar: el del miedo a conducir.

La película tiene una marcada querencia "indie": la narración dividida en secuencias encabezadas por imágenes televisivas de retroanuncios de accidentes (ese pánico al volante antes citado), la extraña afición de Julio de grabar la realidad cotidiana con sonidos, la cámara que se entretiene y sigue obsesivamente a la protagonista, sobre todo en su deambular en el trabajo (dando dimensión estética a las grandes superficies) y por la calle (¿el caminar torcido de la actriz es premeditado?), pero también en su cuerpo: ese plano frontal de sus bragas mientras ella está acostada lateralmente recuerda al de Scarlett Johansson en "Lost in translation" de Sofia Coppola, son solo algunos de los elementos cinematográficos que muestran la inclinación del director por una determinada estética visual, la del cine independiente y alternativo. Hay, por otra parte, un esfuerzo en el guión que se materializa en unos diálogos sabrosos, excesivamente brillantes a veces y que cuesta seguir por alguna elocución no suficientemente clara, y esto a pesar de que, aunque la película está ambientada en Sevilla, la dicción no es andaluza.

Lo mejor del filme radica en las interpretaciones de sus protagonistas: Nadia de Santiago ha comprendido perfectamente lo que el director pretende comunicar con el personaje y sabe darle la profundidad, dureza y carga de misterio necesarias, además es una actriz guapa y amada por la cámara; Verónica Forqué está muy profesional en un papel que no es para nada ajeno a su trayectoria; Lluís Marco ofrece una lección de interpretación encarnando al vilipendiado por Ali y sufrido amante de la madre, y el joven Adrián Lamana cumple sobradamente; quizás Julián Villagrán de vida al personaje más desdibujado y desaprovechado del elenco de actores.

Es de esperar un recorrido comercial largo para la película, después de la premiada trayectoria festivalera y tras un proceso de estreno en las salas que ha durado lo suyo -la obra tiene ya más de un año-. El gancho de los actores (conocidos sobradamente por la televisión o premiados en los Goya) debería ser el punto fuerte para la taquilla.

"La vendedora de tiempo", Ioana Gruia

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La presentación que la escritora rumana hizo de su primera novela en la Feria del Libro de Sevilla el pasado día 4 de mayo, sorprendió a algunos de los lectores que habíamos disfrutado de su anterior libro, el poemario "El sol en la fruta", por una declaración inicial de intenciones que es todo un programa estético: "quiero que me consideren ante todo una escritora mediterránea" y "a la hora de la escritura lo que cuenta es la felicidad" (parafraseo). Sorprende ese deseo de anclaje mediterráneo, bien es verdad que tamizado de cierto cosmopolitismo, cuando su país carece de ese marco natural; entiendo que es un rechazo implícito del ambiente eslavo, gris y triste, en el que se formó, y una apuesta firme por la luminosidad y vitalidad que se asocian con la cultura mediterránea. En cuanto al estado de gracia, contradice todo un arte poético secular que ha venido proclamando la infelicidad como germen de la plenitud estética (Jorge Guillén non dixit).

La novela presenta a una madura mujer rumana, Silvia Păun, con la fecha de caducidad marcada a fuego en su ser: el cáncer de pecho que la persigue se ha extendido por su cuerpo y ya ha renunciado a los estragos de la quimioterapia. Ante la muerte en accidente de su amado, decide vender sus posesiones y pasar sus últimos momentos de vida en Mar del Plata, cual la mujer de Hopper retratada en la magnífica portada -en hábil montaje- y edición de la obra. Allí, admirada por su belleza y deseada por varios hombres (un fotógrafo, Javier, será su joven y abnegado amante hasta el postrero instante), bebe a sorbos desesperados los últimos instantes de vida. Un viaje relámpago a Bucarest sirve como intermedio para ajustar viejas cuentas familiares.

El texto alterna, constantemente hasta casi el final, diversos segmentos narrativos: el principal, la historia en tercera persona de esos días finales frente al mar en un hotel de lujo; aquí la narración utiliza un presente verbal que pretende acercar al lector la problemática vital de la protagonista, ese acercamiento se acentúa en la última parte de la novela, donde es ella misma la que narra en primera persona. Junto a ese eje central, incluso con diferencia a veces tipográfica, aparecen otros apartados narrativos como cartas o diarios: cartas al amor de su vida, Valdi -el amante rumano fallecido-, cartas a una hija no nacida y un diario ficcional entresacado de un personaje de "La isla del tesoro". Además, está el paréntesis en Bucarest antes citado, los recuerdos de su vida previa al conocimiento de la enfermedad y la historia de Javier, Alba y Julio -en cierto momento el narrador se focaliza en el personaje del joven fotógrafo para desgranar su anterior relación sentimental y la adopción de un niño, Julio, tras el accidente mortal de los padres-. Novela, en este sentido, de rico entramado, jugosa por las historias que va entrelazando, aunque siempre con la vertebración que supone Silvia y su vecindad con una muerte que se va aproximando según avanza el texto.

