Chris Kyle: el héroe americano que Clint Eastwood quiso ser

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A las memorias del francotirador, miembro del cuerpo especial de los SEAL, Chris Kyle no se les puede pedir más de lo que prometen. La película de Clint Eastwood, basada en esas memorias, promete mucho más de lo que ofrece, en especial, para aquellos que siguen creyendo que el otrora "Harry el Sucio" se ha transmutado en el nuevo John Ford de nuestra época.

Chris Kyle retiene el dudoso honor de acaparar el mayor número de muertes como francotirador en la historia militar de los EE. UU. Poco antes de morir paradójicamente a manos de un excombatiente al que estaba intentando rehabilitar, vamos a pensar que dictó estas memorias al novelista y especialista militar Jim DeFelice, autor que confecciona un libro ameno sin sobresaltos y que tiene el mérito añadido de incluir fragmentos reflexivos de su esposa, los cuales ofician como contrapunto íntimo a los excesos vehementes guerreros de "La leyenda", como se le llegó a conocer. La vida truncada de Kyle es un somero epítome de la mentalidad más conservadora estadounidense: cristiano sin excesos que piensa que tiene a Dios de su lado, patriota acérrimo, profesional vaquero del rodeo en su juventud, defensor del núcleo familiar y entusiasta de las armas. Las máculas que aporta a su autobiografía: episodios alcohólicos y veleidades gamberras -se agradece la desinhibición del autor a la hora de contar estos pormenores-, no ensombrecen una trayectoria profesional intachable en su acumulación de muertes enemigas, en su búsqueda constante y casi suicida del enfrentamiento y en la defensa altruista de sus compañeros (lo que le llevó, una vez licenciado, a ayudar a los militares damnificados por el conflicto en Irak). Por lo demás, fue Kyle una persona bastante primitiva en su mentalidad e inquietudes, un ser que alcanzó la felicidad a base de una estrechez de miras muy propia de los nacionales norteamericanos y de una confianza ciega en sí mismo.

Por su parte, el director de cine Clint Eastwood continúa no dando de sí más de lo que potencialmente puede, que no es mucho. Resulta significativa su fascinación por un personaje como Chris Kyle: bastante plano, pero compendio de lo americano. Eso sí, Eastwood ha jugado "sucio" dulcificando las manchas antes citadas de la autobiografía hasta borrarlas de un plumazo y dotando, en su lugar, a su personaje de una complejidad mental que en la realidad nunca tuvo: el ser primitivo auténtico es sustituido por un ente más atractivo intelectualmente. Al mismo tiempo, ha pretendido hacer un nuevo western, tan de su agrado como actor, creando un antagonista árabe también francotirador, cuyo duelo, a la manera de Enemigo a las puertas, articula y sostiene el guion, manteniendo el suspense. No se pueden negar momentos exitosos en algunas secuencias fílmicas, pero están circunscritos a los episodios guerreros. La obra en sí misma testimonia una ciega mentalidad retrógrada y la película, por más que Eastwood haya intentado dotar a su héroe de una etopeya sustanciosa, resulta irrelevante en el abordaje de problemas de tanta enjundia como el conflicto de culturas y la justificación de la invasión armada, aspectos prácticamente obviados por el filme, más interesado en ofrecer al mundo el retrato de un héroe americano comprometido con su país.

In memóriam. 3 de abril de 2014

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Órgano de la Iglesia Parroquial de Cubillas de Santa Marta (Valladolid)

YO PREGUNTO

Ha muerto mi padre.
Se repite su ausencia cada día
en el hogar vacío.

Yo pregunto,
y además de la ausencia y además
de perder los caminos de esta tierra,
¿qué es la muerte?

Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte?
¿Has hallado la paz que merecías?
¿Encontraste cobijo en nueva casa
o vas errante, y sufres bajo el frío
del invierno más grande, del total desamor?

Yo te pregunto, padre, si son algo
los muertos, o si la muerte es sólo
una inmensa palabra que comprende
todo lo que no existe.

