"Cold war", Paweł Pawlikowski

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Pretender alargar el éxito emulando la estética de la obra precedente no es de recibo. Si además las intenciones narrativas, no cumplidas, son demasiado trascendentes, el resultado es una obra artística decepcionante y, a la postre, fallida (opinión refutable). Es lo que sucede con la reciente y premiada en Cannes película del director de la simpar Ida, Paweł Pawlikowski.

Continúa el autor polaco indagando en el pasado de su país; en esta ocasión, contraponiendo los dos mundos que dividieron la Europa de la posguerra hasta la caída del Muro y arremetiendo duramente contra el totalitarismo comunista. Para ello, se sirve de una dilatada y, a la postre, trágica historia de amor fou entre un pianista cazatalentos y una postulante a cantante folclórica.

Comienza el filme de una forma esperanzadora y brillante: el idéntico  y portentoso blanco y negro de Ida acentúa los rasgos duros, con querencia pretérita, en primerísimo plano, de aldeanos polacos entonando canciones tradicionales. Poco después, aparece el protagonista -galán a su pesar- y sus acompañantes -omnipresente Agata Kulesza- con rudimentarios aparatos buceando en la Polonia recóndita en busca de los documentos sonoros que han de crear un corpus de canciones y bailes tradicionales para conformar lo que en la realidad de la época se convertiría en emblema, tarjeta de vista y propaganda de la Polonia comunista: un conjunto folclórico para disfrute de los mandatarios de la Europa del otro lado del telón de acero. Allí es donde surge la protagonista: aspirante a formar parte del conjunto, y que no pasará desapercibida por su belleza, exuberancia y descaro por el pianista y juez del tribunal, junto a Kulesza, que valora a las candidatas. A partir de ahí, se desarrolla una historia de amor turbulenta, plagada de desencuentros, a lo largo de varias décadas y países, que termina cíclicamente con una vuelta a los orígenes campestres y de pobreza en el que se conocieron.

Además de plagiar la estética de Ida (¿será en el futuro éste un rasgo de autor de Pawlikowski y el que escribe esto se equivoca?), donde la película naufraga es en la utilización en exceso de elipsis narrativas que dificultan la comprensión por el espectador de las motivaciones de los personajes y sus peripecias vitales (en constante bumerán). Lo que en Ida fluía con naturalidad: historia sencilla, minimalista narración, duración temporal escasa, aquí la pretensión de abarcar muchos años de relación de una pareja a través de un escaso metraje crea lagunas cognitivas. En su contra juegan, asimismo, unos encuadres y planos que parecen realizados por un discípulo aventajado, pero amanerado, del propio director. Joanna Kulig está esplendorosa en su papel de protagonista, no así Tomasz Kot, que semeja un títere moviéndose según quién manipule los hilos (pareciera como si Pawlikowski tuviera predilección por los personajes femeninos, dejando a lo varones a merced de las féminas y en segundo plano).

No es, a pesar de mis críticas, una película para nada desdeñable: evidencia un punto de vista autorial asentado y tiene momentos de intensa y dramática belleza, amén de una banda sonora ecléctica apabullante, pero no es lo que este juntaletras esperaba de Paweł Pawlikowski.

"Nueve más cero", Ángel F. Becerra

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La poda es una práctica agrícola que consiste en recortar un árbol o arbusto para incrementar el rendimiento del fruto. De no producirse ésta, dicha planta ve cómo la proliferación de tallos o ramas redunda en una abundancia de frutos, pero de tamaño más bien reducido. Algún tijeretazo, pienso, le haría bien al libro que me propongo reseñar, a saber, el segundo tomo de relatos del onubense Ángel Francisco Becerra, Nueve más cero.
Está compuesto, como el propio título denota, de nueve cuentos, más una pequeña broma matemático-ontológica. Todas las historias son sustanciosas y amenas, se leen con agrado e interés, pero la mayoría pecan de sobreabundancia en las apariciones -no fantasmales- del narrador (a veces, del lector implícito), demasiado consciente de sí mismo. Un narrador sobreactuado puede hacer más rico el juego narrativo, pero solo para iniciados; las omnipresencia de éste distancia la lectura de la esencia de la historia que se cuenta y, sobre todo, distorsiona el relato, pudiendo irritar. El autor posee, sin duda, una voz propia: lenguaje preñado de sentencias ("Con lo poco que le cuesta al pasado perseguirnos, encima le damos facilidades" / "Hay personas que confunden ser amables con ser inferiores" / "Había sido hija ilegítima y eso no te reconcilia con la verdad jamás") y de tropos (metáforas y prosopopeyas, principalmente); posee un don inestimable para manejar los diálogos de un modo magistral (algún relato parece el germen de una obra dramática); es dueño de una cosmovisión que fructifica en las antes referidas jugosas sentencias. Sin embargo, se pierde en voces narrativas mezcladas, se hace demasiado visible como autor y... algo que me enerva: cierto provincianismo. Desgrano, ahora, los relatos.