Dijo Ioana en la presentación que pretendía darle un ritmo poético al texto; en efecto, sin ser una novela lírica, las repeticiones abundan en el texto: los mantras contra la muerte, el buque fantasma anclado en el paisaje marino, los piratas que hipnotizan a Julio, el pintor Hopper, las naranjas, el sexo explícito, el juego infantil de la protagonista para vender tiempo a sus familiares... Demasiados motivos recurrentes que quizá puedan provocar cierto hastío y la impresión de empobrecimiento estilístico.

Lo mejor de la novela radica en la parte central, en ese intermedio rumano que la protagonista se toma para visitar a su padre; las historias familiares y la descripción de Bucarest rezuman autenticidad y, además, emocionan: la relación entre padre e hija prende en el ánimo lector. Por el contrario, la historia del niño Julio resulta muy endeble por su inverosimilitud -la propia autora confesó la falta de referente explícito para crear al personaje- . Novela, en opinión de quien esto escribe, necesitada de poda, pero que permite atisbar todo el potencial narrativo -el poético ya está demostrado- de una escritora de raza, vitalista e inteligente.

Transcribo parte del párrafo final:
Alguien corre. Alguien va a rescatarme. Aprieto las manos que tengo entre las mías. Son tibias. Pronto dejaré de sentirlas. Bajo a velocidad vertiginosa hacia el fondo del mar. El agua me entra a borbotones. Estoy en un laberinto vertical y busco desesperadamente alguna puerta de salida. Tiene que haber alguna puerta de salida. No quiero morir. ¡No quiero morir! Mi padre y la tía Silvia gritan mi nombre, pero no pueden verme. Estoy asomada a un marco vacío, a un agujero negro. desde ahí agito la mano. ¡Hasta luego, papáaa! [...] Valdi pega su rostro al mío. Hay tres mejillas pegadas a las mías. ¡Mi vida, mi vida, mi vida! Yo amo la vida. La vida, mi vida. Tilos.
Naranjos".

Jesús Carrasco en Tomares

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La Feria del Libro tomareña (25-28 de abril) se adelanta a la de la capital de la provincia con algunos invitados sugestivos: Ignacio Camacho, Jesús Carrasco, Mara Torres, Alicia Giménez Bartlett, Lorenzo Silva y Fernando Sánchez Dragó, en orden de presentación. Ayer, viernes 26, pudimos asistir a la charla de Jesús Carrasco sobre su primera y exitosa novela "Intemperie", charla moderada por Manolo Haro. La carpa instalada en la Plaza del Ayuntamiento para la ocasión registró una asistencia mínima, constante que he venido observando con lamentable frecuencia, veremos si hoy mismo el reciente Premio Planeta, Lorenzo Silva, tiene mayor poder de convocatoria.

Jesús estuvo sencillo y didáctico en su exposición, ganando entereza y amenidad según esta iba avanzando. Habló el escritor, a instancias del moderador y de algunas pocas preguntas del público, de cuestiones generales del oficio de escritor, de la génesis, aspectos narrativos y proceso de publicación de "Intemperie" y de las repercusiones mediáticas de esta, que paso seguidamente a abordar.

La escritura surge, para Carrasco, de un mínimo apunte que ha de despertar el poder de extrañeza y evocación que debe tener la literatura. Incidió el novelista en cuestiones de pragmática literaria al indicar que la obra que él quiere ofrecer al lector es un mínimo (una línea apenas curva de un círculo inconcluso) que el receptor debe completar. El personaje principal de "Intemperie", el niño que huye de casa, era lo único que tenía en mente el escritor a la hora de crear la novela, y a partir de ahí fue desenvolviéndose el texto. No pudieron faltar las referencias a ese estilo tan peculiar que caracteriza la obra y ha llamado tanto la atención. En este sentido, Carrasco defendió el poder de la palabras para conformar el mundo, para ello evocó las enseñanzas de su propio padre, maestro, y las que intenta imbuir en su hija: la palabra precisa enriquece la realidad, las palabras baúl la empobrecen. La fotografía, según Jesús Carrasco -y aquí se notó su oficio de publicista-, se hace más rica si cada píxel es el adecuado, en interesante símil. Corroboró la opinión de un interviniente en el acto, en el sentido de la sencillez de su lenguaje, más allá de los tecnicismos campestres que la inundan, y que no deberían obligar al recurso del diccionario para la comprensión de la expresión. Repitió lo leído en otras entrevistas sobre la sorpresa e incredulidad del escritor ante el éxito que ha acabado por abrumarlo y terminó con referencias a sus influencias literarias. Aquí estableció una curiosa metáfora de la historia lectora con una cuerda y los nudos que la van formando: estos nudos, serían, en su infancia, los tebeos de Astérix, y en la edad adulta, los cuentos de Raymond Carver y la literatura norteamericana (Faulkner, el maestro); otros escritores que mencionó fueron Miguel Delibes, Georges Perec o San Juan de la Cruz, cuya breve, pero intensa y evocadora poesía sería la obra que se llevaría  a una isla desierta.

Charla, en definitiva, interesante, agradable, nada pretenciosa y con un autor accesible al público en la posterior firma de ejemplares.

