"Ida" forever. Paweł Pawlikowski

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Hacer una reseña de la película de Paweł Pawlikowski a estas alturas del partido, con el resultado ya más que decantado y la sarta de goles conseguidos por el filme en forma de premios, pareciera superfluo, y seguramente lo sea. Sin embargo, un segundo y reciente visionado de la obra tras su reposición por mor del reclamo de los Óscar, provoca que me lance, con un propósito temerario, al ruedo y, con toda certeza, repita innecesariamente lo dicho -mejor y más a tiempo- ya por otros.

Ignoro si la coproducción danesa ha influido en el director para que adopte una mirada dreyeriana sobre su historia, si es así, el dinero esta vez ha jugado a favor del arte. Esas límpidas sábanas agitadas por el impetuoso viento que recibe a las antiguas inquilinas judías de la casa usurpada, no tienen otro parangón visual ni referente más que las mismas en la vivienda donde se desarrolla la trama de la inmortal Ordet. Esos silencios que llenan el guion de la obra, que comunican más que las palabras y que apelan a la inteligencia y la lógica del espectador, están tomados del cine nórdico. Los rostros de los personajes en primer plano testimoniando un mundo interior profundo, y esa frialdad y falta de énfasis que dominan las escenas más escabrosas, enlazan la película con la rica tradición fílmica escandinava que tiene sus puntos de referencia en Dreyer y Bergman.

¿Es, por tanto, la obra de Pawlikowski un remedo afortunado de la estética de esos maestros? No, lo que hace el director polaco es incardinarse en la mejor tradición del cine europeo (¿qué somos, a la postre, sin la tradición?: nada; como afirma Simone Weil: "El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana"), para narrar una historia truculenta del pasado reciente de Polonia: el antisemitismo y los crímenes comunistas de la posguerra; y ello con un lenguaje visual magistral, que transforma el blanco y negro en arte de muchos quilates. Además, nadie podrá tacharla de ser una obra pesada o pretenciosa; su hora y media escasa sabe a poco y deja en el ánimo del espectador el deseo de acompañar a la protagonista en su camino final de vuelta al convento.

Jean-Luc Godard dijo que el travelling es una cuestión moral; pocas veces esta expresión es más aplicable que en Ida, pero no sólo los travelling, sino también los emplazamientos de la cámara y sus encuadres. "Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio!", ordena Bernarda Alba y parece el lema moral de Pawlikowski; la obra de Lorca, tan alejada en su expresividad meridional de la estética contenida de Ida, pero rica visualmente por sus contrastes de blancos y negros, acude también a mi mente.


"28 días". David Safier

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Se nos publicita que David Safier ha cambiado de registro, abandonado el humor de sus éxitos anteriores y optado por un relato dramático y purgativo. Tras el bombazo de Maldito karma, el escritor alemán no se dio respiro alguno y, aprovechando el tirón "karmiano", engrosó su cuenta bancaria a base de textos humorísticos con tufillo de autoayuda a razón de casi uno al año. Agotado, parece, ese paradójico pozo sin fondo, Safier da una pirueta circense, se acerca a la tragedia histórica y hace honor a sus orígenes judíos para contarnos el drama del levantamiento del gheto de Varsovia en 1943, utilizando, para ello, un recurso de gusto galdosiano: personaje de ficción, en este caso adolescente de dieciséis años, que se ve envuelto a su pesar en los terribles acontecimientos, rigurosamente históricos, que supusieron la destrucción final del infame hábitat de 450.000 judíos polacos en Varsovia.

Un cuestionable revisionismo histórico se está apoderando últimamente de las artes literaria y cinematográfica para enjuiciar el papel de los polacos, durante la contienda mundial y su inmediata posguerra, en relación con los judíos asentados en sus tierras: Ida, Pokłosie... y ahora esta novela, reabren una herida supurante que se había cerrado en falso. Destino para cientos de miles judíos perseguidos secularmente por casi toda Europa, Polonia se había convertido en un refugio acogedor para la diáspora (es conocido que era el país europeo con más judíos en las fechas previas a la Segunda Guerra Mundial); este dato, más los horrores de la Shoah, acrecentaron la imagen de un país tolerante ante expulsiones-pogromos y una víctima sufrida de la barbarie nazi. Por el contrario, Safier se ha regodeado en esta novela con la idea de resquebrajar la imagen inmaculada de esa tolerancia hacia el "pueblo elegido": no hay polaco que salga bien parado en el levantamiento del gueto, antes al contrario, abundan los que delatan, traicionan o simplemente asisten impertérritos a la sádica matanza; ya desde el comienzo, el escritor alemán deja clara su postura: los polacos odiaban a los alemanes por haberlos conquistado y sometido, pero... "¡les estaban agradecidos por limpiarles de la chusma judía!"; esta cruel y falsa tesis sustenta ideológicamente la novela y pudiera enervar a más de uno.

