Basia Bułat en concierto

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Basia Bułat es un encanto. Uno asiste a un concierto para escuchar las habilidades musicales del artista en cuestión, pero cuando el evento se celebra en una sala pequeña la interacción con el público se torna vital. Y aunque un showman cuya música resultara un bodrio no pasaría nunca la criba, la simpatía y amabilidad en las distancias cortas prenden fácilmente en el ánimo del espectador.

La cantante canadiense de origen polaco se presentó en Sevilla por segunda vez el pasado martes 4 de febrero. Dicen de ella que es la nueva Joni Mitchell; tal vez sea  así, no creo que a Basia le desagrade la comparación. En todo caso, apareció en el escenario "desnuda" de ornamentación; ella sola, su voz y unos cuantos instrumentos -algunos realmente curiosos-, fueron suficientes para dotar de magia el acto. Bułat posee una bella voz, ligeramente estridente en los agudos, y ella es consciente de su don y lo explota al máximo; a quien no le agrade su timbre vocal, puede huir de escucharla. Basia desgranó sus tres discos en un concierto bastante breve, en el que no faltó su éxito "Tall tall shadow" -preciosa y pegadiza canción enlazada en el vídeo inicial de la entrada- y el bis de Serrat "Tu nombre me sabe a hierba", que asimismo enlazo al final de la reseña en un vídeo casero de la actuación de Basia días después en mi ciudad, Valladolid.

La cordialidad de la cantante también se trasladó fuera del escenario durante la firma de discos; fue en ese momento cuando pudimos percatarnos de que Basia no ha olvidado, afortunadamente, la lengua polaca.

Parecidos razonables (II)

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Dave al final de "2001: Una odisea del espacio", 1968.

Sor María al final de "La gran belleza", 2013.

Cosecha 2013

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Este ha sido el año de "Intemperie" de Jesús Carrasco: elegida como obra del 2013 por el gremio de libreros de Madrid, incrustada en las listas de todos los suplementos culturales, traducciones por doquier... Y todo ello con un primer libro cumplidos ya los cuarenta. La semejanza con David Monteagudo salta a la vista. Veremos cómo es recibida su segunda entrega.

Vargas Llosa volvió por sus fueros, dando lo mejor de sí mismo en "El héroe discreto".

El Nobel se vistió de gala para premiar a una escritora de gran clase, Alice Munro. La publicación de "Mi vida querida" respaldó aún más el galardón.

José Ovejero, con "La invención del amor", avalada por el Premio Alfaguara, planteó un texto valiente, sugestivo y audaz.

La recopilación de poesía rumana contemporánea, "Miniatura de tiempos venideros", Vaso Roto, valió lo que el año pasado la de poesía polaca: hito de obligada referencia. 

Eloy Sánchez Rosillo dio buena medida de su temas y formas constantes en "Antes del nombre".

Impedimenta volvió a sorprender gratamente con la edición de cuentos inéditos de Stanisław Lem, "Máscara": delicatessen.


El supergrupo Next Collective revitalizó con buen gusto el jazz de toda la vida (post-bop) con su primer disco, "Cover art". Esperemos que el experimento tenga continuación.

Terence Blanchard afinó su trompeta para ofrecer un disco de hard bop elegante y el toque justo de modernidad: "Magnetic".

Dominique A puso patas arriba el Teatro Central con una carga de adrenalina de su mejor rock-chanson.

El cambio de director en el Conservatorio Superior de Música "Manuel Castillo" presagiaba negros nubarrones sobre la OSC dirigida por Juan García Rodríguez, sin embargo, la empresa sigue adelante. En diciembre ofrecieron un buen concierto en el que brillaron las piezas de Arvo Pärt y Debussy. Juan, como siempre, muy sabio en la elección ecléctica del repertorio.

Amancio Prada continúa en su línea de emotivos conciertos y homenajes discográficos a sus queridos referentes: "Canciones de Agustín García Calvo".

Los veteranos, al igual que ocurriera en 2012, siguen dando muestra de talento perenne: David Bowie reapareció sorpresivamente con "The next day" y Paddy McAloon (Prefab Sprout) entregó una delicada y cuidada colección de canciones en "Crimson/Red".


Ha sido un buen año para el cine internacional, mejor que el anterior. "Gravity" mantuvo en vilo a los espectadores con un tour de force espacial.