"La caza", Thomas Vinterberg

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La nueva película del antes "dogmático" cineasta danés Thomas Vinterberg refuta, con acierto, la tesis de que los niños nunca mienten por medio de la presentación de una obra en la que una inocente frase infantil de contenido sexual arruina la vida de un hombre maduro. La niña protagonista, que sufre cierto abandono familiar (los padres discuten sin acompañarla al colegio y el hermano adolescente pretende escandalizarla con fotos pornográficas), busca amparo y cariño en un maestro de la escuela a la que asiste, personaje encarnado por Mads Mikkelsen, quien al rechazar, con buen criterio, las efusivas muestras de aprecio, será objeto de un despecho infantil que encontrará ominoso pábulo en la directora de la escuela, para posteriormente enquistarse, pese a la absolución policial, en el núcleo vecinal y de amigos.

Una comunidad protestante bien avenida se convierte así en una jauría humana dispuesta  a la caza del inocente, pues en ningún momento la obra se permite la mínima duda al respecto, lo que facilita la total identificación del espectador con el sufrimiento del protagonista. La inicial pasividad de éste puede enervar a más de uno, pero no es más que la lógica respuesta ante la incredulidad virginal por la acusación. La violencia física a la que se ve finalmente sometido el denunciado termina por desatar su propia ira a base de golpes, que el propio espectador hace suyos.

Lo interesante de la película es cómo una comunidad se ve transformada por un inofensivo infundio en un núcleo salvaje dispuesto a ejercer el linchamiento visceral. Hasta la propia novia del protagonista, emigrante polaca que suelta un par de expresiones en la lengua eslava -no en vano Polonia está en los genes de la actriz, pese a la apariencia oriental-, llega a dudar de la inocencia del amante, lo que acentúa aun más una soledad que sólo es aliviada por la incondicional compañía del hijo de un anterior matrimonio. La verdad al final sale a la luz en la celebración eclesiástica de la Nochebuena -Dreyer pesa mucho en la cinematografía nórdica, afortunadamente-, pero el equilibrio ya se ha roto (el retorno al edén es una falacia) y la coda inquietante final no hace más que subrayar que el germen maligno de la duda no se ha logrado extirpar (no se puede hacer borrón y cuenta nueva de la ignominia).

Estéticamente, la película tiene tonos fríos, pretende la naturalidad de ambientes e interpretaciones-Dogma sigue tirando, a pesar de todo-. Las fiestas de amigos resultan bastante escandalosas y recuerdan las bacanales vikingas, y el paralelismo con la caza animal del venado, que abre y cierra la narración, quizás resulte demasiado obvio y recuerde a otros filmes.

Varsovia, Abel Murcia

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Varsovia

Llegaron y dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa,
tendré hijos e hijas que pueblen
uno a uno las márgenes del río.”
Igual no lo dijeron
y solo lo pensaron
porque eran los tiempos
vacíos de palabras,
o ni siquiera eso,
tampoco lo pensaron,
simplemente lo hicieron.

Después llego la historia
y con ella los nombres
atados a sonidos de imposible cadencia.

La vida fue llenando las hojas de los libros
dejando entre las líneas ecos de la existencia.
Hoy muchos de esos libros
no son más que cenizas
crepitantes aún al son de la memoria.

Dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa”.
Y así fue.
La primera y la última.
También todas las otras:
la del primer amor, la de los juegos,
la del llanto y la risa,
la de lo nunca dicho,
la del odio y la ira,
la de…

Es cierto. Lo dijeron.
Muchas fueron las veces y muchas las personas.

Para ser de esta tierra basta la voluntad
y eso no es poco.

Dijeron:
“En esta tierra habré
de levantar mi casa”.

Y le pusieron nombre.
En mi lengua es Varsovia.

Abel Murcia, desguace personal, Czuły Barbarzyńca Press, Warszawa, 2012.

"Todo suena", Lorenzo Silva

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La Clínica Universitaria de Navarra ha editado en diciembre de 2012, en su Colección “Historias de la Clínica” – que ya contaba con prestigiosas firmas como la de Juan Manuel de Prada, José María Merino o Gustavo Martín Garzo-, el último libro en papel de Lorenzo Silva, “Todo suena”. Se trata de un pequeño texto de apenas sesenta páginas, en formato asimismo reducido, que la editora distribuye gratuitamente –en el blog del autor se informó de cómo adquirirlo.

La obra es un reportaje sobre la paciente Ana Aísa Blanco, aquejada de sordera progresiva desde la adolescencia, que acude a la clínica navarra como tabla de salvación tras tres partos que debilitaron aun más su capacidad auditiva. Las sendas operaciones que sufrieron sus oídos resultaron un éxito y permitieron que “todo a su alrededor sonara” cuando su vida se había sumido ya en el silencio absoluto.