En cuanto a los aspectos estrictamente narrativos, no se pueden negar las dotes de Safier para poner en pie textos atractivos y sugerentes para el gran público: la etopeya de sus protagonistas es pertinente, sabe mantener la intriga y maneja con soltura -aspecto este aprendido en su oficio de guionista- el arte dialogístico; sin embargo, la verosimilitud no parece ser el faro que guíe la construcción de sus novelas, a las cuales se les ve trucos y cimientos falsos a poco que se profundice en el entramado novelístico: en esta obra, la preocupación por insuflar emotividad -que degenera en sentimentalismo- invalida la novela como documento auténtico de un episodio histórico relevante. Safier escribe con el punto de mira en el lector (¿o las ventas?), lo que en sí mismo no es tan malo, pero pretender hacer arte con estos planteamientos y, peor incluso, juzgar al pueblo polaco harteramente con esta novela es, hablando en plata, perverso.

"Ida". Homenaje (haiku)

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Novicia purga
amargos extramuros
en blanco y negro.

PostValentine´s day. Haiku rimado

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Sombras humanas,
Grey en cines y páginas.
Tosquedad manda.

A caldo: "Timbuktu" de A. Sissako

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Timbuktu es una película de tesis y, como tal, subordina la coherencia expositiva al mensaje. Seleccionada para los Óscar con una óptica política, competirá en vano con filmes cuyas propuestas narrativa y visual se imbrican honestamente: Ida, Leviatán y Relatos Salvajes manejan un lenguaje cinematográfico atractivo y congruente, no así esta obra mauritana falsa, ampulosa y enervante, que se convierte en un amontonamiento, sin orden ni concierto, de secuencias antiyihadistas. El exotismo visual edulcora un guion inconexo y repleto de lagunas: pobres de solemnidad manejando sin mesura móviles que se deben de recargar con arena de desierto, idílicas secuencias de vida nómada bajo la carpa al son de la guitarra, mundo natural paradisiaco destruido por la llegada de los bárbaros y sus fusiles, diálogos pseudomísticos, personajes planos y sin relieve... Y el enemigo lapidando, ejecutando, abusando del látigo, raptando, prohibiendo... ¿Qué población soporta que se le diezme de esa manera?

No, no necesitamos propuestas artísticas tan maniqueas para percibir que el enemigo está a la vuelta de la esquina. Otros, en cambio, son de distinto parecer.

Ciclo de cine polaco (III). "Jack Strong"

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Jack Strong culminó el pasado lunes el miniciclo de cine polaco en Sevilla. Se podría hacer una valoración notable de la muestra de este año, a pesar de la reducción a la mitad de las proyecciones -seis filmes- que ahora pueden ver en su totalidad algunos afortunados en Valencia. Si Deep love sorprendió por su peculiar tratamiento del documental y Papusza deparó un esforzado ejercicio pictórico-poético, la ahora reseñada Jack Strong se ajustó correctamente a los cánones de género para dar cuenta de un thriller de espías a la antigua usanza, ubicado y realizado, eso sí, en y desde el antiguo telón de acero. Curiosamente las tres películas están "basadas en hechos reales" (ese latiguillo con el que desde hace años se pretende arteramente atraer al espectador).

La obra se centra en la controvertida, aunque en general aplaudida y condecorada, figura del coronel polaco Ryszard Kukliński (no confundir con un homónimo asesino a sueldo) y su actividad como espía al servicio de la CIA. Cual biopic al uso, el guion muestra la cara más honesta, patriótica y filantrópica del militar: tras la sangrienta y chapucera represión militar de manifestantes en Gdańsk y Gdynia en 1970, Kukliński reniega del comunismo y, más en concreto, del yugo soviético que sojuzga a su país y decide filtrar -sin compensación económica alguna- documentos clasificados a los EE.UU., convirtiéndose así en el principal suministrador de material top secret durante una década, hasta su accidentada fuga a Norteamérica ante el peligro de revelación de identidad por los servicios de contraespionaje.