El libro comienza con "Las nieblas de Belén", el texto más largo del volumen. A mi entender, el autor busca enganchar al lector con una intriga histórico-detectivesca en una línea transitada ya con demasiada frecuencia por la narrativa moderna, desde aquel lejano El nombre de la rosa, al que se añaden elementos informáticos recientes, con ecos de Stieg Larsson. La relación entre los personajes principales: Numera, un hacker, y la monja vengativa es potente, pero hay una línea paralela filológico-documental sobrante.
"Firmado... Silvia Acosta" se basa en una historia emotiva y romántica sita en la bella Italia, en la que se hace patente esa malquerencia del autor por la mezcla de voces narrativas, en este caso, las intromisiones de la sobrina de un cartero, el cual busca denodadamente una particular Muerte en Florencia.
"El asuntillo" es un texto directamente prescindible, si no fuera porque incluye un sabroso diálogo bodeguero que, como he dicho más arriba, testimonia las dotes del escritor en materia dialogística y que incluye un tema que posteriormente se va a repetir en otro cuento, la egoísta motivación de nuestros actos. El relato se articula como diatriba contra los ayuntamientos y sus próceres mayores. 
"Aquí" muestra las dificultades en la búsqueda de la propia identidad. Buena historia lastrada por una mezcla de voces narrativas.
"Las caenas del amor" rinde tributo, de una manera demasiado extensa e hiperbólica, al éxtasis musical en la carne de una pareja que parece recordar a Lole y Manuel y que da fe de una visión neoplatónica de la existencia, que me inclino a considerar como base del pensamiento del escritor.
"Provecta Figueredo" no pasa de ser un divertimento local antroponímico.
"Nunca Sevilla", loa a un Tenorio fantasmal, se convierte en un epítome de esa característica de la narrativa del autor arriba criticada: mezcla de tiempos y narradores e injerencias del narrador.
"Sin sueños de Ámsterdam" obliga al lector a una segunda lectura para la recta comprensión de un texto nutrido de misterio y que tiene un macguffin más propio de la ciencia ficción.
"Cemento, arena y el agua" es la obra más cuajada del libro, o la que más se adapta a los gustos del que esto escribe: y es que el narrador se muestra menos. Arribismo sin escrúpulos, altruísmo y venganza en sabia mezcolanza.

En definitiva, una lectura recomendable, sobre todo, para letraheridos, y que da testimonio cabal de la idiosincrasia del autor.

Fiel a la cita. Lo mejor de 2017

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El libro de Rafael Argullol, Poema, es un hito en la poesía española de este siglo, y no solo por su tamaño. El empeño "sisífico", la hondura de pensamiento y la vena lírica compensan la ausencia de ritmo versal. Los puristas de la poesía lo orillarán (como a Bob Dylan y su Nobel), mas he aquí un megatexto imprescindible.

Sin haber leído el libro entero -Polvo en el aire-, su profusa presencia en las redes anticipa uno de los mejores poemarios del año, y, encima, escrito por un amigo, Marcos Matacana Martín. Quevedo en cloacas libidinosas.

Adam Zagajewski -Asimetría- continúa en su línea de poesía de andar por casa, pero henchida de cultura, sabias reflexiones y, ahora, tono elegíaco. El Premio Princesa de Asturias ha refrendado que la poesía polaca sigue siendo una referencia inexcusable en el panorama europeo contemporáneo.