El texto, tal como nos lo cuenta Silva, muestra una valiente historia de superación personal. A partir de los quince años, Anuca se ve enfrentada a un drama personal que ya contaba con antecedentes familiares y que convierte su vida en una carrera de obstáculos que ella afronta con resignación, pero con gran fortaleza de ánimo. El autor pone manifiesto una y otra vez la negativa de la protagonista a que su existencia se viera afectada por la minusvalía. Las constantes “trampas” que se ingenia en la Universidad, en su vida laboral y personal son testimonio de una fuerte voluntad por no convertirse en una marginada social y por mostrar frente los demás una aparente normalidad. En ningún momento Anuca se vale de su discapacidad auditiva para obtener las más que justificadas prebendas que la sociedad le podría ofrecer, antes al contrario, sus denodados esfuerzos por suplir con astucia el silencio que se iba imponiendo progresivamente en sus relaciones personales a través del canal oral provocan en ocasiones la incomprensión de algunos conocidos, cuando no la burla de unos o la propensión en otros a ofrecer una imagen de retraso cognitivo. Sin embargo, cuando la situación se hace insostenible y su oído ya no le permite el más mínimo contacto sensorial externo, Anuca decide acudir en 2004 a la clínica navarra: las operaciones a las que se vio sometida, y que consisten someramente en la colocación de precisos implantes internos que colaboran con aparatos sujetos a la oreja, tuvieron el resultado esperado y dieron una nueva dimensión a su vida. Los problemas físicos devenidos de adaptación a los mecanismos externos y de asociación de los nuevos sonidos con la realidad –interesante cuestión que jamás uno que no haya sufrido esta dolencia hubiera podido imaginar- son males menores en comparación con los beneficios aportados por la intervención.

La narración se presenta como un somero repaso vital de la protagonista. Se centra Lorenzo Silva en sus problemas auditivos y en las distintas soluciones –personales y médicas- que se van sucediendo desde que la enfermedad se hace patente. Como se ha puesto antes de manifiesto, la intención del autor es mostrar una aleccionadora historia personal de superación. En este sentido, la obra parece en ocasiones una pequeña hagiografía laica de Anuca: inmune al desánimo, la enferma se saca de la chistera los más sagaces, y hasta peregrinos, trucos para desmontar su sordera y llevar una vida lo más normal posible. Sin embargo, algunos claroscuros ensombrecen la imagen que el texto nos quiere ofrecer de Ana Aísa: ¿no hay en esos agotadores esfuerzos un intento de engañar a la realidad y una falta de aceptación del problema físico?, ¿las manifestaciones de la hija mayor en el sentido de que su madre ha cambiado radicalmente tras las operaciones no se contradicen con la imagen que la narración nos muestra de Anuca antes de someterse al quirófano navarro? Interrogantes que planean maliciosamente sobre el reportaje y que tiñen de maldad esta reseña del texto.

El estilo adoptado por Silva se adapta al del reportaje periodístico. Si bien hay unos primeros párrafos reflexivos, pero con voluntad estilística, sobre las consecuencias de la sordera en cualquier ser humano, al poco ya se implica el escritor -ausente aparentemente del reportaje- en un sobrio repaso biográfico de la protagonista absoluta de la obra, a la que ya no suelta hasta el final del texto si no es para hacer un inciso técnico de la operación en sí misma, bien justificado con una aclaración previa: la inconsciencia anestésica de Anuca obliga a dejarla narrativamente, de modo transitorio, al margen.

Nada que escriba el autor madrileño es ajeno a este bloguero. Poco se podía aportar a lo ya dicho en numerosos lugares sobre la premiada “La marca del meridiano”, sin embargo, “Todo suena” ha pasado lógicamente más desapercibido y ello permite una mayor libertad crítica, a la vez que fomenta una cierta ilusión de originalidad en el comentario de un texto menor de tamaño, pero que se queda grabado poderosamente en la retina, mejor dicho, en el tímpano del silencioso lector.

"Intemperie", Jesús Carrasco

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Un niño fugitivo. Un alguacil despótico y pervertido. Una familia consentidora. Un cabrero justiciero, pero magnánimo. Un paisaje cuasi apocalíptico. Unos animales dóciles y al servicio del hombre. Estos son los elementos que tejen la urdimbre narrativa de la primera novela de este extremeño radicado en Sevilla, pero ya elevado a los altares narrativos internacionales. Como "western ibérico" ha definido su autor el texto, y, en efecto, mucho de ello hay en esta obra, a la que se ha querido relacionar también con el Cormac McCarthy de "La carretera" y hasta con Miguel Delibes (¿?).

La novela comienza con el innominado protagonista agazapado en un refugio subterráneo escapando de familiares y vecinos como si fuera una pueril travesura, pero ello no es más que mero espejismo, poco debe esperar el lector para percatarse de la seriedad del propósito del niño, del miedo que ha causado la huida, de la dura tarea de supervivencia que se ha autoinfligido y del naturalismo del narrador en la descripción de las penalidades fugitivas. El encuentro con un decrépito cabrero lo salva de una muerte segura en medio de un paraje abrasado por el sol; pero la minuciosidad en la narración de las tareas pastoriles a las que se dedica junto a su salvador parece augurar un hastío de rancios episodios campestres que afortunadamente terminan con la aparición del grupo de perseguidores, iniciándose ahí una acertada acumulación de secuencias narrativas salvajes y en el límite de lo verosímil, que mantienen al lector atrapado en el texto y en constante tensión ya hasta un final previsible y apuntado someramente en la narración.

El estilo merece especial atención y en él han reparado los críticos para destacar lo cuidado de la expresión, la recuperación de vocablos antiguos y el marcado hiperrealismo del texto. Sorprende, eso sí, la brevedad de las oraciones -que puede motivar el rechazo de más de uno- y la cualidad poética de la novela gracias a los tropos utilizados. Hay un acierto en la focalización del narrador en el punto de vista del niño, lo que hace prevalecer una visión primigenia y pura, aunque no inocente, de los acontecimientos, de los seres vivos y de la naturaleza.