El tratamiento que el director ha querido dar al filme es el del más genuino suspense. El espectador polaco no habrá podido disfrutar de la incertidumbre del destino del conspirador -pues es un personaje sobradamente conocido-, al revés que los no avezados en asuntos polacos y de espías. La obra comienza, tras una desafortunada escena cuasi gore, con un interrogatorio al protagonista que el receptor bien pudiera ubicar en Polonia; a partir de ahí se desarrolla un largo flash-back de las incursiones de Kukliński en las intrigas de espionaje, interrumpido por breves secuencias de dicho interrogatorio; del cual sólo al final se desvelará su ubicación exacta después de una simbólica y negra cortina descorrida, cual acerado telón arrumbado.

Desafortunadamente, el director desaprovecha las historias íntimas del coronel para indagar en sus aristas y lado menos amable: el abandono conyugal por la actividad conspiratoria ilícita, el deterioro de las relaciones paternofiliales y las amistades con militares desapegados al régimen. La cinta de espías le gana terreno a la profundización psicológica, todo en aras de la tesis antisoviética y de la entronización del personaje. La ambientación varsoviana es correcta, aunque un tanto de cartón piedra. Y el actor... el actor Marcin Dorociński cumple en su versión más sufridora: ya se ha podido apreciar en más de una ocasión sus "virtudes" actoriales para dotar a sus personajes de rostro y maneras, en exceso, apesadumbrados.

Resta por último comentar la caracterización de personajes históricos como el general Jaruzelski o Brézhnev, que caen en la parodia rayana en lo burdo. Como contrapartida, la filmación de una larga escena de persecución invernal en Varsovia con los vetustos automóviles polacos de los 80 y el consiguiente sonido de la nieve triturada es espectacular y lo retrotrae a uno a épocas y lugares pasados: sin duda, lo mejor del filme.

Temporal en León. Haiku

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© El Norte de Castilla

La bici llora
la ausencia del deshecho
hombre de nieve.

Ciclo de Cine Polaco (II). "Papusza"

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Cual Cristo gitano, Bronisława Wajs, "Papusza" ("Muñeca" en romaní), arrastró durante casi toda su vida el estigma de la escritura. Con esta malsana para los gitanos inquietud, abrió la caja de pandora de la sarta de calamidades que jalonaron su triste singladura vital: palizas de sus progenitores -incapaces de transigir con una gitana letrada-, matrimonio no deseado con un hombre mucho mayor, maltrato físico y mental de éste, repudio por su propia comunidad gitana (este es el hecho crucial de su existencia), internamiento psiquiátrico e, incluso, cárcel; finalmente, el olvido: Papusza renegó de sí misma y de su condición de poeta. A esta letanía de "bienaventuranzas" hay que añadir la persecución nazi a los de su etnia y las consecuencias de la guerra.

La segunda película del Ciclo de Cine Polaco Contemporáneo llegó al CICUS sevillano con el prestigio de varios premios en la SEMINCI de 2013. El filme narra la vida real de la citada Bronisława Wajs, nacida en el seno de una familia polaca de gitanos nómadas que se ganaban la vida como músicos ambulantes. Desde niña sintió una nociva curiosidad por esos signos negros que manchaban las páginas en blanco de los libros; aprendió a leer a escondidas, con la ayuda de los payos que encontraba en su camino; pero en ella, había un plus más: una inquietud poética que se plasmó en versos romaníes sencillos, que transmitían la simbiosis de los gitanos con la naturaleza y sus ansias ancestrales (de todas formas, el guion da poca cancha a los textos de la autora, la lírica hay que buscarla más bien en la puesta en escena: los magníficos planos de exteriores). La presencia temporal de un fugitivo payo en su comunidad gitana funcionó como resorte para un alma poética permeable; fue este payo quien publicará, para maldición de Papusza, la obra de ésta y su propia experiencia con los gitanos. Ellos nunca les perdonarían a ambos que desvelaran públicamente lo que consideraban secretos milenarios de los de su raza.