Alfonso Costafreda

"Aullido de licántropo". Carlos Álvarez

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Fue Santos Domínguez quien nos puso el año pasado sobre la pista de un libro extraño, tanto como el ser que lo protagoniza: un hombre lobo. Publicado en 1975, cuando aún vivía Franco y con un nihil obstat chocante dada la evidencia de la dedicatoria: "A la Momia, gran ausente de la galería de monstruos que aquí cobran vida", el texto renace en el plenilunio del siglo XXI en cuidada edición de Bartleby Editores y con un didáctico y entusiasta prólogo de Manuel Rico, artífice de la resurrección libresca.

La obra es una amalgama de materiales diversos que pretende configurar la idiosincrasia de Larry Talbot, licántropo británico que espera una más que presumible sentencia a muerte como castigo a sus crímenes. El autor define su producto como novela poemática, pero tal subgénero, pese a sus borrosos contornos, no corresponde canónicamente al texto en cuestión: la mezcla de prosa y verso no es suficiente para categorizar un texto de tal manera. Lo que tenemos aquí es una obra polifónica en la que se van combinando diferentes y hasta antagónicas voces: la lírica del licántropo, volcada al español desde el inglés por un traductor sui generis que se permite ciertos privilegios autoriales; un comentarista en prosa que ironiza tanto sobre los textos del protagonista, como sobre la labor del traductor; a esta tríada hay que sumar fragmentos en estilo directo del juicio, gracias a los cuales escuchamos a abogado, fiscal y juez; finalmente, una coda de glosas y homenajes ultima la obra. 

Ante esta diversidad de materiales, ¿qué podemos rescatar y salvar para la posteridad? Sobre todo, el "aullido" lírico de Talbot, sabio hacedor de versos multiformes que no escatima homenajes-parodias poéticos diversos, pero que estremece por el poderío de una voz doliente que no puede escapar a un sino sangriento. El glosador, como contrapartida, testimonia la voz más ácida, irónica y descreída del escritor, trasluciendo una visión desengañada de la realidad, tanto social como cultural, de la España del tardofranquismo, ante la que se alza su personaje como estandarte de la singularidad, del saber "decir no" que, por ejemplo, reclamaba recientemente Javier Cercas en El impostor.

Un expurgo textual, licencia que me permito pues el autor entra de lleno en el juego del manuscrito encontrado y de las libertades en la traducción, nos daría, ahora sí, un texto lírico de gran altura: un personaje que canta con amargura la maldición de la luna llena, un ser alejado de contingencias temporales que transmite en verso un mensaje intemporal de lucha estéril contra el destino, cual héroe de tragedia griega. Como muestra, este extraordinario, en todos los sentidos, poema asonantado:

Mejor la soledad. Cuando regreso
de pronto a un tiempo antiguo, preferible,
mil veces preferible a este mármol
que da frialdad al muro
que la inquietud caliente del orgasmo.
¡Oh no tener entonces la tibieza
febril de tu regazo!
¡Oh qué alegre sorpresa este burlarme
de mi yo más amargo
cuando desde el aullido sólo encuentro
tu ausencia, no tu abrazo;
mi desesperación, no tu belleza;
no tu cuerpo a mi lado!
Escribo ahora en pleno mediodía.
Mi mente, como el sol, está en lo alto:
en las regiones del amor vertida,
no en el asesinato.
Mientras la luz ingenua nos inunde
caminaremos juntos paso a paso
...y, sin que te des cuenta del peligro,
me alejaré con el sol de tu costado.

Microrreseñas poéticas

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A la breve manera propuesta por El País, y satirizada por Ignacio Echevarría, en su reciente concurso de reseñas literarias: 500 caracteres máximo -incluidos espacios-, ofrezco cinco microrreseñas poéticas (no premiadas) de otros tantos escritores, cuatro de ellos cercanos a uno en lo personal. Los textos juegan con irreverencias y pedanterías, pero siempre bajo el prisma de la admiración:

“No sé qué parte de la luz se filtra, / pero la que se filtra / quiere que yo la piense.” Hepta- y endecasílabo reflexivos que muestran asombro ante la realidad e indagan en su significado. Así es el poemario Nocturno casi (Barcelona, 2014) de Lorenzo Oliván: yoes y túes perplejos, aprehendedores de la materia viva y desentrañadores de su sentido oculto. Descreídos versos blancos, a veces prosificados, en los que el poeta atisba haces de luz entre metafísicas nocturnidades.