Otro premio, el Nacional de Narrativa para Fernando Aramburu, corrobora lo que todos ya sabíamos: que su novela total, Patria, supone un punto de no retorno en el terreno literario, y no tan literario, de los años de plomo de ETA.

El cine del curso pasado vivió con La, la, Land una fiesta de los sentidos. Además, su banda sonora incluye la canción del año: "City of stars".

Expurgo la secuela Blade runner, 2049 y otorgo el plácet a la historia de amor entre el replicante y el holograma mujer surgido del láser.

Van Morrison parece recuperar el pulso perdido. A la vejez, viruelas. Dos discos en un año: Roll with  the Punches y Versatile.

El maestro de Bach, Dietrich Buxtehude, ha visto editada su música de cámara en Trio Sonatas Op. 1 por Arcangelo. ¡Exquisito!

La colaboración entre el sello jazzístico ECM y el pianista Vijay Iyer ha dado, por fin, sus frutos en forma del gran disco que las cualidades del hijo de inmigrantes indios auguraban: Far from over.

Blade Runner 2049

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Si algo ha de perdurar en Blade Runner 2049 no es la ambientación cuasiapocalíptica, deudora de la película primitiva, de la ciudad de Los Ángeles, ni la banda sonora apabullante compuesta a la estela de Vangelis, ni Wallace, el creador omnipotente, ciego y discursivo de la nueva generación de replicantes -asentados ellos ya en este futuro distópico y prestos a la rebelión definitiva contra los humanos-, ni el encuentro de Rick Deckard con la milagrosa hija concebida con la replicante Rachael del filme de 1982, ni tan siquiera la artística muerte en picado del protagonista entre algodones de nieve y recostado en una escalinata, sino la relación que mantiene dicho protagonista, el oficial K., con Joi, su pareja holográfica generada por láser. El cazarreplicantes, encarnado por el siempre imanador Ryan Gosling, deja atrás una ciudad que reconocemos: suciedad, lluvia, masificación, invitación multimedia al goce... y llega a su cubículo tras traspasar una puerta pintarrajeada que le recuerda, con exabrupto incluido, que no es más que un pellejudo -al igual que el Deckard primigenio-. En ese pseudohogar, una voz femenina le va reconfortando mientras se cura de las heridas infligidas por el último ser al que "retiró"; de improviso, la voz se materializa en una imagen tridimensional y aparece de la nada Joi, su pareja. El espectador no puede dejar de admirar el prodigio y envidiar al inquilino capaz de generar a un ser tan bello y dulce, aunque evanescente.

El personaje de Joi crece según la película avanza. Si se pudiera conjeturar en un principio que no es más que una ocurrente invención tecnológica para satisfacer las necesidades domésticas materiales del policía, el protagonismo evolutivo que el guion le depara la convierte, a la postre, en su gran hallazgo. Es Joi quien siembra la duda en K. sobre su verdadero ser (¿nacido o creado?), quien paradójicamente le insufla vida al dotarle de un nombre: el parónimo Joe -a partir de ese momento ya no será un mero androide sin alma-, quien llega al sacrificio de invitar a una prostituta para asimilar su cuerpo y que así él pueda tocarla y amarla, y quien porfía para acompañarle en su viaje definitivo, atrapada ella en el dispositivo que la genera, sabiendo que la destrucción de éste -lejos de la protección del hogar- supondría su "muerte".

El largo metraje del filme invita al recuerdo y a la revisitación nostálgicos del Blade Runner original, también al suspiro y al bostezo, así como a las imprecaciones hacia un guion confuso, pero la relación de esos dos no seres está destinada a no desaparecer del imaginario colectivo cinéfilo cual lágrimas en la lluvia.

Autohomenaje II

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10-VII-2012

Siempre fuiste uno de esos ángeles
que me siguen y me guían.
Cuando yo avanzaba con determinación
tú venías detrás de mí, protegiéndome.
Cuando yo estaba acobardado, herido,
tú te girabas para indicarme el camino.
y nunca lo hacías por deber o ley,
sino como la encarnación de un don
que se me regaló en un instante de oro.
Nada vale tanto, os lo aseguro,
como la amistad de un ángel.

Rafael Argullol, Poema.