La película está contada de manera sincopada, con constantes saltos temporales que fragmentan la narración. Lo que descuella del filme es la exquisita fotografía: antes que nada la obra es una oda a la naturaleza virgen polaca, donde las caravanas gitanas logran una mímesis casi total con el paisaje. Esta libertad salvaje que transmite el filme contrasta con el enclaustramiento de los pisos comunistas en el marco del asentamiento gitano que se propusieron las autoridades del país tras la guerra. El mensaje de la película es ambivalente: apuesta por la atávico, pero los gitanos, como tales, son objeto de una sangrante visión crítica por su mentalidad intransigente. El difunto director Krzysztof Krauze muestra predilección por la marginalidad artística (la también aclamada Mi Nikifor narró en 2005 la vida de un pordiosero pintor naif)  y por un manejo omnipotente sobre sus personajes protagonistas, a los que convierte en cuasi muñecos: muestran un exceso de pasividad, hasta el punto de parecer juguetes en manos de un destino trágico; esto es perceptible, sobre todo, en la interpretación de la actriz que encarna a "Papusza", Jowita Miondlikowska, protagonista así mismo de la también triste Plac Zbawiciela (2006). Películas, las tres citadas de Krauze, que no ofician, precisamente, de terapeutas artísticos para caracteres melancólicos.

Ciclo de Cine Polaco (I). "Deep love"

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Con la frustración y rabia no contenidas de que una de las seis películas, Rascacielos flotantes (precisamente aquélla en la que tuve alguna responsabilidad en los subtítulos), que el Instituto Polaco de Cultura ha ofrecido a la Filmoteca de Andalucía no se proyecte en Sevilla, mientras que en Córdoba -sede de la institución y con menos de la mitad de población que la capital hispalense-, se hayan emitido todos los filmes y alguno en más de una ocasión, doy comienzo a las reseñas del Ciclo de Cine Polaco Contemporáneo que tres lunes de enero y febrero se proyecta en CICUS.

Deep love es un documental y su estética corresponde rigurosamente a este género cinematográfico. Esta declaración de intenciones debiera haber sido leída previamente por aquellos que protagonizaron una espantada de la sala en los primeros quince minutos del filme y haberles servido como aviso para navegantes de agua dulce. La obra se centra en la vida de Janusz Solarz, "Soley": antiguo profesional de éxito, experto buceador y docente, quien sufre, en enero de 2009, una embolia cerebral a causa de una hipertensión no tratada. Conocemos a Janusz con cincuenta y ocho años, en su etapa postictus, con dificultades motoras y una insuficiencia oral casi total para pronunciar mensajes coherentes; sin embargo, estas minusvalías contrastan con una cara bronceada y una sonrisa perenne; su rostro irradia fuerza y optimismo vital. Es cierto que mantiene a su lado a una pareja, antigua alumna de buceo, que está constantemente pendiente de sus actos, que sus amigos lo ayudan y aprecian y que se deduce una cierta independencia económica -ello no es óbice para que en su página web solicite ayuda monetaria de cara a la necesaria rehabilitación- para poder viajar y dedicarse a su pasión favorita: la inmersión a grandes profundidades; actividad que le devuelve a la vida activa y que casi no supone para él obstáculo alguno.

A excepción de una mínima retrospección que da cuenta de una entrevista televisiva cuando Janusz estaba aún en plenitud física, la película alterna las inmersiones acuáticas, la rehabilitación y la vida en común con su preocupada pareja, Joanna Hereta. El comienzo in medias res y una cámara nerviosa no facilitan el visionado de una obra ya de por sí alejada de los intereses comerciales patrios. Aquellos para los que el comienzo se convirtió en un obstáculo insalvable, debieran lamentar por siempre haberse perdido una obra más que estimable, con una fotografía y un sonido, raro esto último en el cine polaco, encomiables; escuchar los intentos elocutivos del protagonista exige una fuerte dosis de empatía con el personaje, que se suple con la beatitud que desprende su rostro. Si algo rechaza en la película quien esto escribe es la actitud paternalista y de aguafiestas de la pareja (pareciera la antagonista, la mala de la película). 