"Una familia de Tokyo" homenajeó sabiamente a Yasujiro Ozu.

"El último concierto" fue el mejor ejemplo de cine en estado puro.

"12 años de esclavitud" va enfilada con justicia hacia los Óscar.

"La caza", aunque de 2012, se estrenó el año pasado y opta a los próximos premios de Hollywood, así como a los Goya. Vinterberg en estado de gracia.

En cuanto al cine español, poco que destacar: por simpatía y agradecimiento personal, menciono el cine indie de Paco R. Baños, "ali".

Muestra de cine polaco en Sevilla: "Miłość"

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La sombra de Kieslowski es, sobre el cine de autor en Polonia, alargada. Sławomir Fabicki asume la lección de aquél y transustancia el espíritu "kieslowskiano" (esos silencios y miradas de los personajes tan característicos del autor varsoviano) en un filme ultraascético: si habíamos calificado "Pręgi" como una película sobria, "Miłość" (Amor), proyectada el pasado lunes 2, lleva al extremo la propuesta estética austera del filme de Magdalena Piekorz.

La obra narra la conmoción que se produce en una pareja tras la violación de la mujer -estando ya en la última etapa del embarazo- por su jefe y alcalde de la ciudad en la que conviven, Płock. Ella ya había advertido inútilmente al marido del acoso de aquél, pero pesaban más los beneficios económicos que para su empresa tenían la buena relación con el alcalde que las prevenciones de la mujer. El delito se complica por la falta de denuncia a la policía ante el miedo al escándalo y el ocultamiento inicial que hace ella de la violencia sufrida -secretismo que no se nos justifica-. Tras el alumbramiento de la hija y la confesión final marital, se abre la película a un duelo en la pareja que vertebra la obra: si el trauma psíquico había recaído inicialmente en la joven, las dudas que devienen tras la fatal revelación causan el trastorno y derrumbe del hombre, que ve traspasado, así, todo el dramatismo de la película hacia su personaje. Ella va a asistir pacientemente, en la mayor parte del filme, a las veleidades de su marido, quien no es capaz de zafarse del recuerdo del violador e intenta reivindicarse inútilmente ante sí mismo, aunque no sufre más que humillaciones (una escena ante una fuente pública da toda la medida del patetismo del personaje).

Como decíamos, la estética de la película participa de la dureza de la trama: casi total ausencia de banda sonora, silencios omnipresentes, fotografía seca, fría puesta en escena del hogar marital y crueldad de la secuencia de la violación -asombrosamente, casi hurtada en imágenes-. Hay un paralelismo que salta a la vista, desde el mismo título, con la obra de Haneke "Amour", aunque éste tenga el respaldo de una gran producción y su puesta en escena resulte lujosa comparada con la de la obra que ahora comentamos. Es necesario destacar, asimismo, a la joven actriz protagonista, Julia Kijowska, quien ofrece una interpretación poderosa, aunque contenida, y asume con sabiduría todo el sufrimiento que conlleva su personaje, sosteniendo solventemente todo el peso de la película.

Muestra de cine polaco en Sevilla: "Piąta pora roku"

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La segunda entrega del ciclo cinematográfico polaco tuvo lugar ayer lunes 25 con la proyección de "Piąta pora roku" ("La quinta estación del año" de 2012), firmada por Jerzy Domaracki, y supuso un contrapunto sabio y necesario, en la Programación de la Muestra, al dramatismo, estatismo y sobriedad de la película anterior, "Pręgi".

El filme se plantea como una "road movie made in Poland" desenfadada y sentimental. Una pareja anciana: ella, recién enviudada de un artista y expulsada del hogar por el hijastro, él, exminero, amante de las palomas y trompetista aficionado, inicia un largo peregrinaje, junto a las cenizas del marido difunto (¡en un termo!), desde la Silesia profunda en busca del mar, donde deben reposar los restos incinerados. En ese trayecto conjunto en coche se produce una previsible transformación en el ánimo de la mujer, desde el inicial rechazo al hombre por su vulgaridad al enamoramiento; para ello han debido transitar diversas estaciones en el camino: la rivalidad automovilística con prepotentes turistas alemanes, el robo a manos de una joven autoestopista, el encuentro familiar largamente postergado de la mujer (había huido del hogar con un hombre casado), la rocambolesca asistencia a un parto, el encuentro hippie con moteros, un accidente que les obliga a pernoctar en la granja de un alcohólico, incluso hasta el amago de infarto del hombre, para ya finalmente arribar al mar, donde un peculiar Caronte espera a la mujer para iniciar el viaje definitivo. 