Novela, en definitiva, cuajada, de claros y sabios referentes, muy estilística, pero cuyo formalismo no ahoga lo narrativo. Habrá que esperar frutos posteriores para calibrar en su justa medida las dotes del escritor.

Microrrelato agridulce

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TRÁNSITO DULCE

Llamó a la puerta con suavidad, sabía que no hacía falta brusquedad alguna, deberían reconocerla sin aspavientos. Le abrieron con cautela, pero sin temor. Notó las miradas de la anciana pareja fijas en ELLA y les saludó con un fuerte apretón de manos; quería transmitir confianza -estaba cansada de clamores y llantos, no le gustaba que le implorasen-. Le invitaron a sentarse, ELLA aceptó, no en vano venía de tan lejos… Hasta le ofrecieron una copa de vino. “¿Cuál?”, “Uno dulce, por favor”. Sirvieron sendas copas y, mientras apuraban con deleite los tragos, se dio a conocer. Bastaron unas delicadas insinuaciones para que los ancianos comprendieran... No se sorprendió cuando ellos asintieron con un leve gesto a sus palabras; después, se miraron el uno al otro y juntaron sus manos. El roce con una de las copas hizo que ésta cayera al suelo y se derramase un poco de líquido sobre la alfombra; la mujer hizo ademán de recogerla y limpiar, mas él se lo impidió. “¿Qué importa ya? No tenemos tiempo para minucias”.

ELLA salió, al fin, de la casa. Antes, les había cerrado amablemente los ojos. Pocas veces fue tan dulce la partida.

"Hitchcock", Sacha Gervasi

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Encarnar en la pantalla a Sir Alfred Hitchcock es tarea de titanes: un físico peculiar, una dicción teatral y una presencia icónica reconocible por doquier, hacen de la empresa algo poco menos que abocado al fracaso, y Anthony Hopkins no sale bien librado del esfuerzo: el espectador no ve al personaje, sino al actor, pese a un maquillaje, cuanto menos, cuestionable. Algo similar sucede con Scarlett Johansson en el papel de la protagonista de "Psicosis", Janet Leigh, y con Hellen Mirren como la abnegada esposa de Hitchcock, Alma Reville.

En este error de casting es donde radica el principal problema de la película: la Mirren borda su papel, pero uno no pude apartar de su retina a "The Queen". Al igual que en "Psicosis" la familia Hitchcock debió recurrir a actores no estrellas para asumir el coste de producción del filme -que le negó la Paramount-, la productora de esta película debiera haber optado por actores menos reconocibles para interpretar a los personajes, alguno de ellos bien popular. Quien mejor encarna su papel es el que interpreta a Anthony Perkins y ello se debe, en buen manera, a que el espectador no reconoce al actor, James D´Arcy.

Por lo demás, la película es una descripción interesante y convincente, al mismo tiempo que respetuosa, de las peculiaridades -ensayo de Stephen Rebello en mano- que rodearon el parto de una de las obras cumbres del mago del suspense, "Psicosis", a la vez que nos ofrece un retrato íntimo de la pareja y del "malvado" mundo del cine: las obsesiones y manías del genio, el imprescindible cometido de Alma Reville en su vida y obra, las bambalinas de la industria de Hollywood... No faltan, eso sí, guiños para cinéfilos dispuestos a demostrar en la sala de cine su sapiencia, a costa de no respetar el más elemental silencio (pero esto es otra historia). Quizás el final sea demasiado edulcorado, pues es bien conocido que la terapia personal que esta película supuso para "Hitch", según el filme, no fue tan completa: el encuentro con Tippi Hedren en sus dos siguientes películas despertó a la bestia neurótica agazapada que llevaba encima.

Microcríticas de cine

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Mínimos apuntes críticos para cuatro películas vistas recientemente. Puyas por doquier para ponerme al día en la cartelera:


Blancanieves, Pablo Berger. ¡Tanto talento desperdiciado! Una españolada gratuita e inocente, que solo se perdona por la pasión cinematográfica que emana la obra. A nuestros críticos -otra muestra de provincianismo- se les ha caído la baba con la cinta, ¿por qué será que en la Academia de Hollywood no ha pasado ni la primera criba...?


The Master, Paul Thomas Anderson. Demasiada elipsis narrativa para comprender correctamente la relación maestro-discípulo. Joaquim Phoenix, como es habitual en él, sobreactuado, aunque la interpretación de P.S. Hoffman compensa las ínfulas brandonianas de aquél. "No guru, no method, no theacher" cantaba Van Morrison, abominando de la Iglesia de la Cienciología.


Dans la maison, Françoise Ozon. Morir de literatura: el maestro que cae en la red literaria y vital que le teje el alumno. Ozon acierta en el tono paródico del filme, aunque el castigo al profesor es a todas luces excesivo, sobre todo en su relación de pareja, y el muchacho no da el tipo: esa cara de malo no encaja con la marginalidad intelectual y social que al personaje le caracteriza. Aun así, la mejor película de las cuatro en esta entrada reseñadas.