Carlos Vaquerizo (Sevilla, 1978) se ha liberado con su último poemario, Preludio de una mirada, de la losa del Adonáis que lo encumbró (si es que dicho premio aún coquetea con las alturas). Su poesía se ha hecho más cercana y accesible, extrayendo, de las ruinas de la belleza incomprensible, hermosas muecas líricas, como preludio -esperemos- de un nuevo ciclo poético: página 47, paráfrasis del poema “Ruinas”. A Carlos le sobra talento, pero ahora está puesto al servicio del agradecido lector.

"Viento del Este y niebla gris / anuncian lo que ha de venir". Desde Zaragoza vuela bajo, tras el skyline pilarista, Marcos Callau, con su particular paraguas protector: Concierzo de viento (12 poemas + 1 vendaval). El libro alquitara confidencias versolibristas mañas, sujetando con fuerza las bridas del lenguaje y las emociones para que el denostado cierzo no arrastre más que institutrices negras. Flatos, acepción 2 del DRAE, no rimados al son de Sinatra, Serrat y demás. Gone with the wind.

Yo, para leer feliz a un buen traductor de poesía, quiero, cuanto menos, un mal poeta (Loquillo cuasi dixit). Uno ve superpuesto sobre el barbudo rostro de Abel Murcia la andrógina faz de Wisława Szymborska. Desguace personal (Varsovia, 2012) es un poemario comunicativo -cual enfoque ELE- y amable, pudoroso en la ofrenda de paisajes del alma. Poesía que atrapa en estrofas multiformes fugacidades íntimas, que rinde pleitesía a la tiranía de la memoria, sin olvidar las aristas urbanitas hodiernas.

Los más de cuarenta tacos de Marcos Matacana Martín (Sevilla, 1973) dan cuenta de un fatigador de versos oculto y vergonzante, que camufla un talento autoconsciente con la pátina de la humildad. El extenso poema amoroso que nutre la plaquette Mirador (Nueva York, 2014), testimonia una lírica madura que aúna tropos bellos con viscerales expresiones coloquiales,  culturalismo con suciedad realista, narratividad junto a elegía borgeana. Poesía anecdótica que clava aguijones de lirismo exacerbado.

"Lúcidos bordes de abismo". Luis Antonio de Villena

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Luis Antonio de Villena ha esperado que la guadaña rebañase la vida de todos los Panero para escribir un ensayo sobre una familia que conoció de primera mano y trató con cierta asiduidad. ¿Decisión ética o táctica mercantil? Supongo que ambos condicionamientos son válidos. Ningún Panero podrá ya rebatir sus opiniones al respecto (aunque esto jamás se hubiera producido en vida del último superviviente, Leopoldo María, inmerso en un devenir mental esquizoide ajeno a dialécticas ensayísticas). El tirón publicitario del Panero loco se irá apagando con el tiempo y es mejor aprovechar los rescoldos aún calientes de un periplo vital atractivo por excéntrico. De esta manera, Villena nos ofreció a fines del año pasado una semblanza personal-literaria de los tres hermanos y la madre, semblanza en la que él mismo ocupa un lugar destacado -ese afán protagonista es el mismo que caracterizó la presentación del libro en la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla el pasado mes de febrero.

Cuando los Panero, viuda y huérfanos, se convierten en iconos de la transición democrática por mor del escándalo parricida de El desencanto y en protagonistas de la movida madrileña, Villena ya había entrado en contacto con la singular familia gracias a su querencia por la vida nocturna, su vocación poética y a su inmersión gustosa y teatrera en las bambalinas de la trastienda literaria. Allí se encuentra a un Leopodo María aún tratable y deseoso de carne masculina joven, a una Felicidad abnegada, a un Juan Luis cordial y borrachín y a un Michi secundario y ya iniciando un camino de decrepitud física. Es entonces cuando Villena empieza a adoptar una actitud de laboratorio: los bichos son analizados desde el parapeto del microscopio que protege de las salpicaduras de las peligrosas taras vitales que lastran la vida de sus cuatro cobayas.