Una apretada sucesión de escenas (etapas de la travesía) con un denominador común: el suave tono de comedia. Todo ello sostenido por un eficiente actor, Marian Dziędziel y  una actriz glamurosa, Ewa Wiśniewska. La mirada del director es diáfana y nada pretenciosa, subraya los elementos sentimentales (sobre todo al final) e intercala episodios paródicos por medio del personaje del amigo palomero del protagonista. La puesta en escena, así como la fotografía son correctas, mientras que la omnipresente música acusa cierta ramplonería: tiene un marcado tono verbenero que amenaza con arruinar algunas escenas.

En conjunto, una película amable y relajada, que da una imagen sabia de la Polonia reciente, al tiempo que muestra pinceladas de la época comunista y que continúa la buena racha comenzada por "Pręgi". La sala se nutrió de un número de espectadores más que aceptable y tan solo criticar algunos errores en los subtítulos, como el que hace referencia a Caronte, traducido como ¡Charon!

Muestra de cine polaco en Sevilla: "Pręgi"

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Un  año más el Instituto de Polaco de Cultura pone a disposición del público sevillano una muestra representativa del cine polaco de los últimos tiempos. Las sesiones, como en ocasiones anteriores, tendrán lugar semanalmente en el sede del CICUS.

Comenzaron las proyecciones el pasado lunes 18 con una obra de 2004, "Marcas" (Pręgi), de Magdalena Piekorz, quien repetirá con otra película en diciembre. El filme se centra en el trauma psíquico del protagonista a causa de la violencia paterna: una niñez marcada por la ausencia de la madre y por una educación basada en el castigo físico, hasta la huida definitiva del hogar. La obra tiene dos partes bien definidas: la dura infancia del protagonista antes mencionada y su vida adulta, "marcada" por esa violencia sufrida y no superada, sino, antes al contrario, reproducida en su vida diaria. La primera se puede calificar como admirable por la veracidad que transmite y por las magníficas actuaciones del niño (lo que no sería gran mérito si hacemos caso a las palabras del crítico Carlos Pumares: "Los niños son actores natos") y, sobre todo, de su padre, Jan Frycz. La segunda, con el personaje ya adulto, resulta más endeble, pues adolece de cierta simplicidad en el guion y una interpretación sobrecargada y demasiado autoconsciente del protagonista, Michał Żebrowski.

El punto de vista de la directora es comprensiva, pese a todo, con el maltratador, al que, al final de la obra, se le ofrece la redención, aunque instalado ya en la soledad más absoluta (redención que atrapa al vuelo también el hijo, gracias a la milagrosa aparición en su vida de una sufrida y paciente joven: la mujer, como ser salvífico y abnegado). La dirección de Magdalena Piekorz destaca por los sabios movimientos y emplazamientos de la cámara y por una pulsión narrativa admirable. La fotografía no se caracteriza por lo que me encandila: la brillantez, "defecto" este de muchas obras cinematográficas polacas y que uno no sabe si debe atribuir a la falta de medios (ayer pude asistir a la proyección del último filme de Woody Allen, "Blue Jasmine", donde se observa el fenómeno contrario: brillantez de la puesta en escena y de la fotografía, aunque el guion sea indigno del talento del autor, lo que descalifica radicalmente, y pese a las laudatorias reseñas, la obra); esta fotografía rudimentaria es cierto que refleja verazmente la pobreza de la sociedad polaca de los ochenta, cuando el comunismo estaba dando su últimos estertores, aunque seguía contaminado la vida y las relaciones sociales.

Una película, en definitiva, con brío y fuerza, firmada por una directora joven en plenos poderes del arte cinematográfico y el manejo de su instrumento narrativo. Esperemos que estas buenas impresiones se confirmen el próximo 9 de diciembre con "Somnolencia", Senność.