Autohomenaje

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5-VIII-2012

Amo el repique de las campanas,
sobre todo en el anuncio del Angelus,
cuando se dibuja el crepúsculo,
el sonido que en otros tiempos
señalaba el fin de la dura jornada campesina,
que exigía trabajar de sol a sol.
Amo el repique de las campanas,
menos en mis noches de insomnio,
porque entonces, en cada campanada
hay enroscada una hora burlona
que hace proclamas insidiosas.
¡son las tres, y no duermes!;
¡son las tres y curato, y sigues in dormir!;
¡son las tres y media, y no dormirás!
Y así, implacables, cada cuarto de hora,
con sus minutos y sus segundos,
con el reptar de los pensamientos,
con el galope de los presentimientos.
Las cuatro, las cinco, las seis.
hasta que al fin, exhausto de trabajar en vano,
caigo rendido con la salida del sol,
cuando en otros tiempos los campesinos rezaban
antes de empezar el nuevo, inacabable día.

Rafael Argullol, Poema.

Acto de homenaje a alumno

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Este es el discurso que preparé para un reciente acto de homenaje a una alumno fallecido este curso por cáncer:

"Hace ahora algo más de tres años que falleció mi padre tras una larga y penosa estancia hospitalaria. Me incorporé al trabajo a los pocos días del deceso, tras haber estado dos semanas atendiéndolo en su lecho de muerte. La primera clase que tuve fue con un Refuerzo de Lengua de 1º. De aquel curso recuerdo especialmente a Fran. Era él un alumno un tanto problemático, pues tenía cierta tendencia a la dispersión y a la disruptividad, lo que exigía por parte del profesor un alto grado de atención personalizada. La reacción que tuvo Fran al terminar aquella mi primera clase tras la muerte de mi padre, me sorprendió y conmovió profundamente: sonó la sirena, los alumnos recogieron a toda prisa su materiales haciendo oídos sordos a mi llamada a la tranquilidad y se abalanzaron hacia la puerta para salir en estampida al pasillo (por aquel entonces, el alumnado debía permanecer fuera de las aulas); sin embargo, me inquietó que Fran se quedara rezagado respecto a sus compañeros; de pronto, se acercó a la mesa del profesor (donde estaba colocando mis enseres), me preguntó cómo me encontraba y… me dio el pésame por el fallecimiento de mi padre. No me lo esperaba. Tan solo otro alumno –asimismo conflictivo, más aun que Fran, cuyo nombre no viene al caso-, de entre la cincuentena a la que aquel año daba clase, tuvo tal detalle.

La expresión de condolencias entre los adultos tiene mucho de fórmula hueca y de mero formalismo. Sin  embargo, no creo que este convencionalismo rija en la infancia, ajena a la hipocresía que gobierna el mundo adulto. Si un niño, salvando la natural timidez, se dirige a su profesor para darle el pésame, da muestras de una empatía profunda hacia las personas, y, en concreto, hacia alguien que, según su punto de vista, a veces no es visto -por desgracia- más que como un enemigo (“el que me suspende”). ¡Cómo no apreciar a alguien que muestra un comportamiento tan humano!

Terminado aquel curso, ya no volví a darle clase. Solo lo veía –cada vez menos debido a su enfermedad- por los pasillos: sí, alguna vez expulsado de clase, pues no lograba zafarse de esa disruptividad antes mencionada. Sin embargo, aquel gesto y aquellas palabras no se me han borrado de la mente y me recuerdan un episodio de una novela señera de la literatura española del siglo XX, Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. El protagonista, investigador sobre el cáncer, se ve involucrado en un turbio asunto, en un poblado de chabolas, que termina con un aborto ilegal y la muerte de la embarazada; el protagonista es detenido y acusado de homicidio, pues había sido llamado por los familiares para atender a la mujer mientras agonizaba. Solo la intervención de la madre de la fallecida: mujer inculta, pero profundamente humana, revelando ante la policía la identidad del verdadero autor del desgraciado aborto, logra sacarlo de la cárcel a la que había sido conducido. El narrador reflexiona sobre aquella mujer con unas palabras que quiero hacer mías para terminar este discurso dedicado a Fran: “No saber nada. No saber alternar con las personas […], no saber decir: “Buenos días tenga usted, señor doctor”. Y sin embargo, haberle dicho: “Usted hizo todo lo que pudo”."