Amour, Michael Haneke. Espinoso tema el del autor austriaco. Uno no va al cine a sufrir. ¡Ja!, esta aseveración puede ser fácilmente rebatida: si una obra conmueve es porque el receptor se la ha creído (bien hecha, interpretada...). ¡Vale!, pero hay más: el sufrimiento deviene también por un ritmo narrativo asfixiante, una puesta en escena claustrofóbica y unos silencios excesivos. Emmanuelle Riva se llevará seguramente el Óscar, pero el que sostiene todo el filme es Jean-Louis Trintignant. Tanto afán de veracidad "hanekista" para que después de todo nos salga el guión con una escena de realismo mágico... Eso sí, la parte final de la obra -muerte de la protagonista incluida- sobrecoge; aunque la gran lección de la película quizás estribe en otro lado, más allá de debates morales sobre la piedad amorosa y homicida: vivimos una época de exhibicionismos personales gratuitos a los que el director opone una intimidad fiera en la decrepitud.

Dominique A en el Central

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Ayer, día 23, coincidieron, lamentablemente, en los escenarios hispalenses dos formaciones imprescindibles: el grupo rock de Dominque A en el Teatro Central y, apenas a 200 metros, la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio "Manuel Castillo" en el Auditorio de la ETS de Ingeniería. A despecho de algún "maleable" anónimo, que no podrá dejar su mala baba en este blog -que no desespere, seguro que habrá otras oportunidades para escuchar a la orquesta, reseñarla y que descargue su resentimiento por estos lares-, debí elegir al cantante francés por una simple cuestión de anticipación en la compra de las entradas (agradezco desde aquí la gentileza de los responsables del Central para solucionar generosamente la pérdida de las mismas).

El concierto, anunciado para las 21.00 horas, se retrasó 60 minutos por la prescindible actuación del telonero Benjamin Schoos. Llegado el  momento, Dominique A se presentó en el escenario acompañado por un sobrio cuarteto de batería, teclado, bajo y guitarra para presentar el disco de 2012 Vers les lueurs, con la canción homónima que dio comienzo al recital. Una hora y media enérgica de power pop y estilismo vocal: nadie como él para representar ese ejercicio musical anglo-francés que es la Nouvelle chanson. En una forma física envidiable, el cantante se metió al público -que nuevamente no llenó el aforo, como en el caso de otro concierto histórico, el de Swans- en el bolsillo a base de recorrer su trayectoria con elegancia y poderío musicales. Brilló Dominique sobre todo en los momentos duros de la actuación: aquellos en los que sus acompañantes secundaron al líder, con conciencia plena de su papel secundario ante la estrella, en las canciones con crescendo y riffs de guitarra. Uno no se esperaba que el admirador de los clásicos de la chanson ejerciera de rockero contundente de esa manera, pues el poderío vocal se le supone. No fue, por tanto, en la vertiente melódica donde sorprendió gratamente Dominique A, sino en la  rotundidad rockera sin paliativos de un concierto que se alargó generosamente en los bises. Además, estuvo el francés simpático y receptivo en la presentación de la serie vertiginosa de canciones -apenas sin descanso para que el espectador se repusiera, el mismo poco respiro que el propio cantante se daba a sí mismo en su sucesión de espasmódicos movimientos en el escenario.

Otra noche, una más, en el Central para recordar y alegrarse de la sorprendente presencia entre el público de compañeros de trabajo y fatigas. Au revoir!, monsieur Ané.

"Hombre en la niebla", Jesús Bernal

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El Premio Adonáis 2011 puso en circulación -función primordial del galardón a lo largo de su historia- a un escritor casi inédito, Jesús Bernal (Elche, 1976), autor hasta entonces de un único poemario, Amar es mi ejercicio, 2005, asimismo premiado. La cubierta de la edición de RIALP ofrece un acertado y sintético análisis de la obra: "poemas reflexivos [...] que atienden tanto a asuntos existenciales, básicos, del ser humano -el paso del tiempo, las cuestiones metafísicas del ser y del morir...- como a la expresión de la comunión plena con la naturaleza.  [...] Poeta de la naturaleza cabría nombrar, pues, a Jesús Bernal, de una naturaleza muy mediterránea, ya que sus composiciones reflejan el paisaje levantino". Paso a comentar algunos de los fragmentos del libro.

Sin duda, hay aquí un estética panteísta sui generis, en la que se nos hurta la dimensión teológica divina. Un lazo cuasi sacramental une al sujeto poético con el mundo natural: "Nubes y lagos, bosques / y cielos se diluyen en mi sangre [... ] doy forma al Universo en cada trago" afirma Bernal en el primer poema del libro, "Manantial", para que el lector sepa desde el principio ya a qué atenerse. Comunión que se extiende al reino animal: en el poema "Acuario" los seres humanos tras el cristal se integran en el mundo submarino: "no somos más que formas / en descomposición, materia efímera / en el fondo del tiempo, / los restos de un naufragio sin porqué"; pero es que incluso los seres inanimados pugnan por albergar vida en sí, por ejemplo, el poema "Cotidiano": "La lámpara, la mesa, los papeles, / la taza de café / y todos estos libros / piden el testimonio de una voz / para abrir en su seno una hendidura / que albergue a quien los nombra". El poeta forma parte felizmente de un todo pletórico, aunque algunas tierras no sean especialmente de su agrado: en "Paisaje de meseta" las palabras de la cubierta de la edición en torno a su vinculación con el Mediterráneo cobran su sentido -quizás el sustantivo "vulgaridad" desacredite un tanto el punto de vista adoptado y pueda levantar ampollas.