Amancio Prada en Cabezón de Pisuerga

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El monasterio de Santa María de Palazuelos fue en su momento uno de los más importantes conventos del Císter en España. La dejadez de su actual propietario, la Archidiócesis de Valladolid, llevó al cenobio a sufrir un deterioro tal que hizo peligrar su existencia. El acuerdo de los ediles de los términos cercanos de Corcos de Aguilarejo y Cabezón de Pisuerga ha permitido una rehabilitación ardua y solidaria, y, con ella, la posibilidad de admirar un recinto romántico único y, además, su utilización actual como centro cultural. La actuación de Amancio Prada el pasado 26 de octubre culminó una serie de actos dedicados a celebrar el evento de su inauguración como espacio cultural-artístico.

Amancio llevó a cabo un recital de altos vuelos, plenamente literario: místicos y románticos de los siglos XVI y XIX, con el prólogo tradicional del Romance del Infante Arnaldos. El bardo leonés volvió a emocionar al público y salió airoso de un trance técnico que interrumpió la audición durante algunos minutos y hacía peligrar el concierto: la avería de uno de los altavoces. Con sus habituales tranquilidad y buen hacer, se saltó el programa y, avanzando hacia el público en el altar que hacía las veces de escenario, improvisó una canción gallega a capela haciendo de su pecho un tambor, lo que sirvió para acallar a los más pertinaces y mostró las habilidades del cantautor -en la página "feisbusera" Amigos de Amancio Prada se puede disfrutar de la improvisación.

Microrrelato regio

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Sentía que unas manos distintas a las suyas movían su destino. Era el Rey, pero hace tiempo ya que no disponía del beneplácito unánime de sus súbditos. “Abdicación”. Ésa era la palabra que más oía para referirse a su mayestática persona. Es verdad que algún que otro monarca no había soportado la presión y había acabado por ceder, pero él aún resistía. Recuerda, todavía, cuando era una figura señera: aquella aparición televisiva –tardía, es verdad, y algo timorata- había asegurado una imagen sólida y perdurable en la retina de sus compatriotas. Pero eran otros tiempos, ahora escándalos financieros, excursiones exóticas, desgastes físicos e historias de alcoba habían salpicado de barro su hasta entonces casi impoluta imagen.
En numerosas ocasiones, tenía la desagradable impresión de que su mundo no era más que un inmenso tablero cuadriculado en blanco y negro, y él tenía todas las de perder. El maniqueísmo de la gente había hecho girar las tornas y ahora no lograba desprenderse de una mancha negra que tiznaba todo cuanto tocaba. Un rey Midas de la oscuridad, en eso se había convertido. Negro era su color y negro su futuro. Abdicar se presentaba como una solución plausible.
Aunque bien mirado, se podía decir que no era para tanto. Es verdad que sus huesos le jugaban malas pasadas de vez en cuando, pero aún se mantenía en pie. ¿Qué se habían creído, que era un inválido? No, todavía tenía cuerda para rato. Decididamente, no, que otros abdicaran si eran tan pusilánimes, él, aunque con muletas, seguiría siendo el Rey. Solo la muerte le despojaría de la majestad que se había ganado con tanta tenacidad.
Entonces, de improviso, sintió que una mano gigantesca golpeaba su corona y le hacía caer. Ya no pudo volver a levantarse por sí solo. Todo su poder rodó por el tablero.
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“Me rindo. ¿Revancha? Pero ahora juego yo con las blancas”. 

Ha muerto Juan Luis Panero

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No deja de tener su gracia macabra que de la saga maldita de los Panero solo sobreviva Leopoldo María, el poeta loco y suicida. Hoy, 18 de septiembre, hemos conocido el fallecimiento del hermano mayor, Juan Luis, acaecida el pasado lunes, una semana justo después de su cumpleaños. Ya conocíamos su vecindad con la muerte a raíz del cáncer de lengua que padecía, por lo que el deceso no debería pillar desprevenido a casi nadie, algo similar a lo que aconteció, por desgracia, con el hermano pequeño Michi, ambos alcohólicos irredentos.

De las famosas películas "El desencanto" y "Después de tantos años" se nutre una funesta imagen del finado que, los que no pudimos conocerle, difícilmente vamos ya a olvidar: la de un hombre desapegado de la familia hasta la náusea, cruel y distante con sus hermanos, actor de sí mismo, despreciativo y literaturizado (Michi podría corroborarlo sin duda). Pero era un buen poeta, aunque poco prolífico y con tendencia a repetir siempre el mismo libro; un escritor al margen de los vaivenes de la moda y cuya poesía solo se elevó a la altura de la de su hermano gracias al premio Loewe; escribió una lírica culturalista, pero con un lenguaje accesible, y fatalmente obsesionada con la muerte.