La primera parte de la obra depara un paseo voyerista por las intimidades de Juan Luis, Leopoldo María y Villena mismo; sorprenden aquí los devaneos homosexuales del mayor, puesto que las inclinaciones homoeróticas de Leopoldo siempre fueron evidentes, por no hablar del propio autor. Pero es mediado el libro, más exactamente con la reproducción y comentario del poema de Leopoldo hijo "Ma mère", cuando el texto cobra enjundia: el autor, sin desaparecer completamente, se hace menos visible y se deja eclipsar por los personajes analizados. La obra, entonces, se convierte en un particular ensayo literario-social, análisis poemáticos incluidos, en el que abundan las reflexiones lúcidas y sagaces sobre los cuatro miembros de la familia: el hálito romántico caduco y mistificador de Felicidad, el egoísmo de Juan Luis y su oportunamente escasa poesía realista-meditativa, el irracionalismo simbólico y hermético de Leopoldo María -autor de una poesía que paradójicamente resultaba más clara que el hombre mismo- y el mito de la familia patriarcal franquista que denuncia Michi, pero que sustenta una vida siempre a la sombra de sus hermanos.

No faltan las revisiones de Ricardo Franco y su filme Después de tantos años, los libros de memorias de Juan Luis y Felicidad, así como la obra de Bunbury dedicada a Leopoldo María. La edición corre a cargo de la Fundación José Manuel Lara, que ha confeccionado un bonito libro para cuatro cadáveres no exquisitos.


Reflexiones deportivas dominicales

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Una patada a una mujer proyecta a la fama (y al desprecio general). Miles de patadas lanzadas al balón, al aire o a la pierna del contrario hacen de la fama un desprecio general a la inteligencia.

Cánticos machistas retumban en el oído magullado de Laura. El corifeo maltratador prolonga su "arte" en la Grada Sur del Heliópolis.

Lalo García ha desaparecido. La tragedia escolta las riberas del Pisuerga donde jugó.

Ruth Beithia ha fallado, se nos dice. Será del latín afflare: ha rozado con el aliento el listón y, por eso, lo ha derribado. ¡Qué líricos los comentaristas!

Mechaal no podrá lucir la bandera de España -sólo- "por respeto". Su deseo independentista ha topado con el Constitucional del finado presidente Jiménez de "Praga".

Jorge Guillén sentenció: "Todo ya pleno [...] ¡Las doce en el reloj!". Betis-Valladolid 12:00 h.

"Ida" forever. Paweł Pawlikowski

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Hacer una reseña de la película de Paweł Pawlikowski a estas alturas del partido, con el resultado ya más que decantado y la sarta de goles conseguidos por el filme en forma de premios, pareciera superfluo, y seguramente lo sea. Sin embargo, un segundo y reciente visionado de la obra tras su reposición por mor del reclamo de los Óscar, provoca que me lance, con un propósito temerario, al ruedo y, con toda certeza, repita innecesariamente lo dicho -mejor y más a tiempo- ya por otros.

Ignoro si la coproducción danesa ha influido en el director para que adopte una mirada dreyeriana sobre su historia, si es así, el dinero esta vez ha jugado a favor del arte. Esas límpidas sábanas agitadas por el impetuoso viento que recibe a las antiguas inquilinas judías de la casa usurpada, no tienen otro parangón visual ni referente más que las mismas en la vivienda donde se desarrolla la trama de la inmortal Ordet. Esos silencios que llenan el guion de la obra, que comunican más que las palabras y que apelan a la inteligencia y la lógica del espectador, están tomados del cine nórdico. Los rostros de los personajes en primer plano testimoniando un mundo interior profundo, y esa frialdad y falta de énfasis que dominan las escenas más escabrosas, enlazan la película con la rica tradición fílmica escandinava que tiene sus puntos de referencia en Dreyer y Bergman.