Pero este poemario es mucho más que un canto integrador de los seres/no seres que habitan nuestro mundo. Hay una reflexión existencial en la que el sujeto poético muestra apesadumbrado sus carencias: "Vine desde muy lejos / para escuchar la voz / que entonces poseías, / antes de que mudase en la cadencia tramposa e insegura / que enhebra mis palabras" o "La oscuridad, igual que un agua sucia, / inundó los senderos, / y mi cuerpo ensartado / resbaló por el filo del presente / (polvo hacia el polvo). Entre las hojas secas / mi volumen de sombra se abismó." o "Vuelve la primavera / con alforjas cuajadas de verdura, / pero nada nos trae: / para nosotros vuelve de vacío / -como todos los años-, / incapaz de fundir la sangre helada, / incapaz de engastar / un resplandor de afecto / en las sombras que habitan la conciencia". La percepción de la muerte, en este sentido, está también presente en el libro en la forma serena de final de viaje, de encuentro inevitable y que allana el camino: "Escuchaste su voz que te llamaba / -fraternal, conocida-, / y supiste alcanzado tu destino, / y no tuviste miedo", reza uno de los mejores textos de la obra, "Hombre en la niebla".

Pocos poemas amorosos hay en el libro: alguna mujer etérea ("Esa canción") se nos menciona en el texto, aunque más bien cabría corregir afirmando que el amor más conseguido y pleno es el que al autor le ofrece el mundo natural: "Me estás hablando / de dolor y vergüenza, / lealtad y ternura. / Tus palabras ni ofenden ni perdonan. / Vienes y vas, tu verbo es infinito. / No hay nadie que tu boca hiera o selle", canta el sujeto lírico al mar. Alguna mención clásica (Petrarca, Príamo, "De rerum natura"), un misterioso monólogo dramático ("No merezco más gloria") y varias referencias obsesivas a la pugna luz/oscuridad completan lo más valioso del poemario.

Formalmente, los textos se caracterizan por su brevedad. En cuanto al ritmo, los poemas se ajustan a hepta y endecasílabos blancos. El vocabulario es sencillo, lo que hace a los textos plenamente comunicativos, aunque con hondura meditativa, como se ha afirmado más arriba. Debo mencionar, para terminar, a Valentín Ansede, al que debo la lectura y posesión de este magnífico libro.

GOTA DE LLUVIA

He detenido el paso
en la acera mojada.
He mirado hacia el cielo de la noche
y he visto a contraluz, en las farolas,
miles de gotas blancas desplomándose.
Nacían de lo negro sin pasado,
hambrientas de llegar a algún destino.
Caían incesantes como trizas
de tiempo despeñado sobre el tiempo.

He elegido una gota
y he cerrado los ojos
por guardarla un instante en la retina.

En mi mente, esa gota
se ha convertido en símbolo
de todo lo que fluye sin descanso,
de todo lo que fluye
-como la vida misma-, inexorable,
hacia su conclusión.

Cosecha de 2012

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  • 2012 fue el año musical de Michael Gira y su proyecto resucitado con el grupo "Swans". La propuesta de rock agresivo -como botón de muestra, la imagen de portada que se reproduce aquí-, apocalíptico y nihilista tuvo su reflejo en el doble The seer y el espectacular y dañino para los oídos directo que ha paseado por España durante el mes de diciembre (agradecida escala la hecha en Sevilla, aunque no llenara el aforo).
  • Dos veteranos del  jazz, con graves problemas físicos ambos, se pasearon por los escenarios españoles dejando testimonio de su buen hacer y calidad a la trompeta y el piano, respectivamente: Tom Harrell y Fred Hersch. Además, este último con un doble en directo en el Village Vanguard espléndido.
  • Otros dos veteranos, esta vez del folk-rock, Bob Dylan y Neil Young siguen sorprendiendo  por sus propuestas musicales periódicas. El de Minnesota, con una voz cada vez más ajada,  ha dado con Tempest muestra sobrada de perenne talento: folk-rock con esencias "bluesy". Young, junto a los eternos "Crazy horse", publicó dos discos dispares: Americana, una colección de clásicos masacrada por la crítica y un doble, Psychedelic Pill, que recupera algunos de los momentos más brillantes de la colaboración rockera con el grupo de sus amores.
  • Peter Hammill, al frente de Van der Graaf Generator, no aparecerá seguro en ninguna lista de lo mejor del año, ni le importará lo más mínimo, él siempre ha ido a su aire. El año pasado, fiel a su cita anual, recuperó a dos de los miembros del veterano grupo con el que se inició a comienzo de los 70, para ofrecer un disco "ambient" y electrónico, Alt; esa voz tan peculiar, esta vez se nos ha hurtado.
  • Amancio Prada pulsó la fibra más sensible y lírica del que esto suscribe con un recital pleno de sentimiento.
  • La música clásica polaca ha tenido en 2012 dos momentos importantes: la representación de la ópera señera de Szymanowski Król Roger en Bilbao a cargo de la ABAO-OLBE y el Teatro Wielki de Poznań, y el ballet La Bayadère por el Teatro Nacional de Polonia en Sevilla.