Había declarado ya hace algún tiempo que su caudal poético se había secado y no deseaba arrastrarse con malos versos. Aun así, nos duele su muerte y pensamos en la guadaña que temprano se cernió sobre el padre, lo mismo que sobre el cuerpo maltratado de Michi. 

Leopoldo María, ya nadie te va a llevar chocolatinas al manicomio, pero, ¿acaso alguna vez lo esperaste con razón de Juan Luis?

Sólo son tuyas -de verdad- la memoria y la muerte,
la memoria que borra y desfigura
y la sombra de la muerte que aguarda.
Sólo fantasmales recuerdos y la nada
se reparten tu herencia sin destino.
Después de sucios tratos y mentiras,
de gestos a destiempo y de palabras
-irreales palabras ilusorias-,
sólo un testamento de ceniza
que el viento mueve, esparce y desordena.

"El último concierto", Yaron Zilberman

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El Parkinson amenaza la carrera interpretativa del chelista (Christopher Walken) del cuarteto de música clásica "La Fuga", justo antes de comenzar una nueva temporada con el último cuarteto -"A late quartet" del original (nº. 14, Opus 131)- de Beethoven, pero el peligro también se extiende al futuro de la formación misma, y no por la más que posible retirada del miembro más veterano del grupo, sino porque el presumible cambio de solista enciende la mecha de una serie de pulsiones negativas latentes y da cuerda al engranaje malsano de relaciones afectivas viciadas en el seno del cuarteto: frustraciones profesionales, deseos inconfesables, infidelidades, relaciones materno-filiales problemáticas, amores tabú... Toda una tupida maraña afectiva que amenaza con reventar veinticinco años de convivencia profesional amistosa y, en algún caso, hasta marital; telaraña de la que sólo escapa, paradójicamente, el que había despertado al monstruo dormido y ve, ahora, cómo la enfermedad mina su cuerpo.

Con este argumento, el casi debutante Yaron Ziberman teje una película de sabor clásico, basada en el poderío interpretativo de los actores, el buen gusto de la puesta en escena, un guión sin subrayados que apela a la inteligencia del receptor y una banda sonora -Angelo Baladamenti- que apoya y refuerza el guión cuando es necesario (estar a la altura del genio de Bonn no está al alcance de cualquiera). El filme fluye mansamente, sin estridencias ni pseudomodernidades, abriendo los ojos del espectador a las relaciones interpersonales del cuarteto, al mundo de la música clásica y a una ciudad de Nueva York (extrañamente con muy pocos ciudadanos) retratada con una elegancia como hacía tiempo que no se veía en el celuloide. Una exquisitez para paladear con deleite.

Lou Donaldson en Palencia

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Ayer, lunes 5 de agosto, visitó Palencia el octogenario saxofonista de jazz Lou Donaldson. En el precioso espacio del patio de la Diputación Provincial, ofreció un concierto pleno de emotividad por la edad avanzada del músico y su predisposición por agradar a un público que llenaba el recinto (a un solidario euro la entrada ya se podía). Con una formación de guitarra eléctrica -Randy Johnston-, batería -Fukushi Tainaka- y órgano Hammond -Akiko Tsuruga-, Lou dejó de lado la vertiente más ortodoxa jazzística para adentrarse en lo comercial de los standards ("Over the rainbow", "What a wonderful world") y el talkin´ blues "Whiskie drinkin´ woman" (ya se había dejado caer por el Festival de Blues de Béjar hacía pocas fechas), sin olvidar su éxito "Alligator Boogaloo". Ejerció más como director de formación que como líder solista (pedirle exhibiciones instrumentistas a estas alturas estaba de más), permitiendo a los acompañantes lucirse en los solos que articulaban cada canción: el batería y el guitarra estuvieron correctos y la organista, impactante (es de agradecer la presencia de este olvidado instrumento, arrinconado por el piano, en las formaciones de jazz). Un auténtico lujazo presenciar a escasos metros y en un recinto confortable la actuación de una leyenda: no escuchamos jazz puro y rabioso, pero agradó su presencia y la entrega de los acompañantes en el escenario.