¿Es, por tanto, la obra de Pawlikowski un remedo afortunado de la estética de esos maestros? No, lo que hace el director polaco es incardinarse en la mejor tradición del cine europeo (¿qué somos, a la postre, sin la tradición?: nada; como afirma Simone Weil: "El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana"), para narrar una historia truculenta del pasado reciente de Polonia: el antisemitismo y los crímenes comunistas de la posguerra; y ello con un lenguaje visual magistral, que transforma el blanco y negro en arte de muchos quilates. Además, nadie podrá tacharla de ser una obra pesada o pretenciosa; su hora y media escasa sabe a poco y deja en el ánimo del espectador el deseo de acompañar a la protagonista en su camino final de vuelta al convento.

Jean-Luc Godard dijo que el travelling es una cuestión moral; pocas veces esta expresión es más aplicable que en Ida, pero no sólo los travelling, sino también los emplazamientos de la cámara y sus encuadres. "Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio!", ordena Bernarda Alba y parece el lema moral de Pawlikowski; la obra de Lorca, tan alejada en su expresividad meridional de la estética contenida de Ida, pero rica visualmente por sus contrastes de blancos y negros, acude también a mi mente.


"28 días". David Safier

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Se nos publicita que David Safier ha cambiado de registro, abandonado el humor de sus éxitos anteriores y optado por un relato dramático y purgativo. Tras el bombazo de Maldito karma, el escritor alemán no se dio respiro alguno y, aprovechando el tirón "karmiano", engrosó su cuenta bancaria a base de textos humorísticos con tufillo de autoayuda a razón de casi uno al año. Agotado, parece, ese paradójico pozo sin fondo, Safier da una pirueta circense, se acerca a la tragedia histórica y hace honor a sus orígenes judíos para contarnos el drama del levantamiento del gheto de Varsovia en 1943, utilizando, para ello, un recurso de gusto galdosiano: personaje de ficción, en este caso adolescente de dieciséis años, que se ve envuelto a su pesar en los terribles acontecimientos, rigurosamente históricos, que supusieron la destrucción final del infame hábitat de 450.000 judíos polacos en Varsovia.

Un cuestionable revisionismo histórico se está apoderando últimamente de las artes literaria y cinematográfica para enjuiciar el papel de los polacos, durante la contienda mundial y su inmediata posguerra, en relación con los judíos asentados en sus tierras: Ida, Pokłosie... y ahora esta novela, reabren una herida supurante que se había cerrado en falso. Destino para cientos de miles judíos perseguidos secularmente por casi toda Europa, Polonia se había convertido en un refugio acogedor para la diáspora (es conocido que era el país europeo con más judíos en las fechas previas a la Segunda Guerra Mundial); este dato, más los horrores de la Shoah, acrecentaron la imagen de un país tolerante ante expulsiones-pogromos y una víctima sufrida de la barbarie nazi. Por el contrario, Safier se ha regodeado en esta novela con la idea de resquebrajar la imagen inmaculada de esa tolerancia hacia el "pueblo elegido": no hay polaco que salga bien parado en el levantamiento del gueto, antes al contrario, abundan los que delatan, traicionan o simplemente asisten impertérritos a la sádica matanza; ya desde el comienzo, el escritor alemán deja clara su postura: los polacos odiaban a los alemanes por haberlos conquistado y sometido, pero... "¡les estaban agradecidos por limpiarles de la chusma judía!"; esta cruel y falsa tesis sustenta ideológicamente la novela y pudiera enervar a más de uno.

En cuanto a los aspectos estrictamente narrativos, no se pueden negar las dotes de Safier para poner en pie textos atractivos y sugerentes para el gran público: la etopeya de sus protagonistas es pertinente, sabe mantener la intriga y maneja con soltura -aspecto este aprendido en su oficio de guionista- el arte dialogístico; sin embargo, la verosimilitud no parece ser el faro que guíe la construcción de sus novelas, a las cuales se les ve trucos y cimientos falsos a poco que se profundice en el entramado novelístico: en esta obra, la preocupación por insuflar emotividad -que degenera en sentimentalismo- invalida la novela como documento auténtico de un episodio histórico relevante. Safier escribe con el punto de mira en el lector (¿o las ventas?), lo que en sí mismo no es tan malo, pero pretender hacer arte con estos planteamientos y, peor incluso, juzgar al pueblo polaco harteramente con esta novela es, hablando en plata, perverso.