  • Moonrise Kingdom, que encabeza alguna de las listas cinematográficas del año, es un cuento de hadas de amor adolescente, hecho con ingenio, buen gusto y creatividad visual. Los veteranos Bruce Willis y Bill Murray, como secundarios, ofrecen el contrapunto perfecto del mundo adulto, a la vez que el gancho necesario para el espectador.
  • La vida de Pi, pese a un largo inicio "ameliesco" -como comenta acertadamente Joan Pons en "Rockdelux"-, es un tour de force joven/tigre visualmente atractivo y muy imaginativo, en el que el 3D cobra por fin una función estética y no meramente decorativa.
  • Grupo 7 puede que haya sido la película española del año. Cine negro "made in Spain" del bueno: ambientación acertada y sólidas interpretaciones.
  • La pequeña Venecia fue la sorpresa de la temporada. Una historia intimista de emigrantes realizada con gran sensibilidad.
  • Jane Eyre, que no llegó a las pantallas sevillanas hasta 2012, se configuró como una versión hecha con nervio y pulcritud, y nada acartonada, del clásico de la literatura. Michael Fassbender, el actor de moda, borda su papel y la heroína, Mia Wasikowska, le secunda con acierto. 


  • La poesía polaca tuvo el año pasado algunos hitos importantes en nuestro idioma: la antología de autores jóvenes Poesía a contragolpe, la edición de la poesía completa de Zbigniew Herbert y la traducción del último poemario de Adam Zagajewski, Mano invisible. La nota triste la puso el fallecimiento de Wisława Szymborska.
  • Ioana Gruia se dio a conocer con un poemario que obtuvo un merecido premio regional. De ella y su poesía hablé ya largo y tendido en el blog.
  • El Planeta a Lorenzo Silva ha lanzado al gran público la saga negra del más famoso guardia civil hispano. Ahora bien, ¿necesitaba el escritor este galardón?
  • Antonio Gamoneda nos dio en 2012 lo que puede ser su último libro, Canción errónea, en el que incide en la línea poética de los últimos tiempos: el versículo, el irracionalismo y la muerte como final del trayecto al que oponer una sabia indiferencia.
  • Bartleby Editores publicó la edición completa de un clásico de la poesía donde los haya, la Antología de Spoon River de E.L. Masters: lírica y narración a partes iguales en unos epitafios que dejan testimonio de la historia de un pueblo norteamericano.

Navidad melancólica

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NATAL

Nem aqui, nem agora. Vã promessa
Doutro calor e nova descoberta
Se desfaz sob a hora que anoitece.
Brilham lumes no céu? Sempre brilharam.
Dessa velha ilusão desenganemos:
É dia de Natal. Nada acontece.

José Saramago

"La pequeña Venecia". Andrea Segre

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En Bydgoszcz (Polonia) hay una pequeña Venecia, que la imagen de cabecera de la entrada intenta reproducir y embellecer. Uno la conoce bien y puede afirmar que tiene un encanto especial -más ahora que los fondos europeos retocan el espacio, como lo hace la foto de arriba-, en una ciudad no demasiado sobrada de él. También en Italia hay otra Venecia, Chioggia, sita en la laguna de la famosa localidad turística; pero, al contrario de ésta, Chioggia no desprende belleza, sino brumas insalubres, olores a pescado y mediocridad. En esta tierra es donde el realizador Andrea Segre teje su historia de amores maduros, casi seniles, de barras húmedas de bar y de mafias chinas canallescas.

Shun Li es una emigrante asiática, chantajeada por las redes mafiosas con un hijo que espera el reencuentro desde China, y que trabaja de camarera en un bar portuario de Chioggia. Aquí se reúne un grupo variopinto de parroquianos, entre los que sobresalen varios pescadores y un particular y desagradable skinhead. Bepi es un pescador jubilado jugoslavo, aficionado a las rimas, veterano de la emigración -treinta años en Italia-, que lleva una vida solitaria y que se entretiene en el antedicho bar y en una cabaña de la laguna donde pesca. Entre ambos, surge una delicada historia de amor, que la presión social -tanto de nativos como de extranjeros- logra herrumbrar.

La mirada del director es pausada, cadenciosa, llena de silencios y sobrentendidos, cuasi poética (la poesía es el leitmotiv de la película) y, quizás, demasiado almibarada en el último tercio de la película. Ese azúcar final debiera haber sido sustituido por una profundización en la historia del pescador, que al espectador se le escamotea, desde el guion, cuando Shun Li debe marcharse de Chioggia impelida por las circunstancias, puesto que su romance ha removido las aguas tranquilas de la localidad. Tal vez lo mejor del filme radique en otros ámbitos: en la puesta en escena, la interpretación de Rade Serbedzija, la música de François Couturier y en otra particular historia de amor: la que se establece entre Shun Li y su compañera de habitación, de la que no se nos muestra su trabajo, pero a la que se puede relacionar fácilmente con la prostitución, y quien a la postre será su benefactora.