No valoro el mensaje vital de superación personal de las limitaciones físicas que se desprende del filme, sino sus cualidades narrativas y estéticas y he de decir que el realizador se ha embarcado en un viaje arriesgado, con un protagonista casi mudo, y ha salido a flote. Las últimas secuencias silentes del objetivo logrado por Janusz, buceando a sesenta metros de profundidad en el Blue Hole de Dahab (Egipto), bien valieron la asistencia al acto en una tarde-noche sevillana de perros, y pese a una copia facilitada de la película que mantenía un subtítulo doble: inglés y español -en impremeditado ejercicio multilingüístico-, hurtando una parte considerable de espacio a la pantalla.

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"Leviatán". Andréi Zvyáguintsev

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Leviatán, el monstruo marino creado por Yahvé, es el símbolo de la sociedad rusa postsoviética en el filme homónimo ahora en cartel y hace poco a concurso en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. Una sociedad caciquil y corrompida desde la base de sus poderes fácticos: policía, justicia e iglesia. Esto es lo que denuncia en su película el director Andréi Zvyáguintsev, y para ello toma como punto de referencia el microcosmos de una localidad costera y la desgraciada peripecia de Kolia: un pobre hombre, mecánico, casado en segundas nupcias con un bella mujer y con un hijo de su primer matrimonio. En pocos días, Kolia se ve despojado de su casa, de su libertad  y de su esposa; las dos primeras ausencias, por la voracidad del alcalde -el cacique local-; la mujer, por las consecuencias de una infidelidad protagonizada por un antiguo amigo llegado desde Moscú para asistir al protagonista en su infructuosa defensa jurídica.

Es en esa imbricación entre lo público y lo privado donde hay que buscar la base argumental y narrativa de esta bella y perturbadora película: la lucha de un insignificante obrero contra todo un sistema, pero también su drama sentimental. El director apoya esa dualidad con una alternancia rítmica de secuencias, pero con una constante estética: elegantes movimientos de cámara y encuadres precisos (aquí hay un director que sabe planificar las escenas y buscar el ángulo mejor desde el que filmar). Los personajes mejor configurados (e interpretados) de la película no son los que protagonizan el tormentoso triángulo sentimental, sino los del alcalde, inmenso el actor Roman Madjanov (su ausencia hacia la mitad del filme hace que se resienta el interés de la obra) y la esposa del amigo policía (reflejo del matriarcado eslavo). Las espectaculares imágenes del entorno de la localidad, reforzadas por una premiada fotografía, ofrecen apoyo dramático a la historia.

Muchos espectadores guardarán en la retina la imagen del esqueleto de la ballena varada del cartel del filme, pero uno destaca sobre todo la secuencia de la excavadora que destruye la casa de Kolia, filmada de frente y con una tremenda pala-boca que devora, cual monstruo, toda una existencia reflejada metonímicamente en la vivienda. Otro monstruo se erige como lo más condenable moralmente del filme: la iglesia ortodoxa rusa, cómplice y beneficiaria, a la postre, del crimen: esa secuencia final del nuevo edificio religioso, construido sobre el terreno de la casa usurpada, resulta sangrante.

Y un elemento omnipresente y embrutecedor: el alcohol, el temible vodka ruso, herencia evasiva de la era soviética, y del que una generación entera aún no ha podido escapar.

Magia a la Luz de la Luna

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Woody Allen continúa fiel a sus obsesiones. En ésta su entrega anual da cuenta de los locos años 20, del emergente jazz y del mundo galante de Scott Fitzgerald. Pero, ante todo, el filme es un homenaje silente al musical My fair lady, de George Cukor, del que toma la carcasa para la trama amorosa y los personajes principales: el maduro gruñón instalado en el pedestal de la sabiduría escéptica y la misantropía, la humilde joven arribista que engaña a la alta sociedad, el pretendiente bobalicón y el compadre que abre los ojos del protagonista, en esta ocasión en versión femenina. Todo ello envuelto en el mundo de la magia y el espiritismo (lo más endeble del filme) que hicieron furor a comienzos del siglo pasado. Colin Firth da réplica con elegancia a Rex Harrison, pero le falta el toque creíble de ironía de éste; Emma Stone carece del glamour de Audrey Hepburn y resulta ridícula en sus trances místicos, aunque se esfuerza en dotar de verosimilitud a su personaje.

La película brilla por una estética suntuosa, similar a la de Medianoche en París (al igual que ésta, parece también que Allen fuera ofreciendo pistas culturales para espectadores avezados): fotografía refulgente, vestuario impecable y exteriores con encanto. El rimo narrativo es trepidante, lo que unido a lo exiguo del metraje, convierten su visionado en un pasatiempo ameno y de efecto terapéutico.