"La caída de la Casa Usher", Poe-Glass-Zahir

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Estrenar una ópera de Philip Glass en España exige redaños. Juan García Rodríguez ha demostrado ya en su trayectoria al frente de Zahir Ensemble y de la Orquesta Sinfónica Conjunta que le sobran los ídem para acometer empresas novedosas y de enjundia con las que sublimar el nivel musical de una ciudad tan folclórica como Sevilla. Para este proyecto necesitaba una dramaturgia potente que pusiera en escena los entresijos de una ópera, aunque minimalista. El Teatro Central, volcado desde hace algún tiempo en la programación danzarina, no dispone de la tramoya necesaria para tales empeños. Con esta tesitura, el espectador se disponía a presenciar una ópera en la que el aparato escénico, por mor de la condiciones del habitáculo, pasara a segundo plano. Sin embargo, el espacio en m². para la, en esta ocasión, lata formación de Zahir Ensemble se redujo en demasía, acumulándose, por ende, sus componentes, sin que el respetable pudiera percatarse con nitidez de su pericia técnica. Al contrario, los tres -y casi únicos- protagonistas operísticos disfrutaron de la mayor parte del escenario para sus dispares correrías. Éste fue dispuesto por Thierry Bruehl con largos cortinajes negros a modo de parapetos "usherianos", con los únicos añadidos de un volátil manzano de las tentaciones y una incestuosa cama vintage. La parquedad primó en la puesta en escena, lo que en principio no es objetable -más, si no se dispone de los medios adecuados-, pero habilitar la mayor parte del espacio a los caminos iluminados con focos de los tres personajes, mientras la orquesta se hacina en una cuasiesquina, no lo considero ningún acierto escénico. Esa desnudez teatral se exacerbó con paradójico barroquismo en el atuendo postrero de la hermana Usher: desnudez sangrienta ridiculizada por una pudorosa prenda interior. El final, además, resultó de una pobreza que calificarla como ascética sería denigrar el ascetismo. Final ajeno al texto de E. A. Poe.

En el apartado estrictamente musical, el barítono David Langares se llevó la palma por el poderío de su voz y la correcta dicción inglesa, que unida a su apariencia, pudiera hacer pensar a los neófitos en un intérprete foráneo. La soprano japonesa Sachika Ito se lució con la firmeza de sus vocalizaciones sostenidas. Por el contrario, el tenor Alain Damas quedó empequeñecido por sus partenaires, debido a un torrente sonoro escaso. Zahir estuvo tan solo modélico en el acompañamiento de los actores; timorato diría yo, sin el protagonismo musical que la obra de Philip Glass reserva a la partitura. Aun así, nos congratulamos sobremanera de haber podido disfrutar de esta ópera sui géneris en Sevilla.

Arsenal endecasilábico para un filme de culto

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Taxi driver celebra aniversario


Héroe paranoico ciudadano


Violencia en filme porno sublimado


Venganza ejecutada gun en mano


Gran travelling final, pero a trasmano


¿Tanto crítico de él obnubilado?

Haiku para Leopoldo María Panero en su tercer aniversario

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El cadáver no exquisito de Leopoldo María Panero cumple hoy tres años. En vida, su cuerpo nunca alcanzó esa categoría de exquisitez, a excepción del periodo de infancia que siempre añoró (padre odiado aparte). En la tumba -prefiero esa imagen a la incineración-, su cuerpo habrá hecho ya las delicias de los gusanos en un festín macabro, sobre lo que escribió con tanta delectación. Su paso por la vida se va diluyendo en el recuerdo y tengo la impresión de que las generaciones venideras serán inmisericordes con él: con su persona y con su poesía. Pero aquí está este blog para rendirle pleitesía ya desde el propio nombre, que copia el verso de uno de sus mejores poemas.

El suicida no consumado, el amante de la muerte prematura, el tentador de los límites sobrevivió paradójicamente a sus dos hermanos. Los años finales (mejor, lustros finales) son testimonio de cómo la palabra decrepitud se hizo carne viva en un ser humano. Su poesía refulgió como pocas en los años de auge de los novísimos, para después dejar tan solo destellos fugaces deslumbrantes junto a redundantes versos crípticos y procaces, cuando no directamente soeces. Pero era un Panero, y, como tal, su ser y su obra no nos dejan indiferentes.