"Ida". Homenaje (haiku)

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Novicia purga
amargos extramuros
en blanco y negro.

PostValentine´s day. Haiku rimado

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Sombras humanas,
Grey en cines y páginas.
Tosquedad manda.

A caldo: "Timbuktu" de A. Sissako

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Timbuktu es una película de tesis y, como tal, subordina la coherencia expositiva al mensaje. Seleccionada para los Óscar con una óptica política, competirá en vano con filmes cuyas propuestas narrativa y visual se imbrican honestamente: Ida, Leviatán y Relatos Salvajes manejan un lenguaje cinematográfico atractivo y congruente, no así esta obra mauritana falsa, ampulosa y enervante, que se convierte en un amontonamiento, sin orden ni concierto, de secuencias antiyihadistas. El exotismo visual edulcora un guion inconexo y repleto de lagunas: pobres de solemnidad manejando sin mesura móviles que se deben de recargar con arena de desierto, idílicas secuencias de vida nómada bajo la carpa al son de la guitarra, mundo natural paradisiaco destruido por la llegada de los bárbaros y sus fusiles, diálogos pseudomísticos, personajes planos y sin relieve... Y el enemigo lapidando, ejecutando, abusando del látigo, raptando, prohibiendo... ¿Qué población soporta que se le diezme de esa manera?

No, no necesitamos propuestas artísticas tan maniqueas para percibir que el enemigo está a la vuelta de la esquina. Otros, en cambio, son de distinto parecer.

Ciclo de cine polaco (III). "Jack Strong"

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Jack Strong culminó el pasado lunes el miniciclo de cine polaco en Sevilla. Se podría hacer una valoración notable de la muestra de este año, a pesar de la reducción a la mitad de las proyecciones -seis filmes- que ahora pueden ver en su totalidad algunos afortunados en Valencia. Si Deep love sorprendió por su peculiar tratamiento del documental y Papusza deparó un esforzado ejercicio pictórico-poético, la ahora reseñada Jack Strong se ajustó correctamente a los cánones de género para dar cuenta de un thriller de espías a la antigua usanza, ubicado y realizado, eso sí, en y desde el antiguo telón de acero. Curiosamente las tres películas están "basadas en hechos reales" (ese latiguillo con el que desde hace años se pretende arteramente atraer al espectador).

La obra se centra en la controvertida, aunque en general aplaudida y condecorada, figura del coronel polaco Ryszard Kukliński (no confundir con un homónimo asesino a sueldo) y su actividad como espía al servicio de la CIA. Cual biopic al uso, el guion muestra la cara más honesta, patriótica y filantrópica del militar: tras la sangrienta y chapucera represión militar de manifestantes en Gdańsk y Gdynia en 1970, Kukliński reniega del comunismo y, más en concreto, del yugo soviético que sojuzga a su país y decide filtrar -sin compensación económica alguna- documentos clasificados a los EE.UU., convirtiéndose así en el principal suministrador de material top secret durante una década, hasta su accidentada fuga a Norteamérica ante el peligro de revelación de identidad por los servicios de contraespionaje.

El tratamiento que el director ha querido dar al filme es el del más genuino suspense. El espectador polaco no habrá podido disfrutar de la incertidumbre del destino del conspirador -pues es un personaje sobradamente conocido-, al revés que los no avezados en asuntos polacos y de espías. La obra comienza, tras una desafortunada escena cuasi gore, con un interrogatorio al protagonista que el receptor bien pudiera ubicar en Polonia; a partir de ahí se desarrolla un largo flash-back de las incursiones de Kukliński en las intrigas de espionaje, interrumpido por breves secuencias de dicho interrogatorio; del cual sólo al final se desvelará su ubicación exacta después de una simbólica y negra cortina descorrida, cual acerado telón arrumbado.