Rematando el año. Lo mejor de 2014

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Ida, Ida, y otra vez Ida. El despertar emocional de una novicia y la memoria antisemita polaca ocultaron con su manto de nieve en blanco y negro la exuberancia colorística del resto de películas (¿y el arte?) de este agonizante año.

Una bella y dolorosa historia de amor tamizó con fortuna el conflicto árabe-israelí en Omar.

Wes Anderson dio otra vuelta de tuerca a su universo creativo naif, esta vez con el referente de Stefan Zweig, en El gran hotel Budapest.

No lo mejor, sino de lo peor del año fue la lamentable pérdida de un actor monstruoso, por devorador de planos: Philip Seymour Hoffman.

El cine español se salió de madre. Los ocho taquillazos vascos reventaron los tópicos y la simpleza argumental patrios. Menos mal que la creatividad artística norteó las obras de dos directores del sur, los sevillanos Alberto Rodríguez y Paco León, en la cima momentánea de su arte: La isla mínima y Carmina y amén.


No ha sido un bueno año "javieril": ni el solipsismo de Javier Marías, ni la non-fiction de Javier Cercas confirmaron sus respectivas obras precedentes. Uno, más bien, se dejó encandilar por la desmesura novelística de El jilguero, obra amasada de nostalgia y pintura.

Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre fue una más que digna conmemoración narrativa del aniversario bélico. El éxito francés a veces depara alegrías.

Szymborska regresó de entre los muertos traída de las manos de Abel Murcia y Gerardo Beltrán: Hasta aquí.

2014 recuperó la mejor versión de David Torres: Todos los buenos soldados (Gila en Marruecos) y Lorenzo Silva: Los cuerpos extraños (A Bevilacqua y Chamorro les salen canas). Ambos en la estela del noir.


Peter Hammill, esta vez acompañado del guitarrista Gary Lucas, continúa la prédica de arte y ensayo en el desierto mediático del rock: Other world.

Angus y Julia Stone, con su falsa querencia indie, acariciaron los oídos de los degustadores de folk-pop con su disco homónimo.

Basia Bułat desbordó la Sala Fun Club sevillana de simpatía, sencillez, virtuosismo instrumental y buenas canciones en un concierto versión solo.

Ravi Coltrane confirmó sobre el escenario del Teatro Central que los genes saxofonísticos no están echados a perder.

El noruego Jacob Young demostró sapiencia jazzística reclutando al trío polaco de Marcin Wasilewski.

"El niño", Daniel Monzón

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Daniel Monzón no parece un director español. Quizá por ello sería su nueva obra la más indicada para optar a los Óscar de la próxima edición y, así, nuestro cine podría resarcirse de tanto fracaso consecutivo (¿alguien recuerda cuál fue la última película española seleccionada por la Academia de Hollywood?). Su trayectoria cinematográfica da cuenta de un director que se va apropiando de diversos géneros/formatos y construye una obra con oficio y técnica, sin sorpresas, pero de buena factura. ¿No era esto lo que hacían los maestros del Hollywood dorado? A Monzón sólo le falta, en este sentido, un melodrama, aunque los tiempos no están, lo entiendo, para excesivas florituras.

El niño narra una trama policial con el trasfondo del tráfico de drogas en el Estrecho. Dos líneas argumentales -si bien es cierto que relacionadas y que confluyen al final- pugnan por llevarse la parte del león y ahí está precisamente su debe, en el guion: la historia de los policías acaba minimizada, cojea por falta de introspección (sí, "el personaje de Tosar está desaprovechado", es la tesis que rondará por la cabeza de muchos espectadores), mientras que la de los maleantes se hipertrofia, demorándose en una historia de amor empalagosa y rodada con excesiva premiosidad. Nadie podrá negar, sin embargo, que las escenas de acción son emocionantes y tienen una factura que no envidia nada a cualquier producto de mercadotecnia americano -aquí enlazo con el primer párrafo-, pero más afines al espíritu español, obviamente. Jesús Carroza se destaca como la estrella de la película: es cierto que no necesita actuar, que es su papel de siempre, pero ésas eran las críticas que recibían John Wayne y Cary Grant, ¡ahí es nada! En su contra, también, el afán cargante por reproducir el acento andaluz (colmo la entrada con otra interrogación retórica: ¿nadie ha pensado seriamente en incluir subtítulos?). Asimismo, la banda sonora no es, precisamente, un prodigio de sutileza.