Un año más sin LMP. Un año más en el que la saga estéril astorgana cumplió su sino de desamor, locura y muerte (paráfrasis quiroguiana).

Astorga hojaldra
con carne de un Panero
dulce exquisito

...and the Oscar is not going to "La, la, Land"

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Ryan Gosling es el rey Midas hollywoodiense actual. Su aparición en la pantalla garantiza que el precio de la entrada ha revertido en un periodo gratificante. Pienso que esto no puede obedecer únicamente a que el actor tenga un olfato especial para los guiones, sino que, en verdad, su presencia imanta el celuloide; la cámara se gusta ante sus apariciones transformando todo lo que toca en magia: Blue Valentine, Drive, Los idus de marzo, Cruce de caminos, La gran apuesta... (prefiero que quede innominada su segunda colaboración con el director danés de Drive, Nicholas Winding Refn). 

Así sucede con la multipremiada (hasta con el Óscar principal que no le correspondía) La, la, Land. La obra se ofrece como un musical vintage y festivo filmado en Cinemascope sobre el tortuoso camino hacia el éxito profesional en el mundo artístico; aunque, ante todo, es una agridulce historia de amor en la que la oscarizada Emma Stone y Ryan Gosling se llevan la parte del león, escenas musicales aparte. Sin ser expertos bailarines, mantienen el tipo con suficiente solvencia para que sus números resulten atractivos (descuellan sobremanera el icónico de la colina y el breve del malecón); cantando, Emma se lleva la palma, pero Gosling no se acobarda, pese a su limitado timbre y la oscuridad de una voz que no han sido óbice para que haga sus pinitos discográficos. Hay consenso en alabar -y premiar- a la Stone por su papel en el filme, pero es una mujer que a uno lo distancia por poseer un rostro extraño (cara de rana, dirán los mordaces): ojos desmesurados y gesticulación facial inherente; frente a ella, la sobriedad (cara de palo, dirán sus detractores) de Gosling, quien ya dio muestras sobradas de actuación estoica en Drive, pero al que no se le puede negar una elegancia interpretativa ajena a estos tiempos y que se retrotrae al mejor cine clásico. Además, en el papel de Emma Stone no acaba de cuajarse el amor por el séptimo arte que dice poseer, de dispar manera al que sí rezuma, por el jazz, su partenaire.

Hay que esperar al final de la película para disfrutar de las secuencias más logradas y emotivas. El protagonista, dueño ya de su propio local de jazz, posa livianamente sus dedos cual mariposa sobre el teclado para arrancar del instrumento las notas del estupendo motivo musical recurrente -"City of stars"-, mientras la narración se demora ofreciendo una versión amorosa alternativa y, por ende, feliz: lo que puedo haber sido y no fue. En pocos minutos se da la vuelta a la historia como si se pusiera una camisa del revés y, sin palabras, el espectador asiste a la cara B del filme. Recuerda, en este sentido, el argumento de aquella extraña película de Paul Auster, Lulú en el puente, con otro jazzman como protagonista.

En cuanto al jazz, mal se empareja el estilo pastelero del filme con la turbulencia idiosincrásica del jazz más auténtico. Hay aquí un jazz de salón, amable, que no se corresponde con la pasión que desborda el personaje por el género, ni con sus alegatos musicales. El jazz de verdad habría que buscarlo por otros lares: Bird, Kansas City, Alrededor de la medianoche o en la reciente Born to blue. En estas películas se hallan los bajos fondos, la violencia y las adicciones trasmutadas en el arte sonoro de las improvisaciones por excelencia; "cualidades" ajenas a una La, la, Land en la que, al revés, se hace carne una explosión jubilosa y melódica de los sentidos y las emociones.