Desafortunadamente, el director desaprovecha las historias íntimas del coronel para indagar en sus aristas y lado menos amable: el abandono conyugal por la actividad conspiratoria ilícita, el deterioro de las relaciones paternofiliales y las amistades con militares desapegados al régimen. La cinta de espías le gana terreno a la profundización psicológica, todo en aras de la tesis antisoviética y de la entronización del personaje. La ambientación varsoviana es correcta, aunque un tanto de cartón piedra. Y el actor... el actor Marcin Dorociński cumple en su versión más sufridora: ya se ha podido apreciar en más de una ocasión sus "virtudes" actoriales para dotar a sus personajes de rostro y maneras, en exceso, apesadumbrados.

Resta por último comentar la caracterización de personajes históricos como el general Jaruzelski o Brézhnev, que caen en la parodia rayana en lo burdo. Como contrapartida, la filmación de una larga escena de persecución invernal en Varsovia con los vetustos automóviles polacos de los 80 y el consiguiente sonido de la nieve triturada es espectacular y lo retrotrae a uno a épocas y lugares pasados: sin duda, lo mejor del filme.

Temporal en León. Haiku

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© El Norte de Castilla

La bici llora
la ausencia del deshecho
hombre de nieve.

Ciclo de Cine Polaco (II). "Papusza"

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Cual Cristo gitano, Bronisława Wajs, "Papusza" ("Muñeca" en romaní), arrastró durante casi toda su vida el estigma de la escritura. Con esta malsana para los gitanos inquietud, abrió la caja de pandora de la sarta de calamidades que jalonaron su triste singladura vital: palizas de sus progenitores -incapaces de transigir con una gitana letrada-, matrimonio no deseado con un hombre mucho mayor, maltrato físico y mental de éste, repudio por su propia comunidad gitana (este es el hecho crucial de su existencia), internamiento psiquiátrico e, incluso, cárcel; finalmente, el olvido: Papusza renegó de sí misma y de su condición de poeta. A esta letanía de "bienaventuranzas" hay que añadir la persecución nazi a los de su etnia y las consecuencias de la guerra.

La segunda película del Ciclo de Cine Polaco Contemporáneo llegó al CICUS sevillano con el prestigio de varios premios en la SEMINCI de 2013. El filme narra la vida real de la citada Bronisława Wajs, nacida en el seno de una familia polaca de gitanos nómadas que se ganaban la vida como músicos ambulantes. Desde niña sintió una nociva curiosidad por esos signos negros que manchaban las páginas en blanco de los libros; aprendió a leer a escondidas, con la ayuda de los payos que encontraba en su camino; pero en ella, había un plus más: una inquietud poética que se plasmó en versos romaníes sencillos, que transmitían la simbiosis de los gitanos con la naturaleza y sus ansias ancestrales (de todas formas, el guion da poca cancha a los textos de la autora, la lírica hay que buscarla más bien en la puesta en escena: los magníficos planos de exteriores). La presencia temporal de un fugitivo payo en su comunidad gitana funcionó como resorte para un alma poética permeable; fue este payo quien publicará, para maldición de Papusza, la obra de ésta y su propia experiencia con los gitanos. Ellos nunca les perdonarían a ambos que desvelaran públicamente lo que consideraban secretos milenarios de los de su raza.

La película está contada de manera sincopada, con constantes saltos temporales que fragmentan la narración. Lo que descuella del filme es la exquisita fotografía: antes que nada la obra es una oda a la naturaleza virgen polaca, donde las caravanas gitanas logran una mímesis casi total con el paisaje. Esta libertad salvaje que transmite el filme contrasta con el enclaustramiento de los pisos comunistas en el marco del asentamiento gitano que se propusieron las autoridades del país tras la guerra. El mensaje de la película es ambivalente: apuesta por la atávico, pero los gitanos, como tales, son objeto de una sangrante visión crítica por su mentalidad intransigente. El difunto director Krzysztof Krauze muestra predilección por la marginalidad artística (la también aclamada Mi Nikifor narró en 2005 la vida de un pordiosero pintor naif)  y por un manejo omnipotente sobre sus personajes protagonistas, a los que convierte en cuasi muñecos: muestran un exceso de pasividad, hasta el punto de parecer juguetes en manos de un destino trágico; esto es perceptible, sobre todo, en la interpretación de la actriz que encarna a "Papusza", Jowita Miondlikowska, protagonista así mismo de la también triste Plac Zbawiciela (2006). Películas, las tres citadas de Krauze, que no ofician, precisamente, de terapeutas artísticos para caracteres melancólicos.