Orquesta Joven de la Universidad de Valladolid

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La Orquesta Joven de la Universidad de Valladolid, dirigida por Francisco Lara, ofreció ayer 26 de julio el primero del ciclo de cuatro conciertos estivales en el marco del vallisoletano patio del Palacio de Santa Cruz. El programa incluía a tres superclásicos románticos: Beethoven, Brahms y Tchaikovsky. Los jóvenes intérpretes estuvieron sobrios, eficaces en sus instrumentos (destacaría a la concertino, Esther Gimeno Castro) y atentos a no desentonar, solo los invitados para el concierto para violín, cello y orquesta de Brahms -Benjamín Scherer al violín y el polaco Rafał Jezierski al cello- se atrevieron con alardes virtuosos, alejándose de lo previsto. En su conjunto, el recital resultó excesivamente monocorde por el exclusivo decimonónico programa elegido: jugar sobre seguro evita riesgos, pero también puede provocar monotonía (parece que la homogeneidad es característica de los ciclos musicales de la orquesta). Sin duda, el citado concierto brahmsiano se elevó por encima de las otras piezas por su brillantez y garra interpretativa; garra que debería controlar su director pues en un momento la batuta de mando salió disparada hacia el público cual misil, y en un espacio como el de ayer, en el que el público se sitúa a escasos metros de los protagonistas y a su mismo nivel, pudiera entrañar algún "peligro"; aunque esto no fue más que un curioso detalle en una agradable velada musical, con bises generosos, tanto por la orquesta como por los simpáticos solistas invitados.

"La verdad sobre el caso Harry Quebert", Joël Dicker

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Me gusta la novela negra. Los primeros libros que devoré de niño fueron los de Agatha Christie, en aquel formato barato de la editorial Molino. Luego vino el descubrimiento del cine negro americano y de novelistas como Raymond Chandler. En los últimos tiempos he asistido feliz a la eclosión del género tras el éxito de Stieg Larsson. El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti era un voraz lector de las novelas policiacas, de las que leía cuantas caían en sus manos (o en la cama donde pasó libremente sus últimos años de vida); "la mayoría de las que ve ahí son malas, pésimas, pero me las he leído todas", decía complacientemente a aquellos que le preguntaban; porque de todo hay en la viña del Señor: he disfrutado enormemente con Henning Mankell, Åsa Larsson, Lorenzo Silva o David Torres, aunque también ha habido notables decepciones: Petros Márkaris, Alicia Giménez Bartlett, Los manuscritos de Luis García Jambrina o Camila Läckberg. Una intriga sabiamente dosificada, la sordidez de ambientes, un protagonista-investigador perspicaz y complejo y una narración cuidada, aunque accesible, son los elementos que busco en ese maremágnum de novela negra que hoy se puede encontrar en las librerías.

Ahora nos llega el "boom" del verano, "La verdad sobre el caso Harry Quebert" del joven escritor suizo Joël Dicker, avalado por premios franceses, ventas multitudinarias, traducciones a mansalva y comentarios críticos halagadores. En una pequeña localidad estadounidense, Aurora (New Hampshire), se ha producido el macabro hallazgo, en el jardín del afamado escritor que da título a la obra, del cadáver de la adolescente Nolla Kellergan, después de treinta años de su desaparición. El escritor es acusado de asesinato tras descubrirse la relación entre ambos y el manuscrito de su libro más importante junto al cadáver, debiendo afrontar la pena de muerte. Todos los indicios apuntan a su culpabilidad, sin embargo otro joven y exitoso novelista, Marcus Goldman, hijo putativo de Quebert, se empeñará en demostrar su inocencia; para ello, se trasladará al lugar de los hechos y llevará a cabo un arduo y peligroso trabajo de investigación en colaboración estrecha, pese al rechazo inicial, con el sargento Perry Gahalowood. Éste es el esquema argumental con el que Dicker elabora un "thriller" de casi ¡setecientas! páginas, de longitud y simplicidad lectora aptas para el largo periodo estival. Y es que la novela parece estar compuesta con esa intención, la de ofrecer una lectura amena, resultona y fácilmente digerible, es decir, un "best seller" al uso, al que algunos parece que le han visto otras cualidades literarias que mi obtuso ojo lector ha pasado por alto.