Ciclo de cine polaco (IV). "Esas hijas mías", de Kinga Dębska

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Esas hijas mías se proyectó en el auditorio del CICUS el 16 de enero. Fue la segunda película por orden cronológico del Ciclo. La obra propone una comedia dramática sobre las relaciones familiares. La muerte inminente de ambos padres altera sustancialmente la vida de sus dos hijas y les hace mirarse ante el espejo cuestionando sus respectivas existencias y el vínculo sanguíneo que las une. Marta es una afamada actriz televisiva, Kasia, no pasa de ser una "vulgar" maestra; aquella se encuentra lastrada sentimentalmente por un soterrado complejo edípico en relación con su padre; ésta, mantiene pecuniaria y precariamente a una familia de marido inútil e hijo rebelde. Los reproches y desencuentros entre ambas jalonan un devenir fílmico que camina aceleradamente hacia la muerte de los progenitores con un tono que desdramatiza a la Parca por medio, sobre todo, de las secuencias protagonizadas por el padre, Tadeusz, y su humor cáustico de viejo cascarrabias y de las peripecias tragicómicas de Kasia en su alocado trajín diario.

La omnipresente (Ida, Las inocentes, La sala de los suicidas...) Agata Kulesza -Marta-, Gabriela Muskała -Kasia- y Marian Diędziel -Tadeusz- sostienen el filme con sus interpretaciones. Destaca Muskała en un papel desagradecido por cuanto debe encarnar a una mujer desequilibrada, a un patito feo cuya vida ha sido una sucesión de frustraciones, pero lo hace con gracia, soltura y encanto personal. Kulesza se está especializando en personajes turbulentos que "aristan" un rostro de por sí ya duro, hasta el punto de que las pocas secuencias en las que sonríe descolocan al espectador por distorsionar una imagen angulosa estereotipada. Diędzel da el tipo de anciano gruñón que ve aproximarse a la muerte con gesto burlón y actitud estoica.

Un apuesta en escena simplemente correcta, en la que destaca por su claustrofobia el caserón varsoviano familiar, y una fotografía un tanto fría rematan un filme tan solo simpático y poco perdurable no ya en la memoria, sino en la simple retina.

Ciclo de Cine Polaco (III). "Kamper", de Grzegorzek Żurawski

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Como apelativo, Camper -término de los videojuegos asignado al jugador pasivo y acechante- caracteriza al protagonista del filme objeto de esta reseña y, además, le da título por metonimia. Camper juega metafóricamente a lo largo de toda la película a ser Peter Pan y es finalmente derrotado por la vida: se queda sin casa, sin mujer y ¿sin amante?; tan solo un fiel y sufrido amigo -al que antaño había zarandeado- y el paisaje urbanita varsoviano al que da el balcón de su nuevo microhogar, lo acompañan en las secuencias postreras del filme. Ésta es la síntesis de la última, por desgracia, película del Ciclo de Cine Polaco que se ha podido ver este año en Sevilla, dado que K2. Tocando el cielo fue defenestrada, pese a sus laureles, sin que la Filmoteca de Andalucía, ni el CICUS justificaran tal nefasta decisión.

La obra, que esconde con sapiencia la escasez de presupuesto y el amateurismo, es una agradable y sin pretensiones disección de una inmadura relación de pareja. Mateusz (Camper) trabaja como líder probador de videojuegos en un suntuoso estudio, disfruta de una mujer bella y un piso agradable; pero ese juego virtual que le da de comer también es llevado a la vida real: mantiene indolente y lúdicamente su matrimonio, a la vez que inicia un escarceo amoroso con una hispana, en principio como divertimento, luego como vendetta tras la confesión de una infidelidad menor por parte de su pareja. Mania es aficionada a la cocina y, de hecho, participa en un curso dirigido por un cocinero famoso, pero cae inocentemente en las redes amatorias de éste; por otra parte, sus planes de negocio propio -finalmente llevados a cabo- rozan el esperpento. La inmadurez rige la vida de la pareja y les aboca al final antes mencionado. 

Piotr Żurawski (Camper) es el eje sobre el que gravita todo el filme y su personaje, el responsable máximo de que el edificio marital se desmorone. Su interpretación es convincente y natural: materializa la esencia de un Peter Pan treintañero (su descontrolado baile solitario final en una discoteca -magnífica escena- testimonia el meollo de su personaje y las cualidades interpretativas). Marta Nieradkiewicz (Mania) -"dotada" de un apéndice nasal protuberante, rasgo que comparte, exacerbado, con Żurawski- es la antítesis por apatía y pasividad de la mujer pasional latina representada por Sheily Jimenez (Luna -la amante-), con la cual se produce un error de bulto, que hubiera sido fácilmente subsanable modificando su origen: proponer como sevillana (tópico rancio, por otra parte) a una hispanoamericana. La pareja de compañeros -y únicos amigos- de trabajo de Camper se ofrece como la última tabla de salvación para el protagonista y los que pretenden amarrarlo a la realidad.