Licantropunk da cuenta en su blog de la película con más perspicacia, como siempre, de la que yo pudiera hacer gala.

Lecturas veraniegas

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  • Victus, Albert Sánchez Piñol. Ahora que el Instituto Cervantes le ha hecho publicidad gratis al autor revocando una charla sobre su libro en Utrech, es buen momento para rescatar esta novela de 2012. La obra suya que prefiero con mucho es La piel fría, un prodigio en la estela de Solaris con una temática "lovecraftiana". Victus, por su parte, se inscribe en el género histórico al modo galdosiano: protagonista ficcionalizado, aunque con base real, inmerso en la vorágine histórica, en este caso, el asedio de Barcelona durante la Guerra de Sucesión. No entro en las verdades de la Historia, ni me importa, sino en la verdad literaria, y la extensa obra es verosímil, además de incluir grandes dosis de parodia para ambos bandos contendientes.
  • El canto de la sirenas, Eugenio Trías. Monumental obra sobre la música clásica. El filósofo le puede al divulgador, lo que convierte este ensayo en especializado por la terminología y las referencias utilizadas. Se trata de una colección de artículos sobre las principales figuras, según el autor, de la música clásica. Cuestionable cuanto menos es la ausencia de algunos autores clave, puesto que la tesis de Trías es que sólo lo innovador merece la pena. Asimismo, resulta chocante algunas analogías con determinadas obras cinematográficas, con las que el autor pareciera querer rebajar el tono del texto y acercar sus reflexiones al lector común.
  • Todos los buenos soldados, David Torres. Afortunadamente hemos recuperado al autor madrileño, después del descalabro de Punto de fisión. A David Torres se le atragantan las empresas de altura: ni El mar en ruinas (parodia de la Odisea), ni la antes referida, resultan obras acertadas puesto que pecan de exceso en sus pretensiones. La ahora minirreseñada cuenta un episodio de la larga guerra de Marruecos, esta vez en plena época franquista y con Gila como secundario de lujo. Las bases de novela negra y costumbrismo -donde David se desenvuelve como gato panza arriba- permiten que la novela se configure como un texto notable, que envidia poco a El gran silencio o Niños de tiza.
  • Recuerdos de Gustav Mahler, Alma Mahler. La famosa "devoradora" de artistas cuenta los recuerdos de la vida que compartió con el insigne compositor y director de orquesta. Destacan tanto la admiración por el artista, como el cuestionamiento del hombre privado. La amargura de su puesto secundario se va trasluciendo poco a poco en el avance de la lectura. Aun así y a pesar de que sus recuerdos haya que ponerlos en cuarentena, es un libro de memorias interesante, escrito con soltura.
  • El ruido eterno, Alex Ross. Imprescindible libro sobre la música del siglo XX, especialmente la clásica. Con ánimo divulgativo, el autor no escatima los tecnicismos musicales, a la vez que ofrece una visión coherente de la música y sus protagonistas para aquellos que deseen iniciarse. La implicación entre lo culto y lo popular es la vía que el autor explota para la viabilidad de la música clásica en el futuro y la recuperación de su valor otrora.

Toni Cantó ante Rajoy. Microrrelato

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Mariano Rajoy estrecha la mano de Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa. AFP. 28/07/2014

"Cuando llegó era un niño delicado, / no quería mancharse / jugando en el descampado. / Era un tipo legal, / un amigo, un aliado." (Manuel Raquel, Tam Tam Go!)

Se presentó en la Moncloa radiante. Plantando cara a las cámaras e insultantemente joven y apuesto, exhibía una sonrisa de campaña presidencial norteamericana y venía dispuesto a insuflar vida a esa rosa desmayada e intubada por el científico de la calva y la barba rala. El otro, tranquilo, avezado en esto de los advenedizos, no tuvo más remedio que estrechar su mano en el rutinario gesto para la prensa, pero su mirada, aun en escorzo, lo delataba; un asomo de duda, de perplejidad, azotaba su gesto de gallego: "¡Manda carallo! Me anuncian al nuevo jefe de la oposición y me doy de bruces con el petimetre de Toni Cantó".