Ciclo de Cine Polaco (I). "Deep love"

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Con la frustración y rabia no contenidas de que una de las seis películas, Rascacielos flotantes (precisamente aquélla en la que tuve alguna responsabilidad en los subtítulos), que el Instituto Polaco de Cultura ha ofrecido a la Filmoteca de Andalucía no se proyecte en Sevilla, mientras que en Córdoba -sede de la institución y con menos de la mitad de población que la capital hispalense-, se hayan emitido todos los filmes y alguno en más de una ocasión, doy comienzo a las reseñas del Ciclo de Cine Polaco Contemporáneo que tres lunes de enero y febrero se proyecta en CICUS.

Deep love es un documental y su estética corresponde rigurosamente a este género cinematográfico. Esta declaración de intenciones debiera haber sido leída previamente por aquellos que protagonizaron una espantada de la sala en los primeros quince minutos del filme y haberles servido como aviso para navegantes de agua dulce. La obra se centra en la vida de Janusz Solarz, "Soley": antiguo profesional de éxito, experto buceador y docente, quien sufre, en enero de 2009, una embolia cerebral a causa de una hipertensión no tratada. Conocemos a Janusz con cincuenta y ocho años, en su etapa postictus, con dificultades motoras y una insuficiencia oral casi total para pronunciar mensajes coherentes; sin embargo, estas minusvalías contrastan con una cara bronceada y una sonrisa perenne; su rostro irradia fuerza y optimismo vital. Es cierto que mantiene a su lado a una pareja, antigua alumna de buceo, que está constantemente pendiente de sus actos, que sus amigos lo ayudan y aprecian y que se deduce una cierta independencia económica -ello no es óbice para que en su página web solicite ayuda monetaria de cara a la necesaria rehabilitación- para poder viajar y dedicarse a su pasión favorita: la inmersión a grandes profundidades; actividad que le devuelve a la vida activa y que casi no supone para él obstáculo alguno.

A excepción de una mínima retrospección que da cuenta de una entrevista televisiva cuando Janusz estaba aún en plenitud física, la película alterna las inmersiones acuáticas, la rehabilitación y la vida en común con su preocupada pareja, Joanna Hereta. El comienzo in medias res y una cámara nerviosa no facilitan el visionado de una obra ya de por sí alejada de los intereses comerciales patrios. Aquellos para los que el comienzo se convirtió en un obstáculo insalvable, debieran lamentar por siempre haberse perdido una obra más que estimable, con una fotografía y un sonido, raro esto último en el cine polaco, encomiables; escuchar los intentos elocutivos del protagonista exige una fuerte dosis de empatía con el personaje, que se suple con la beatitud que desprende su rostro. Si algo rechaza en la película quien esto escribe es la actitud paternalista y de aguafiestas de la pareja (pareciera la antagonista, la mala de la película). 

No valoro el mensaje vital de superación personal de las limitaciones físicas que se desprende del filme, sino sus cualidades narrativas y estéticas y he de decir que el realizador se ha embarcado en un viaje arriesgado, con un protagonista casi mudo, y ha salido a flote. Las últimas secuencias silentes del objetivo logrado por Janusz, buceando a sesenta metros de profundidad en el Blue Hole de Dahab (Egipto), bien valieron la asistencia al acto en una tarde-noche sevillana de perros, y pese a una copia facilitada de la película que mantenía un subtítulo doble: inglés y español -en impremeditado ejercicio multilingüístico-, hurtando una parte considerable de espacio a la pantalla.

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