La puesta en escena obra maravillas para esconder la falta de presupuesto. El escaso elenco actoral incide, también, en esto. El director, Łukasz Grzegorzek, ha hecho encaje de bolillos para pertrechar a su filme de un mínimo empaque, para dotar a su obra de un poso de credibilidad y ofrecer un espectáculo amable, hodierno y suavemente moralista sobre un segmento generacional polaco.

Haiku goyesco y acosador

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Ojo por ojo
el monstruo vino a verme
final del bullying

Ciclo de Cine Polaco (II). "Ederly", de Piotr Dumała

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Frank Kafka es el escritor por antonomasia del siglo XX. Sus relatos fijaron de manera imperecedera en el imaginario colectivo el daguerrotipo del ser humano alienado. En un periodo -el de entreguerras- aquejado por el fin de las certezas austrohúngaras, el escritor checo acertó a reflejar como nadie la inseguridad y el vapuleo cotidiano -acentuados, en su caso, por sus orígenes judíos- que sufren multitud de seres anónimos. Atinan, por otra parte, los que precisan lo que tienen de fábula y humor negro sus historias. La huella kafkiana, ya en el propio léxico, es universal y hodierna. Ederly, el filme proyectado el pasado lunes en el Ciclo de Cine Polaco, es testimonio de que la sombra del mito kafkiano es alargada: la culpa disfrazada de heteronimia conmina al personaje principal de la trama a regresar a la aldea -que da título a la película- donde cometió antaño un crimen; allí, el desgraciado protagonista es manejado cual títere por los seres que aún la habitan y que se esfuerzan por representar un vodevil carnavalesco ante sus desconcertados ojos, en un empeño de que éste se quite finalmente la venda que los cegaba y acabe por aceptar su sino.

Como tal, la historia es sugestiva, y el referente principal, plausible. Pero su director, Piotr Dumała, no es Orson Welles, ni Ederly, El proceso. Una serie de elementos desvirtúan la verosimilitud de la película, condición sine qua non para el arte: la inclusión de personajes estrafalarios como el de una madre octogenaria practicante de yoga o unos gendarmes caracterizados a la manera gala o un hermano que nunca existió pero que se le ha estado ofreciendo al espectador como el brazo censor y vengativo que se alzaba contra el protagonista; asimismo, la sucesión temporal -alterada por elipsis insuficientemente explicadas- no corresponde al orden lineal de los acontecimientos narrados, desconcertando al incrédulo espectador. Y es que los absurdos en los relatos kafkianos obran como relojes de precisión suizos en materia de verosimilitud: nos creemos que un ser se ha convertido en insecto porque el escritor, transmutado en narrador, se ha preocupado por caracterizarlo adecuadamente: híbrido de animal y ser humano, y, además, el resto de los elementos narrativos (personajes y marco, fundamentalmente) son manejados con solvencia y responden a un realismo crudo (el absurdo sólo es posible y, por ende, más efectivo, cuando se inserta en una realidad adusta y descarnada). Esta premisa no se da en la obra que estoy comentando; así, las estaciones se suceden arbitrariamente, pasando de un temporal de nieve severo a una apacible noche veraniega en un pispás. El anacronismo final (el personaje del hermano que nunca existió, ensimismado en... ¡su teléfono móvil! -los hechos se pretenden ubicar en un pasado relativamente lejano-, ajeno a la cámara que invade su espacio personal y situado demiúrgicamente en.. ¡el metro de Varsovia!) no es más que la muestra más obvia de lo que estoy hablando.

Cuando el filme toca a su fin, el sufrido espectador siente que ha asistido a una farsa, despojada de un pretendido y no conseguido humor, aburrida e irritante. Su inclusión en el ciclo de este año es cuanto menos cuestionable y no empuja a la cinefilia sevillana y a los "polacófilos" a la sala que el CICUS destina a este evento, máxime cuando las condiciones de ésta no son, precisamente, las mejores.