El texto se articula en pequeños segmentos narrativos en los que se van mezclando diversos puntos de vista e historias: fragmentos de la obra maestra escrita por Quebert encontrada junto al cadáver -"Los orígenes del mal"-, conversaciones entre maestro y discípulo literarios, entre Goldman y su editor/agente, entre Goldman y su madre, narraciones en presente y pasado de la investigación, retrospecciones de la vida en Aurora aquel infausto verano del 75 en el que se produjo el deceso y del pasado formativo de Goldman. Una hábil, sí hábil, mezcolanza de narraciones que no confunde al lector porque se las fecha adecuadamente o se las introduce con precisión aclaratoria. En esta amalgama hay secuencias muy conseguidas, como los diálogos plenos de humor y acidez crítica con el editor (las bambalinas de la mercadotecnia puestas al descubierto), con la madre (al que algunos han pretendido encontrar semejanza con las películas de Woody Allen) y con el sargento (bonita historia de amistad con preámbulo de recelo mutuo). Sin embargo, y ya vienen los peros, hay otros fragmentos sonrojantes: la supuesta gran obra narrativa americana de Quebert es cursi hasta lo vomitivo y resultaría paródica si no fuera porque el narrador se la toma muy en serio y, en definitiva, la obra en su conjunto se trata de un "thriller", la historia de amor entre un treintañero y la adolescente es inverosímil, inocente y falta de enjundia temática (así que la posible semejanza perversa con "Lolita" de Nabokov se queda en agua de borrajas) y la intriga por descubrir al asesino se nutre de giros inesperados que pretenden mantener en vilo al lector, pero en los que se transparenta un facilón y demasiado efectista recurso detectivesco.

Aparte de esos diálogos antes mencionados, si esta novela merece algo la pena es porque es metaliteratura, porque nos habla de los entresijos del mundo literario y editorial y porque nos va contando paso a paso cómo se confecciona una novela y las dificultades por las que va pasando un escritor. Por lo demás, ese mundo pequeño (la localidad de Aurora), cerrado y repleto de secretos malsanos que un extraño investigador va sacando a la luz con la base del asesinato de una joven ya lo había contado mejor David Lynch en "Twin Peaks".


"El anarquista que se llamaba como yo", Pablo Martín Sánchez

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En la pasada Feria del Libro de Sevilla tuvo lugar un encuentro literario repleto de ingenio y humor, el que protagonizaron Jesús Carrasco y Pablo Martín Sánchez. Ambos dialogaron, con la moderación de Alejandro Luque, de sus respectivas y exitosas obras lanzándose constantes pullas en un juego dialéctico inteligente y ameno. Esta nueva narrativa que ambos protagonizan, a pesar de su breve obra, no tiene nada que ver con la versión vanguardista de "nocilleros", ni con modernidades al uso; yo la calificaría, asumiendo el riesgo de que futuras obras de los autores contradigan la etiqueta, como "retronarrativa": querencia realista, lenguaje trabajado y hasta poético, ausencia de ínfulas novedosas y magisterio de los grandes narradores del siglo anterior (y hasta decimonónicos). Estas características se aprecian más aun en Pablo Martín Sánchez. Su novela cuenta la vida de su homónimo, el joven anarquista Pablo Martín Sánchez, quien en 1924 fue condenado a garrote vil por participar en una incursión revolucionaria -gestada desde Francia por los exiliados- contra la dictadura de Primo de Rivera y abortada a poco de comenzar por las fuerzas del orden, con el resultado de la muerte de dos guardias civiles (y algún rebelde) y el apresamiento de la mayor parte de los insurrectos.

La anécdota que da pie a la obra es explicada por el propio autor en el prólogo: la búsqueda en Google de su nombre y la sorpresiva aparición de este personaje; el arduo trabajo de investigación posterior y el afortunado encuentro con la sobrina del protagonista, quien, amablemente, le informó con detalle de su tío. A partir de esta rocambolesca peripecia, el autor teje una novela de seiscientas páginas en la que se van alternado dos segmentos temporales: la vida previa de Pablo desde su infancia hasta la intentona anarquista y ésta misma desde que se encuentra en París ejerciendo de copista y asiste a un mitin anarquista hasta la condena a garrote vil. El primero, y más interesante de los dos por cuanto se separa de la historia para ficcionalizar más libremente, sirve como justificación a la intentona revolucionaria de un joven sensible, idealista y aventurero, que se ve embarcado, pese a sus reticencias iniciales, por un amigo de la infancia en un descabellado intento contra la dictadura. La obra está preñada de los grandes acontecimientos históricos que salpican la vida del protagonista: guerra mundial, golpe de estado, olimpiada, invención del cine... y por personajes históricos a los que el narrador aplica dardos envenenados: especialmente el rey Alfonso XIII y ese revolucionario a la violeta llamado Vicente Blasco Ibáñez.

El narrador que crea el autor es de la vieja estirpe: omnisciente, guía la narración y ofrece comentarios sobre ésta misma, hasta adelantando episodios. El trabajo de documentación es excelente, obra de varios años; sin embargo, la visión que se nos ofrece del anarquismo es un tanto inocente, y, pese a sus declaraciones, el autor se ha visto subyugado y ha caído en las redes del personaje: esa finta final sobre el destino último de su homónimo (ya insinuado en la sorpresa final que la tía no desvela por su repentina muerte) no es más que un intento literario, esta vez del propio autor, por engañar, trascender la realidad histórica y ofrecer a su protagonista una compensación vital que las circunstanacias históricas y dramas sentimentales le habían hurtado.

Texto en la que se conjugan hábilmente el folletín, la novela de aventuras, la historia, la crítica social y el relato de tesis. Un novelón de otra época.

Zahir Ensemble y Charles Chaplin

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En el marco del programa estival del CICUS, se presentó ayer 25 de junio el último concierto de la temporada de Zahir Ensemble dedicado a la música contemporánea. Para la ocasión, la formación sevillana recurrió a obras de Heitor Villa-Lobos, Francis Poulenc y a jóvenes compositores que musicaron tempranos cortos de Charles Chaplin, que fueron el principal reclamo para que el espectáculo se trasladase desde el salón del CICUS al patio -los rigores climáticos también tuvieron que ver- y para que un público ruidoso y con incomprensibles necesidades de deglutir (¡si tan solo duraba poco más de una hora el evento!) sobrepasase ampliamente el número de asientos destinado al efecto.

La segunda parte del recital con la "Sonata para dos clarinetes" de Poulenc y "The adventurer" de Chaplin con música de Anna Małek resultó lo más interesante de la calurosa noche sevillana. La obra del francés incide en lo "juguetón" y el diálogo de los instrumentos, y de esta manera fue interpretada por los clarinetistas del Zahir, a los que les faltó quizás una mayor sobriedad gestual para mitigar los excesos sonoros del público intermovimientos. El corto de Chaplin fue el de más enjundia y mejor calidad visual de los tres ofrecidos (los otros dos: "Cruel, cruel love" y "The bond"); la composición de la polaca Małek se adaptó como un guante al filme de manera que se hizo casi "invisible" para el receptor, lo que es un elogio para la banda sonora de una película muda; a excepción de los estridentes intentos de imitación del sonido de pistolas, la partitura fluyó suavemente al compás de las imágenes sin alharacas, pero intentando dar empaque contemporáneo a una obra que ya ha quedado irremisiblemente anclada en una estética obsoleta, ingenua e infantil. La conjunción entre el sabor moderno e innovador de la composición y la inocencia de la propuesta visual de Chaplin deparó un espectáculo soberbio.

Han pasado ya casi cien años del estreno de estas obras del genio londinense. En su momento fueron precursoras de un arte que estaba aún en ciernes. El público de la época apenas tenía elementos comparativos y seguramente era tan o más ruidoso que el que ayer llenó el espacio universitario, pero era un arte recién nacido. Tras cien años de cinematografía y sin negar el imprescindible papel de Chaplin, sus filmes iniciales no son más que una reliquia. Un espectador contemporáneo no pude hacer tabula rasa, no es un espectador inocente (o no debiera serlo) y aunque cada uno es libre de mostrar sus sentimientos, cuando éstos se hacen en público y de la manera ostentosa que ayer se produjeron, pueden enervar a más de uno (sin olvidar que muchos de los gags visuales tienen su hilarante efecto gracias a la velocidad de filmación, algo totalmente antinatural). De todas maneras... lo de ayer no era un espectáculo cinematográfico con acompañamiento musical, sino al revés, un espectáculo musical con imágenes, pero muchos no lo entendieron así, y de hecho los aplausos no esperaron hasta el final de la pieza musical sino que atronaron con el "The end". ¡Lástima!